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El cadáver yacía sobre una mesa rudimentaria, formada por un tablón sobre dos caballetes, cubierta por un paño blanco que no lograba ocultar del todo la figura humana: el rostro con la nariz, la caja torácica, el vientre y las piernas, al final de las cuales un par de pies hendían el aire. En uno de los extremos de la mesa había dos hombres en pie que portaban sendas cotas de malla bien pulidas. El primero llevaba sobre la cabeza una corona de bronce bañada en oro, el segundo un casco con rebordes de plata. El primero, que se hallaba en el final de la treintena, era achaparrado, obeso y algo calvo. El segundo tenía diez años menos y una perilla oscura acabada en punta.

En el extremo opuesto de la mesa se encontraban Ivar Sin Piernas, Sigurd Ojo de Serpiente y su hermano pequeño, Halfdan Camisa Blanca. La barba y el pelo rojos de Ivar relucían vivamente en contraste con su piel pecosa y el largo manto azul. La barba y cabello negros de Sigurd hacían resaltar aún más sus abundantes joyas. Halfdan Camisa Blanca aparecía pulcro y atildado, con su saya blanca, el pelo castaño corto y el mentón rasurado.

Los cinco hombres esperaban en silencio bajo una lona tensada sobre estacas a fin de protegerse del sol. Ninguno iba armado, pero a cien pasos de allí el ejército sajón permanecía en formación. Sobre ellos ondeaban dos estandartes. Uno representaba una cruz blanca sobre fondo negro, el otro un hacha de guerra roja sobre campo blanco.

Por el brezal del páramo, Bjørn Costado de Hierro se acercaba al escenario dando zancadas. Su manaza me atenazaba el brazo. Poco antes, el gigante de la barba gris me había ido a buscar al habitáculo para esclavos y sin dar una

explicación me había sacado a rastras de allí.

Después del mediodía y con un cielo despejado, sólo se oía al viento jugar con la lona tensada, nuestros pasos al atravesar la hierba y una única alondra que trinaba en algún lugar por encima de nosotros. Sobre el terraplén circular que estaba detrás de nosotros esperaban en silencio, de pie o sentados, millares de nórdicos. Bjørn Costado de Hierro se adentró en la sombra en dirección a sus hermanos. Me empujó hacia los dos hombres que estaban al otro extremo de la mesa.

—Eres nuestro intérprete, chaval —dijo cruzando los brazos sobre la barriga e ignorándome.

—Rey Ælla —comenzó Ivar Sin Piernas en la lengua de los nórdicos, dirigiéndose, como dándolo por supuesto, al hombre de mediana edad y la corona sobre la cabeza.

—Yo soy Ælla —interrumpió el hombre más joven de la perilla al oír su nombre. Bajo el casco de los bordes de plata, su expresión aparecía inflexible con las mandíbulas apretadas. Todos miraron hacia él.

—Traduce, mozalbete —gruñó Bjørn Costado de Hierro.

El gigante de la barba gris hablaba sajón de sobra, pero pensé que sus hermanos seguramente no eran tan versados en lenguas ya que necesitaban un intérprete.

—Ha dicho que Ælla es él —dije.

—¿Quién es entonces el gordito pequeñajo? —preguntó Ivar Sin Piernas. Durante los dos días que siguieron a la capitulación del ejército sajón, yo había visto, por el hueco del nudo, al alto conde de la barba roja recorrer a fondo sobre su semental los caminos de tablones del campamento. Sus llamativos colores se veían a distancia por encima de las tiendas. Llevaba gruesas esclavas de plata como sus hermanos, y a nadie le cabía duda de que el líder del ejército vikingo era un conde distinguido. A diferencia de esos otros grandes señores que se comportan de manera altiva y con soberbia hacen valer sus derechos, Ivar Sin Piernas saludaba de forma desenvuelta a todos, ya que a ninguno se le ocurriría retarlo. Detenía su caballo y conversaba con aquellos que se encontraba. Amigable, les preguntaba por sus familiares como si conociera personalmente a cada uno de los habitantes del campamento. Todos ellos sonreían calurosamente para sus adentros una vez que él seguía su camino a caballo. Incluso cuando

