TIEMPOS INTENTO DE BIOGRAFÍA RAZONADA
CAPÍTULO 9. LEONOR Y JUAN
¿Qué pasó, pues, en Châlus?
El episodio ha hecho correr mucha tinta y ha dado lugar a abundantes controversias. He intentado aclarar el asunto en otra parte, tras revisar minuciosamente el conjunto de los datos que los cronistas proporcionan[521]. Me limitaré pues, aquí, a repetir Las líneas generales y las conclusiones.
La primera intención de Ricardo al dirigirse a sitiar Châlus no suscita duda alguna: como Enrique II, Leonor y él mismo habían hecho antaño tantas veces, Ricardo va a aquella región del Lemosín como soberano deseoso de castigar con dureza, de acuerdo con el derecho feudal, a algunos felones vasallos, entre ellos a Ademai de Angulema y Aimar de Limoges, dos de sus más constantes adversarios en Aquitania. Gervasio de Canterbury sitúa, erróneamente, la muerte del rey en Nontron, y no en Châlus, pero acierta al ver en la lucha de Ricardo contra el vizconde de Limoges (detentador de aquel castillo) la verdadera razón del asedio y la muerte del rey[522]. Adán de Eynsham cuenta que, saliendo de Normandía en compañía del obispo Hugo de Lincoln, habían tenido que detener su viaje en Angers, en la primavera del año 1199, porque Ricardo llevaba a cabo entonces, contra el conde de Angulema, una represión tan dura que la gente de las regiones vecinas estaba aterrorizada[523]. Guillermo el Mariscal proporciona informaciones del misino tipo[524]. Raúl de Diceto, en su relato redactado antes de 1202, cuenta con precisión la muerte del rey:
Ricardo, rey de Inglaterra, tras haber reinado 9 años, 6 meses y 19 días, fue herido con una flecha por Pierre Basile el 26 de marzo, en el castillo de Châlus, del territorio de Limoges, en el ducado de Aquitania. Tras ello, el martes 6 de abril, aquel hombre entregado a las obras de Marte terminó sus días junto a aquel mismo castillo. Fue enterrado en Fontevraud, a los pies de su padre Enrique II[525].
La crónica de Bernardo Itier menciona lacónicamente la muerte del rey en 1199, pero precisa más adelante el contexto del acontecimiento. Se produce mientras varias ciudades de la región eran atacadas y numerosas plazas fuertes asediadas, incluido Châlus:
El año de gracia de 1199, murieron el rey Ricardo, Hugo de Clermont, abad de Cluny, Hélie, al servicio de Tarn, el vizconde Ademar el Viejo, el arzobispo de Bourges, Enrique [...]. Numerosas ciudades fueron sitiadas, a saber, las ciudades de Limoges, Sainte-Gemme, Nontron, Noailles, Châlus-Chabrol, Hautefort, Saint-Maigrin, Aubusson, Salagnac, Cluis, Brive, Augurande, Sainte-Livrade, Piégut[526].
Una nota marginal en la crónica de Godofredo de Vigeois, redactada probablemente por Bernardo Itier[527], buen conocedor de los hechos que se desarrollaron en su región, da del acontecimiento un informe más preciso aún:
El año de la encarnación del Señor 1199, Ricardo, el muy poderoso rey de los ingleses, fue alcanzado por una flecha en el hombro mientras asediaba la torre de un castillo del país lemosín, Châlus-Chabrol. En esta torre se hallaban dos caballeros, rodeados de unas treinta y ocho personas, hombres y mujeres. Uno de los caballeros se llamaba Pierre Brun, el otro Pierre Basile. Fue este último quien, según dicen, disparó con su ballesta, una flecha que alcanzó al rey, que murió al duodécimo día, es decir, el martes antes del domingo de Ramos, el 6 de abril, a primeras horas de la noche. Anteriormente, mientras estaba enfermo, había dado a sus tropas la orden de asediar un castillo del vizconde Aimar, llamado Nontron, así como otra plaza fuerte llamada Montagut [¿Piégut?], lo que hicieron. Pero habiendo sabido la muerte del rey, se retiraron confusos. El rey había formado en su corazón el designio de destruir todos los castillos y todas las ciudades fortificadas del vizconde[528].
