La antropología del humanismo cívico
1. Las claves antropológicas del humanismo cívico
1.2. La persona: un ser corpóreo, esencialmente dependiente y comunional
En la antropología que subyace al humanismo cívico encontramos una pieza conceptual fundamental para redescubrir al hombre en su integral unidad. Se trata de un nuevo modo de pensar la
persona -un modo de pensar realista- que rescata y reivindica la índole corporal del ser humano, permitiendo así reafirmar dos verdades estrechamente entrelazadas que manan de la naturaleza del hombre.42
En primer lugar, la dignidad del cuerpo, porque si la persona es digna ha de serlo también su cuerpo, ya que yo no tengo cuerpo, sino que soy mi cuerpo. Y “Precisamente porque yo
soy mi cuerpo, éste y sus manifestaciones merecen un absoluto
respeto, que no admite excepciones.”43 La inteligencia de
este principio antropológico elemental resulta hoy sumamente difícil de asimilar, debido al injusto descrédito de la clásica sentencia aristotélica: el alma es la forma del cuerpo. Dentro del marco conceptual del dualismo mecanicista cartesiano ya no cabría hablar del alma como forma del cuerpo y, por consiguiente, referirse a ella como a su principio vivificante y humanizante que eleva el componente biológico y, de algún modo, lo espiritualiza haciéndolo participar de su dignidad. En el dualismo cartesiano el cuerpo quedará trocado en res extensa, es decir, materia desprovista de fines y cualidades intrínsecas. En este sentido afirma Ana Marta González que “A partir de aquí lo específicamente humano se decide en una instancia distinta de la corporeidad”. 44 El cuerpo humano pasará a ser una pieza más
de la naturaleza mecanizada, naturaleza que despojada de su finalidad específica ha quedado reducida a pura exterioridad, a
lo otro que el hombre .45 Era de esperar, que andando el tiempo,
dicho cuerpo se convirtiera en simple “material biológico” puesto al servicio de las extravagancias y caprichos de la sociedad tecnológica. Desaciertos que ésta pretende legitimar bajo el rótulo infortunado de “derechos humanos”, como es el caso de la eutanasia o de la clonación humana.
42 Ibid., p. 174.
43 A. Llano, El diablo es conservador; Pamplona, EUNSA, Cap. 6: Antropolo- gía de la dependencia, p.117.
44 A.M. Gónzalez Gónzalez, Naturaleza y dignidad. Un estudio desde Robert Spaemann, Pamplona, EUNSA, 1997, p. 149.
62
No deja de asombrar asimismo que el siglo XXI, que se caracteriza, de un lado, por el creciente “culto” al cuerpo –culto que recibe especial estímulo a través de la publicidad- no titubea, por otro, en atentar contra la íntegra unidad corpóreo-anímica del hombre, despreciándolo a él mismo al infravalorar la dignidad de su corporalidad. Sin embargo, en el fondo, ambos modos equivocados de dirigirse hacia el cuerpo humano, reconocen la misma raíz. Los dos obedecen a un profundo desconocimiento de la naturaleza humana. Porque, de hecho, la sobreestimación del cuerpo se traduce siempre como infravaloración y descuido de la otra dimensión crucial de mi ser: el espíritu. Cabe apuntar, además, que dicha sobreestimación puede ser calificada de engañosa. Ciertamente, la cada vez más expandida y creciente falta de pudor con relación al propio cuerpo y al ajeno, revela un profundo irrespeto por la intimidad personal, la cual es un atributo antropológico decisivo cuando se trata de definir la dignidad humana.
De ahí que el humanismo cívico, identificando al ser humano en su armoniosa unidad, pretende ofrecer bases teóricas rigurosas que permitan resguardar su dignidad frente a los cada vez más frecuentes excesos y ataques de los que es objeto. Para comprobar que en modo alguno exageramos al hablar de “ataques”, es suficiente con tener presente la permanente cosificación del ser humano promovida de manera insidiosa a través de los medios. El consumismo no vacila en manipular o instrumentalizar a las personas si por ese medio puede alcanzar sus propósitos lucrativos. No en vano, como tendremos oportunidad de destacar en el último capítulo, el consumismo representa hoy uno de los medios generadores de violencia más poderosos en las sociedades occidentales.
