CUADRO INTEGRADOR DE OPINIONES DE AUTORES Y PROPUESTAS SUPERADORAS
7.2 APORTES CONSTRUIDOS DESDE TEORÍA FUNDAMENTADA A PARTIR DE LOS HALLAZGOS
7.2.2 Educación de la mirada
En nuestra tarea diaria como educadores hemos asistido a disrupciones en el aula cuya génesis radica habitualmente en frases tales como me miró mal, no me mira más, ese/a no me registra. Estas expresiones son el correlato de no sentirse incluidos en el grupo. Análogamente, nuestros educandos refieren a directivos y padres frases como tal docente me tuvo entre ojos todo el año, a través de la cual tratan de excusarse de su bajo rendimiento académico o directamente del fracaso escolar. Lo cierto es que la mirada es parte constitutiva y formativa de la personalidad. Esta reflexión debe incluir a las imágenes que como afirma Laura Malosetti, “no son sólo las que percibimos con los ojos: hay imágenes mentales, sin cuerpo ni presencia física” (2005, citado en: Dussel,
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2006, p. 280). Estas imágenes son muy fuertes y persistentes en nuestra vida. Es importante enmarcar la imagen en un contexto social particular.
Recuperando las ideas de un precursor del sistema educativo argentino, Víctor Mercante, advertimos que este educador asumía una actitud de sospecha hacia todo lo que fuera cultura visual. Mercante se preguntaba horrorizado “¿quién abre un libro de Historia, de Química o de Física… después de una visión de Los piratas del mar o Lidia Gilmore de la Paramount?” (1925, p. 123). Él sostenía que el cine era una “escuela de perversión criminal”, y que había que organizar comités de censura en todas las ciudades para que se exhibieran solamente “películas moralmente edificantes”. Sin embargo, Mercante advirtió que el cine movilizaba emociones, pasiones, goces, que la escuela no despertaba en los destinatarios de la educación. Cuestionemos, entonces, el rol que desde este paradigma se asignaba a los docentes: policías, censores, vigilantes, celosos custodios de un sistema de orden y moral encerrado en sí mismo ycon un conjunto de saberes superior respecto a todo lo que sucedía extramuros.
Hoy creemos que nadie se atrevería a sostener públicamente la postura arriba descripta. Circulan entre nosotros discursos pedagógicos que proponen una mirada que atienda a la diversidad de alumnos que reciben los establecimientos, que dicen no censurar la cultura que cada uno trae y que sostienen la igualdad de oportunidades. Sin embargo, el problema está lejos de ser resuelto. Podríamos decir que, entre los pedagogos y docentes, existe aún lo que podríamos llamar los herederos de Mercante, que acríticamente asumen las relaciones con uno mismo y con los otros sin novedad, lejos de “considerarlas un objeto y condición de nuestra existencia, artefactos que nos atraviesan como personas y como ciudadanos, y que atraviesan y configuran nuestras formas de saber” (Dussel, 2006, p. 283).
Abundando en el concepto podemos afirmar que para construir un espacio en que sea posible educar, es necesario un cambiar los ojos, como especulan Bourdieu y Wacquant (1995) en sus reflexiones antropológicas, promoviendo una verdadera conversión de la mirada, que habilite un cambio en la visión del mundo social, en donde se sitúan nuestras escuelas.
Es fundamental tener en cuenta que una hermenéutica de la mirada implica acceder al mundo de las emociones ya que hemos de reflexionar en torno a qué hacemos con este emergente de la imagen por cuanto es allí donde “se juega la posibilidad de la
reflexión ética y política, y es allí donde el trabajo educativo debería ser más sostenido, más denso y más complejo” (Dussel, 2006, p. 288).
Nos parece clave generar una propuesta que intente resolver conflictos de violencia escolar, por medio de un trabajo de interrelación que cruce el caso singular con lo general y viceversa, es decir, que vaya de los diversos paradigmas a la resolución de determinado problema. En definitiva, se trata de elaborar reglas y acuerdos más complejos y más interesantes para los diversos desafíos que nos presenta la comunidad educativa a diario.
En nuestro estudio de caso es importante el rol de las redes sociales y de dos videos que ya describimos oportunamente. Al respecto nos parece interesante el trabajo de Susan Sontag (2003) quien, en una investigación basada en la fotografía, en contexto de análisis de la Primera Guerra Mundial, aportaba el concepto de que las fotografías objetivan y mejoran la normal apariencia de las cosas. Lo importante es, creemos, que el registro fotográfico (y en el insumo de este trabajo los videos) nos permiten depurar y madurar una reflexión ética y por cierto, elaborar una respuesta ante lo expuesto. Una especie de tomar distancia, para poder luego, tematizar.
La pedagogía tiene un rol aquí que es el de repensar la ética y la política de la imagen, para evitar banalizaciones de la misma, y el morbo que ello trae aparejado. En cambio con los videos a los que hemos tenido acceso intentamos un análisis en tres niveles. El primer nivel consistió en el discernimiento en profundidad de lo que observamos, el conocimiento cabal de lo que ocurrió. Advertir en qué contexto sucedió, identificando responsabilidades, y tomando nota de toda consideración que nos ayude a tramitar el conflicto. El segundo nivel fue el de la emoción, (aún más, la conmoción) que nos produce la imagen: sentir en el plano humano la dimensión del dolor del otro. Y, por último, el tercer nivel es el de la acción, analizando la posibilidad de hacer algo para reparar lo que advertimos.
Finalmente, junto con Dussel nos preguntamos “¿qué es una mirada justa? ¿Se reflejan en nuestros acuerdos las experiencias de los otros? ¿Se puede con nuestra intervención generar espacios de justicia más logrados?” (2006, p. 189).
A estas y a otras preguntas intentamos responder con nuestra investigación para aportar a la renovación del compromiso docente, ético y político, en el contexto de una
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sociedad que anhelamos más democrática y más justa y también más plural, valorando lo que cada una de las personas pueda contribuir a este fin.