Tal como se ha rescatado anteriormente, Turner rescataba del anarquismo esa tensión antagónica entre la imposición estatal y la libertad individual. Asimismo, su obra teórica estaba influenciada por la herencia Arts and Crafts que recalcaba la importancia del control personal del proceso de producción. Tanto la libertad de acción, como el control del proceso, convergían en un concepto central para las propuestas de Turner con respecto a las políticas de vivienda: el dweller control. Este concepto, puede traducirse como “control del usuario”, aunque hay que reconocer que en castellano este término se asocia más a la venta de productos que a la participación del usuario en el proceso de toma de decisiones sobre la construcción de su vivienda.
En realidad el dweller control queda mejor expresado en la hipótesis principal de uno de los textos que escribe Turner para el libro Libertad para construir (1972/1976):
“Cuando los moradores controlan las decisiones y son libres de hacer sus contribuciones al diseño, la construcción y la administración de su vivienda, tanto este proceso como el medio ambiente creado estimulan el bienestar individual y social. Cuando las personas no tienen control ni
responsabilidad en las decisiones clave del proceso habitacional, los medios habitacionales pueden por el contrario convertirse en una barrera para la realización personal y en una carga para la economía” (Turner, Fichter, & Grenell, 1972/1976, pág. 237).
Sin caer en el extremo de decir que el pensamiento de Turner es decimonónico, o victoriano, hay que reconocer que este tema de la autonomía ya había sido desarrollado por Samuel Smiles, quien a mediados del siglo diecinueve desarrolló las bases teóricas del “ayúdate a ti mismo”, un antecedente de todos los libros de autoayuda. Mientras Turner afirmaba que la falta de autonomía conducía a la
frustración (Turner, Fichter, & Grenell, 1972/1976, pág. 238), el autor del siglo diecinueve decía que la persona privada de su iniciativa “tendrá que permanecer impotente y desvalida, pegada a la falda de la sociedad, y juguete del tiempo y de las estaciones. No teniendo respeto por sí mismas, dejará de asegurarse del respeto de los demás” (Smiles, 1859/1895, pág. 238).
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Tanto Turner como Smiles, pensaban que la falta de autonomía terminaba acentuando y
eternizando las penurias que atravesaban los pobres, pero no se encargaban de desestimar la hipótesis inversa. En los términos en que se plantean algunos de sus textos, cualquiera podría llegar a pensar que la autonomía y la recuperación de la iniciativa son suficientes como para que los pobres puedan salir de sus penurias. Al menos, Turner destacaba que la falta de viviendas era sólo una de las tantas penurias que atravesaban los pobres, como para abandonar el determinismo arquitectónico que llevaba a pensar que construyendo viviendas se acababa la pobreza. No obstante, hubiera sido necesario que Turner aclarara que la iniciativa y la autonomía no eran suficientes como para acceder a la vivienda digna. En todo caso, pasadas varias décadas de la hipótesis fundante de sus ideas, ya es posible constatar cuán limitada es la iniciativa y la autonomía de la gente para superar las condiciones de pobreza en un contexto macroeconómico totalmente adverso. No se trata, solamente, de devolver las decisiones a la gente; es necesario acompañarlas con otras medidas más profundas.
Si bien el dweller control permitía involucrar a la gente en las decisiones sobre su entorno, no se justificaba desde el punto de vista de la democracia ambiental. No buscaba empoderar al pueblo dentro del proceso de toma de decisiones que determina las transformaciones de la ciudad. En lugar de poner el foco sobre el sujeto colectivo, buscaba destacar la libertad del individuo. Por eso Turner hablaba de las “libertades habitacionales” como un medio para lograr que la vivienda se convierta en “vehículo para sus fines existenciales” (Turner, 1972/1976, pág. 177). Era un vehículo para la existencia individual. El sujeto colectivo y la pertenencia de clase quedaban totalmente desdibujados.
