TIEMPOS INTENTO DE BIOGRAFÍA RAZONADA
CAPÍTULO 3. DUQUESA DE AQUITANIA Y DE NORMANDÍA
Leonor, por primera vez, es una mujer libre. Pero en pleno siglo XII una mujer no puede seguir así por mucho tiempo, sobre todo tratándose de una heredera que posee feudo o dominio para administrar o, más aún, para defender, por la lanza y la espada. Toda mujer necesita un «protector», padre, hermano, tío o, por lo general marido. Leonor no puede ignorarlo, y probablemente era un detalle que había previsto.
Liberada de todos los vínculos conyugales, cabalga de inmediato hacia Poitiers. Seguramente no está «triste» ni se siente «desolada», como desearon algunos historiadores incapaces de imaginar que Leonor es algo más que una mujer sumisa, pasiva y repudiada por sus faltas[109]. Como máximo pueden admitir en ella, aunque a menudo se la acusa de lo contrario[110], cierta tristeza al haber tenido que dejar a sus dos hijas María (de siete años) y Alix (menos de dos) junto al rey, en la corte de Francia. Ningún texto nos aclara los sentimientos de Leonor ante esa separación de sus dos hijas. Podemos afirmar, en cambio, que el rey Luis nunca habría aceptado separarse de sus hijas, aunque Leonor hubiera expresado el deseo de llevárselas con ella: los hijos «pertenecen» al padre. El interés político del rey era conservar su custodia para casarlas a su conveniencia, y lo hizo muy pronto. Leonor sigue siendo, en efecto, duquesa de Aquitania pero, cuando muera, serán las hijas quienes, en ausencia de un varón, se convertirán en herederas del ducado. Eso hace que revistan más interés aún al modo de ver del rey, queda por descontado que Leonor, una mujer que sólo le ha dado dos hijas en quince años de matrimonio, nunca tendrá hijos.
Probablemente fue esa presunta incapacidad de Leonor lo que, finalmente, decidió al rey a separarse de ella. La anulación de su matrimonio le permite casarse con Constanza de Castilla, dos años más tarde, en Orleans. La consanguinidad invocada para anular su primer matrimonio es sólo, evidentemente, un pretexto, y no podemos seguir los relatos que convierten a Luis en un «piadoso rey» inclinándose, a su pesar, ante los preceptos de la Iglesia para separarse de Leonor, primero, y para volverse a casar luego[111]. Lo prueba que ese «piadoso rey», muy conocedor sin embargo de los problemas de consanguinidad, se casa sucesivamente con Constanza de Castilla y Adela de Champaña. Pues bien, las dos son sus allegadas, de varios modos, en tercer, cuarto y quinto grado, todos ellos prohibidos por las leyes de la Iglesia, como se ha demostrado ampliamente[112].
Tales alianzas, tanto las de Luis como las de sus hijas, le son por aquel entonces indispensables al rey de Francia. Al separarse de su esposa, luis ha perdido en efecto el control de Aquitania y, para plantar cara a la creciente amenaza de la casa Plantagenet, debe buscar nuevos apoyos. Se vincula a la casa de Blois-Champaña ofreciendo a su hija mayor, María, como prometida al conde Enrique, hijo de su antiguo adversario Thibaud IV. Fortalece esta alianza prometiendo, en 1154, la mano de su segunda hija, Alix, a Thibaud V de Blois, el hermano de Enrique, a quien convierte también en senescal, título que ha permanecido vacante tras la muerte de Raúl de Vermandois, dos años antes, que dejó dos hijos de corta edad a Petronila, la hermana de Leonor. También en 1154 Luis entrega a su hermana Constanza, viuda del conde Eustaquio de Bolonia, en matrimonio al conde de Tolosa Raimundo V. Todas esas bodas tienen motivos puramente políticos, como sucede casi siempre en la Europa medieval[113].
