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Los Cuatro son dramáticos, emotivos, románticos, y parecen sufrir más que los otros tipos. A menudo hay algo trágico en ellos que surge de una desesperanza interior de poder llegar a estar alguna vez verdaderamente satisfechos. Es como si estuvieran eternamente llorando por una conexión perdida q ue han echado de menos desde que están vivos, y su sufrimiento interior parece inconsolable e inmutable. En algunos Cuatro esta melancolía es obvia, mientras que otros parecen muy animados y exul tantes. Sin embargo, el entusiasmo con que estos últimos se esfuerzan por parecer ilusionados y optimistas delata la desesperación que se oculta tras esta fachada.

Los Cuatro quieren que se les vea como únicos, originales, estéticos y creativos; y al ser uno de los eneatipos de la imagen -junto con el Tres y el Dos- se muestran de esta manera. Valoran su gusto refinado y su sensibilidad, que normalmente les parece más arraigada y profunda que en los demás. Aunque a menudo dan la impresión de sentirse superiores o endiosados, por dentro se sienten socialmente inseguros, temerosos de no ser amados y aceptados. Tienden a sentirse solos y abandonados, discriminados y no accesibles a los demás. Su principal centro de atención normalmente son las relaciones, que muy a menudo son tensas e incluyen problemas y frustraciones. Anhelan la conexión con los demás, pero las relaciones satisfactorias siempre parecen eludirles. Da la sensación de que los demás tuvieran vidas y relaciones más satisfactorias que ellos, y por ello experi mentan mucha envidia. La situación de ellos respecto a la de los demás nunca es justa, y anhelan que las cosas sean diferentes.

El lugar ideal perdido desde donde observar la realidad -la Idea Santa que resulta esencial en este tipo es el Origen Santo. Según el grado de con-ciencia, podemos entender esta Idea Santa de diferentes maneras. Si creemos ser nuestros cuerpos y por ello nos identificamos principalmente con nuestra realidad física, el Origen Santo nos dice que toda vida se origina a partir de una fuente común y obedece a las mismas leyes naturales. Respecto a un origen común en el nivel físico, la teoría del big bang postula que todo el universo se generó en una gigantesca explosión cósmica, y por ello todo lo que existe tiene su origen en este momento de la creación. Los principios universales que gobiernan toda vida se reflejan en la astrofísica y en la física subatómica, en la biología y en las ciencias que tienen que ver concretamente con los seres humanos: sociología, antropología, psicología, etc. Los fenómenos espaciales en las galaxias lejanas también obedecen a las mismas leyes de la física que nuestro propio sistema solar y nuestro planeta. La vida en la Tierra actualmente se entiende como originada a partir de una chispa común que se prendió en el caldo primordial, de modo que en el nivel físico, toda la naturaleza parece tener un comienzo común. Todos los seres humanos nacen y se desarrollan físicamente de la misma manera, no importa su raza o cultura, y todos están sometidos a las mismas leyes genéticas y biológicas. Aunque nuestras caras y cuerpos son ligeramente diferentes y por tanto únicos, el hipermaleable molde físico es el mismo. Así que, desde la mayoría de los fenómenos físicos universales hasta nuestros propios cuerpos, toda la materia está unida por los mismos principios.

En otro nivel de conciencia, cuando sabemos que somos algo más que una forma física y reconocemos que es nuestra alma la que habita y anima nuestro cuerpo, entendemos el Origen Santo como el hecho de que todos los seres humanos compartimos esta característica. Saber que somos algo más que lo físico, es reconocer el dominio Espiritual como parte de nuestra existencia. Así, el reconocimiento de nuestra alma como nuestra naturaleza nos conduce al Espíritu del cual nuestra alma forma parte. Vemos por tanto, en este nivel de comprensión del Origen Santo, que el Ser es la Fuente de la cual surgen todas las almas. De modo que, aunque cada uno de nosotros es un alma única, todos tenemos como fundamento el dominio de la Naturaleza Verdadera. A este nivel, no sólo se ve al Ser o a la Naturaleza Verdadera como el origen del alma humana sino también como la fuente de toda manifestación. Todo, por tanto, se ve originado a partir del Ser, al cual volverá cuando esa manifestación termine. A este nivel, nos consideramos como entidades separadas cuya naturaleza interior surge de una Fuente común a todo lo que existe.

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Más allá de esta comprensión del Origen Santo, existe otra basada en darse cuenta de que toda manifestación no sólo surge del Ser sino que de hecho es parte de Él. En esta etapa de percepción y comprensión, todo lo que existe se experimenta como diferenciaciones del propio Ser, y por ello la forma y la Fuente son indistinguibles. Otra manera de decir esto es que toda manifestación se ve como olas en la superficie de un mar, y nosotros sabemos que somos inseparables de él. Aquí no nos experimentamos como originados a partir del Ser, sino más bien como el propio Ser. No estamos conectados con el Ser, somos el Ser. Somos el Origen. Por tanto, a este nivel, nuestra identificación es con el propio Ser, no con una encarnación o una manifestación separada de Él.

