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IV. PROYECTO DE INNOVACIÓN

2. Enmarque teórico de referencia

2.1 Educar en literatura

Resulta ineludible señalar el Congreso de Cérisy-La Salle de 1969 como el inicio de la ruptura con la enseñanza de la historia literaria, propiciada por el estructuralismo, a partir de las premisas del formalismo ruso y del Círculo de Praga. Las actas de este congreso, dirigido por Todorov y Doubronski, «constituyeron un punto de referencia ineludible en el proceso que llevó a situar el centro de la enseñanza literaria en la explotación del texto y que difundió los conceptos de ‘literariedad’ y ‘función poética del lenguaje’ como ejes definitorios del texto literario». (Colomer, 1996: s.p.)

En efecto, desde hace varias décadas (sobre todo a partir de los años 80) se viene utilizando la expresión «educación literaria» como alternativa a la tradicional «enseñanza de la literatura», y han sido (y son) muchos los críticos y pedagogos que han escrito acerca de esta cuestión. Hablar de educación literaria implica un cambio de orientación en los objetivos y en la didáctica de los docentes; implica, según Zayas (2011: 27), «la intervención (del docente) en campos estrechamente relacionados»:

Ayudar a los alumnos a descubrir la lectura como experiencia satisfactoria, que depende de la respuesta afectiva del lector cuando se emociona con la intriga, se identifica con los personajes, reconoce en el texto su propia experiencia vital como experiencia humana, descubre mundos alejados de su experiencia inmediata, contrasta su propia interpretación con la de otros lectores, se sorprende ante el modo diferente de usar el lenguaje y disfruta con ello, etc.

Enseñar a construir el sentido del texto, es decir, a confrontar la visión que el lector tiene de sí mismo y del mundo con la elaboración cultural de la experiencia humana que le ofrece la obra literaria, que ha sido producida en un contexto histórico-cultural determinado.

Enseñar a familiarizarse con las particularidades discursivas, textuales y lingüísticas de las obras literarias, características que están condicionadas históricamente y configuran los géneros o formas de textos convencionales mediante las que la humanidad ha simbolizado su experiencia.

Pero por encima de todo, la educación literaria implica una enseñanza que no debe consistir —o no sólo— en la transmisión de conocimientos para que luego sean fielmente

[72] repetidos por los alumnos de diferentes modos, sino en proporcionar los medios y las ayudas necesarias para que los alumnos aprendan —usando las palabras de Calvino— «a escuchar lo que los textos tienen que decir».

Por otra parte, y como bien apunta Lomas (2009: 172-173), existe un cierto consenso pedagógico y social en cuanto a cuáles son los objetivos principales de la literatura en las aulas de secundaria, ya que la mayor parte de docentes, críticos y pedagogos sostienen que el fin último de le educación literaria es fomentar hábitos de lectura y actitudes de aprecio de las obras literarias y del uso creativo del lenguaje. Muy por detrás de este objetivo iría el análisis científico de los textos pertinentes y la transmisión académica del patrimonio literario legado por la historia. Sin embargo, el orden de estos objetivos se ve muchas veces alterado por los propios docentes en la práctica, de manera que a menudo nos seguimos encontrando ante metodologías tradicionalistas y obsoletas que alejan a los alumnos de la literatura.

La educación literaria concibe que el estudio de la literatura en las aulas no es el aprendizaje de una sucesión de movimientos, de fechas, autores y obras, ni la enumeración de influencias y de rasgos de estilo. A los alumnos estos contenidos les resultan abstracciones inaccesibles porque los perciben como contenidos que les son poco significativos y de difícil comprensión cuando aparecen en un manual. Como bien señala Mendoza (2008: s.p):

(…) ante esos contenidos/informaciones los alumnos casi se ven obligados a realizar un acto de fe para aprender en abstracto el peculiar sucedáneo de la literatura que se les ofrece. Este sucedáneo suele estar elaborado con retazos históricos, biográficos y caracterizaciones de escuelas, épocas y géneros, aderezados con opiniones críticas, y todo junto lo perciben como muy ajeno a sus capacidades e intereses.

Así, Mendoza (2008: s.p) define, cómo es o debería ser, la educación literaria: La educación literaria (…) es la preparación para saber participar con efectividad en el proceso de recepción y de actualización interpretativa del discurso literario, teniendo en cuenta que: a) la literatura es un conjunto de producciones artísticas que se definen por convencionalismos estético-culturales y que, en ocasiones es un reflejo del devenir del grupo cultural; b) las producciones literarias también se definen por la presencia acumulada de determinados (aunque no siempre exclusivos ni específicos) usos y recursos de expresión propios del sistema lingüístico y por su organización según estructuras de géneros; y c) el proceso de percepción del significado de un texto literario no es una actividad espontánea, ni el significado es el resultado automático de una lectura de cariz denotativo.

[73] Caro y González (2009: 2) también se manifiestan al respecto y puntualizan que la educación literaria no solo se diferencia de la enseñanza tradicional de la literatura, sino también de otras iniciativas recientes que, bajo el calificativo de «innovadoras» carecen de fundamento y de cauce pedagógico. Así las cosas, aseveran que

La Didáctica de la Literatura es una ciencia social de composición interdisciplinar que ha de centrarse más en los procesos cognitivos de aprendizaje comunicativo de la literatura que en la instrucción sobre los recursos de una u otra teoría literaria. Lo importante no es «enseñar contenidos» sobre la literatura sino «aprender competencia comunicativa» con la literatura. No es una ciencia aplicada sino una ciencia implicada con la vida de las palabras.

La literatura forma parte del bagaje cultural de una sociedad, a veces de la humanidad como tal, y no es que la educación literaria deba alimentar la satisfacción de pertenencia a una comunidad que ha sido capaz de alcanzar grandes logros artísticos y de fomentar de modo autocomplaciente el sentirse parte de una lengua que ha logrado universalizar más que otras sus posibilidades. Como apostilla Dueñas (2013: 142), educar en literatura es «situar a los jóvenes alumnos en una larga tradición de pensamiento, de hipótesis, de explicaciones o dudas que les puedan amparar en su vida y que les proporcionen parámetros desde los que entender el mundo y entenderse mejor a sí mismos».

2.2 La escritura creativa como instrumento didáctico para educar en