M ás allá del principio del placer Los dos tem as en juego son la pulsión de m uerte y el autom atism o de repetición V olviendo
I. i subjetividad no se confunde ni reside en el valor del senti-
3 E l verbo deflexionar, que vierte literalmente al verbo existente en in
glés, no es utilizado por Lacan. De origen kleiniano, lo utilizam os para indi car el lugar obvio por donde debería comenzar un estudio com parativo de las semejanzas y divergencias de las teorías, los puntos de partida. Los kleinianos parten del dualismo de los instintos (y en esto hay que reconocer que perm a necen cerca de Freud) y cuando tienen que fundamentar las duplicaciones del objeto en bueno y malo, interno y externo, hacen surgir el m ovim iento de la “deflexión” del instinto de muerte en la agresividad. Ahora bien, en la teoría lacaniana (cfr. SMFFJ y AP) la agresividad kleiniana tanto com o la duplica ción de los objetos (véase el artículo arriba citado de Guy Rosolato) puede ser leída e incorporada: conexión entre identificaciones especulares y agresividad, ligazón de la agresividad al masoquismo primario y a la muerte, binarism o de la presencia y ausencia de la madre, correspondencia de ese binarism o con el binarismo del significante. Al revés, la Ley lacaniana (esto es, la premisa u ni versal del pene en Freud), rechazada de la teoría, no encuentra en el kleinismo deflexión posible. Se podría decir: el kleinismo obtura la relación del sujeto con
la Ley. El resultado es simplemente lógico; y yo no sé si no se podría decir que el Edipo temprano no es ni un invento de Melanie Klein, ni un simple y duro «Lito de su experiencia clínica: que es una de las transformaciones posibles del lulipo freudiano; es, por lo mismo, un Edipo perverso y/o psicótico (de ahí, se guramente, su utilidad para la clínica de niños bien pequeños).
Se entiende entonces la observación de Lacan cuando dice que la norm ali dad para Melanie Klein no es más que una psicosis que ha evolucionado favo rablemente. Las duplicaciones kleinianas, en efecto, no alcanzan para fundar
nario sobre “La carta robada”, la función del Falo en la tríada y en la constitución del sujeto no aparece explícitam ente com en tada por Lacan; pero irrumpe en el párrafo arriba citado, clara y fuertemente alusivo, sobre la relación del hombre masculino con el Falo. En efecto, Lacan alude claramente al ridículo del hombre masculino: la relación que en el ejemplo va del Rey a la Ley es ho mologa a la que va desde el hombre masculino hasta el Falo.
Se lo ve: la Ley no tiene m ucho que ver con la visión. M ien tras el R ey no ve nada - y por ello m ism o, lo dijim os, es
nece
sario
a la constitución de la escena com o t a l - el M in istro y la Reina se hallan recíprocam ente fascinados en el interior de la tram pa especular que define la escena. Desde adentro de la es cena esa tram pa constituye su sentido. Mientras que hacia afue ra, sentido y escena dependen de lapresencia en la ausencia de
lafunción fá lica
. ¿Pero qué decir, si nos situáram os en el punto de vista del M inistro, de esa relación de fascinación especular y dual que lo fija a la R eina?P ero h ay que conceder, adem ás, que si es cierto que por medio del robo el M inistro obtiene poder sobre la Reina, tam -
el acceso del sujeto a lo real. “Melanie Klein describe la relación con la madre como una relación en espejo; el cuerpo materno se transforma en el habitáculo de las pulsiones que el niño proyecta en él, pulsiones motivadas por la agresión nacida de una decepción fundamental. En esta perspectiva el ulterior acceso a la realidad es siempre problemático, sometido a una pura dialéctica de la fanta sía. Es pasar por alto que el exterior es dado para el sujeto como el lugar donde se sitúa el deseo del otro y donde encontrará al tercero, el padre. Más allá de la relación dual cautivante, se introduce un tercer término, por el cual el sujeto demanda ser significado. Este punto, que marca que mi deseo deba ser signifi cado, este símbolo de esa carencia de mi deseo que hace que el significado sea siempre significado lateral, alterado, es el falo” (FI, p. 100). Para cubrir los ba ches, la teoría kleiniana ha debido gestar la noción de “objeto primario”, la que la sume en el empirismo; y la pareja de “objeto parcial” y “objeto total”, los que no se justifican tal vez ni en el interior de los datos de la etología animal, ni de la psicología comparativa.
I ii¿n es cierto que esta, a su turno, y por más entram pada, con- su:nte y perm ite de alguna manera la perpetuación de la situa- i ion. E n efecto: “No m ore sagacious agent, I suppose -ob serva 1 H ipin- be desired o r even im agined”4. L acan observa: “N o, ■■i ella franqueó ese paso lo hizo m enos por estar presionada l»or la desesperación,