Existen formas diversas de envejecer. La vejez como fenómeno social también cambia, pues los individuos viven más años y en diferentes condiciones sociosanitarias. Por lo tanto, esta etapa de la vida adquiere otros significados y experiencias, más en términos de potencialidades que de debilidades, rompiendo con una visión más tradicional de expectativas y roles pasivos durante la vejez. En resumen, these changes in
age structure, health and patterns of employment are transforming the nature of old age
(Walker y Maltby 1997: 13). Estamos frente a un cambio sociodemográfico de gran magnitud e implicaciones a todo nivel.
El envejecimiento de la población es un fenómeno demográfico cuyas repercusiones en el mercado laboral y en las características del empleo han adquirido relevancia política, social y económica dentro de los países más envejecidos de América Latina. El envejecimiento demográfico no sólo trae consigo cambios en la estructura poblacional; también se ve fuertemente modificada la estructura de la población activa. Los mercados laborales de los países de la región se caracterizarán por una cada vez mayor masa de trabajadores y trabajadoras envejecidos, puesto que la estructura de población activa muestra un claro proceso de envejecimiento.
Cuando se habla de envejecimiento demográfico -y disminución de la tasa de natalidad- necesariamente nos encontramos con (a) el envejecimiento general de la población, (b) el envejecimiento de la población activa (se estima que para el año 2050 la mitad de la población de la región tendrá más de 40 años) y (c) con una creciente longevidad:
Envejecimiento Envejecimiento General de la Población (países viejos)
Demográfico Envejecimiento de la Población Activa (trabajadores/as mayores)
Creciente Longevidad (viejos más viejos, de 80 años y más)
La cultura con las costumbres, sistema de valores y visión del mundo, está estrechamente ligada al proceso de envejecimiento. El envejecimiento progresivo de la población activa en el mercado laboral es una consecuencia directa del envejecimiento general de la población.
La discriminación por edad constituye una importante barrera para la participación en el mercado de trabajo y en diferentes instituciones y ámbitos sociales. Un ejemplo claro de ello, a nivel laboral, son los anuncios de trabajo en donde las personas mayores de 40 años están prácticamente excluidas. Así, la discriminación por edad en el trabajo33 también es una forma de exclusión social relacionada con el derecho a un
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Este Documento se basa en la Investigación “Trabajadoras mayores y jubilación. Expectativas y valoraciones de las mujeres ante la jubilación y la vejez”. Proyecto FONDECYT Postdoctoral N° 3050029 en curso, de la cual Paulina Osorio es investigadora responsable, y en la Investigación “Nuevos procesos de jubilación en las sociedades industriales contemporáneas: el caso vasco”, de la misma autora.
En la cultura china, la discriminación por edad se ve fuertemente influenciada por los valores tradiciones y culturales. La reducción en la participación en la fuerza de trabajo de las personas mayores muchas veces se ve legitimada por la
ingreso, a la participación social e integración económica. Una primera aproximación a la situación de jubilación –y ser mayor- de las personas, es la que se realiza a la luz del mercado de trabajo. El trabajo y la jubilación dicen relación tanto con una dimensión económica como con una social.
Las propias características del mercado de trabajo actual chileno, muchas veces acentúan la exclusión y la precariedad durante la vejez. La flexibilidad laboral es una de ellas. Situación que se acentúa a la hora de plantearse la percepción de una pensión de jubilación. Esa es una realidad de la cual recién se está tomando conciencia, y que compete al ámbito laboral y a la seguridad social.
Mercado de trabajo y envejecimiento
El mercado de trabajo chileno en la actualidad posee características bien definidas. Al igual como ocurre en otras economías de libre mercado, estas características se encuentran estrechamente ligadas a los cambios y al funcionamiento económico, retroalimentándose la una con los otros. La comprensión de las transformaciones y las características actuales del mercado de trabajo requiere centrar también la mirada en una serie de fenómenos tanto sociales, económicos y demográficos que han producido importantes cambios en la sociedad chilena en general, y que han incidido de forma directa en el empleo y en el retiro o jubilación. Por ejemplo, la relación directa y causal que encontramos entre desempleo o jubilar en condiciones precarias, y riesgo de pobreza grave y ausencia de bienestar resulta evidente.
Las características actuales del mercado de trabajo llevan a las generaciones jóvenes de trabajadoras a enfrentar su acceso al mercado laboral de una forma diferente a cómo lo hicieran las generaciones de actuales trabajadores mayores. La irregularidad y discontinuidad de los empleos se traducen en salarios y cotizaciones más bajas, condiciones de inseguridad laboral y potenciales personas jubiladas con pensiones por debajo del nivel de la pobreza. Realidad presente, sobre todo, en aquellos países donde la transformación económica ha logrado flexibilizar aún más el mercado de trabajo en desmedro del sistema de seguridad social y de los beneficios o prestaciones sociales.
