UNA APROXIMACIÓN BIBLIOGRÁFICA
5. Otras mujeres escritoras en el Perú Virreinal
Al lado de las presuntas Clarinda y Amarilis, hay que considerar el caso especial y emblemático de Rosa de Santa María (1586-1617), la primera persona nacida en las Américas que mereció el privilegio de ser canonizada por la iglesia de Roma. Ese breve espacio de vida de treintiún años que tuvo Isabel Flores de Oliva —nombre con el cual viniera al mundo la santa— coincide con circunstancias que favorecieron la estabilidad política del extenso virreinato peruano y su consiguiente apogeo económico. Mientras que España y la mayor parte de los países europeos entraban en una crisis de producción y un torbellino de guerras, en América (y sobre todo en el Perú) se daba una fase de notable expansión, con florecimiento del comercio y de haciendas, minas y obrajes (cf . Glave 1998, cap. 5; Hampe Martínez 1998: 109-113).
Aquél fue también un momento en el cual la producción artística y literaria de esta colonia, junto con el florecimiento de instituciones de enseñanza, lograron configurar importantes patrones de cultura. Por cuanto respecta a Rosa de Lima, sin embargo, hay que observar que ella no corresponde al modelo de
8 Como un género suplementario relacionado con la presencia de las mujeres en la literatura virreinal, hay que considerar los aportes “profeministas” del poeta sevillano Diego Dávalos y Figueroa. Se trata especialmente de la Defensa de damas, una obra de seis cantos en octavas reales, que se publicó como última parte de su Miscelánea austral (Lima, 1603) y que ha sido estudiada en diversos artículos por Luis Jaime Cisneros (1953; 1956).
la “monja escritora” y que sus paneles o emblemas místicos —manifestación especial de su don comunicativo— tuvieron muy restringida difusión, debido a lo cual la fama de sus virtudes y acciones milagrosas se transmitiría sobre todo oralmente, entre la población letrada y no letrada por igual. La tesis doctoral de Carolina Ibáñez-Murphy (1997, cap. 3) ha examinado con detalle la composición y significado icono-léxico de dichos paneles, las Mercedes del alma y la Escala mística, fechables alrededor de 1608, asignándoles un lugar de privilegio dentro del discurso femenino de la época colonial.9
Por lo demás, se pueden citar varias otras mujeres literatas del virreinato del Perú. En un valioso y hasta ahora poco atendido ensayo, Ella Dunbar Temple ofreció hace décadas (1939) un detallado elenco de las escritoras de la sociedad limeña con sus respectivas obras, las cuales clasificó en los rubros de (1) literatura devota, (2) literatura aristocrática o plañidera y (3) literatura iluminada. En los párrafos que siguen nos ceñiremos básicamente a dicho ensayo.
Entre las literatas religiosas, tenemos a sor Paula de Jesús Nazareno (1687- 1754), mercedaria, autora de poesía mística y de una relación de su vida; sor Josefa de Azaña y Llano (1696-1748), capuchina, autora de obras de poesía y teatro; sor Melchora de Jesús (1705-1781), mercedaria, escritora devota y célebre por su santidad; sor Juana de Herrera y Maldonado, dominica del siglo XVIII, autora de una oda a la Virgen; sor Josefa Bravo de Lagunas y Villela, aristócrata de convento, una de las más conocidas poetisas de su época; sor Violante de Cisneros, monja de la Concepción, escritora de poemas que corrían en novenas y exequias; sor Jacinta de la Santísima Trinidad, capuchina, autora de la relación del origen y fundación del beaterio de Jesús, María y José; y sor Josefa de la Providencia, nazarena, que compuso la Relación del origen y fundación del monasterio de San Joaquín (impresa en 1793).10
Entre las laicas, evocamos a doña María Manuela Carrillo Andrade y Sotomayor (m. 1772), autora de comedias y de poesía bucólica y laudatoria, mimada por la sociedad de su tiempo con el sobrenombre de “Limana musa”; doña Juana Calderón y Vadillo, del linaje de los marqueses de Casa Calderón, escritora de notable cultura y refinado estilo; doña Josefa Carrillo de Albornoz, quien publicó una novena de intensa devoción; y doña Isabel de Orbea (también del siglo XVIII), que cultivó las especulaciones filosóficas y acogió una brillante tertulia intelectual en su casa de Lima (Barrera 1996: 113-114; Armacanqui 1999: 14-15).11
Por otra parte, hay que considerar el llamativo y excepcional caso de Catalina de Erauso, la Monja alférez (ca. 1586-1650), quien saltó al cauce de las letras gracias a la obra de teatro homónima que compusiera en 1626 Juan Pérez de Montalván (cf. Parker 1970). Esta comedia rememora sus andanzas por la cordillera de los Andes, la altiplanicie del Collao y otros lugares de las Indias, donde la protagonista vivió intrépidas aventuras, “resistiendo a las incomodidades de la milicia como el más fuerte varón”. Stephanie Merrim (1994) ha examinado las razones por las que esta aventurera, delincuente, conquistadora
9 Ambos documentos se guardan hoy, al margen de la curiosidad del investigador común, en el convento de Santa Rosa de las Madres, erigido en el mismo lugar donde falleciera la santa en Lima.
