3.1 LAS VOCES EN EL DESFILE DEL AMOR
3.1.3 EDUWIGES BRIONES O TURANDOT LA DESPIADADA
La primera de estas voces es la Eduwiges Briones, tía de Del Solar y pariente de dos de las víctimas de los supuestos homicidios de 1942, la cual representa las viejas clases acaudaladas del periodo porfiriano, decaídas durante el periodo posrevolucionario. Su discurso (reflejo de su vestuario art decó, que el protagonista asocia a la moda del año 1914) es ideológicamente anacrónico, por el clasismo y el desprecio del trabajo manual que lo caracteriza, junto con la hipocresía que se convierte en el disfraz que encubre el racismo y la misoginia de una elite ignorante y parásita.
Eduwiges se caracteriza por su completa cerrazón a cualquier tipo de libertad o de ironía, se limita a enunciar frases hechas y a posar una mirada acusatoria sobre los demás, se respalda en un humor macabro que no tiene piedad ni siquiera de la muerte. De su primera cuñada, una india tamaulipeca apodada alevosamente “Chole la del chilpachole”, por ejemplo, afirma: “La pobre murió durante su estancia en Hamburgo. Me imagino que porque no comía jaibas los viernes o porque no sabía con qué preparar el chilpachole” (Pitol, El desfile, 196-7).
El egoísmo y la autoreferencialidad de Eduwiges se reflejan en la gran cantidad de enunciados en los que abundan elementos gramaticales (pronombres, verbos, adjetivos) conjugados en primera persona. Esta actitud es huella del anti-dialogismo de un discurso que nunca toma en cuenta la palabra ajena a menos que sea para denunciar sus defectos y
su mala fe. Sobra decir que el personaje es renuente o agresivo frente a las preguntas que el protagonista Del Solar le dirige en el intento de averiguar el misterio del edificio Minerva.
Los temas tratados por Eduwiges son su persona y los achaques físicos que padece (que denotan hipocondría), su familia y la paranoia desencadenada por un complot que desde la revolución está tratando de acabar con los Briones. No obstante, el dramatismo con el cual realiza sus relatos86 no brilla por la coherencia de su voz, pues pasa repetidamente de un tema a otro, asociando, sin alguna lógica, los temas aparentemente más importantes con cuestiones francamente ridículas.
Otro rasgo de ella son las continuas contradicciones de su discurso; por ejemplo, cuando hablan negativamente de unas personas que anteriormente había alabado. Esto acontece con Del Solar, de quien, en primera instancia, reconoce como historiador: “En nuestra familia, tú mejor que nadie lo sabes, por algo eres historiador, nadie se ha manchado con dinero ajeno” (Pitol, El desfile, 30). Enseguida, lo ataca reprochándole la ignorancia que tiene de la historia, de las persecuciones familiares y un trabajo publicado sobre el doctor Mora y la masonería en México: “¡Parece mentira que seas tú que me lo preguntes! ¡Tú, el historiador! Nos han perseguido desde que comenzó este siglo, tal vez desde antes, desde que el doctor Mora, a quien con tanto ardor defiendes, organizó en este país a los masones” (31).
Lo mismo, pero con una frecuencia superior, acontece con Arnulfo Briones, hermano de Eduwiges y probable víctima de asesinato en 1942, a quien la mujer ataca y defiende alternadamente y con el mismo celo: “¡Había cosas, Dios mío, en las que Arnulfo no se medía! [...] Todo en él, si te pones a pensar, desde el mismo principio no fue sino misterios
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Del Solar la describe como “el fantasma de la justicia, una diosa poderosa del castigo, la reina de espadas, Turandot la despiadada” (Pitol, El desfile del amor 30).
y exigencias y soberbias y mezquindades” (197); “Uno podría o no estar de acuerdo con él, pero me parece que Arnulfo no podía vivir sin ese tipo de vida rara, aislada, retorcida, que era el suyo. Es lo único que trato de decir” (201).