Leonor, duquesa de Aquitania, vuelve a convertirse en un buen partido e, incluso, en una tentadora presa que varios cazadores de heredad no tardan en desear. Mientras cabalga con una débil escolta de Beaugency hacia Poitiers, escapa por los pelos a dos de ellos, hermanos menores de la familia. El cronista de Tours cuenta esas peripecias de modo conciso, pero sabroso:
Tras ello [la anulación del matrimonio en Beaugency], la reina se dirigió a Blois; pero allí, puesto que el conde Thibaud de Blois quería desposarla por la fuerza, escapó de noche y huyó a Tours. Luego, como Godofredo Plantagenet, hijo de Godofredo, conde de Anjou, hermano de Enrique, quería desposarla también y llevarla hacia Port-aux-Pile, Leonor, advertida por sus ángeles,
regresó a Aquitania, su país, por otra ruta. Allí, Enrique, duque de Normandía, la tomó por mujer, lo que suscitó una gran discordia entre él y Luis, rey de Francia[114].
No se sabe quiénes fueron esos «ángeles anunciadores»... El joven Thibaud se consolará muy pronto, con la hija de Leonor, de su fracaso con la madre: dos años más tarde, lo hemos dicho ya, el rey Luis le da la mano de Alix, con quien se desposará en 1164. Por lo que se refiere a Godofredo Plantagenet, es un adolescente aún: sólo tiene dieciséis años y Leonor doce más, aunque eso no sea un impedimento importante, sobre todo en la familia Plantagenet; ¿acaso su padre, Godofredo el Hermoso, no se casó con la «emperatriz Matilde», viuda del emperador Enrique V, que tenía once años más que él?
A Leonor le preocupan poco, en verdad, esos hijos menores de grandes familias: sabe que puede apuntar más alto. El 18 de mayo de 1152, en efecto, apenas dos meses después de su «divorcio», se casa con Enrique Plantagenet en la catedral Saint-Pierre de Poitiers. Esa nueva boda, extremadamente rápida, merece un examen, pues le plantea al historiador cierto número de preguntas.
La primera se refiere a las costumbres y las leyes canónicas referentes al matrimonio, invocadas por Leonor y luego por Luis para .mular su unión. Pues bien, casándose con Enrique, Leonor no se ha mostrado más preocupada que Luis por evitar un nuevo «matrimonio consanguíneo»: ambos esposos son, en efecto, también, primos en quinto grado, como muestra la tabla genealógica que damos al comienzo de esta obra. Infringiendo las leyes de la Iglesia, el matrimonio lo hace también con las costumbres feudales que exigen que el señor-rey dé su consentimiento a la boda de sus vasallos. Está claro que Luis no habría dado su consentimiento a semejante unión si se lo hubieran pedido de acuerdo con el derecho feudal que está fijándose. Por eso, como observa Guillermo de Newburgh, convenía mostrarse discretos para no llamar la atención de modo demasiado provocador:
Ese matrimonio fue menos solemne de lo que habría podido esperarse de su rango, por prudencia, a fin de que los solemnes preparativos de semejante boda no hicieran surgir algún obstáculo contra ella[115].
Luis VII tendría razones para oponerse a ese nuevo matrimonio. La elección de Leonor es, en efecto, una de las más desfavorables para el Capeto. El cronista de Tours, citado anteriormente, afirma en resumen que esta unión fue causa de la discordia entre Enrique y Luis[116]. La discordia, de hecho, existía antes ya, pero la elección de Leonor contribuyó en gran modo a aumentarla, sobre todo cuando, un año más tarde, dio a luz un hijo llamado Guillermo, poniendo fin así a las pretensiones del rey sobre Aquitania en nombre de sus lujas María y Alix[117].
Según Lamberto de Watreloos, Luis VII, al saber esa noticia, se sintió enormemente trastornado y, comprendiendo su error, lamentó haber dejado partir a Leonor y se preparó de inmediato para hacer la guerra contra Enrique[118].