La actitud autoritaria que llevaba a imponer transformaciones ambientales que no respondían a las necesidades de la gente, se veía en primer lugar como un atropello a la libertad existencial de las personas: “La combinación de una actitud feudal hacia las clases sociales y la institucionalización de los servicios personales reduce la libertad existencial, sobre todo en la esfera de la actividad cotidiana" (Turner, 1976/1977, pág. 39). Si bien surgía de una conciencia feudal de las clases altas, Turner destacaba el efecto, no sobre las clases bajas en general sino sobre cada una de las personas.
La dicotomía que planteaba Turner contraponiendo una organización piramidal frente a la
autonomía es similar a cuando Smiles contraponía independencia y Cesarismo. Para el ideólogo del self- help, el cesarismo era sinónimo de dádivas y despotismo, "todo lo que sojuzga por completo a la individualidad” (Smiles, 1859/1895, pág. 4). La frase de Turner que recomendaba “no construir ’para‘ sino ’con‘ las familias” (Turner, 1963, pág. 393), guarda similitudes con otra definición que realizó Smiles acerca del Cesarismo: "Esta doctrina significa brevemente, todo para el pueblo, nada por él *…+ Una doctrina mucho más saludable *…+ sería la de la ayuda propia (self-help)"(Smiles, 1859/1895, pág. 4). En última instancia, ambos proponían lo mismo: en lugar del despotismo de las instituciones centrales, preferían el self-help.
Ambas frases se asemejan a la prerrogativa conservadora que afirma que a los pobres no hay que darles nada, sino que se lo tienen que procurar por sí mismos. De lo contrario, suponen, los pobres se acostumbran a tener una actitud pasiva ante la vida. El refrán liberal que dice “a los pobres no hay que darles pescado sino enseñarles a pescar”, en la lógica de Turner se traduce de la siguiente manera: “cuando los usuarios de la vivienda tienen que confiar en las autoridades centrales *…+ es del todo vano esperar que se conduzcan de otro modo que como entes dependientes, pasivos o rebeldes” (Turner, Fichter, & Grenell, 1972/1976, pág. 255).
Turner celebraba el hecho de que los pobladores de la barriada -en países poco industrializados- conservaban la iniciativa, o quizás el instinto, que los impulsaba a tratar de mejorar su situación, pese a
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la indiferencia del Estado. Por el contrario, Turner notaba que los pobres de los países industrializados tenían coartada su iniciativa. Entonces, la solución al problema del alojamiento no debía orientarse a reproducir la misma solución de los países industrializados. No había que proveer vivienda, limitando la libertad y la voluntad de los pobladores. Según Turner, sólo era necesario ayudarlos a ayudarse132.
Mientras la provisión central condenaba a las personas a la pasividad, Turner decía que el dweller control permitía incrementar el orgullo personal de los residentes133. Por eso, en sus primeros textos destacaba que sólo era necesario financiamiento y asistencia técnica, como para poder canalizar el impulso de auto-superación característico de ser humano. Todo intento por proveer vivienda terminada era considerado paternalista, por lo cual el Estado en lugar de proveer viviendas debía abocarse a garantizar herramientas134. Entendiendo como herramientas tanto el asesoramiento técnico (organizativo, jurídico, constructivo) como la disponibilidad de tierra urbana, financiamiento y materiales.
El dweller control, al proponer un cambio en el rol del Estado, implicaba una contundente propuesta política. Dentro de este planteo político, cobran un valor fundamental dos conceptos centrales del discurso neoliberal de las últimas décadas del siglo veinte: la iniciativa individual y el management.
Iniciativa individual
Tal vez en respuesta a las primeras críticas que surgían en torno a la autoconstrucción, en los textos de la década del setenta Turner afirmaba que el principal aporte que podían realizar los residentes, no era tanto la mano de obra sino sus capacidades organizativas. Sigue siendo un llamado el sweat equity, pero en este caso no se refiere al ahorro que produce el trabajo del usuario en la construcción, sino en la administración.