Estos ejemplos permiten establecer otro punto en común entre El desfile del amor y la cultura del carnaval estudiada por Bajtín, quien había notado que “la injuria es el reverso del elogio. El vocabulario de la plaza pública de fiesta injuria elogiando y elogia injuriando” (La cultura popular..., 375), observación que remarca cómo a través de la polifonía del lenguaje el texto festivo, sea una novela contemporánea o la lengua de las plazas públicas medievales, se abre al instaurarse la estética de lo grotesco.
A pesar de no ayudar mucho en la pesquisa de Del Solar, Eduwiges, al asumir el papel narrativo, proporciona interesantes aportaciones al desarrollo de la trama. Su discurso realiza numerosos relatos, entre los cuales sobresalen el recuento de los últimos años de vida de Arnulfo Briones, con sus dos, para ella, incomprensibles matrimonios; de las visitas a su casa del mamarracho Martínez y del odiado Pedro Balmorán; de los acontecimientos ligados a la fiesta en casa de Delfina Uribe; y, muy notable, porque abre otro nivel en la narración, la del poeta maldito Gonzalo de la Caña, oveja negra de la familia Briones, que regresó de París enloquecido por una enfermedad venérea para pasar sus últimos años encerrado, en defensa del buen nombre de la estirpe.87
En estos relatos, la narradora realiza algunas descripciones de personajes, de ellas destacan la maledicencia de su tono y el deseo de señalarse como una buena persona. Cuando se refiere a Pedro Balmorán, por ejemplo, dice: “un muchacho de cara larga, de
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Es interesante notar que la figura de Gonzalo de la Caña se confunde, para Edwiges, con la del castrado mexicano que protagoniza un relato de Balmorán. Esta equivocación origina las tensiones existentes entre la dama y el deforme periodista, las continuas amenazas que los dos se mandan de forma más o menos anónima, llegando incluso a ser considerada entre uno de los posibles miles de los acontecimientos criminales de 1942.
vicioso. Tenía todos los defectos que aborrezco en una persona, voz chillona, manos sudadas, ningún gusto para vestir. ¡Un auténtico roto [que] llevaba puestos unos calcetines color mostaza...” (34). Lo mismo ocurre con las descripciones de Arnulfo Briones y de Martínez.
En su relato, Eduwiges se deja compenetrar, por medio del discurso directo y, sobre todo, del discurso indirecto libre, por la voz de otros personajes, entre las cuales reconocemos la de su hijo Antonio, víctima de la persecución política de la familia, la de Delfina Uribe, Balmorán, Ida Werfel y, naturalmente, la de Martínez: “¡Dígale usted a su hermano que considero llegada la hora de que nos vayamos respetando! ¡Dígale que me voy cansando de estar sólo en las duras y que jamás me tome en cuenta en las maduras! ¡Si se me ocurriera algún día abrir la boca...! (214), de la cual se pone en evidencia la ridiculez de los modismos verbales, proverbios rimados, que mal se conjugan con la actitud amenazadora típica del energúmeno; y la de Arnulfo, en las cuales se escucha el delirio fascista del personaje, escalofriante incluso por su conservadora hermana: “decía que pronto acabaría todo eso, que estaba seguro. Si el mundo no buscaba la corrección terminaría por tronar, lo que no podemos permitir. El orden se había vuelto necesario y por eso el orden llegaría. Estábamos en los umbrales de una nueva historia. Se opusiera quien se opusiera” (208).
Hay que subrayar que en el discurso de Eduwiges todas estas voces son evocadas. Sólo selecciona las afirmaciones ajenas que considera funcionales a su proyecto discursivo, demostrando una vez más que siempre la apertura de un discurso a la palabra ajena produce un efecto polifónico, pues, cuando ésta viene instrumentalizada para alcanzar un fin moralista o personal, pierde toda su autonomía y se hace mero instrumento al servicio del narrador en turno.