El origen de la discordia entre ambos reyes no es, sin embargo, nuevo. Se remonta, en lo esencial, al año 1150. En esa fecha, Enrique Plantagenet es investido por su padre, Godofredo el Hermoso, con el ducado de Normandía. Ahora bien, esa «cesión de poderes» de padre a hijo se lleva a cabo sin consultar al rey, su señor, a quien el nuevo duque tarda, además, en rendirle homenaje. Puede verse en ello un intento de reivindicación de autonomía y Luis piensa en reducir por la fuerza tales veleidades. Suger consigue convencer al rey para que no se lance a semejante guerra, pero muere el 13 de enero de 1151 y Luis ataca muy pronto Normandía. Bernardo de Claraval, reanudando la misión pacificadora de Suger, obtiene una tregua entre ambas partes y consigue convencer a Godofredo el Hermoso y a su hijo Enrique de que se dirijan a la corte del rey para negociar la paz y regularizar la situación. Obtienen allí la investidura de Normandía para Enrique, que acepta entonces rendir homenaje al rey de Francia por su ducado, por medio de la confirmación de que se cede a Luis el Vexin normando.
sin duda, al joven Enrique, de dieciocho años de edad. Los historiadores se ponen por lo general de acuerdo en admitir que le produjo una gran impresión a la reina de Francia, nueve años mayor que él. Algunos van más lejos y piensan que Leonor se enamoró de inmediato, seducida por la virilidad, el encanto, la cortesía y la cultura del joven duque[119]. Enrique ha recibido, en efecto, una educación muy por encima de la media de los aristócratas de la época. Alumno primero del poeta Pierre de Saintes, frecuentó en Bristol, a la edad de diez años, la corte de su tío y tutor Roberto de Gloucester, gran señor, culto, protector de las letras y las artes, y pudo encontrarse allí con Geoffroy de Montmouth quien, hacia 1138, redacta su Historia de los reyes de Bretaña y populariza la gesta del legendario rey Arturo. De regreso a Normandía, recibe lecciones de Matthieu, futuro obispo de Angers, y del célebre filósofo y gramático Guillermo de Conches[120].
La cultura es, por lo demás, una tradición familiar. De creer al cronista Bretón d'Amboise, su antepasado el conde angevino Fulco el Bueno gustaba de la compañía de clérigos y había enviado al rey de Francia, que se burlaba de esa cultura poco corriente entre los laicos, una nota en la que había escrito: «Sabed, mi Señor, que un rey iletrado es un asno coronado»[121]. Según Guillermo de Malmesbury, fue otro de sus antepasados, esta vez del lado de su madre (a saber, el duque Guillermo el Conquistador, primer rey de Inglaterra), quien habría inculcado con éxito la afición al estudio a su propio hijo Enrique, a quien se apodará «Beauclerc» («clérigo apuesto»), repitiéndole la misma máxima[122]. Iván Gobry, muy influido por su percepción clerical y su admiración hacia Luis, es probablemente el único que ve en la persona de Enrique Plantagenet «[...] un patán, grosero y violento; por completo opuesto a Luis, distinguido, elegante y dulce»[123].
Sin tener el atractivo físico de su padre Godofredo el Hermoso, Enrique no dejaba de ser un buen caballero y de una incansable actividad. Gualterio Map, que lo trató mucho tiempo, esboza de él, no sin humor, ese retrato de gran colorido:
Yo mismo vi el comienzo de su reinado y la continuación de su vida, que fue encomiable por muchas razones. Era un poquito más alto que el mayor de los hombres de talla media, sano de cuerpo y hermoso de rostro; no te cansabas de mirarle aunque lo hubieras visto ya mil veces. Su agilidad física no tenía igual y podía hacer todo aquello de lo que otro era capaz. Conocía todas las reglas de la cortesía, era tan instruido como es concebible o útil serlo, con un conocimiento de todas las lenguas habladas del mar francés hasta el Jordán. Dicho esto, sólo utilizaba el latín y el francés [...]. Era un hábil cazador al acecho y al vuelo y adoraba este inútil deporte. Trabajaba siempre y velaba hasta muy tarde; cuando se dormía y tenía sueños eróticos, maldecía a su cuerpo que no conseguía dominar con la abstinencia ni agotar con el trabajo. Pero yo creía que el miedo que le impulsaba a semejantes esfuerzos no era el de ser veleidoso, sino más bien el de engordarse demasiado[124].