Los significativos cambios que introduce la globalización en el interior del sistema de producción de bienes y servicios da la pauta para la constitución de un nuevo escenario laboral en donde las nuevas tecnologías juegan un papel importante. Los cambios estructurales en el mercado de trabajo, dicen relación con la aparición de nuevas formas de empleo, las denominadas ‘modalidades atípicas de empleo’, que por lo general han estado asociadas principalmente al empleo femenino. Estas nuevas formas y los nuevos yacimientos de empleo irán transformando las características del trabajo como hasta ahora se lo ha entendido34, y son producto directo de los cambios a nivel económico
creencia de que es natural para los trabajadores mayores con reducida productividad, que dejen sus trabajo a edades más tempranas y que sus familias les deben asegurar el bienestar (Marshal y Walker 1999).
34 Los elementos del modelo de trabajo tradicional son considerados, entre otros, los siguientes: contrato de duración
indefinida; un solo empleador; un solo lugar de desempeño del trabajo; régimen de jornada completa de trabajo; organización rígida del trabajo; previsión social y de salud; protección legal; existencia de sindicatos (en algunos casos), y beneficios extralaborales, etc.
y de la política económica de los países. El concepto de pleno empleo se va desdibujando. La principal característica del nuevo escenario laboral es la flexibilidad.
El empleo a tiempo parcial ha proliferado notablemente, en los países de América Latina, aunque en proporciones bastante heterogéneas. En nuestro país, del total de empleos, un 10% cabe en la modalidad de a tiempo parcial. Al interior del empleo femenino esta modalidad representa un 16%, más del doble de lo que representa esta modalidad al interior del empleo masculino (7%); del total de empleos a tiempo parcial un 52% es ocupado por mujeres. Asimismo, del total de trabajos a tiempo parcial sólo la mitad son precarios (Leiva, 2000). La cantidad y las cifras son sólo una parte del fenómeno, y centrarse únicamente en ellas puede llevar a conclusiones erróneas o parciales, que pueden ocultar gran parte de la realidad del problema e impedir comprender dicha problemática en profundidad.
La apertura hacia nuevos mercados y hacia el comercio internacional ha sido un cambio importante en la dinámica económica nacional de los últimos diez años, con repercusiones en los niveles y en la calidad del empleo. Las nuevas modalidades de empleo, producto de la globalización, coexisten con las tradicionales. Las primeras se asocian mayoritariamente a empleo femenino: a tiempo parcial, temporal y por cuenta propia, y que en general, “es asociado con pobreza, desempleo, subempleo y malas condiciones de empleo” (Op.cit. 2000, p.10) a diferencia del empleo masculino, principalmente asociado a un contrato y a mejores ingresos.
Si bien, el desempleo es un fenómeno estructural que no pareciera depender totalmente de las características de la economía, el tipo de contratación sí lo es, puesto que se ha dejado llevar por el contexto económico, proliferando, de esta forma, la temporalidad. Por lo tanto, se está creando empleo pero empleo precario. Cosa que repercute significativamente en los y las trabajadoras mayores y en su permanencia, cada vez más insegura, en el mercado de trabajo. El mercado de trabajo y sus características actuales, sobre todo en cuanto a gestión laboral y de recursos humanos, no promueve ni establece condiciones para que las/os trabajadoras/es (no sólo las de edad avanzada) organicen sus carreras y trayectorias laborales y su proceso de envejecimiento, lo cual genera incertidumbre, discriminaciones por razón de la edad y conflicto intergeneracional. Trabajo y pensión de jubilación
Al igual como se envejece como se ha vivido, se jubila como se ha trabajado. Si la legislación laboral vigente regula el empleo tradicional, ¿qué ocurre con las nuevas modalidades atípicas? Estas se mueven en un contexto de flexibilidad del mercado de trabajo y desregulación. La potencialidad del empleo atípico en devenir empleo precario está justamente en ese vacío legal. La concepción de trabajo va de la mano de la de seguridad social (o al menos la de trabajo tradicionalmente entendido). A parte de los bajos ingresos y la inestibilidad laboral, un empleo es claramente precario cuando no va asociado a una situación de seguridad social, previsional y de salud. O sea, cuando el trabajo desempeñado no asegura mantener unas buenas condiciones de vida ni permite garantizar al trabajador y la trabajadora la futura pensión de jubilación.
