• No se han encontrado resultados

19

Eoforwic era más grandiosa de lo que las muchas descripciones del propio hermano Jarvis habían logrado transmitir. A medida que nos aproximábamos, emergía entre la pertinaz llovizna el contorno de los ancestrales, rancios muros con sus aspilleras y torres, como la columna vertebral de un inmenso animal legendario que estuviese dormido.

A cada lado del portón del este se erguían dos altas torres. Desde una de ellas, ruinosa, se elevaba una densa columna de humo hacia el cielo cubierto. Al principio pensé que habíamos llegado justo en medio de un incendio, pero luego comprobamos que los guardias acostumbraban a encender una hoguera en el fondo del cilindro de piedra para calentarse.

Siete días después de la segunda reunión de Ivar Sin Piernas y el rey Ælla bajo la lona de la tienda, el conde de la barba roja hizo pública su decisión de bautizarse. En el transcurso de esa semana, el ejército ya había perdido muchos hombres. Bajo un cielo despejado, los más de dos mil restantes se reunieron al pie del terraplén circular para oír contar a su conde que había tenido un sueño.

—En el sueño, mi antepasado Odín se me apareció y dijo que debía hacerme cristiano —clamó por encima de las cabezas— porque de otro modo nunca traspasaremos los poderosos muros de piedra de los sajones.

Se elevó un murmullo de asombro. Los hombres se miraban incrédulos al tiempo que tocaban sus martillos de Thor. No estaban seguros de haber oído bien. ¿Su conde, el hijo de Ragnar Lodbrog y descendiente de Odín, iba a abrazar realmente la fe cristiana? Ivar Sin Piernas prosiguió pintando el bautismo como un sacrificio que él hacía en favor de la comunidad.

—Siempre me habéis conocido como dador de riquezas —gritó para ahogar los comentarios—. Ninguno de vosotros puede decir que no soy un conde generoso. Si actúo así es porque estoy convencido de que va a redundar en provecho de todos nosotros. Mis hermanos Bjørn Costado de Hierro, Sigurd Ojo de Serpiente, Halfdan Camisa Blanca y yo hemos acordado que entretanto ellos marcharán hacia el sur a saquear. Cada uno de vosotros puede elegir libremente de entre ellos el líder en cuya generosidad confíe más. Yo por mi parte sólo llevaré a Eoforwic a los hombres de mi escolta personal.

No se sabía el acuerdo al que habían llegado los cuatro hermanos la noche anterior, cuando celebraron un consejo de guerra. Conversaron en la cúspide del túmulo de su padre, donde nadie podía oírlos. Saquear en el sur le sonó a los oídos de la mayoría como una grata alternativa a la ociosidad en el campamento del páramo. Los más ansiosos se agruparon enseguida alrededor de los hermanos de Ivar, que se habían situado en diversos lugares entre la multitud. Ya el día posterior al anuncio, Sigurd Ojo de Serpiente marchó hacia el sur con una fuerza de quinientos hombres. En el transcurso de las casi dos semanas siguientes, el resto del ejército fue escapando como agua por entre los dedos de Ivar Sin Piernas, muchos de ellos acompañando a Bjørn Costado de Hierro y Halfdan Camisa Blanca. Al acercarse el final del verano, la población del campamento se vio reducida a los cien fieles hombres de la escolta del propio Ivar Sin Piernas y sus mujeres; además de Ylva, que insistió en quedarse. Mercia gemía bajo las invasiones, y el rey del país se había encerrado tras los sólidos muros de Cirrencester. Northumbria seguía en paz tres meses después de que ésta fuese acordada.

Bajo la estrecha vigilancia sajona, nuestra caravana de jinetes y carretas de bueyes cubrió lentamente las más de treinta millas desde la fortaleza circular, que se quedaría desierta, hasta la ciudad del rey; las últimas diez millas por una calzada romana que cortaba como una cicatriz gris los campos y setos de la planicie.