Del mismo modo que nuestra comprensión del Origen Santo va alcanzando niveles más y más inclusivos, nuestra comprensión del Ser se va volviendo progresivamente más profunda. Nuestra experiencia del Ser comienza con la experiencia de la Esencia, nuestra naturaleza interior, y culmina experimentándolo como lo Absoluto, un estado que está más allá de la conceptualización e incluso de la conciencia. Cuando experimentamos todo como el Ser en el nivel de lo Absoluto, encontramos una enorme paradoja que la mente no puede resolver: lo que surge y lo que no surge es indistinguible. Se vuelve imposible hablar sobre un Origen a partir del cual surgen las formas, pues la manifestación y la no manifestación son la misma cosa en este nivel. Percibir las cosas en esta honda dimensión significa estar en contacto con un profundo misterio.

Como ya hemos comentado, las Ideas Santas no son estados de conciencia o experiencias específicas, sino más bien diferentes perspectivas o dimensiones de la compresión derivadas de la experiencia directa. Sin embargo, unos tipos específicos de experiencias dan lugar a estas nueve formas de entender la realidad. Estos tipos de experiencias son los del Aspecto idealizado. Esto puede sonar complicado, pero si lo entendemos en relación con el Punto Cuatro, lo veremos claro. A través de la experiencia, contactamos con la percepción de la realidad representada por el Origen Santo, que surge de estar centrado dentro de uno mismo. Cuando nos sentimos centrados en nosotros mismos, nos sentimos conectados y en contacto con lo que consideramos nuestra fuente. Del mismo modo que nuestro entendimiento del Origen Santo alcanza niveles cada vez más profundos, nuestra sensación de lo que es esta fuente variará a medida que profundicemos en nuestra sensación de lo que es este «yo».

Inicialmente, podemos sentirnos unidos con nosotros mismos si estamos en contacto con nuestros cuerpos, sintiéndonos totalmente «dentro» de ellos, profundamente en contacto con nuestras sensaciones físicas e inmersos en ellas. Esta sensación de contacto cono nosotros mismos basada en el cuerpo es lo que impulsa a mucha gente a diferentes actividades físicas, que van desde participar en enérgicos deportes hasta ir a entrenarse a un gimnasio, y muchas personas no «se sienten ellos mismos» si no lo hacen. Además de las razones psicológicas, como la liberación de endorfinas, el ejercicio nos saca de nuestros pensamientos y nos pone más en contacto con nuestra experiencia inmediata, y por ello nos sentimos más en contacto con nosotros mismos. No obstante, este nivel de acceso a nosotros mismos está limitado por el tiempo y por la salud; la enfermedad o la incapacidad física y el inevitable envejecimiento limitan en gran medida esta forma físicamente dependiente de entrar en contacto con nosotros mismos.

Otras personas se sienten en contacto con ellas mismas cuando están experimentando sus emociones. La catarsis emocional puede conducir a una sensación de conexión interior, especialmente en los que tienen dificultades de acceder y/o expresar sus emociones. Tal liberación emocional es muy útil y necesaria en determinadas etapas del trabajo interior, cuando tra tamos con la represión y la inhibición emocional, pero una vez hemos tenido acceso a nuestros sentimientos y hemos podido expresarlos fácilmente, la catarsis continua puede ser improductiva. Muchas personas se vuelven adictas al desahogo emocional porque les proporciona un estímulo rápido y les hace sentirse conectados con ellos mismos. Como las emociones son los sentimientos de la personalidad -en el Ser no experimentamos los estados emocionales como normalmente creemos que son-, con el tiempo esta dependencia de la expresión y la descarga emocional sólo sirve para apoyar nuestra identificación con la personalidad. Como las emociones parecen ser la clave para poder contactar con nosotros mismos a este nivel, también las tomamos como algo definitivo y no cuestionamos nuestras reacciones, y así nos mantenemos apegados a ellas. Por otro lado, adentrarnos en nuestras emociones y atravesarlas sin quedarnos en ellas puede conducirnos más allá

de la personalidad hasta el dominio del Ser, y esto es parte de la razón por la cual el contacto emocional es necesario para nuestro desarrollo espiritual. Esto también es necesario si vamos a hacer el duro trabajo de digerir totalmente y transformar la personalidad, en lugar de simplemente pasar por encima de ella.