El objetivo principal de Ricardo es, por lo tanto, de orden político: quiere meter en cintura a sus vasallos infieles.
A esta razón se añade, según otros testimonios, un motivo más material que los cronistas hostiles a Ricardo, tanto en Francia como en Inglaterra, se complacen en repetir: la avaricia del rey. Según esta tesis, un campesino habría encontrado poco tiempo antes un tesoro que, entregado a su señor, había sido depositado en Châlus. Ricardo, como soberano, habría en vano reclamado su parte y habría querido entonces apoderarse de él por la fuerza. Encontramos esta versión en Rigord, monje de la abadía real de Saint-Denis e historiógrafo del rey Felipe Augusto. Su crónica, redactada hacia 1206, refleja el punto de vista Capeto, muy hostil al rey de Inglaterra. La mención del tesoro permite poner de relieve la avaricia del rey enemigo:
El año del Señor de 1199, el 6 de abril, Ricardo, rey de Inglaterra, sucumbió a una grave herida cerca de la ciudad de Limoges. Había, en efecto, sitiado un castillo que los lemosines llaman Châlus-Chabrol, durante la primera semana de la Pasión del Señor, a causa de un tesoro que había encontrado en ese lugar un caballero: empujado por un extremado deseo, el rey exigía
insistentemente al vizconde de Limoges que el tesoro le fuera entregado. El caballero que había encontrado el tesoro había huido, en efecto, junto a aquel vizconde. Ahora bien, mientras el rey se demoraba en el sitio del castillo y lo atacaba cada día con ardor, un ballestero, que disparó de improviso una saeta de ballesta, hirió mortalmente al rey de Inglaterra que, unos días más tarde, tomó el camino de toda carne. Descansa en Fontevraud, en una abadía de monjas, enterrado junto a su padre. Por lo que al tesoro se refiere, según se decía, representaba, en oro muy puro, a un emperador con su mujer, sus hijos y sus hijas, sentados a una mesa de oro, que daban para la posteridad un auténtico testimonio de su época[529].
Esta tesis del tesoro antiguo despertando la avidez de un rey perverso y avaricioso es retomada por otro cronista francés, Guillermo el Bretón[530], pero se encuentra también en Roger de Howden, historiador inglés generalmente fiable, muerto en 1201, y que redacta poco después de los hechos. Sin embargo, retirado en su monasterio de Yorkshire desde 1192, Howden conoce estos lejanos acontecimientos de Aquitania por informes muy indirectos y a veces erróneos. Por otra parte, se muestra muy crítico con Ricardo, y ve en la flecha que le alcanza un disparo providencial, un castigo divino para su crimen. Acoge pues sin excesivo pesar los informes que le llegan sobre la avidez de Ricardo, causa del asedio de Châlus.
Entretanto, Guiomar [Widomarus], vizconde de Angulema, tras haber encontrado un gran tesoro de oro y plata en sus tierras, envió buena parte a Ricardo, su señor, rey de Inglaterra; pero el rey rechazó el ofrecimiento diciendo que, por derecho de soberanía, el tesoro debía corresponderle por entero. El vizconde se negó categóricamente a aceptarlo. El rey de Inglaterra llegó pues con un gran ejército a la región para hacer la guerra al vizconde: asedió su castillo, llamado Châlus, en el que esperaba que el tesoro habría sido escondido; y cuando los caballeros [milites] y los sargentos [servientes] de la guarnición salieron para ofrecerle la rendición del castillo a condición de conservar su vida, sus miembros y sus armas, el rey se negó a recibirles, pero juró que les tomaría a viva fuerza y les colgaría. Los caballeros y los sargentos regresaron pues a su castillo, desolados y turbados, y se prepararon para defenderlo. Aquel mismo día, mientras el rey de Inglaterra y Mercadier daban la vuelta al castillo en busca del lugar más propicio para un asalto, un ballestero llamado Bertrand de Gourdon disparó, desde el castillo, una flecha; alcanzó al rey en el brazo y le infligió una herida incurable. Herido, el rey volvió a montar en su caballo y cabalgó hasta su alojamiento; ordenó a Mercadier y a todo su ejército que asaltaran sin descanso el castillo hasta su captura, y así se hizo [...]. Luego, el rey se entregó a las manos de un médico de Mercadier quien, esforzándose por extraer la punta de la flecha, sólo consiguió retirar la madera, dejando el hierro en la carne. Tras haber sajado ampliamente el brazo del rey, sin cuidado alguno, aquel verdugo [carnifex] retiró por fin la punta[531].