Pedro de Blois, que lo conoció bien más tarde como secretario antes de ser el de Leonor, se muestra algo más preciso, aunque relativamente poco halagador, tanto sobre la apariencia lisica del rey en su edad madura como en cuanto a su conocida versatilidad. Confirma sus cualidades de hombre culto, pero insiste ante todo en su incansable actividad, su autoridad, su agudo sentido del gobierno y sus incesantes cabalgadas, capaces de desconcertar tanto a sus enemigos como a su propia corte:
Es un hombre de pelo rojizo, de estatura mediana; tiene una faz leonina, cuadrada, con los ojos a flor de cabeza, ingenuos y dulces cuando está de buen humor, y que echan rayos cuando está irritado. Sus piernas de jinete, su ancho pecho, sus brazos de atleta delatan al hombre fuerte, ágil y audaz. No cuida en modo alguno sus manos y sólo se pone guantes si lleva un halcón. Viste con ropa y tocados cómodos, sin lujo. Combate la obesidad que le amenaza con la sobriedad y el ejercicio y, gracias a la marcha y la equitación, conserva su juventud y es capaz de fatigar a sus más robustos compañeros. De la mañana a la noche, sin descanso, se ocupa de los asuntos del reino. Salvo cuando monta a caballo o hace sus comidas, nunca se sienta. A veces, en un solo día lleva a cabo una cabalgada cuatro o cinco veces más larga que las cabalgadas ordinarias. Es muy difícil saber dónde está y lo que hará durante el día, pues cambia de idea a menudo. Pone a ruda prueba la constancia de su séquito, que
vagabundea a veces durante tres o cuatro millas por un bosque desconocido, por la noche, viéndose obligado a alojarse en sórdidas cabañas. Pero así, mientras los demás reyes descansan en su lecho, él puede sorprender y desconcertar a sus
enemigos; y lo inspecciona todo, procurando tener a raya a quienes él constituyó en jueces de los demás. Cuando no tiene en la mano un arco O una espada, está en el Consejo o leyendo. Nadie es más ingenioso ni más elocuente, y cuando puede liberarse
de sus preocupaciones, le gusta discutir con los letrados[125].
Ignoramos, evidentemente, cuáles fueron los sentimientos reales de Leonor hacia Enrique. Algunas fuentes, sin embargo, sugieren que habría podido encontrarle más adecuado a sus deseos que a su primer marido, y habría premeditado así, ya en aquella época, unirse a Enrique, y empujar para ello a Luis al divorcio, como sugiere Guillermo de Newburgh:
Cuando el rey volvió a su casa con su mujer, pero también con la vergüenza de una empresa infructuosa, el amor que había entre ambos se enfrió poco a poco, y aumentaron los motivos de separación. La reina se sentía ofendida en alto grado por el comportamiento del rey, y decía que se había casado con un monje, y no con un rey. Se dijo también que, aun en la época en que era todavía esposa del rey de Francia, aspiraba a una unión con el duque de Normandía, considerándolo más adecuado a su propio temperamento; por ello eligió y obtuvo la separación[126].
Guillermo de Newburgh redacta su versión definitiva unos cuarenta años después de los hechos, pero su testimonio es por lo general fiable, aunque muy marcado por un profundo antifeminismo clerical. Ahora bien, convierte claramente a la reina en la incitadora de su «divorcio», pero también de su nueva boda con Enrique. Tal vez sea esta iniciativa «matrimonial» femenina, escandalosa a su modo de ver, lo que le lleva, como a varios de sus colegas, a dar una explicación adecuada a la habitual percepción de los eclesiásticos, a saber: la insaciable libido de las mujeres. Por eso sugiere, no sin razones por lo demás, que Leonor tenía en ese plano motivos para preferir al joven Enrique, caballero ardiente y «cortés», antes que a su esposo «más monje que rey», según la fórmula atribuida a la reina que, por otra parte, sólo menciona él.