El factor inseguridad dice relación con beneficios previsionales y cobertura de salud, o sea, un empleo es inseguro toda vez que no lo respalda una serie de leyes sociales mínimas o básicas. El factor inseguridad por tanto, dice directa relación con el futuro de la pensión de jubilación y las expectativas de ingresos durante la vejez. El peligro está en que la flexibilidad y la consecuente precariedad en el empleo lleguen a ser la principal característica del mercado de trabajo en un futuro próximo. Ello llevará a que junto con aumentar la población mayor de 60 años, también aumentará la pobreza con una vejez con muy bajos ingresos. El actual sistema de AFP es un ámbito; el otro, los cambios estructurales en el mercado de trabajo producto de la internacionalización de la economía y la globalización. “Esta internacionalización de la economía ha traído efectos sobre variados ámbitos, siendo el empleo uno de ellos. No obstante, es necesario precisar que no todas las personas son afectadas de la misma forma por estas transformaciones de tal forma que el empleo femenino ha sufrido mayores efectos negativos tanto en términos cualitativos como cuantitativos” (Leiva, 2000, p.18). Piénsese también que la población adulta mayor es mayoritariamente femenina. Si bien el crecimiento económico sostenido que ha caracterizado a Chile en los últimos veinte años, ha generado mayor productividad y creado nuevos empleos, se ha dado también un significativo aumento de empleos precarios y malas condiciones de trabajo asociados al empleo femenino, lo que es una forma de discriminación laboral por género.
Un estudio de CEPAL muestra que un 63% de los trabajadores/as que se desempeñan en un empleo a tiempo parcial no cotizan (Leiva, 2000, p.32). Un porcentaje levemente mayor de mujeres que trabajan a tiempo parcial, en comparación a los hombres empleados también a tiempo parcial, estarían cotizando (38.48% y 34.69% respectivamente). Las motivaciones de cotizar en las mujeres trabajadoras, en un mayor porcentajes que los trabajadores, podría responder más bien a la necesidad de contar con un seguro de salud por tener hijos a cargo. Sólo me aventuro a esta afirmación, pues ni la Encuesta Nacional de Empleo ni la CASEN incorporan distinciones tales como número de hijos o estado civil al caracterizar los tipos de empleo según sexo.
De acuerdo a los resultados arrojados en este mismo estudio de CEPAL, el trabajo a tiempo parcial no constituiría trabajo precario en relación a los ingresos. El problema está en que ello no asegura el futuro de la pensión de jubilación. Ello asegura un ingreso mediato e inmediato, pero no en la vejez. Sobre todo, porque en Chile no existe aún una cultura de la cotización voluntaria, ni se prevé para la jubilación, para el momento del retiro del mercado laboral. La actividad laboral sólo se la concibe como un ingreso para el presente y mediano plazo, nunca –o rara vez- como un ingreso para la futura pensión de jubilación.
Trabajo y jubilación. Diferencias de género
La cada vez mayor incorporación de la mujer al mercado de trabajo ha ido modificando la estructura de población activa según sexo e introduce transformaciones estructurales. El trabajo se manifiesta en forma diferenciada en hombres y mujeres. Las mujeres participantes activas del mercado de trabajo, representan más de un 30% del total de la fuerza de trabajo ocupada. En un futuro no muy lejano el mercado de trabajo chileno contará con un gran número de mujeres trabajadoras en edad de jubilar.
La desigualdad actual en el mercado de trabajo se deja ver en la diferencia salarial entre varones y mujeres. De tal forma que “la pobreza en la vejez comienza cuando se trabaja a cambio de salarios bajos, y en las mujeres se da una constante histórica en este sentido” (Bazo 2001: 25). Cuestión preocupante a la hora de percibir la pensión de jubilación, pues si consideramos que las cotizaciones de las mujeres suelen ser más irregulares que las de los varones por concepto de maternidad, cuidado de hijos o familiares, éstas se ven mayormente afectadas por la merma que les significa cotizar por un sueldo más bajo, “al tiempo que las mujeres continúan siendo en su periodo de vida activa un ejército de reserva de mano de obra, se mantiene y perpetúa el sistema de desigualdad entre géneros que culmina en la ancianidad” (op. cit.: ibid). Hombre y mujeres no sólo reciben salarios más bajos –ante iguales condiciones y capacidades-, sino que su situación ante la seguridad social también es más desfavorable.
El empleo continuo ya no es una norma bajo la cual se organice el ciclo vital de un gran número de personas. Este paradigma laboral masculino está siendo reemplazado por las normas que caracterizan la experiencia de las mujeres en el mercado de trabajo, principalmente en cuanto a su discontinuidad y complementariedad de roles. Esto es lo que Schuller (1989) llama ‘feminización del empleo’ y presenta las siguientes características: a) fragmentación y discontinuidad del empleo; b) ausencia de predictibilidad laboral y ocupacional futura; c) desempeño en trabajos a tiempo parcial; d) alta incidencia de movilidad profesional descendente; e) estatus marginal al interior del empleo; f) alto nivel de ambigüedad en relación al estatus o posición en trabajos no formales. Todos estos elementos revisten especial importancia dentro de la estructura temporal de la vida de las personas pues dicen relación con sus trayectorias laborales y sus categorías sociales a lo largo del tiempo y del transcurso de sus vidas.
