El lugar central de la formación ciudadana en el humanismo cívico
4. La educación de la libertad en el humanismo cívico
“… la educación –escribe Alejandro Llano- representa la prueba de fuego de las diversas concepciones acerca de la sociedad y de la persona humana. Si tales concepciones están equivocadas, si no responden a la articulación real entre naturaleza humana y cultura, la educación –por decirlo así- ‘no funciona’. No es que se eduque equivocadamente, según valores deficientes, es que no se educa en modo alguno: se interrumpe la dinámica del saber, por no haber sabido pulsar los adecuados resortes de la realidad misma.” 80 No en vano el humanismo cívico se esfuerza
en indagar y registrar dentro de su entramado doctrinal las bases conceptuales que dan verdadera cuenta del ser personal, de la libertad y de otras realidades nucleares a partir de las
79 Cf. Llano, A., La nueva sensibilidad. Madrid, Espasa-Calpe, 1988. 80 A. Llano, Humanismo cívico…, p. 155.
cuales puede ser pensado y resultar efectivamente operante un humanismo cívico. Ya hemos visto de modo sumario que su punto de partida es la comprensión de la persona como ser espiritual y comunional. Espiritualidad en virtud de la cual se nos otorga el reconocimiento de la radicación metafísica y del sentido ético de la libertad humana. La formación ciudadana se inscribe, como es natural, dentro de este marco antropológico y ético.
Teniendo en cuenta, entonces, que el humanismo cívico constituye un nuevo modo de pensar y de comportarse, la educación cívica ha de centrarse en conseguir que esta nueva ciudadanía aprenda a cultivar hábitos que potencien la capacidad humana de pensar rectamente o con verdad – son las virtudes intelectuales-, y hábitos prácticos, esto es, habilidades operativas que nos faciliten actuaciones que estén a la altura de nuestro ser espiritual y social. A modo de resumen, diremos que formar
ciudadanos supone crear las condiciones sociales que pongan
al alcance de todos la posibilidad de adquirir, en palabras de MacIntyre, “Las cualidades intelectuales y de carácter que permiten a una persona identificar los bienes pertinentes y emplear las habilidades necesarias para conseguirlos…”81
Conviene, ante todo, que comencemos por precisar algunos conceptos, como el de virtud intelectual o dianoética que es un hábito operativo –esto es, una disposición estable para la operación- que perfecciona el entendimiento y hace buena su obra, es decir, mediante esta cualidad virtuosa el entendimiento queda capacitado para decir “(...) siempre la verdad, jamás la falsedad.”82 Recordemos que todo hábito
corrige la indeterminación natural de la facultad en que radica y que consiste en su aptitud para vincularse con sus objetos de maneras diferentes y opuestas. En el caso de la inteligencia, la indeterminación se traduce en la posibilidad que ésta tiene de emitir juicios ya verdaderos, ya falsos, sobre las realidades que
81 Macintyre, A., Animales racionales y dependientes. Por qué los seres huma- nos necesitamos las virtudes. Tr. B. Martínez de Murguía, Barcelona, Paidós, 2001, p. 110.
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conoce. Cuando al entendimiento se sobreañade, entonces, un hábito virtuoso queda determinadamente apto o capacitado para conocer bien, es decir, con verdad. De las virtudes dianoéticas unas son perfectivas del entendimiento especulativo: el intelecto,
la ciencia y la sabiduría, y otras radican en el entendimiento
práctico: la prudencia y el arte. Es tal la relevancia de estas cualidades antropológicas que merecen un tratamiento que no podemos darle en el presente trabajo. Por eso, me limitaré a apuntar algunos comentarios acerca de dos de ellas que, por otro lado, representan la consumación de una personalidad éticamente madura. Me refiero a la prudencia y a la sabiduría.