La premeditación de Leonor es, en efecto, muy probable, sean cuales sean sus razones[127]. Roberto de Torigni, discreto y bien informado, cercano a los hechos y que trata a los dos príncipes implicados, la sugiere también adviniendo que Enrique se casó con Leonor inmediatamente después de su divorcio, «o espontáneamente, o por efecto de una decisión premeditada»[128]. Gervasio de Canterbury, a finales de siglo, cree poder mostrarse más concreto aún; pone de relieve, a la vez, la premeditación y los móviles políticos y económicos de ambos cónyuges. Inmediatamente después del divorcio, escribe, Leonor tomó la iniciativa y envió a Enrique mensajeros, no para que desempeñaran un papel de alcahuetes en negociaciones amorosas de tipo romancesco, como se ha sugerido recientemente[129], sino sencillamente para informar a Enrique de su nueva disponibilidad.
Envió secretamente al duque mensajeros para anunciarle que volvía a ser libre, acuciándole para que contrajera matrimonio con ella. Se decía en efecto que había sido ella, con su habilidad, quien había obtenido aquel repudio lleno de artificios. El duque, seducido por la nobleza de aquella mujer y, sobre todo, invadido por el deseo de poseer los honores que de ella dependían, sin demorarse, tomó con él sólo a algunos compañeros, siguió los más cortos caminos y, al cabo de muy poco tiempo, llevó a cabo esa boda que había ya, antes, ardientemente deseado[130].
Enrique estaba entonces en Lisieux donde, el 6 de abril, acababa de celebrar consejo con sus varones normandos para organizar una expedición militar a Inglaterra. Acude a Poitiers y se casa con ella de inmediato. En efecto, todo parece haber sido premeditado, estar organizado.
¿Desde cuándo podían Enrique y Leonor desear esta unión? Sólo durante la estancia (de algunos días) de Godofredo el Hermoso y de su hijo Enrique en París, en septiembre de 1151, pudo nacer entre ambos semejante proyecto. Algunos historiadores han supuesto que esto podría explicar el cambio de actitud de los dos angevinos que, llegados con arrogancia a la corte, acaban cediendo en numerosos puntos, devuelven la libertad a su cautivo Berlai, confirman al rey la muy deseada y disputada posesión del Vexin y aceptan rendir homenaje a Luis por Normandía[131]. Esta interpretación es plausible y conforme con los documentos de la época. Leonor, repitámoslo, necesitaba un protector. Su nueva boda es, ante todo, política.
Otros historiadores, lo hemos dicho ya, insisten en la atracción física de Leonor por el joven Enrique y en su deseo sexual. Las fuentes son discretas a este respecto. Algunas, bastante tardías, sugieren sin embargo que Leonor habría sido «seducida» por Enrique, tras haberlo sido por su padre Godofredo el Hermoso. Los historiadores que quieren ver en Leonor a una segunda Mesalina hacen mucho caso a esos testimonios (relativamente) tardíos que, para ellos, la desacreditan. Por el contrario, quienes intentan disculpar a la reina los rechazan y ven en ellos, tan sólo, «habladurías de corte» perfectamente injustificadas. Tanto en un caso como en el otro, su juicio se apoya más en la parcialidad y los prejuicios morales que en fundamentos críticos verdaderos. Desdeñar tan a la ligera esas fuentes, muy útiles por otra parte, barriéndolas simplemente con la mano, ¿no es tan inconsecuente como creerlas del todo verídicas en dominios tan íntimos?
Gualterio Map es el primero que repite esos rumores. Estudiante en París entre 1150 y 1160, pudo espigar pues, en aquel momento, algunos ecos de la doble infidelidad, antigua una, más reciente la otra, de la que hace plenamente responsable a Leonor:
Le sucedió Enrique, hijo de Matilde, que fue objeto de las miradas libidinosas de Leonor, reina de Francia. Estaba ella casada