El relato más fiable de estos últimos momentos del rey se encuentra, sin embargo, en la pluma del monje cisterciense Raúl de Coggeshall (Essex). Se beneficia en efecto del relato de un testigo directo, Milon du Pin, abad de un monasterio cisterciense situado a una decena de kilómetros de Poitiers; ahora bien, el tal Milon era el consiliario de Ricardo y le asistió en sus últimos instantes[532]. También él, como muchos de los cronistas eclesiásticos, ve en la muer te del rey un castigo de Dios debido a sus errores morales no corregidos y a su avidez de riquezas, que le han conducido a abrumar a los ingleses con tasas, impuestos y exacciones. Al final de su vida, según él, Ricardo había llevado al colmo sus iniquidades, amasan do tesoros para atraerse vasallos en «Galia». Tras este recuerdo introductorio, muy dirigido, relata en estos términos la muerte del rey, sin olvidarse de señalar, de paso, algunas postreras faltas
morales:
En el año 1199 de la encarnación del Señor, en la época de Cuaresma, tras una conferencia que reunió a los dos reyes [de Francia y de Inglaterra] con vistas al restablecimiento de la paz, una tregua se pactó por fin entre ambos por cierta duración. En esta ocasión, al rey Ricardo le pareció oportuno dirigir a su ejército, durante la Cuaresma, contra el vizconde de Limoges; éste, mientras los dos reyes estaban en guerra, se había rebelado contra el rey, su señor, y había establecido un tratado de alianza con el rey Felipe. Algunos cuentan que un tesoro de valor inestimable había sido hallado en las tierras del vizconde y que el rey le había llamado y le había ordenado que se lo entregara. Habiéndose negado el vizconde[533], excitó más aún contra él la animosidad del rey. Mientras él devastaba a hierro y fuego las tierras del vizconde, sin saber ni siquiera abstenerse de las armas en aquel tiempo sagrado [de Cuaresma], llegó ante Châlus-Chabrol, asedió una torre y la atacó con furor durante tres días, ordenando a sus mineros que zaparan la torre para derrumbarla, lo que sucedió a continuación. En esta torre no había caballeros ni guerreros aptos para defenderla, sólo algunos servidores del vizconde que aguardaban, en vano, la ayuda de su señor. No pensaban que era el rey en persona quien les asediaba, sino tal vez alguien de la casa del rey [...]. Al anochecer del tercer día, es decir al día siguiente de la Anunciación de santa María, el rey, después de cenar, se acercó a la torre con los suyos, muy confiado, sin armadura, salvo su casco de hierro; y atacaba a los asediados, según su costumbre, lanzándoles saetas y flechas. Y he aquí: un hombre armado, durante toda la jornada que precedió a la cena, se había mantenido en las almenas de aquella torre, recibiendo sin ser herido todas las saetas, de las que se protegía rechazándolas con una sartén de freír. Ahora bien, ese hombre, que había observado con cuidado a los asaltantes, reapareció bruscamente. Tensó su ballesta y soltó con violencia la saeta hacia el rey, que le miraba y le aplaudía. Alcanzó al rey en el hombro izquierdo, junto a las vértebras del cuello, de modo que la flecha fue desviada hacia atrás para clavarse en su costado izquierdo en el momento en que el rey se inclinaba hacia delante, pero no lo bastante para colocarse bajo la protección del escudo rectangular que colocaban ante él. Tras haber recibido esa herida, el rey, de admirable valor siempre, no lanzó suspiro alguno, ni hizo oír ninguna queja, ni dejó aparecer en su rostro ni en su actitud abatimiento alguno que pudiera, en aquel momento, entristecer o dar temor a quienes estaban a su lado, ni proporcionar por el contrario a sus enemigos, a causa de esa herida, aliento para mostrarse más audaces. Luego, como si no sintiera mal alguno (hasta el punto de que la mayoría de los suyos ignoraba la desgracia que le había herido), regresó a su alojamiento, que estaba en la vecindad. Allí, al arrancar de su cuerpo la flecha, rompió el astil; pero el hierro, de la longitud de la palma de una mano, permaneció en su cuerpo. Mientras el rey estaba tendido en su habitación, un cirujano, de la infame casa del muy impío Mercadier, sajando el cuerpo del rey a la luz délas antorchas, le infligió heridas graves e incluso mortales. No pudo fácilmente encontrar el hierro metido en aquel cuerpo demasiado obeso; e incluso después de haberlo encontrado, sólo pudo extraerlo con una gran violencia.