La prudencia es la virtud de la razón práctica que capacita al ser humano para que pueda indagar y juzgar certeramente acerca de los medios más adecuados para alcanzar un objetivo bueno –en caso contrario, se trata no de prudencia, sino de astucia- ; es decir, lo habilita para conocer cómo realizar y de hecho practicar acciones buenas o virtuosas. La particularidad de la prudencia obedece, precisamente, a su íntimo nexo con las virtudes morales, no se puede ser prudente sin ser virtuoso y, en sentido contrario, enseñará el Estagirita, “… cuando existe la prudencia todas las otras virtudes está presentes.83” El fundamento de esta
unidad se encuentra en la integridad y unicidad del bien humano que consiste en vivir racionalmente, bien que el virtuoso ama –digámoslo así- con todo su ser, y por eso su mente prudente ve cómo realizarlo en las circunstancias específicas involucradas en las diferentes acciones virtuosas. G. Abbá ha expresado magníficamente en qué consiste está influencia benéfica de la virtud moral sobre la inteligencia: “Gracias a la influencia de las virtudes, que vuelven atenta, vigilante a la razón práctica
in particulari, el sujeto virtuoso interpreta y define su propia situación de un modo distinto del sujeto no virtuoso. Percibe
como relevantes circunstancias que de otro modo se le escaparían, elige oportunidades de acción que otros no advierten, considera relevantes normas que otros pasan por alto, se propone fines en los que otros no caen.” 84
83 E.N, VI, 13, 1144b35-1145a1.
84 ABBÀ, G., Felicidad,vida buena y virtud; Tr. Juan José García Norro, Barcelona,EIUNSA, l992, p. 260.
En cuanto a la sabiduría, a la que ya hemos hecho alguna referencia, diremos que cualifica a la inteligencia tornándola apta para comprender todas las realidades bajo una luz nueva: la de su sentido último y definitivo. Porque se puede considerar sabio a quien posee la capacidad habitual de captar y ahondar en aquellas verdades que de modo más radical dan cuenta de la existencia. Inseparable como es también esta virtud intelectual de todo el organismo ético constituido por los hábitos prácticos, no es posible ser sabio sin ser virtuoso. En este sentido observa Tomás de Aquino que la prudencia, y junto con ella necesariamente la perfección moral del sujeto, “abren la puerta” y conducen como de la mano a este conocimiento especulativo de orden superior, a la cúspide de la perfección intelectual.
Aclaradas estas primeras nociones, deseo poner de manifiesto el valor crucial que revisten las virtudes intelectuales en la construcción de un auténtico humanismo cívico. Porque la virtud intelectual aguza el “ojo del alma” de modo que éste pueda percibir la realidad con verdad, es decir, que lo hace apto para captar las cosas “tal como son”. Se entiende, entonces, que la verdad y junto con ella la virtud sean perfecciones del hombre. Porque mientras que la ignorancia y el error nos achatan y esclavizan, allanando, entre otros despotismos, el mediático. La verdad, en cambio, es de suyo liberadora. Nos libera, ante todo de los condicionamientos de la propia subjetividad, pero también de las opiniones y parámetros dominantes. Ahora bien, si tenemos en cuenta que “la política es en gran medida el arte de adecuarse a la realidad” (Lachance), se advierte que la suerte del humanismo cívico vaya unida en buena parte al entrenamiento de los ciudadanos en el pensar reflexivo que habilita para el diálogo político.
Sólo una ciudadanía que esté habituada a pensar por sí misma deviene capaz de intervenir eficaz y creativamente en los asuntos públicos, pues sabrá ajustarse a los acontecimientos y responder a las necesidades sociales con mayor acierto y “tacto” intelectual, en la medida en que sabrá sobreponerse a las mediaciones y presiones tecnoestructurales, que suelen resultar
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tan poderosamente efectivas a la hora de tergiversar la realidad. Dentro de este contexto aparece con mayor claridad la importancia que encierran para el humanismo político las virtudes intelectuales. Porque para realizar la empresa, nada fácil, de conducir la ciudad hacia la vida buena, es preciso poseer la capacidad de leer hondo en la realidad socio-política. Es decir, se necesita contar con la “visión ” del sabio, capaz de descifrar el significado profundo de los acontecimientos históricos a la luz del misterio del hombre y del sentido último de la vida individual y comunitaria. No cabe duda de que el fino discernimiento exigido por las soluciones equitativas que tan imperiosamente reclaman las democracias occidentales, no puede proceder del ciego automatismo del sistema; tampoco de los “expertos” en ciencia política. Tiene que provenir de seres humanos formados éticamente y, por lo mismo, sensibles y dóciles al imperativo de la verdad y de la justicia.
