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Publicado en Revista de Educación de Adultos y Desarrollo (Alemania), Nº 21, 1983. Artículo escrito cuando trabajaba en México con diferentes personas de etnias distintas. Este hecho, sin embargo, no limita sus alcances a las etnias que habitan ese territorio, sino que son aplicables a cualquier etnia y grupo humano. Esto es especialmente relevante en esta época de globalización.

l multifacético campo de la educación de adultos incluye la atención educativa de los adultos de la etnias que viven en México, la que es implementada y ejecutada desde la orientación y fundamentos de la “educación indígena”; es decir, aquella forma educacional que, por una parte, postula la integración del indígena a la comunidad nacional, especialmente en el dominio de la lengua oficial y en algunos aspectos de su cultura cívica y, por otra, que ignora o niega la riqueza cultural de cada etnia.

Sin embargo, esta acción educativa tiene una historia interesante que transcurre desde la pretendida castellanización a ultranza hasta el reciente reconocimiento de la pluriculturalidad de México y del rol que pueden y deben desempeñar los miembros de las etnias en los organismos educativos oficiales. Pero aún no es suficiente, por cuanto esta educación indígena es la educación pensada y planificada en términos de las “deficiencias” de las culturas de dichas etnias en nada comparables a las del Estado- Nación; también es un tipo de educación cuyo objetivo es la integración asimilacionista del indígena a la “cultura nacional”, la que, por su parte, aún no tiene perfiles claros y distintivos. En suma, es la educación de los indígenas sin su participación, por lo que es ajena e inauténtica.

en la participación de los indígenas y ya se han ensayado toda suerte de experiencias con grupos pluriétnicos en la elaboración de materiales educativos, así como de planes y programas, los que se esperan sean más idóneos. La única “etnia” que no recibe este tratamiento es la compuesta por los mestizos, ya que ésta continúa siendo la meta a la que todas las otras deben aspirar. Hasta las mismas organizaciones indígenas han presentado alternativas que ellos han llamado auténtica educación indígena. Lamentablemente, en el momento de operacionalizar dicha propuesta educativa, se repiten los esquemas occidentales de entender el proceso de enseñanza y de aprendizaje, cayendo en la escolaridad formalizada.

Es imprescindible romper el círculo vicioso del

etnocentrismo pedagógico, dependiente de aquel otro cultural,

que nos encandila impidiéndonos ver otras alternativas pedagógicas, al señalar como superior al ideado por las culturas dominantes del Occidente.

La superación del etnocentrismo pedagógico debe llevarnos a descubrir que cada etnia tiene sus propias formas educacionales, centenarias y válidas, las que, al igual que la lengua, han recibido “préstamos” de otros grupos, algunos de los cuales ya han sido plenamente incorporados y otros no, pero que buscan imponerse. Una vez reconocido este hecho cultural y, por mismo, educacional, debemos desentrañar su verdadero valor educativo. Esto nos lleva a indagar en qué ha consistido y consiste la etnoeducación.

La etnoeducación es aquella propia de cada etnia, así como es propia la lengua autóctona, que se ha gestado a lo largo de siglos, bajo diversas circunstancias históricas, permitiendo la unidad e identidad étnica a pesar de los duros embates etnocidas y de todas las prácticas asimilacionistas. La etnoeducación, consustancial a cada etnia, puede constituirse en una de las respuestas válidas frente a la pretendida unidad nacional, a la deficiencia del sistema educativo vigente, a la marginación educativa y a la desintegración étnica. La etnoeducación se apoya en la diversidad inicial de la plurietnicidad de México.

Las fuentes de la etnoeducación se encuentran en el propio saber de sus miembros, en las formas de transmisión del saber así como en la constante y permanente recreación de este.

También se nutre de las experiencias centenarias, individuales y comunitarias, de resistencia ante presiones hostiles, sean económicas, culturales, políticas, religiosas o de cualquier otra índole; la versátil capacidad de respuestas colectivas ante los múltiples desafíos históricos estructurales o circunstanciales a que han están sometidos. Las distintas ciencias que han desarrollado, la etnomedicina por ejemplo, son otras fuentes que concluyen a caracterizar la etnoeducación.

Esto significa que la etnoeducación no tiene por qué repetir los modelos occidentales del proceso educativo, tal como la institucionalización escolar del curriculum, los objetivos y conductas deseables, la evaluación y seguimiento. Por el contrario, la etnoeducación debe buscarse en la propia forma de conocer y actuar, de teorizar y hacer, así como sus contenidos deben surgir desde la propia necesidad y experiencia histórica. Por ejemplo, lo que hoy se entiende oficialmente por evaluación del aprendizaje debe ser descubierto en la propia cultura y, si no se encuentra, sustituirla por la forma que sea propia. La etnoeducación, por ser propia de cada etnia, debe sistematizarse de manera auténtica, desde sí misma y con sus propios criterios, no con algunos prestados o ineficientes,

De esta manera la etnoeducación se constituirá en una forma educacional alternativa a la oficial, siendo una por cada grupo étnico, de tal manera que haya varias alternativas educacionales, ninguna excluyente de las otras, sino todas complementarías que se inserten en el seno de cada comunidad nutriéndose de sus propias experiencias. Cada cual es permeable a las otras, enriqueciéndose mutuamente y favoreciendo la realidad del México pluricultural que nace y crece en la diversidad cultural, pero que no puede originarse ni desarrollarse desde la unidad previa a esa diversidad, por la sencilla razón de que esto no puede existir.

Por otra parte, la etnoeducación favorecerá la regionalización y descentralización educativa del país y, por otra, ayudará a la reivindicación de las distintas etnias, incluida la mestiza.

Es obvio que son los propios miembros de cada etnia quienes deben determinar en qué consiste dicha educación, cuidándose de caer en el etnocentrismo pedagógico occidental,

ya que cada concepción pedagógica situará de manera diferente la relación del hombre con la naturaleza, consigo mismo y con los otros, el papel de la comunidad y de la familia, fuentes principales de la socialización en las comunidades étnicas, tanto en lo cultural como en lo económico-político.

Consecuentemente, ya no habrá necesidad de una educación indígena porque el indígena habrá desaparecido para siempre al renacer o re-encontrase ahora, ya no como indígena, sino como miembros de una etnia con pleno derecho a sentirse p’urhepecha, chinanteco o mestizo, cada cual diferenciado del otro por su misma identidad étnica y cada cual unificado con el otro por el mismo quehacer educacional, que por ello es político y también económico.

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