Cuando Turner decía: “Afortunadamente cada vez son más los ciudadanos que [...] están aprendiendo a resolver sus necesidades por sí mismos” (Turner, 1976/1977, pág. 40), no debe
malinterpretarse. No pretendía celebrar la proliferación de los asentamientos informales por el mundo. En realidad, se entusiasmaba con una nueva modalidad de ejercicio profesional que permitía
“complementar la iniciativa y las inversiones de la gente común” (Turner, 1968, pág. 127). Este cambio de roles, aplicado al ámbito de la arquitectura ayudaba a concretar el viejo ideal de algunos maestros de la arquitectura moderna, como Walter Gropius o Bruno Taut, cuando pretendían ampliar el alcance profesional. El enfoque de Turner, permitía dejar de pensar la arquitectura como si fuera el arte de diseñar las grandes villas de los ricos para comenzar a aportar en la solución de los problemas
habitacionales que atraviesan las grandes mayorías. Hay que reconocer que este es un viejo anhelo de la modernidad que parece retomar impulso dentro de la arquitectura participativa.
Simplemente, resulta contradictorio que esta intención por contribuir con las condiciones de vida de la gente, como colectivo, se realice en base a la exaltación de recursos individuales. Si bien Turner reconocía que la gente de las barriadas atravesaba un problema común, de carácter estructural, en la solución ponía un énfasis particular en la voluntad individual -de cada familia- por salir adelante.
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“Para no inhibir el esfuerzo tradicional *…+ y mantener el principio de ayudarlos a que se ayuden a sí mismos” (Turner, 1963, pág. 377).
133
Describiendo los casos de autoconstrucción asistida, Turner decía que, a través de ese proceso, “cada propietario veía su propiedad con un intenso orgullo personal”(Turner, 1963, pág. 377).
134
“El concepto paternalista del Estado como proveedor, tiene que dejar paso al concepto del Estado como un servidor-proveedor de herramientas”(Turner, 1968, pág. 128).
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Evidentemente, hubiera resultado absurdo plantear la autoconstrucción como un instrumento de liberación de clase. En eso, Turner es más humilde que otros arquitectos que implementan técnicas participativas en la actualidad. Se conformaba con decir que la autoconstrucción era un ejemplo de auto- superación. Por ejemplo, describiendo algunos casos de Estados Unidos, afirmaba que los
autoconstructores “constituyen el mejor ejemplo de las virtudes norteamericanas tradicionales de iniciativa y confianza en sí mismos” (Turner, Fichter, & Grenell, 1972/1976, pág. 270). Ante lo cual, cabría preguntarse si no es la exaltación de esos valores norteamericanos parte del armazón ideológico que padecen las mayorías.
Quizás en el nivel teórico del presente trabajo, el análisis pueda resultar algo abstracto. Pero a grandes rasgos la contradicción del dweller control puede describirse del siguiente modo: la economía de libre mercado se sostiene en base a una serie de preceptos ideológicos. Dentro de esos preceptos, la iniciativa individual ocupa un lugar central. Tal vez a algunos intelectuales pueda resultarles simplista decir que el problema de la vivienda de las mayorías deriva directamente de la economía de libre mercado, pero difícilmente pueda negarse que la economía de libre mercado sea una de las causas centrales de la penuria habitacional. Turner proponía aportar a solucionar la falta de vivienda digna en base a la iniciativa individual, que a su vez era una parte constitutiva de una de las causas del problema: la economía de libre mercado. Sin querer, se adelantaba a los economistas que, a fines del siglo veinte, buscaban resolver los problemas del libre mercado proponiendo más libertad de mercado.
En todo caso, hay que destacar, además, la postura visionaria de Turner, adelantándose a un periodo de absoluto desamparo estatal. En las décadas marcadas por el Consenso de Washington sería muy útil la metáfora de Turner, cuando destacaba la figura del Robinson Crusoe, el ícono del
imperialismo británico, como alguien totalmente desprotegido, librado a su propia iniciativa: "Robinson Crusoe no fue un caso único: la mayoría de los campesinos actuales, a su manera también náufragos, deciden y ejecutan por sí mismos todo cuanto afecta al alojamiento" (Turner, 1976/1977, pág. 119). En el régimen de la economía de libre mercado, los pobladores de los asentamientos son como náufragos. O construyen con lo que encuentran, o mueren.
