La Iglesia Anglicana es el mejor ejemplo de una “Iglesia establecida en Europa que gozaba de los mismos privile- gios en Norteamérica. Una “Iglesia Establecida” es una Iglesia del Estado, o sea una Iglesia que es favorecida por el Gobierno y es patrocinada por medio de los impuestos. El Estado de Virginia fue la primera colonia inglesa en América, y siendo los habitantes de Jamestown (1607) an- glicanos, no es de sorprender que el anglicanismo llegara a ser la Iglesia del estado de Virginia.
Al formarse otras colonias en el Sur, la Iglesia anglicana gozaba de los mismos privilegios que en el estado e Virgi- nia. La historia religiosa de Maryland es distinta debido a que el estado fue fundado por un católico, Lord Baltimore. Sin embargo, Lord Baltimore fue obligado por razones po- líticas y económicas a otorgar tolerancia religiosa a otras Iglesias; en 1649 bajo William Stone, un gobernador pro- testante, el cuerpo legislativo de Maryland adoptó el de- creto de tolerancia. Barton W. Stone, uno de los líderes de Movimiento de Restauración, fue descendiente directo del Gobernados Stone. A fines de los años 1600 los protestan- tes lograron controlar Maryland, negando la libertad a los católicos y haciendo del anglicanismo la Iglesia del estado. Para fines del periodo colonial, la Iglesia anglicana era Iglesia del estado en todas las colonias del sur, excepto que perdió sus privilegios durante la Revolución.
En 1784 las Iglesias anglicanas de Norteamérica se con- virtieron en la Iglesia Episcopal. En las colonias de New England, Massachusetts, Connecticut y New Hampshire, la fe puritana (congregacional), gozaba de los mismos pri- vilegios que el anglicanismo en el sur. Los puritanos ha- bían surgido como un grupo de la Iglesia de Inglaterra du- rante el reinado de la reina Elizabeth (1558-1603)…
(Del prafacio)
http://servicioskoinonia.org/biblioteca/teologica/RobinsonSinceroParaConDios.pdf
El autor de Sincero para con Dios es miembro de la Iglesia de Inglaterra, obispo de Wool- wich. Antes de que publicara este pequeño li- bro, era conocido en los medios especializa- dos por varias obras de exégesis. Hoy, en cambio, su nombre es uno de los más discuti- dos en el mundo anglosajón por los cristianos de todas las confesiones. El Dr. Robinson no pretendió ciertamente este éxito ni semejante fama, una fama no obstante harto relativa, puesto que el libro le ha valido violentos ata- ques, algunos de los cuales andaban muy lejos de estar animados por la caridad fraterna o por un simple espíritu de justicia.
Independientemente de lo que podamos pensar acerca del contenido del libro, su mismo éxito nos revela un estado de cosas que no puede dejar indiferente a ningún cristiano –sa- cerdote o laico y cualquiera que sea su Iglesia– por poco que le preocupe la vida y la irradiación de la fe en nuestra época.
En primer lugar constituye la prueba de que, a pesar de una aparente indiferencia, millares de nuestros contemporáneos, tanto creyentes como incrédulos, aún pueden sentirse heridos en lo más vivo de sí mismos por unas cuestiones tan funda- mentales como la existencia de Dios y el sentido que cabe dar a la fe cristiana. Las razones de semejante sensibilidad son probablemente diversas, contradictorias, y, a menudo, sin duda, muy pobres. Pero el hecho es evidente. Debemos tener- lo en cuenta y, a nuestro parecer, debemos alegrarnos de que sea así.
Por otra parte, y en un plano más teológico que pastoral, tan- to el contenido del libro como el eco que ha suscitado, mues- tran con la mayor claridad que uno de los problemas funda- mentales que han sido planteados al pensamiento moderno se halla condicionado por la filosofía del lenguaje y por la filo- sofía del conocimiento implicada en ella. ¿Qué valor tienen las palabras y las ideas? ¿Nos es realmente posible establecer, una comunicación con el prójimo? Cuestiones son éstas que se hacen mil veces más ardientes cuando se trata de las ideas y de las palabras que se refieren al misterio de Dios y a su designio redentor. […]
De la presentación del libro por:
JEAN DE LA CROIX KAELlN, o. p.
Asistente eclesiástico internacional de Pax Romana, y Consi- liario universitario en Ginebra
John Arthur Thomas Robinson fue un teólogo erudito del Nuevo Testamento, obispo anglicano de Woolwich, Inglaterra. (1919, Canterbury, Reino Unido / 1983, Arncliffe, Reino Unido).
El visitante europeo que hubiera llegado a la Nor- teamérica de 1700, se habría encontrado con un evento impresionante del ambiente religioso, su gran diversidad comparada con los países de Eu- ropa. Esto era cierto especialmente en las colonias centrales tales como New York y Pennsylvania, donde se había concentrado una gran diversidad de nacionalidades europeas. Sin embargo, aun en la puritana New England y el sur anglicano, esta- dos que apoyaban a la Iglesia, no habían podido evitar que los disidentes se establecieran en sus dominios.