A medida que progresa nuestro desarrollo, sentirnos verdaderamente en contacto con nosotros mismos significa estar en contacto con el Ser. Antes de eso, cuando nos sentimos abrumados por las sensaciones físicas debido al dolor o a la enfermedad, y no podemos ir más allá, no nos sentimos en contacto con nosotros mismos. Cuando nos encontramos dentro de una sacudida emocional, no nos sentimos en contacto con nosotros mismos. Sólo cuando estamos profundamente en el momento y nuestra conciencia está anclada en sus profundidades, sentimos que hemos llegado a nuestro centro. En esta fase, sabemos que somos el Ser.

Esta experiencia de nosotros mismos como el Ser se llama el Punto o el Yo Esencial en el lenguaje del Enfoque del Diamante, y es el Aspecto idealizado del Punto Cuatro. Es el nivel de contacto con nosotros que se ha descrito antes, en el cual sabemos que somos el Ser. En vez de identificarnos con nuestro cuerpo o nuestra personalidad y nuestras emociones o reacciones, sabemos que lo que realmente somos es la Naturaleza Verdadera. Esta exp eriencia es lo que se conoce en la literatura espiritual como autorrealización, despertar o ilumina ción, que son diferentes maneras de describir la experiencia de adquirir la conciencia de quienes realmente somos1. El estilo de personalidad del eneatipo Cuatro es un intento de reproducir esto; es la copia que hace la personalidad de ello. Volveremos a este tema cuando exploremos la psicodinámica de este tipo.

 Para un eneatipo Cuatro, la pérdida de contacto con el Ser en la primera infancia es sinónimo de la pérdida de la percepción y la experimentación de sí mismo como algo inseparable del Ser y proveniente de él. El resultado es una profunda sensación interior de desconexión de lo Divino, que es la creencia o fijación omnipresente en este tipo, y se de scribe como melancolía en el Diagrama 2. Para experimentarnos desconectados de algo, debemos creer que somos algo independiente que ha perdido su conexión con otra cosa independiente, la aparentemente inevitable identificación con el cuerpo, que es la identificación más profunda que hace un ser humano establecido en la personalidad, conduce a la convicción de nuestra separación esencial en todos los eneatipos. Dicho de otro modo, como cada uno de nuestros cuerpos es distinto de todo lo demás, llegamos a creer que somos en definitiva entidades independientes. Aunque es común a todos los eneatipos, esta creencia es la base sobre la cual fundamentan todas las pre suposiciones y características resultantes del eneatipo Cuatro, debido a su particular sensibilid ad respecto al Origen Santo.

Como un barco que se ha soltado de su amarre, la experiencia interna de un Cuatro es la de ser alguien separado que ha sido arrancado del Ser y está a la deriva. Existe una intensa sensación interior de desconexión y alejamiento de los demás, pero sobre todo, y lo que es más importante, de las profundidades internas. Esta pérdida de contacto con el Ser es experimentada por el Cuatro como haber sido abandonado, o como si el Ser se hubiera retirado u ocultado. En un principio, el Cuatro siente como si su madre o su familia se hubieran alejado de él, pero la raíz de esto es la pérdida del contacto con el Ser. Lo que queda es una sensación de carencia y de pérdida, que se siente como si le faltase su propia esencia. Existe un gran anhelo de reconexión, de anclarse de nuevo a aquello que se ha perdido.

Esta sensación de abandono y este deseo de restablecer el vínculo con el Ser, aunque inconsciente, es importantísima en la psicología de un Cuatro. Es tan importante que toda la sensación del yo de un Cuatro está construida alrededor de esto, hasta el punto que el anhelo se convierte en algo más relevante que el logro, y las personas o las situaciones que ofrecen constancia y posibilidad de conexión a menudo son despreciadas o rechazas de forma inconsciente. Sin darse cuenta, los Cuatro se adhieren a la experiencia de estar desamparados, perpetuando esta profunda sensación.

Como una de las tendencias de la psicología humana es experimentar a la persona que actúa como madre durante la infancia como una encarnación del Ser, para un Cuatro las inevitables rupturas del contacto con ella se convierten en sinónimos de la desconexión con la fuente, el Ser. Filtrada a través de

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la sensibilidad del Cuatro, la madre, que es la fuente de la nutrición y la supervivencia en la infancia, se experimenta como separada, alejada o totalmente ausente. Puede desde luego haber ocurrido un abandono real, desatención, renuncia de responsabilidades, no haber proporcionado los cuidados adecuados o un rechazo sutil o evidente por parte de la madre. Tales experiencias no están limitadas a los Cuatro, desde luego, pero debido a su sensibilidad hacia la desconexión de la Fuente, para ellos son centrales y conducen a su predisposición de ver a los demás como alguien que los abandonará inevitablemente.

