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Entre “la edad de oro” de la educación y el advenimiento de la Regeneración

La primera reforma educativa es, en los tiempos de la República de Colombia, en realidad, una contrarreforma. La Constitución Política de 1886, ideada por Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro,31 se construyó con la intención de eliminar los vestigios del liberalismo radical32, que había dominado la política nacional desde 1863. Las diferencias entre los dos proyectos —el liberalismo radical y el contrarreformista— son incuestionables y ejemplifican las propuestas antagónicas de la élite nacional frente a la consolidación del estado nacional.

El liberalismo radical, que ejerció el poder desde 1863, desarrolló una propuesta educativa progresista para la época. Esta propuesta se centró, según Silva (1998), en tres vértices: en primer lugar, en “la confianza plena en la expansión del sistema de enseñanza como la única garantía que puede otorgar un contenido real a las instituciones democráticas. En segundo lugar, en la separación del poder civil y eclesiástico en el sistema escolar, y, finalmente, la reivindicación de la función docente del Estado, al incluir la educación dentro de la órbita de deberes y derechos, y entender tal función como una de las

31 Rafael Núñez, presidente de Colombia en cuatro ocasiones, manifestó en su vida política las

contradicciones de la élite política colombiana. Inicialmente miembro del partido liberal giró hacia el conservatismo al estar convencido que el federalismo liberal estaba llevando a una crisis insostenible al país. Fundó el Partido Nacional, que concentró fuerzas conservadoras con liberales moderados. Su bastión ideológico fue el conservador Miguel Antonio Caro, quien en la última presidencia de Núñez debido a su precario estado de salud, asumió el poder consolidando aún más la hegemonía de este partido político en el país.

32 En la historia colombiana se conoce como “liberalismo radical” al sector del liberalismo de la segunda

mitad del siglo XIX, que tomó el poder tras la Guerra Civil de 1860 y logró concretar su visión de Estado con la redacción de la Constitución de Rionegro (1863). Los identificó su interés por eliminar vestigios coloniales como el centralismo excesivo. En economía defendían el laissez-faire y buscaron reformar los sistemas económico y educativo del país con miras a ingresar a la modernidad.

113 formas en que el Estado expresa su soberanía” (p.78). Puede verse que los tres vértices están orientados a apuntalar la importancia y autonomía del Estado como motor del proceso de desarrollo. En este caso es un estado que se reconoce como democrático y, por tanto, impulsa la educación como forma de elevar la participación de los ciudadanos en la vida política del país; además deslinda responsabilidades frente al poder de la iglesia católica, con la separación del poder civil del eclesiástico. Como veremos más adelante, este deslinde de poderes era un aspecto crucial para el sector entonces hegemónico, aunque no completamente consolidado, del poder político. El tercer vértice es la formalización de la educación como tarea del Estado y, por tanto, como uno de los instrumentos del Estado para ejercer su poder.

En el marco de la historia de la educación colombiana, el periodo del liberalismo radical es conocido, como la “edad de oro” de la educación (Jaramillo, 2013, p.21); no únicamente por el sustento filosófico que acompañó las decisiones políticas de los jefes radicales, sino también por los logros estadísticos que se presentaron en el periodo33. En una sociedad con un índice de analfabetismo cercano al 90% (Jaramillo, 2013), aumentar la población estudiantil de 32.000 estudiantes en 1870 a más de 80.000 matriculados en las escuelas públicas y privadas para 1874, se considera aún hoy un verdadero logro, considerando la realidad del país de la segunda mitad del siglo XIX. Jaramillo (2013) postula que en el periodo radical se contabilizaron 1649 escuelas y se establecieron 20 escuelas normales para la formación de maestros y maestras. Cabe aclarar que en periodos previos no existía ninguna entidad encargada de la formación de los docentes. Esto era de vital importancia, no solo desde el punto de vista funcional para garantizar la extensión de la educación pública, sino también desde el punto de vista político, de garantizar una comunión formativa ideológica en los maestros que, a su vez, reproducirían en los alumnos un mismo mensaje.

33 Renan Silva (1998) planteó en su aporte a la “Nueva historia de Colombia” que el liberalismo radical “fue

un proyecto que plasmó con nitidez lo mejor del espíritu civilizador del liberalismo”. Se diferenció de otros intentos previos y posteriores por cómo buscó enfrentar la situación educativa y cultural del país. Pretendió una administración unificada y dependiente de la Dirección Nacional de Instrucción Pública, esbozó una estrategia financiera y de manejo administrativo que comprendía al gobierno central, los gobiernos federales y los distritos municipales. Concentró su lucha por separar a la iglesia católica de la responsabilidad educativa. Creó la Universidad Nacional como centro educativo y cultural del país. También en un hecho revolucionario para el tipo de país que era Colombia en el siglo XIX, declaró obligatoria y neutral la escuela pública. Dentro de los líderes del proceso se encuentran: Santiago Pérez, Dámaso Zapata, Enrique Cortés, Manuel Ancizar.

114 El proyecto radical fue confrontado desde su propia instauración. El poder de la Iglesia concentró sus esfuerzos en contrarrestar los avances del liberalismo. Como lo expone Silva (1998): “La iglesia y sobre todos sus jerarcas, secundados por una población creyente y con una acentuada capacidad de obediencia, le fueron hostiles desde el principio”(p.84). La reforma liberal rompía con el ejercicio monopólico de la iglesia católica sobre el sistema educativo, buscando consolidar el ideario de nación soberana que se presentaba como ideal y necesario para el liberalismo.

Sin embargo, no fue el esfuerzo de la iglesia católica el que derrotó el espíritu de la reforma educativa radical. La guerra civil de 1876 marcó el fin de una época donde la educación se observó como el eje de consolidación de un proyecto de nación moderna (Sastoque & García, 2010)34. A partir de este momento, el ejercicio político de liberalismo se centró en mantenerse en el poder y resistir la reacción opositora. Este esfuerzo se extendió hasta la década de los ochenta cuando la Contrarreforma regeneradora ascendió al poder y dio un giro de 180 grados al concepto de educación y a su rol en la consolidación nacional.