10 Se ha calificado esta obra como un tapiz de retazos, formado por variados documentos y declaraciones de testigos que conocieron de cerca a la madre fundadora, Antonia Lucía Maldonado (Arenal y Schlau 1989: 309-310). La Relación de sor Josefa de la Providencia ha sido estudiada recientemente en la tesis doctoral de Fernando E. Iturburu (1998), quien la concibe como una expresión de la conciencia criolla femenina en tiempos del Barroco.
11 Quisiera expresar mi gratitud a la colega Rosa Carrasco Ligarda, de la Universidad Femenina del Sagrado Corazón (Lima), por su ayuda en la conformación de este listado de mujeres escritoras.
y exitosa trasvestida, en el contexto de la conflictiva y contradictoria sociedad del Barroco, logró manipular los medios de comunicación para promocionar su imagen pública como anomalía digna de celebración y premio.
Además, un trabajo de E. D. Temple (1942) ha observado las “supersticiones” que se achacaban a ciertas mujeres iluminadas, dedicando especial atención a una “beata” escritora de fines del siglo XVIII, Juana de Jesús María (muerta en 1804). El estudio tiene como base unos fragmentos de su larga confesión o autobiografía, por donde se observa que esta mujer se hallaba clamorosamente desubicada en el nuevo marco espiritual e intelectual del influjo de la Ilustración. El lenguaje de la “beata” dominica —carente de mayor pulimento— es espontáneo, bastante cercano al discurso oral.12
En general, sabemos que los monasterios femeninos cumplieron una importante función en el ámbito cultural, pues las mismas necesidades del oficio divino y de ciertas lecturas para la meditación movieron a las religiosas a ejercitarse en la lectura. También hicieron uso de la escritura en ciertos casos de excepcional piedad en que los directores espirituales solicitaban a las monjas que llevaran un diario o asentaran un testimonio de sus actividades y experiencias místicas (sobre los rasgos estilísticos de esta clase de autobiografías, véase Arenal y Schlau 1990: 26 ss.). Además, ya está dicho que muchas de las religiosas tenían a su cargo la educación de doncellas seglares de su entorno familiar.
Se dio una participación creadora de las mujeres sobre todo en la literatura mística, aunque pocos de esos escritos han sido difundidos hasta ahora. Según advierte Josefina Muriel (1992: 162), “la literatura mística no fue hecha para publicarse; las mujeres que escriben lo hacen en general por orden de sus confesores, quienes pretenden con ello evitar engaños, historias y herejías”. Los directores espirituales ponían a prueba los hechos maravillosos de arrobos místicos o transportes celestiales a través de tales escritos, buscando así rectificar eventuales desviaciones doctrinarias. Sólo a veces participó la mujer también de la literatura mundana, frecuentando algunos círculos literarios (Guerra Martinière 1997: 93-94).
En la época colonial, el acto de escribir era casi un privilegio reservado a las mujeres dentro de los conventos. Aun así, no todas las religiosas fueron escritoras, porque era necesario tener no sólo la habilidad sino el arrastre espiritual que guiara la escritura hacia un cauce apropiado para su expresión. En el caso del legado textual de sor María Manuela de Santa Ana ¾monja limeña, visionaria y mística, que falleció en 1793¾ destacan facetas como el fino erotismo de amor divino, la confianza en el favor celestial, la humildad penitencial y la construcción de “capillas” interiores (al estilo de las moradas de Santa Teresa). Se trata de un sujeto femenino que es al mismo tiempo único y representativo de un colectivo social.