Algunas investigaciones (Bernard et al 1996), han analizado la influencia del trabajo marcado por el género en la vejez de las mujeres, observándose que los prejuicios en contra de la edad se encuentran también relacionados con la pérdida de valoración de la acumulación de experiencia, ya sea laboral o vital. Estas investigaciones resaltan la dimensión de género como tremendamente enriquecedora al acercarnos a la temática de la jubilación y la vejez, principalmente por tres aspectos. Primero, por el lugar de la mujer dentro del mercado laboral, así como el tipo de trabajo que desempeña y la categoría que alcanza dentro de su vida y actividad laboral. Ello resulta significativo en cuanto muchas veces la discriminación por edad -no sólo en el mercado laboral- suele estar marcada por el género, desfavoreciendo a las trabajadoras mayores y "es probable que este modelo de discriminación sea decisivo para configurar una serie de experiencias que afectan a las mujeres en el trabajo y en la jubilación [y en la forma en que enfrentan su vejez]” (Bernard et al. 1996: 93). Segundo, por la discontinuidad en sus trayectorias laborales. Este hecho provoca la postergación constante del logro de sus objetivos profesionales. La experiencia laboral, principalmente si es de tipo profesional, en mujeres jóvenes suele generar un "modelo de convergencia" en relación a los hombres, en cuanto a la segmentación del curso vital35. De tal forma que las experiencias laborales de las mujeres,
sobre todo mayores, y la estructura de su lugar de trabajo influirían en su jubilación. Tercero, porque la adaptación a la jubilación sería diferente en hombres y mujeres. La situación financiera juega un rol importante; pero también la diferenciación está marcada por el nivel de apego social al lugar de trabajo, cosa que cuando es más alto en las mujeres presenta una actitud menos positiva ante la jubilación que los varones. A pesar
de ello, algunas investigaciones -como la de Atchley (1976)36- muestran que los hombres
se presentan más temerosos ante los efectos de la jubilación en ellos y su adaptación a este cambio.
Las desigualdades de género presentes durante la vida laboral suelen proyectarse hacia la jubilación. Es necesario detenerse, por tanto, para analizar la jubilación en las mujeres, en comparación con la de los hombres. En el caso de la mujer mayor el trabajo y la jubilación presenta particularidades. Se afirma que el potencial económico y social de funcionalidad de la mujer mayor es superior al del hombre, ya que el perfil ocupacional del hombre es más rígido. En las sociedades industrializadas este está ‘programado’ para proveer a la familia, en cambio, la mujer se mueve en la esfera familiar, educacional y social. El hombre, al perder los roles que formaban parte de su identidad social, pierde muchas veces la repercusión que puede tener en el ámbito de lo público.
El trabajo doméstico de la mujer es de gran relevancia para la supervivencia social y cultural, pues ella participa en forma directa en el proceso de socialización de los hijos; sin embargo, se trata de un trabajo sumergido, no reconocido socialmente. La participación de la mujer en trabajos fuera del hogar es mucho menor –en términos formales, al menos- que la de los hombres, dentro de la población activa, “las mujeres han debido renunciar a él [empleo] o compaginarlo con su tarea doméstica, en un modelo de ‘doble presencia’ que explica la multiplicidad de roles que hoy la mujer asume y que exige un desdoblamiento del tiempo, de la atención, los espacios y las energías femeninas para hacer posible el funcionamiento de la casa como si se dedicara a ella a tiempo completo, lo que resulta en una notoria desigualdad en el uso del tiempo y en la distribución de las cargas” (Silveira 2001). Cuando la mujer desempeña ambos roles (laboral y doméstico), lo hace en forma eficiente y equilibrada. El hecho de que la mujer se desempeñe tanto en la esfera privada (hogar) como en la pública (sociedad) le permite, por un lado, estar más preparada para adaptarse y enfrentar discontinuidades y, por otro, ‘nunca se jubila’ pues, cuando la mujer abandona la actividad productiva, debe enfrentarse -ahora a tiempo completo- a la actividad reproductiva, es decir, al cuidado de los hijos (en la mayoría de los casos, nietos), al cuidado del esposo y de los ancianos (generalmente sus padres), y atender al sustento de la vida hogareña. Por lo tanto, la mujer no posee un rol sin rol como los varones, sino que, con su jubilación en el sector productivo, se enfrenta a una situación multirólica, aunque, al igual como ocurre con los hombres, tales roles no son reconocidos ni legitimados socialmente, y por ende, no constituyen un estatus social (Osorio 1998). Sus características multirólicas no la limitan solamente al refugio en la familia; busca un equilibrio entre las relaciones familiares y