En defensa de Turner hay que destacar que, más allá de algunas coincidencias, sus intereses no avanzaban en el mismo sentido que los planteos de los economistas neoliberales. Probablemente, esta exaltación de la iniciativa personal se debía a una interpretación aislada de los datos del contexto. Turner observó el fenómeno de progreso familiar en una fase de expansión de las economías latinoamericanas. Cuando decía que los pobladores de las barriadas “suelen hacer tan buen uso de sus magros recursos que, con el tiempo, su pobreza se aminora bastante” (Turner, Fichter, & Grenell, 1972/1976, pág. 238) estaba atribuyendo al dweller control una característica propia del contexto. Los pobres mejoraban no solamente por saber auto-administrarse; mejoraban, principalmente, porque había mayor disponibilidad de recursos. Es decir, abundaban los elementos (financiamiento, tierra, materiales) con que los
náufragos podían construir sus viviendas.
Más que mano de obra, capacidad de auto-administrarse
En la década del setenta, el concepto de dweller control permite superar la visión de la autoconstrucción como la obligación de construir la vivienda utilizando la mano de obra de los
residentes. De este modo, Turner buscaba destacar que los beneficios de su propuesta no radicaban en el aprovechamiento de la fuerza física de los residentes sino en sus capacidades para tomar decisiones. Estructurar una política habitacional en base a la mano de obra de los pobladores "puede resultar tan opresivo como la prohibición a hacerlo: el corolario a la libertad para autoconstruir es la libertad para
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no tener que hacerlo *…+ La cuestión fundamental *…+ no es esta, sino la del control o poder para decidir(Turner, 1976/1977, pág. 138).
El mayor recurso de los pobladores, no era tanto su fuerza física sino su capacidad para
administrarse y tomar decisiones. En esta apreciación se hace evidente una diferencia con respecto a las propuestas de Geddes en la India. Mientras el biólogo escocés destacaba que los barrenderos y carteros eran “corpulentos” para sugerir que se podía utilizar su fuerza física en la construcción, Turner prefería destacar de la gente común, la capacidad para administrar su economía.
Por otro lado, con este rescate de las facultades intelectuales, se acercaba una vez más a Samuel Smiles, el principal referente teórico del “ayúdate a ti mismo”. Hay que recordar que, a mediados del siglo diecinueve, Smiles decía:
“Todo lo que requiere [el pobre] para asegurarse la independencia es la práctica de una simple economía. La economía no requiere ni valor superior ni virtud eminente; basta la energía ordinaria y la capacidad de una mediana inteligencia *…+ significa destreza, regularidad, prudencia, y nada de despilfarro" (Smiles, 1859/1895, pág. 260).
Para Turner y para Smiles, la fuerza física era sólo un atributo más del ser humano, pero la principal virtud a capitalizar estaba en sus capacidades para organizarse. "El uso que hacemos de nuestras facultades es lo que constituye nuestro único título legítimo al respeto” (Smiles, 1859/1895, pág. 288).
De allí que Turner no pretendía convertir a cada residente en un albañil135. Si bien no descartaba la posibilidad de que la gente aporte su mano de obra, lo principal era garantizar la posibilidad de participar en las decisiones y en el control de la obra. Es más, según Turner, cuando la participación se limitaba solamente al ámbito de la construcción, se terminaba reproduciendo el esquema paternalista de los conjuntos de vivienda provistos por el Estado. Por ejemplo, en aquellos casos en que los residentes eran utilizados como mano de obra, pero sin poder decidir sobre el diseño de la tipología y la administración del proceso, no se producía un vínculo auténtico entre la gente y su entorno; "sus actitudes
presumiblemente serán similares a las que cabría esperar de los usuarios de viviendas administradas centralmente" (Turner, 1976/1977, pág. 151).