Fuimos penetrando en la sombra de los poderosos muros de piedra gris. Los sonidos de animales, ruedas de carros y voces retumbaban bajo el techo abovedado del portón. En el interior, una calle de quinientos pasos atravesaba la ciudad y daba un único giro en su camino, en torno al muro de piedra de un cementerio. A lo lejos, en el extremo opuesto de la ciudad, podíamos divisar un

portón más que daba al río Usan y el puente que lo cruzaba. —¿Todo esto fue construido por los romanos? —preguntó Hastein, que había cabalgado hasta mi altura. Yo iba sentado junto a Ivar Sin Piernas en el pescante de la primera carreta. Como toda respuesta sólo fui capaz de asentir. Durante los tres días del largo viaje, hablé mucho de la ciudad del rey, pero el impacto de su presencia me dejó mudo. Las numerosas casas —mezcladas las grandes y las pequeñas, y unas pocas incluso de dos pisos— se hallaban tan juntas que no había espacio a su alrededor para terrenos ni huertos. Hortalizas, gallinas y ganado compartían pequeños corrales detrás de las cercas bajas de listones. El tufo de cientos de hogares saliendo de los agujeros en los techados de paja se reunía y retorcía con el frío viento del norte para formar una oscura columna de humo que lentamente se desplazaba hacia el sur.

También la cantidad de habitantes era ingente; hombres, mujeres y niños pululaban pasando junto a nuestra comitiva sin dignarse a dedicarnos más que una breve mirada. De vez en cuando, la barahúnda de voces y sonidos era ahogada por los ladridos de los perros y los gritos de los comerciantes situados detrás de sus puestos o en quicios de puertas, pregonando comida y mercancías que yo nunca había visto ni conocido siquiera de oídas. El barro de las calles apestaba a heces y orina tanto de personas como de animales. Había vida dondequiera que uno mirara.

—Los romanos sólo construyeron las murallas —dije recordando los soliloquios del hermano Jarvis—. Cuando llegaron los primeros sajones, derribaron los restos de los edificios de piedra y construyeron cabañas de madera y paja. —¿Por qué? —preguntó Hastein alzando la voz para vencer el ruido. —Porque las casas tenían muchos siglos de antigüedad, y los supersticiosos sajones pensaban que estaban habitadas por fantasmas. —Buen motivo —asintió con la cabeza Hastein mirando a su alrededor con una sonrisa en los finos labios. Se sentía como en casa entre el barullo de la ciudad. Había muchas mujeres jóvenes a las que arrimarse.

—Del otro lado del río —continué, señalando hacia la puerta en el otro extremo de la ciudad— aún se alzan las ruinas romanas. Nadie vive en campo abierto, porque no está protegido por los muros de piedra.

A mi lado en el carro, se sentaba la figura de pelo largo de Ivar Sin Piernas encorvada sobre las riendas. La expresión en su rostro era fría. Sólo su mano pecosa con la que se mesaba inquieto la barba rojiza revelaba sus sentimientos.

—Es un gran asentamiento —dijo.

—Dicen que viven aquí seis mil personas —informé—. Eoforwic es la segunda ciudad más grande de Inglaterra. Sólo Lundene está más poblada. Ivar me miró y sonrió con el rostro pálido. —No vales mucho como rastreador, Rolf Lenguaraz —observó—, pero estás lleno de conocimientos útiles. Tenía razón al conservarte. —¿Conservarme? —¿No sabes que Bjørn Costado de Hierro me aconsejó que te matase antes de partir hacia el sur? No valoró tu rendimiento en la batalla, y pensaba que eras demasiado astuto para dejarte ir.

Las dudas de Bjørn Costado de Hierro no me pillaron por sorpresa. Hacía tiempo que había notado la animadversión del guerrero de barba gris.

—Pero ¿decidiste dejarme vivir? —pregunté.

—Mantengo mis promesas. Ahora eres uno de los nuestros.

Ylva se acercó por el otro lado del carromato y miró a Ivar Sin Piernas con sus ojos juntos.

—¿Cómo pretendías tomar una ciudad como ésta? —preguntó—. Es diez veces más grande que Ripa. Su pregunta hizo que el nudo que había comenzado a crecer en mi estómago se cerrara aún más. —Donde hay voluntad, hay un camino —contestó Ivar. Al pasar la curva del camino y las tapias del cementerio, la calle se abría a una plaza rectangular. Todo su extremo norte estaba ocupado por un solo edificio. —¿No dijiste que las casas de piedra de los romanos habían sido demolidas? —preguntó Hastein resplandeciente.

