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2. Investigación documental

2.2 Aportes teóricos relevantes para el tema tratado

2.2.4 Efectos del encarcelamiento

García-Borés (1995) menciona que mucha tinta ha corrido en torno al estudio de los efectos que el encarcelamiento produce en las personas reclusas. Se ha demostrado que la estancia en la cárcel afecta significativamente el estado de salud puesto que se dificulta garantizar condiciones mínimas de higienización lo que conlleva en muchos casos al contagio de enfermedades.

Aunado a lo anterior conviene señalar que las personas privadas de libertad suelen experimentar altos niveles de tensión psicológica debido a que habitar un espacio en donde las violencias están a la orden del día, en donde las posibilidades de gestar solidaridades y confianza resultan escasas, en donde la privacidad no tiene cabida hacen más viable la aparición de “ansiedad, alta frecuencia de depresión y tendencias al suicidio” (García-Borés, 1995, p. 104). En consonancia con lo anterior Valverde (1997) plantea “en la prisión se está siempre en peligro, y ello desarrolla en el recluso un estado de permanente ansiedad” (p. 111).

Lo cierto es que los internos para la sobrevivencia en un espacio como este deben desplegar estrategias que lo posibiliten, la desculturación favorece la ruptura con todo aquello que resultaba útil para circular en el mundo exterior pero que en la cárcel pierde relevancia. Lo anterior conlleva una profunda transformación de la percepción que se tiene de sí sobre todo porque al ingresar a una institución como esta se suscitan una serie de “depresiones, degradaciones, humillaciones y profanaciones del yo” (Goffman, 1998, p. 27).

Estas profanaciones pueden entenderse como “la separación del desempeño de sus roles sociales anteriores” (García-Borés, 1995, p. 105) el trabajo, los vínculos

familiares y con pares que se mantenían, así como la utilización de ciertos objetos que de una u otra manera brindaban identificación. Todo ello conlleva “la desfiguración de su imagen social” y el “aislamiento físico, afectivo y social” (García-Borés, 1995, p. 105).

Además, ciertas tareas y necesidades básicas ahora estarán mediadas por la institución y en algunas ocasiones se requerirá el apoyo de otras personas para satisfacerlas: que lleven la comida, que den permiso para mantener relaciones sexuales, para ir al baño, para hacer una llamada telefónica, para ver a familiares y amigos o amigas, etcétera. Si afuera se valora “la autodeterminación, la autonomía, y la libertad de acción propias de un adulto” (Goffman, 1998, p. 53) en una institución total debe renunciarse a ello.

Asimismo, diversos autores han hecho énfasis en la sensación generalizada en quienes habitan estos espacios respecto a que el tiempo allí es “tiempo perdido, malogrado o robado de la propia vida” (Goffman, 1998, p. 76). Y precisamente por lo anterior aquellas actividades que permitan experimentar otras emociones, que irrumpan en esa cotidianidad tan reglamentada llamarán poderosamente la atención en tanto posibilitan “olvidar momentáneamente la realidad de su situación” (Goffman, 1998, p. 77). Sobre este punto Goffman expresa:

Toda institución total puede representarse como una especie de mar muerto, del que emergen pequeñas islas hormigueantes de vívida y arrobadora actividad. Tal actividad puede ayudar al individuo a soportar la tensión psicológica habitualmente provocada por las agresiones contra el yo. (1998, p. 78).

Desafortunadamente “La mayor parte del tiempo los internos no tienen nada que hacer: la estancia en el patio, la galería y la celda configuran la actividad diaria para muchos de ellos” (García-Borés, 2003, p. 20). Frente a un ambiente que a todas luces resulta poco estimulante y que demanda de los reclusos el sometimiento a las normas, y como contrapunto de la desocialización conviene volver la mirada a la prisionización propuesto por Clemmer (1958 citado en García-Borés, 2003).

La prisionización implica la incorporación de valores, hábitos, lenguaje y de todo aquello que favorece la asimilación de la vida carcelaria. Para que lo anterior se produzca es vital hacer ajustes y/o transformar la personalidad, pero y esto resulta fundamental “los cambios producidos alejarán la posibilidad de una adaptación posterior a la comunidad, justamente porque la adopción de esa subcultura carcelaria

implica una desadopción de los parámetros culturales propios de la sociedad libre” (García-Borés, 1995, p. 105) he ahí el meollo del asunto.

Goffman (1998) propone cuatro estrategias que pueden desplegar los internos para adaptarse a la vida en las instituciones totales. La regresión situacional pone el acento en que lo único que cobra relevancia es todo aquello que atañe al interno y su corporalidad. García-Borés (2003) sostendrá que esta estrategia favorece la evasión de la realidad y es por ello que el empleo de drogas en el contexto carcelario resulta tan preciado para los reclusos.

Otra estrategia es la línea intransigente que implica mantener una confrontación directa y permanente con quienes representan la institucionalidad. La colonización por su parte, conlleva la aceptación de la situación de encierro y cierto confort ante esta y por último la conversión que implica la adopción del “rol del perfecto pupilo” (Goffman, 1998, p. 72). Para Goffman (1998) la adopción de cada rol implica la valoración de pros y contras en busca del máximo provecho personal y enfatiza que estos roles pueden ser intercambiables a lo largo de la estancia en reclusión.

Todos estos efectos producidos por el encarcelamiento pueden atenuarse o intensificarse dependiendo de si se cuenta con redes de apoyo en el exterior, del tiempo de la sentencia, de la adaptación al contexto carcelario, de la personalidad, entre otros (García-Borés, 1995).

Lo cierto es que luego de la revisión hecha en este apartado puede considerarse que “las instituciones totales están lejos de cumplir los fines formalmente declarados” (Goffman, 1998, p. 92). Sobre todo porque los efectos derivados del encarcelamiento van más allá de la estancia en ese espacio en tanto advienen estigmas que podrían contribuir al anquilosamiento del rol desviado o delincuente y por ende dificultan la reinserción social.

Precisamente en ello radica la pertinencia de emprender este estudio, que permitirá valorar si los fines propuestos con una sanción privativa de libertad se alcanzan, partiendo de la mirada de los jóvenes y del personal penitenciario y contrastando lo anterior con el deber ser.