Otra verdad, hermanada con la anterior y que puede contribuir a forjarnos una comprensión más completa del ser humano, es aquella que atiende a la condición del hombre como ser
esencialmente dependiente. Ciertamente, su constitutiva
condición corpórea hace del hombre un ser necesitado de los demás; indigente, en mayor o menor medida, a lo largo de
toda su vida. Nos parece sumamente innovador y oportuno que el humanismo cívico repare en esta dimensión de la persona, sobre todo teniendo en cuenta que gran parte de los atropellos a los derechos fundamentales vienen dados por la vía de una comprensión sesgada del ser humano que hace depender su dignidad de la funcionalidad y de la “calidad de vida”. Pero dejemos que el mismo Alejandro Llano nos hable acerca de los iluminadores principios que esta “antropología de la dependencia” es capaz de aportar a la consecución de una convivencia política justa: ”¿Acaso somos menos humanos en la primera infancia o en la senectud?¿Disminuye tal vez nuestra condición antropológica en un período postoperatorio o a raíz de un infarto? ¿O es que hemos de tratar como realidades mostrencas a los tetrapléjicos o a los autistas? Las repercusiones éticas de las posibles respuestas a tales interrogantes son de la máxima relevancia. Y no sólo para las personas que se encuentran en tales situaciones de dependencia profunda, sino también para aquellos que hemos pasado por ellas o por ellas llegaremos a pasar, además de tener que cuidar de personas que no se valen por sí mismas”. 46
Es evidente que si el cuerpo configura esencialmente la identidad personal, y hace del hombre y de la mujer seres ontológicamente dependientes, entonces, mi condición de persona no puede quedar sujeta al ejercicio óptimo de las funciones racionales o vitales. Con todo, esta verdad no resulta tan aparente en medio de un clima cultural como el actual, penetrado como está de la lógica de la eficiencia y de la utilidad. Conviene recordar aquí que el pragmatismo reinante es efecto inequívoco de un talante intelectual que valora la seguridad y la certeza por encima del
bien y de la verdad; por encima del bien humano y de la verdad
sobre el ser humano. Se trata del paradigma racionalista que, como señala nuestro filósofo, ha ido trazando un abismo cada vez más insuperable entre la eficacia y la misericordia, arrojando como saldo lamentable la deshumanización de las relaciones interpersonales y de la sociedad misma.
64
Cabe subrayar, por tanto, que el humanismo cívico propone la rehabilitación de valores genuinamente humanos. Son actitudes valiosas como la dependencia, la solidaridad, la capacidad de servicio y atención al otro, y de manera particular, la misericordia o piedad; virtudes, que cuando se practican, iluminan sabiamente nuestra comprensión del hombre y de las complejas y dramáticas circunstancias en que la vida humana a menudo se desenvuelve. Pensemos concretamente en ciertas situaciones límite en que los niveles de sufrimiento conducen a pensar en la eutanasia como la única alternativa. Existe, sin lugar a dudas, la posibilidad siempre a la mano de abordar dichas circunstancias según los parámetros culturales dominantes, de manera especial, según el discurso del individualismo sistemático del que lamentablemente se encuentra penetrada la convivencia social. Pero si en su lugar, vamos dejando que nuestra mente se acostumbre a una reflexión seria sobre el sentido de la vida, del dolor y, en último término, de la muerte, iremos recuperando el pensar meditativo, que nos abre nuevas perspectivas sobre el ser humano y las relaciones interpersonales. Este modo de pensar, en la medida en que se corresponde más con el espíritu de finura, que con el espíritu de geometría –según la genial distinción pascaliana–, es exquisitamente apto para reparar en aspectos de la existencia humana que se ocultan a una mirada meramente utilitarista e interesada. Porque “... el dar y el recibir –enseña el profesor Llano– no están sometidos a un cálculo cuantitativo, en términos de do ut des, sino que se rigen por la actitud de completa reciprocidad, sin exigencia de contrapartidas del mismo monto”.47
La dependencia connatural del ser humano es un rasgo antropológico que ensambla directamente con otro al que denominaremos condición comunional de la persona. La filosofía moderna (de Descartes en adelante) pretende que el sujeto humano sea un ser completo, que se basta a sí mismo, tanto que, aun encerrado en sus propios límites, sea de todos modos centro de totalidad, principio y fuente de conocimiento, de realidad y de moralidad. Pero la persona humana no es así,
47 A. Llano, El diablo es conservador; Pamplona, EUNSA, Cap.6: Antropolo- gía de la dependencia, p.117.
sino que tiene una estructura bicéntrica, elíptica. En efecto, los demás no son totalmente otros —heteroi—, distintos y rivales de mí propia subjetividad, sino que forman en cierto sentido parte de ella, como un centro de la elipse necesita del otro centro para que la elipse sea constituida como tal, entonces su presencia no constituye un obstáculo o atentado a mi autorrealización, sino que la posibilita.
Las demás personas no son, por tanto, totalmente otras y ajenas a mí, sino que, justamente siendo otras y diferentes, hacen que yo, al comunicarme con ellas, amplíe mi propio ser subjetivo, sea lo que soy y pueda llegar a ser plenamente yo. Por mi parte, mi subjetividad no está cerrada, sino que es justamente un principio y centro de apertura y comunicación con las demás personas. Mi subjetividad me proyecta hacia los demás. El dilema “o yo o los demás” es simplemente falso. Y la verdad tampoco es “mitad para mi y mitad para los demás”, sino “yo en comunión con los demás, en, por y para los demás”. Simplemente, la persona humana está en comunión con los demás, es en comunión con los demás, es comunión con los demás. Pero sobre este volveremos más adelante.
Esta clave antropológica del humanismo cívico –es decir, el asumir como premisa básica que somos, según la expresión de MacIntyre, animales racionales y dependientes, y abiertos a la comunicación con los demás– nos parece un punto de partida desde el cual cabe disponerse esperanzadoramente a construir un civismo auténticamente humano. Una clave que, de tomarla en serio, nos puede redimir del individualismo y la indiferencia, para dar paso a la benevolencia. Base de toda amistad humana, la benevolencia es una especie de empatía natural con la humanidad del otro –mezcla, como yo, de miseria y grandeza–, que nos fuerza a creer que la última palabra de la convivencia social no la tienen, por cierto, el egoísmo o la sospecha, pero tampoco la mera tolerancia.
66