La moderna investigación llevada a cabo por Elia J. Armacanqui Tipacti (1999) rescata la vida espiritual de dicha monja, nacida María Manuela Hurtado de Mendoza, tal como se expresa a través de su autobiografía, sus poemas y sus cartas. Esta religiosa del convento dominico de Santa Rosa de las Madres, en Lima, experimentó una vida de recogimiento físico y espiritual que muchas mujeres de su época hallaron apropiada para alcanzar las satisfacciones a las
12 La Vida y obra de la devota Juana de Jesús María se halla repartida en tres volúmenes manuscritos, uno
de los cuales está en la Dirección de Investigaciones de la Biblioteca Nacional del Perú (signatura F-157), aunque bastante deteriorado por el agua y el fuego, y los otros dos en el Archivo del Convento de Santo Domingo de Lima. Ha comprobado para mí estos datos el señor Diego Lévano Medina.
podían y querían aspirar. La intimidad dentro de la cual sor María Manuela creó sus propios testimonios es una característica que la distingue de la escritura puramente artística o literaria. “Esa soledad sin testigos dentro de la cual la religiosa estableció los nexos con sus fuentes de inspiración es precisamente una de las características más apasionantes de la escritura conventual. En ella se vierte el sujeto-autor sin inhibiciones y en una búsqueda que es más intensa cuanto más difícil se representa”, según escribe Asunción Lavrin («Prólogo» a Armacanqui 1999: ii).
El modelo teresiano inspiró asimismo la tarea de la madre Antonia Lucía Maldonado (1646-1709), criolla natural de Guayaquil, que decidió abandonar su hogar conyugal para establecer en Lima, a finales del siglo XVII, una comunidad de nazarenas sujeta a las reglas de la orden carmelita. En la simbología ritual de las monjas nazarenas ¾designadas alguna vez con el término de “apóstolas”¾ se aprecia la intención de emular la pasión y agonía de Cristo, procurando reencarnar el coraje del Salvador y sus discípulos en esa hora extrema. La instalación del monasterio carmelita de San Joaquín en Lima sirvió para satisfacer una serie de necesidades básicas de la sociedad, en tanto que repositorio para hijas “en exceso”, plantel de educación, refugio en caso de guerra, alternativa al matrimonio insostenible y lugar de reconocimiento social (cf. Arenal y Schlau 1989, cap. 5).
Respecto a las famosas “alumbradas” del siglo XVII, compañeras espirituales de Santa Rosa, se conoce que fueron también profusas escritoras. Se habla de los 54 cuadernos manuscritos de Inés de Velasco y de los 59 libros de su pluma que se requisaron a doña Luisa Melgarejo (Iwasaki Cauti 1995). Similar se presenta el caso de la famosa “iluminada” Ángela Carranza, criolla natural de Córdoba del Tucumán, quien fuera sometida a juicio por el tribunal de la Inquisición de Lima entre los años 1689 y 1694. Dícese que Ángela —acusada de embustera, blasfema, hereje y aliada del demonio— alcanzó a escribir un diario místico de más de siete mil hojas, en letra abigarrada, sobre el tema de la Inmaculada Concepción de María. Parece que este documento fue, lamentablemente, quemado (Mannarelli 1998: 57-59).
Aunque en general las monjas sabían leer y escribir, éstas se hallaban controladas y aun prohibidas de emitir juicios respecto a la administración de la Iglesia o del Estado. Pero al ordenarles los confesores que relataran su experiencia mística, aprovecharon esa circunstancia y se las ingeniaron para entretejer su opinión sobre los acontecimientos de su tiempo de una manera que no comprometiera su seguridad personal (cf. Armacanqui 1999: 41-42). Resumiendo el legado cultural del Virreinato, podemos anotar en fin que se buscó concientizar a la mujer de su condición inferior, para que aceptara sin objeciones la superioridad masculina. El sometimiento de la mujer laica llegaba hasta el extremo de exigirle aceptar en silencio las humillaciones a que daba lugar la infidelidad de los maridos, e inclusive los castigos físicos, y sólo se le abría la posibilidad de superar esta situación al abrazar el estado religioso.
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