desmontaba era más alto que la mayoría de los hombres, y su presencia imponía más que los dos reyes sajones juntos. Noté un soplo cálido en el pecho al toparme ahora con su mirada, pero sólo vacilé un instante antes de preguntarle en sajón al acompañante coronado de la perilla quién era él. —El rey Osbert —respondió el hombre. En medio de las adiposidades de un rostro brillante sus ojillos apretados estudiaban con intensidad al pelirrojo conde danés. —Dice que es el rey Osbert —traduje. —¿Northumbria tiene dos reyes? —quiso saber Ivar Sin Piernas. Trasladé la pregunta a los sajones.

—Yo soy el rey —respondió Ælla poniendo la mano sobre su pecho—. Osbert no es sino mi ealdorman.

—Tú eres un usurpador sin derecho hereditario al trono —silbó Osbert con desprecio en la voz.

Ælla se frotó la perilla y explicó que Osbert había sido rey con anterioridad, pero que fue depuesto por un witangemot (un consejo territorial de los thegns y

ealdormen de Northumbria) y que él mismo había obtenido en esa ocasión el

mayor número de votos, ganando así la corona.

—¿Eso significa que Northumbria nombra a sus reyes mediante elección? — preguntó Sigurd Ojo de Serpiente con mirada despierta.

Al igual que su hermano mayor, Sigurd Ojo de Serpiente había estado mostrándose ante los guerreros durante los días posteriores a la batalla. Me recordó a un pavo real, esos hermosos pájaros de colores resplandecientes que se pasean por los vastos jardines del emir de Córdoba profiriendo desagradables gritos humanoides, pero que carecen de toda utilidad. Hasta Bjørn Costado de Hierro se había dado una vuelta para saludar a los guerreros recién llegados, aunque daba la impresión de que estuviera cumpliendo con un deber mortalmente aburrido.

—Se parecen a nosotros en muchos aspectos —ronroneó Bjørn Costado de Hierro—. Por esa razón os advertía que no debíamos atacarlos.

—Es estúpido elegir un hombre débil como rey —opinó Sigurd Ojo de Serpiente mientras se rascaba la barba negra.

de Hierro—. Así pueden mantener a raya al rey, de forma que no se vuelva un déspota.

Sigurd Ojo de Serpiente hubo de admitir que la disposición quizá no fuera tan disparatada a fin de cuentas, aun cuando seguía sin ver razonable destituir del cargo a un rey fuerte. No teníamos a Hastein a mano, así que el propio Bjørn Costado de Hierro tuvo que explicarle a su hermanastro más joven la realidad política de Northumbria, algo que puso a prueba su paciencia.

—El único que ostenta el poder es el alto de la perilla —ronroneó—. El gordito pequeñajo intenta recuperar el trono. Sólo porque tienen un enemigo común es por lo que ahora se hallan el uno junto al otro. Al margen de ello, en Northumbria hay una guerra civil, tal y como nos contó el rey Edmund el invierno pasado.

—¿Otro rey? Todavía menos práctico.

—¿No recuerdas a Edmund de Anglia Oriental? Tú mismo estuviste con él, hermano. Vivimos dos meses en su palacio de Theodford.

Sigurd Ojo de Serpiente acertó a recordar algo acerca de un penoso alfeñique sobre un trono, pero de eso hacía mucho tiempo, y de hecho ellos no habían salido a navegar entretanto.

—Los reinos ingleses están unidos por tierra —explicó Bjørn con voz cansada—. No tienen por medio mar ni estrechos como en nuestra patria. Deja que Ivar negocie con los sajones en paz.

Sigurd Ojo de Serpiente notó la irritación de su hermanastro y se enojó a su vez.