Se aplicaron con cuidado (sobre las heridas) bálsamos y emplastos; pero luego, las heridas que le habían sido hechas comenzaron a empeorar y a ennegrecerse, a hincharse día tras día, hasta acarrear la muerte, al comportarse el rey con incontinencia y sin tener en cuenta las prescripciones de sus médicos. La entrada de la habitación donde estaba acostado se le prohibía a todo el mundo, por miedo a que la noticia de la enfermedad se divulgara públicamente demasiado pronto, a excepción de cuatro personas entre las más nobles, que entraban libremente para verle. Sin embargo, dudando de su cura ción, el rey hizo por carta que acudiera su madre, que estalla entonces en Fontevraud. Se preparó al principio por el salutífero sacramento del cuerpo del Señor, tras haberse confesado con su capellán, que le administró ese sacramento del que, desde hacía casi siete años, se había abstenido, por respeto, se dice, hacia un tan gran misterio, pues albergaba en su corazón un odio mortal contra el rey de Francia. Perdonó de todo corazón a su matador la muerte que le había infligido; así, el 6 de abril[534], es decir el undécimo día después de su herida, murió al finalizar la jornada, tras haber sido ungido con el óleo santo. Su cuerpo, vaciado de las entrañas, fue llevado hacia las monjas de Fontevraud e inhumado allí, cerca de su padre, con honores reales, por el obispo de Lincoln, el domingo de Ramos [11 de abril de 1199][535].
El relato de Raúl de Coggeshall, muy preciso y detallado, puede considerarse como el más fiable de todos. Menciona claramente las razones principales que llevaron a Ricardo hasta la región: hacer entrar en razón, arrebatándoles todo poder, a los vasallos que tanto le habían traicionado. Mucho antes del asedio de Châlus, había ido ya a castigar al vizconde de Limoges, culpable de felonía por haber abandonado a su señor, el duque de Aquitania, para aliarse con su peor enemigo, el rey de Francia, en pleno período de guerra, es decir antes del 13 de enero de 1199. Esta razón parecía suficiente para que Ricardo decidiera sitiar uno de sus castillos, el de Châlus, tras haber, según dice nuestro cronista, devastado y quemado sus tierras, y todo ello mucho antes del descubrimiento del tesoro. Advirtamos de paso que, acerca de dicho tesoro, el autor siente la necesidad, en dos ocasiones, de subrayar que no está seguro de lo que dice. Cuenta lo que le han dicho. Nada impide sin embargo creer en la existencia de riquezas que, descubiertas en aquellos lugares (tenemos otros ejemplos muy cercanos en el espacio y en el tiempo), habrían podido incitar a Ricardo a dirigir su atención hacia el modesto castillo de Châlus, apartándose momentáneamente del asedio, en curso, de otras fortalezas más importantes. Según Roger de
Howden, la responsabilidad del vizconde de Limoges en la muerte del rey habría llevado, poco después, al hijo bastardo de éste, Felipe, a vengar a su padre matando al primero[536].