El principal estado de ánimo interior de los Cuatro es la tristeza y una pesada sensación de carencia, un sentimiento de estar abandonado y un inconsolable e insaciable anhelo, como si estuvieran en perpetuo duelo por la conexión que se perdió. De aquí que Ichazo diera a este tipo el nombre de Ego Melancolía. Esta sensación de carencia puede experimentarse como una sensación de escasez, de privación, de miseria, de pobreza interior, de quejumbrosa necesidad. Un Cuatro puede no saber ni ser capaz de decir exactamente qué es lo que le falta, pero está convencido definitivamente de que algo ha perdido. En el fondo, hay una profunda desesperación de que nunca volverá a reconectarse o a ser incluido en el amor de Dios. Siempre estará fuera y nunca sabrá cómo entrar. Todos los demás tienen el secreto, pero a él se le ha negado. Le resulta peligroso experimentar el dolor de su pérdida: podría provocarle la desesperación o hacer que se sintiera vulgar. Volveremos a esto más tarde. Por tanto, en el Eneagrama de la Evitaciones, en el Diagrama 10, la desesperación (pérdida)/simple tristeza aparece en el Punto Cuatro.

Acompañando a este sentimiento de privación, está la creencia, consciente o inconsciente, de que es culpa suya que la conexión con el paraíso perdido -comoquiera que se conciba éste- se interrumpiese. Puede sentir que sus propias necesidades y deseos de conexión fueron el problema, o la sensación de deficiencia puede conllevar la creencia de ser malo, insuficiente, inadecuado o de poseer algún defecto fatal, que para algunos Cuatro alcanza el extremo de sentir que hay algo inherentemente malvado o per- verso en ellos. Existe una sensación trágica y absoluta de irrevocabilidad, como si fuese irreparable y no pudiera decirse ni hacerse nada para liberarse de esta maldad.

La sensación de pérdida puede experimentarse como una desorientación, una sensación de no saber realmente dónde está o cómo ha llegado hasta allí, una sensación de no estar realmente conectado a nada ni a nadie, pero especialmente la sensación de estar desconectado de sí mismo. Parece como si, en comparación con los demás, viviera en la periferia de la vida, sin ningún sentido de la orientación. Algunos Cuatro parecen perpetuamente ausentes, aturdidos, narcotizados o no totalmente en el presente. Algunos no tienen el sentido físico de la orientación y se pierden, aunque hayan ido muchas veces a un mismo lugar. Algunos tropiezan constantemente con cosas o personas, porque les falta la percepción física del espacio que incluye todos los objetos.

La reconexión, la ansiada reparación de la escasez interior, se busca externamente. Para un Cuatro, es como si todo lo positivo estuviese fuera de él. Este anhelo de llenarse con los demás o con lo que ofrece el mundo exterior no es un deseo pasivo ni tranquilo, es una exigencia, aunque sea expresada de forma tácita. Es como si el Cuatro estuviera diciendo: «Siento que debería tenerlo y por lo tanto debería tenerlo». Aunque la sensación de tener este derecho no se limita a este eneatipo, todos los Cuatro la tienen en relación con algún aspecto de sus vidas. Parece como si creyeran que, a menos que insistan en lo que ellos quieren, no lo recibirán. También, con esta creencia de tener un derecho que reclamar, transmiten la sensación de que como han tenido tantas carencias y han sufrido tanto, el mundo está en deuda con ellos y por ello debe satisfacer sus deseos. En lo más hondo, esta creencia es una manera de no experimentar su insoportable sensación de escasez.

Una vez sus deseos han sido satisfechos, sin embargo, el objeto deseado empieza a perder su atractivo y su interés se desplaza a otra parte. Buscar fuera de sí mismo la satisfacción inherentemente ofrece sólo una gratificación limitada, pues lo único que resolvería la sensación de carencia del Cuatro es la reconexión con sus profundidades. Nada ni nadie puede llenar nunca completamente su deficiencia interior, y por ello, el Cuatro está en un perpetuo estado de insatisfacción. No obstante, para una Cuatro, el problema suele encontrarse en el objeto deseado. No es que «Este anhelo no pueda colmarse externamente y por eso no es extraño que no me sienta satisfecha», sino más bien que «Hay algún error en la persona o la cosa que deseo, o quizá no es eso exactamente lo que yo quiero».

Los Cuatro culpan al objeto de su deseo, encontrando defectos e imperfecciones que justifican su falta de satisfacción, y el objeto es rechazado. O bien, una vez obtenido el objeto deseado, la atención del

Cuatro se desplaza a cualquier otro aspecto de su vida que no sea adecuado o a cualquier otra cosa que

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