—Aquí hay demasiados reyes, y a mí no me gusta la mirada del gordito pequeñajo. Le voy a rebanar la cabeza. —Buscó su arma a tientas, pero sólo encontró una funda vacía—. ¡Alguien me ha quitado la espada!

—Tú mismo la has dejado en el campamento antes de que viniéramos a negociar.

El rostro viril con la cicatriz blanca en la frente cambió su expresión. —Entonces tendré que conformarme con herirlo a golpes.

Bjørn Costado de Hierro y Halfdan Camisa Blanca, que presentían adónde conducía eso, agarraron cada uno de un hombro a Sigurd Ojo de Serpiente para contenerlo.

Blanca— nos es indiferente, pues de todos modos pronto serán exterminados. Era la primera vez que oía hablar al más joven de los hijos de Lodbrog. Su voz ronca se estremecía, como si hiciera esfuerzos por reprimir algo en su interior, y un breve espasmo cruzaba su rostro rasurado. Sólo era tres años mayor que yo, pero cuando se movía a pie por el campamento hasta los más distinguidos señores se hacían a un lado. Sin embargo, no era respeto ni fervor lo que yo leía en sus ojos cuando se volvían hacia la pulcra figura. Era miedo.

—Va a ser cansado exterminar a gente más numerosa que la nuestra —objetó cortante Bjørn Costado de Hierro.

—¿Opinas quizá que no deberíamos haber venido? —preguntó Halfdan a su hermanastro mayor de la barba gris—. ¿No piensas que era lo único honorable que podíamos hacer tras conocer la muerte de papá? Pronto aprendería yo que Halfdan Camisa Blanca era a un tiempo irascible, atrabiliario y desmedidamente pundonoroso. —Es posible —respondió con calma Bjørn—, aunque no por ello ha de ser lo más inteligente. —¿Cuestionas el liderazgo de Ivar? —Por todos los cielos, jamás se me pasaría por la cabeza. —¿Vais a parar de una vez?

Sigurd Ojo de Serpiente se había erigido en la voz del sentido común. Aunque no comprendiera del todo por qué discutían sus hermanos, pensaba que no era razonable sacar a relucir sus desavenencias delante de los líderes sajones. Sin embargo, Osbert y Ælla habían aprovechado la distracción de los hijos de Lodbrog para discutir ellos mismos, y no era menor el desacuerdo que había entre ambos.

—No tendrías que haber venido —susurraba Ælla a su rival—. Socavas la autoridad de la corona.

—¡Autoridad! No me vengas con ésas —bufó Osbert en respuesta—. Tengo todo el derecho de estar hoy aquí también. Tú nunca habrías podido reunir un ejército de mil hombres sin mi apoyo.

—¿De qué sirve ahora tu apoyo? —Ælla señaló con la cabeza a los nórdicos en el terraplén de la fortaleza circular—. Pasaste por alto la astucia militar de los bárbaros. Podrían habernos aplastado en un instante.

cortos brazos mientras contemplaba de nuevo a Ivar Sin Piernas con indignación en la mirada—.Y la perfidia de su líder excede cualquier medida.

Ælla apartó sus oscuros ojos del rival y se toparon conmigo. —¿Eres sajón, muchacho?

Vacilé y asentí, abrumado por que un rey se dirigiera a mí.

—¿Pero no cristiano? —Él observaba el junco en el cordón de cuero alrededor de mi cuello—. ¿A qué religión pertenece el símbolo de la caña?

La mirada aguamarina de Ivar Sin Piernas nos seguía con atención. Me persuadí de que el conde de la barba roja comprendía todo lo que se decía. Tenía que medir muy bien mis palabras.

—Soy cristiano —respondí—. Bjørn Costado de Hierro me hizo prisionero cuando sus hombres saquearon mi aldea. Ahora soy su siervo y vivo en un cobertizo.