SINCERO PARA CON DIOS
Por John Arthur Thomas Robinson
LA HISTORIA DE LA RESTAURACIÓN
Por Bill J. Humble
OBRA DISPONIBLE:
https://willie75.files.wordpress.com/2011/01/la-historia-de-la-restauracion-por-bill-humble.pdf
Profesor jubilado de la Universidad Cristiana de Abilene (TX, EE.UU.). Ha servido durante muchas décadas como maestro, escritor y orador influyente. Foto de febrero de 2011 y tomada de:
http://frankbellizzi.blogspot.com/2011/02/bill-humble-on-archaeology-of-bible.html.
Dr. Bill Humble.
La Iglesia Anglicana es el mejor ejemplo de una “Iglesia establecida en Europa que gozaba de los mismos privile- gios en Norteamérica. Una “Iglesia Establecida” es una Iglesia del Estado, o sea una Iglesia que es favorecida por el Gobierno y es patrocinada por medio de los impuestos. El Estado de Virginia fue la primera colonia inglesa en América, y siendo los habitantes de Jamestown (1607) an- glicanos, no es de sorprender que el anglicanismo llegara a ser la Iglesia del estado de Virginia.
Al formarse otras colonias en el Sur, la Iglesia anglicana gozaba de los mismos privilegios que en el estado e Virgi- nia. La historia religiosa de Maryland es distinta debido a que el estado fue fundado por un católico, Lord Baltimore. Sin embargo, Lord Baltimore fue obligado por razones po- líticas y económicas a otorgar tolerancia religiosa a otras Iglesias; en 1649 bajo William Stone, un gobernador pro- testante, el cuerpo legislativo de Maryland adoptó el de- creto de tolerancia. Barton W. Stone, uno de los líderes de Movimiento de Restauración, fue descendiente directo del Gobernados Stone. A fines de los años 1600 los protestan- tes lograron controlar Maryland, negando la libertad a los católicos y haciendo del anglicanismo la Iglesia del estado. Para fines del periodo colonial, la Iglesia anglicana era Iglesia del estado en todas las colonias del sur, excepto que perdió sus privilegios durante la Revolución.
En 1784 las Iglesias anglicanas de Norteamérica se con- virtieron en la Iglesia Episcopal. En las colonias de New England, Massachusetts, Connecticut y New Hampshire, la fe puritana (congregacional), gozaba de los mismos pri- vilegios que el anglicanismo en el sur. Los puritanos ha- bían surgido como un grupo de la Iglesia de Inglaterra du- rante el reinado de la reina Elizabeth (1558-1603)…
(Del prafacio)
http://servicioskoinonia.org/biblioteca/teologica/RobinsonSinceroParaConDios.pdf
El autor de Sincero para con Dios es miembro de la Iglesia de Inglaterra, obispo de Wool- wich. Antes de que publicara este pequeño li- bro, era conocido en los medios especializa- dos por varias obras de exégesis. Hoy, en cambio, su nombre es uno de los más discuti- dos en el mundo anglosajón por los cristianos de todas las confesiones. El Dr. Robinson no pretendió ciertamente este éxito ni semejante fama, una fama no obstante harto relativa, puesto que el libro le ha valido violentos ata- ques, algunos de los cuales andaban muy lejos de estar animados por la caridad fraterna o por un simple espíritu de justicia.
Independientemente de lo que podamos pensar acerca del contenido del libro, su mismo éxito nos revela un estado de cosas que no puede dejar indiferente a ningún cristiano –sa- cerdote o laico y cualquiera que sea su Iglesia– por poco que le preocupe la vida y la irradiación de la fe en nuestra época.
En primer lugar constituye la prueba de que, a pesar de una aparente indiferencia, millares de nuestros contemporáneos, tanto creyentes como incrédulos, aún pueden sentirse heridos en lo más vivo de sí mismos por unas cuestiones tan funda- mentales como la existencia de Dios y el sentido que cabe dar a la fe cristiana. Las razones de semejante sensibilidad son probablemente diversas, contradictorias, y, a menudo, sin duda, muy pobres. Pero el hecho es evidente. Debemos tener- lo en cuenta y, a nuestro parecer, debemos alegrarnos de que sea así.
Por otra parte, y en un plano más teológico que pastoral, tan- to el contenido del libro como el eco que ha suscitado, mues- tran con la mayor claridad que uno de los problemas funda- mentales que han sido planteados al pensamiento moderno se halla condicionado por la filosofía del lenguaje y por la filo- sofía del conocimiento implicada en ella. ¿Qué valor tienen las palabras y las ideas? ¿Nos es realmente posible establecer, una comunicación con el prójimo? Cuestiones son éstas que se hacen mil veces más ardientes cuando se trata de las ideas y de las palabras que se refieren al misterio de Dios y a su designio redentor. […]
De la presentación del libro por:
JEAN DE LA CROIX KAELlN, o. p.
Asistente eclesiástico internacional de Pax Romana, y Consi- liario universitario en Ginebra
John Arthur Thomas Robinson fue un teólogo erudito del Nuevo Testamento, obispo anglicano de Woolwich, Inglaterra. (1919, Canterbury, Reino Unido / 1983, Arncliffe, Reino Unido).