Por eso, destacaba que la clave del dweller control estaba en la capacidad de formar parte del proceso de toma de decisiones. Era necesario cambiar el eje de la participación, desde la construcción hacia la gestión de la arquitectura.
Nuevamente, era un cambio en la concepción de la arquitectura que anticipaba el giro que darían las ciudades desde las tareas de producción hacia la industria de servicios. En los textos que Turner escribió durante los años setenta se abandonaba la producción fordista de vivienda, que abocaba todos sus esfuerzos a optimizar la construcción, para comenzar a poner el foco sobre la gestión. En ese sentido, el diagnóstico de Turner no era errado: “Todavía se suele considerar la construcción más importante que la administración o el mantenimiento" (Turner, 1976/1977, pág. 149). Una afirmación difícil de realizar actualmente, en la primera década del siglo veintiuno. Primero, porque a partir de la Crisis del Petróleo se fue incrementando la preocupación por el consumo energético de los edificios, poniendo atención en el mantenimiento. Pero además porque arquitectura y urbanismo se han convertido en un apéndice del
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“Naturalmente, la libertad para construir no puede implicar que cada familia tenga necesariamente que construirse una morada *sino+ la oportunidad de hacer uno por sí mismo lo que es capaz de hacer. *…+Los tullidos físico o mentales son claramente incapaces de emprender con éxito la tarea de edificar *…+. Y otros sencillamente no quieren cargar con la responsabilidad de diseñar y construir y dirigir sus moradas”(Turner, Fichter, & Grenell, 1972/1976, pág. 240).
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marketing en la competencia global entre ciudades, poniendo mayor énfasis sobre los aspectos administrativos.
Cuando Turner propone “un modelo que conciba la vivienda como una actividad en que los usuarios *…+ son los principales agentes” (Turner, 1972/1976, pág. 159) estaba previendo un cambio en la forma de producción. Ya no era necesario centralizar la construcción en el Estado o en grandes empresas constructoras, la globalización abría las puertas a la producción en red. Por eso Turner avizoraba un esquema de producción basado en "empresas pequeñas o directamente por los mismos usuarios [donde] la productividad alcanzada en estas modalidades de trabajo son muy superiores" (Turner, 1976/1977, pág. 61).
El dweller control generó un aporte concreto a la arquitectura participativa en cuanto permitía superar la concepción paternalista que pretendía enseñarle a la gente cómo tenía que vivir. Esta visión permite superar las transformaciones del ambiente que imponen ideas abstractas sobre el escenario donde la gente desarrolla su vida cotidiana. En lugar de la imposición vertical, desde estructuras jerárquicas, el dweller control abre la puerta al diálogo. Turner lo explicaba del siguiente modo:
“Todos somos dependientes de muchos modos. *…+ Mas la dependencia se vuelve perjudicial cuando quienes tienen las necesidades no gozan de una relación de reciprocidad con quienes los proveen *…+. El entendimiento entre ambas partes es la base del
intercambio” (Turner, Fichter, & Grenell, 1972/1976, pág. 241).
En lugar de proponer transformaciones repentinas del ambiente, que trastocan las relaciones entre las personas y su ambiente, se propone iniciar un diálogo con las propias capacidades (y con la sabiduría) de los pobladores. Gente que, por el sólo hecho de llevar adelante su vida, está acostumbrada a
transformar gradualmente el medio que habita.
No obstante, es necesario aclarar que este enfrentamiento a la tecnocracia y al autoritarismo de las disciplinas proyectuales no se cumple en todas las experiencias de arquitectura participativa. De hecho, no es extraño encontrar proyectos que, buscando aprovechar las potencialidades pedagógicas de la arquitectura participativa, pretenden enseñarle a la gente cómo tiene que habitar.
Este tipo de posturas mesiánicas pueden llegar a opacar proyectos loables, que si bien no buscan transformar condiciones estructurales sobre la falta de alojamiento digno, al menos aportan desde lo epistemológico, tratando de explorar sobre nuevas tipologías y soluciones tecnológicas. Por más que no