—Pobre muchacho —dijo Ælla con tal compasión que me dejó sorprendido. Los reyes no se interesan muy a menudo por el destino de los míseros campesinos. —¿Por qué no hablas a los nórdicos en lugar de engatusar a su intérprete? — interrumpió Osbert con una sonrisa condescendiente. Los músculos tensos de la mandíbula del rey Ælla relataban la historia de la relación de poder de ambos hombres. Es posible que él ostentara el título de rey, pero su posición estaba siendo desafiada. —Cuéntales al rey y su conde, con independencia de quién sea cada cual — me dijo al fin Ivar Sin Piernas—, que nosotros junto con nuestro ejército hemos pasado el invierno en Anglia Oriental, donde el rey Edmund nos pagó con buenos caballos sajones por continuar la marcha, y además nos habló mucho acerca de la guerra civil que hay aquí en Northumbria.

Los sajones escucharon atentos mi traducción.

—Esa sabandija de Edmund ha mentido —respondió el rey Ælla—. Os puedo asegurar que mi ealdorman y yo permanecemos unidos frente a toda amenaza que provenga del exterior.

Ivar Sin Piernas sonrió lo mejor que pudo. También Osbert pensó lo suyo mientras crispaba los puños. Sin embargo, calló y asintió.

—Soy Ivar, hijo de Ragnar —continuó el conde de la barba roja—, y éstos son mis hermanos Halfdan, Sigurd y Bjørn. No hemos venido a sembrar

discordia, sino a recoger a nuestro padre.

—Se me antoja —respondió el rey Ælla una vez que yo hube traducido— que os habéis presentado en grupo bien nutrido para una tarea tan simple.

—Vosotros los sajones tomasteis a nuestro padre como rehén —le devolvió la pelota Ivar Sin Piernas—. No esperábamos nada bueno de vuestra parte si aparecíamos sin séquito. Pero estamos dispuestos a concederos el beneficio de la duda.

Mientras yo transmitía la buena voluntad de los hijos de Lodbrog, Halfdan Camisa Blanca sonreía de manera sombría, como desmintiendo las palabras de su hermano mayor.

—En otoño, dos barcos de Ragnar Calzas Peludas encallaron en la costa este a causa de una tormenta —relató el ealdorman Osbert—. Por entonces yo era aún el legítimo rey del reino. Arresté a Ragnar y a su gente por piratería. Entre su carga se hallaron bienes de muy diversos barcos dedicados al comercio. Se jactaban además de cómo habían saqueado durante todo el verano el estuario del Támesis, de lo sencillo que había sido y de la gran cantidad de marineros sajones que habían matado.

Al tiempo que traducía, empecé a entender los sucesos que habían traído a los vikingos al país y que cambiaron mi propio destino.

—Es posible —respondió Ivar Sin Piernas— que papá se llevara algo de los barcos en situación de peligro que encontró en su camino, pero resulta curioso que permitierais seguir navegando a su guarnición mientras reteníais a un hombre viejo e indefenso como rehén.

Mi traducción hizo enrojecer el rostro brillante de Osbert. La piel floja bajo el mentón del ealdorman temblequeaba cuando respondió.

—La guarnición era muy numerosa y díscola. Se escaparon y se apoderaron de un barco en el que desaparecieron rumbo al sur.

—Ya lo sabemos —dijo Ivar—. Es por ellos por los que conocemos la historia.

—Entonces sabréis también —tomó el relevo el rey Ælla— que los hombres de Ragnar Lodbrog no dudaron en dejar a su líder en la estacada, ¿verdad? Osbert pensó que lo más prudente era llevar el preso a Eoforwic. Desde ese instante me cuidé de que estuviera bien atendido.

hombre murió bajo tu protección. Y menos mal. Ese viejo diablo habría arrasado Northumbria para vengar su humillación. El rey Ælla le ignoró y siguió hablando. —Ragnar Lodbrog era un prisionero difícil debido a su avanzada edad. Bebía como cuatro hombres, y cuando estaba borracho no convenía dejarlo andar por ahí porque podía fácilmente costarle la vida. Murió durante un breve encierro en una de las celdas del palacio episcopal.