La narración de Raúl de Coggeshall se muestra también de una extremada concisión en todo lo que se refiere a las propias circunstancias de la muerte del rey. Él es, en particular, quien precisa su deseo de avisar a su madre Leonor, que acude de inmediato a su cabecera. Sabemos, por lo demás, que la reina llegó a tiempo para asistir a los últimos momentos de su hijo. La propia Leonor así lo afirma en una carta de donación concedida por su hijo Juan y por ella misma como limosna perpetua, para la salvación de su queridísimo hijo Ricardo, redactada en Fontevraud el 21 de abril de 1199 en favor del monasterio de Turpenay, cuyo abad le había asistido hasta el final.
[...] Sabed que asistimos a la muerte de nuestro hijo el rey, que puso en nos (después del Señor) toda su confianza para que proveyéramos su salvación, por este medio y por otros en nuestro poder, según nuestra solicitud materna. Hacemos esta ofrenda a la iglesia Sainte-Marie-de-Turpenay, antes que a todas las demás iglesias, porque nuestro querido abad de Turpenay estaba a nuestro lado en la muerte y los funerales de nuestro queridísimo hijo el rey y que, más que todos los demás religiosos, penó y se atareó para sus exequias. Y porque queremos que esta ofrenda permanezca perpetuamente firme e inquebrantable, hemos afirmado la presente carta poniendo en ella nuestro sello[537].
Los funerales de Ricardo no fueron sencillos; Leonor necesitaba, para realizarlos, toda la ayuda de sus íntimos y, en particular, di' los eclesiásticos. En su lecho de muerte, en efecto, el rey había dado a este respecto instrucciones que fueron escrupulosamente respetadas. Quería que su corazón, extraído, fuera llevado a Rúan, cm dad fiel entre todas, que su cuerpo fuera inhumado en Fontevraud, al lado de su padre, y sus entrañas dejadas en aquel mismo lugar, en la iglesia del castillo de Châlus, legadas a los habitantes que, según Mateo Paris, no merecían, a su modo de ver, nada mejor:
Quiso que su cuerpo fuera inhumado en Fontevraud, a los pies de su padre, a quien había traicionado; legó a la iglesia de Rúan su indomable corazón; luego, ordenando que sus entrañas fueran enterradas en la iglesia del castillo mencionado más arriba, las legó, como un presente, a los poitevinos. Y reveló, a algunos de sus familiares, bajo el sello del secreto, la razón por la que había hecho semejante distribución de sus despojos mortales. A su padre, le legaba su cuerpo por la razón indicada; a los habitantes de Rúan, por la fidelidad incomparable de la que habían dado pruebas, enviaba su corazón como presente; por lo que a los
poitevinos se refiere, a causa de su malevolencia, les asignaba el receptáculo de sus excrementos, no considerándoles dignos de otra parte de su cuerpo. Tras estas recomendaciones, habiendo invadido la hinchazón, súbitamente, la región del corazón, aquel príncipe, entregado a las obras de Marte, exhaló el último suspiro un día de Marte [un martes], el 6 de abril, en el susodicho castillo; fue inhumado en Fontevraud, como había ordenado en vida; y con él, según el juicio de varios, fueron enterrados al mismo tiempo la gloria y el honor de la caballería[538].
Llevaron pues el cuerpo de Ricardo a Fontevraud donde se celebraron, el domingo 11 de abril, en presencia de Leonor, los funerales oficiales del rey su hijo. Aquel mismo día suscribió una carta en Fontevraud, por la salvación del alma de su queridísimo señor, en presencia de los obispos de Poitiers y de Angers, del obispo Hugo de Lincoln, de Milon du Pin y de Lucas, abad de Turpenay, que estaban a su lado en Châlus, de algunos señores cercanos como el vizconde Amaury de Thouars, su hermano Gui y Guillaume des Roches, así como de Savary, un oficial de su corte, que será puesto, algún tiempo más