Finalmente abordaremos las virtudes éticas o morales. La virtud moral es un hábito electivo porque “hace buena la elección”, esto es, dispone a las facultades afectivas (emociones y voluntad) que intervienen en dicho acto para que cooperen eficazmente en la ejecución de la acción éticamente buena. La virtud moral nos orienta, pues, con determinación y estabilidad hacia el bien de nuestra naturaleza o bien racional; nos connaturaliza íntegramente con él. Lo que equivale a afirmar que a través de la virtud nuestras capacidades tendenciales se hacen aptas para desear y querer de modo razonable las cosas que razonablemente un ser racional puede anhelar. Esta armonía entre afectividad y razón que la virtud implica se consigue, por una parte, refrenando y moderando la fuerza de nuestras emociones frente al atractivo de lo placentero. Éste es el trabajo que realiza la templanza o
moderación.85 Es interesante advertir cómo el equilibrio afectivo
que esta virtud causa en el sujeto repercute directamente sobre su percepción de lo real y, por lo mismo, incide directamente en las relaciones con los demás. El ángulo de percepción del hombre o la mujer moderados ya no es el propio interés centrado
85 El tema de las virtudes morales lo desarrolla magistralmente Tomás de Aqui- no en la Suma Teológica., II-II.
exclusivamente en la búsqueda de gratificaciones personales. Por el contrario, el ejercicio de esta virtud, al liberarnos de esas pretensiones egocéntricas, amplía el horizonte de intereses, capacitándonos para captar necesidades, preferencias e incluso aspectos de personas y cosas que se ocultan al que sólo actúa bajo el estímulo del provecho propio, traducible en este caso en términos de goce.
Pero la virtud moral cumple también el importante papel de
fortalecer nuestra afectividad para que no retroceda, sino que
se mantenga firme y constante en su esfuerzo por superar los obstáculos que implica la práctica del bien. Este equilibrio emocional le corresponde introducirlo a la fortaleza. Es la virtud de la espera paciente y perseverante que sabe sobreponerse a las dificultades y fracasos que suelen rodear todo empeño serio en llevar una vida éticamente coherente.
Por su parte, está la justicia o virtud que rectifica la voluntad haciéndola idónea para querer efectivamente “lo debido a otro”. Porque, si bien el hombre no es por naturaleza malo ni enemigo, no obstante naturalmente prefiere con mayor fuerza lo propio que lo ajeno. Pero a través de la justicia la voluntad se habitúa a querer que se respete el derecho del otro como si fuera el suyo. “El otro se convierte para él en un alter ipse, en otro ‘él mismo’ (Rhonheimer).
A estas alturas estamos en condiciones de admitir que no es extraño que la libertad entendida como pura espontaneidad, es decir, la libertad abandonada a sí misma autorice a muchos a tener por verificada la metáfora de Hobbes (homo homini lupus) y, por lo mismo, a validar como situaciones ineludibles el individualismo y la insolidaridad. Ciertamente, sin educación ética, la libertad, permítasenos decirlo así, no se libera. En general, le resulta muy difícil decidir apartándose de la perspectiva del gusto, la comodidad o el interés personal.
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es indiscutible. Resultan imprescindibles para adherirnos a un modo de ser que nos habilite para dar el paso cívico desde una
libertad de (de filiación individualista) hacia una libertad para
(proyectada hacia el bien comunitario). Pensemos sólo en la falta de austeridad tan fácilmente potenciada hasta extremos insospechados por el consumismo hedonista. Efectivamente, la falta de control a la hora de comprar, probar, estrenar, experimentar… son difícilmente conciliables no sólo con actitudes solidarias, sino incluso justas, “Porque el exceso de comodidades y satisfacciones materiales embota la imaginación y la facultad de sorprender y dejarnos sorprender (…) Quien no sufre alguna carencia material se encuentra en la situación que los griegos llamaban apatheia, es decir, apatía (…) Con lo cual también está íntimamente relacionada la virtud de la justicia, especialmente en su aspecto social, con relación a los más pobres y necesitados.” 86
Pero conviene subrayar finalmente algo visiblemente testimoniado por la experiencia ética general: la excelencia humana no es innata, exige un aprendizaje. La virtud dianoética, nos advierte, Aristóteles “se origina y crece principalmente por la enseñanza, y por ello requiere experiencia y tiempo; la ética, en cambio, procede de la costumbre…” 87 En sintonía con el
realismo antropológico del Estagirita, el humanismo cívico asume como una verdad básica que el oficio de la ciudadanía ha de aprenderse. Lo que equivale a afirmar que es fruto de una conquista, primordialmente personal, pero –y esto es lo que vamos a enfatizar ahora– en gran medida también resultado de un empeño comunitario.