Halfdan Camisa Blanca se enfureció y gritó iracundo que el rey era un infame execrable, cosa que no traduje, preguntando a continuación si era costumbre entre los sajones dejar que sacerdotes cristianos se ocuparan de los prisioneros.

—Un rey sajón rara vez se encuentra en el mismo sitio más de un par de semanas —respondió el rey Ælla—, pues viaja constantemente por todo el reino para visitar a ealdormen y thegns. Por ese motivo tampoco son demasiado amplias las dependencias reales en Eoforwic, y la única prisión se halla en el palacio episcopal.

Mientras yo traducía la explicación, el rey sajón se inclinó sobre el cadáver y con delicadeza apartó el paño blanco de la cabeza. Un anciano de piel como la cera y barba amarillenta miraba fijamente, con los ojos a medio abrir, hacia la lona de arriba. Tenía la boca abierta en un silencioso grito.

Toda una secuencia de espasmos cruzó el rostro rasurado de Halfdan Camisa Blanca. El menor de los hijos de Calzas Peludas parecía poseído por un nerviosismo febril; el cuerpo, tenso como la cuerda de un arco, parecía presagiar una violencia silenciosa.

—No vengas ahora diciendo que eres inocente de la muerte de Ragnar Calzas Peludas —gritó mientras señalaba el rostro atormentado del cadáver—. Conozco esta expresión. Nuestro padre ha sido torturado.

Traduje su exabrupto y el rey Ælla respondió con una sangre fría digna de admiración.

—Por boca de los fugitivos que han llegado hasta aquí desde Anglia Oriental he tenido noticias de tu predilección por la tortura, Halfdan hijo de Ragnar, y sé que eres experto en esas prácticas. Sin embargo, te equivocas. Si examinas el cadáver, verás que no hay ni una sola herida en él.

movimiento vehemente y comenzó a examinar a su padre muerto. Las convulsiones corrían por su rostro, como olas en un mar embravecido. Cuando levantó el cadáver para comprobar su espalda me percaté de que el cuerpo estaba completamente rígido.

El estudio minucioso de Halfdan pronto les pareció excesivo al resto de los hermanos. Sin embargo, yo reconocí las inflamaciones en torno a la garganta del muerto. La lengua estaba hinchada y ocupaba la mayor parte de la cavidad bucal. Tenía un muslo inflamado. Un tobillo y un antebrazo aparecían abombados debido a las ampollas. Pero no era posible hallar herida alguna de cuchillo o espada, de manera que, para enojo de Halfdan, no había signos de tortura.

—Propongo —rompió al fin el rey Ælla el penoso silencio— que enterréis a vuestro padre según vuestra costumbre y que nos volvamos a encontrar después.

—Tratándose de un rey tan importante como Ragnar Calzas Peludas — respondió Ivar— hay diez días de luto y no tenemos suficiente cerveza de alta graduación.

—Entonces la tregua durará diez días. Con gusto haré que os traigan la cerveza como muestra de mi buena voluntad.

Los hermanos se miraron entre sí y asintieron en aprobación del gesto del rey Ælla.

—Llegado ese momento —prosiguió el sajón— podréis contarnos más acerca de vuestros planes aquí en Northumbria. Y permitidme que os recuerde, por hablar claro, que si fuera preciso, no tardaríamos demasiado en formar un ejército aún mayor.

—¿Cuánto tiempo creéis que un ejército de campesinos podría resistir frente a tres mil guerreros curtidos? —objetó cortante Bjørn Costado de Hierro.

El rey Ælla elevó la vista titubeante hacia los nórdicos reunidos sobre el terraplén circular, pero el ealdorman Osbert no se dejó asustar. El pequeño y

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