—La iglesia de San Pedro no fue construida por los romanos. —Hablé despacio, porque yo también sentía respeto ante la poderosa estructura de piedra —. Fue construida hace doscientos años, con motivo de la conversión del rey pagano Edwin y sus esponsales con una princesa cristiana de Wessex.

hombres hasta una cubierta inclinada de tejas verdecidas por el musgo. El tejado continuaba hacia el cielo nublado y terminaba en un caballete que superaba en altura incluso a los árboles más elevados. En comparación con la basílica de Santa Sofía de Constantinopla o la Gran Mezquita de Córdoba, la iglesia de San Pedro era de tamaño insignificante, de hechura primitiva y torpemente dispuesta en posición oblicua a la calle de la ciudad, pues su desconocido constructor había considerado imprescindible que la nave de la iglesia trazase un eje de este a oeste, pero era el edificio más grande que yo había visto, y como lo mismo le sucedía a la mayoría de los hombres de Ivar, el silencio se adueñó de nuestra comitiva.

En la plaza frente a la iglesia había un campanario de sólidas vigas. A sus pies reunimos los carros en una formación defensiva que con rapidez fue rodeada por soldados sajones fuertemente armados. Además, muchos de los habitantes de la ciudad se agolparon ahora en torno a nosotros con curiosidad. No sabían quiénes éramos o qué nos había llevado allí, pues el rey Ælla había mantenido nuestra identidad en secreto. Sin armas, cotas de malla ni cascos, parecíamos un grupo de emigrantes, lo que con toda seguridad también había sido su intención.

—No sólo la iglesia es de piedra —dijo Hastein señalando la calle que bajaba hacia el río y el puente.

—Ya has visto la calzada romana que nos ha traído hasta aquí —respondí—. Los romanos no sólo construyeron las vías del país, sino también la calle principal de la ciudad.

—Deben de haber sido aficionados a la piedra —señaló—. Murallas de piedra. Casas de piedra. Una calle de piedra. ¿Qué problema hay con los tablones?

—La madera dura como mucho la vida de un hombre. La piedra para siempre.

Hastein asintió a la vez que se apartaba el flequillo empapado de los ojos. —Calles de piedra —susurró con respeto.

—¿Y ahora qué? —preguntó Ylva.

Ivar Sin Piernas se había levantado con las piernas abiertas y los brazos cruzados. Su postura era confiada. Sólo la mirada titubeante en los ojos azulados revelaba que no sabía la respuesta.

—Espera y verás —dijo.

La espera fue corta. De la iglesia salió un grupo de sacerdotes que empezó a cantar. El frágil sonido acalló el ruido de la multitud. Los habitantes de la ciudad bajaron la cabeza y cerraron los ojos. Algunos comenzaron a balancearse en éxtasis, como hacían los monjes del monasterio de San Cuthbert cuando el Espíritu Santo los poseía.

Al terminar la canción, salió otro séquito por la puerta de la iglesia. Era el rey Ælla y un grupo de hombres engalanados, probablemente algunos de sus

ealdormen y thegns escogidos. Los ciudadanos se arrodillaron en el barro

maloliente. El rey extendió sus brazos y se acercó. En su rostro barbudo se dibujaba una sonrisa rígida. Abrazó a Ivar Sin Piernas y tuvo que ponerse de puntillas para besar las rojas mejillas del danés. —Ivar hijo de Ragnar, te doy la bienvenida a Eoforwic —dijo el rey Ælla—. Y alabo al Señor por la misericordia de tu conversión. Ivar Sin Piernas miró al rey y vaciló un momento antes de hacerme una señal para que me adelantara. —Ya lo has oído —le dije. —Prefiriendo que siga creyendo que no lo entiendo.

Su fría mirada exploraba la plaza y a la gente reunida mientras yo traducía las palabras del rey al idioma de los habitantes del norte. Los sacerdotes vestidos de negro y la cruz sobre la puerta de la iglesia lo hicieron estremecerse involuntariamente. Tocó el pequeño amuleto que llevaba en la cadena alrededor de su cuello con la cara del tuerto Odín. —Terminemos. —Mi señor rey —le dije en sajón—, Ivar hijo de Ragnar os da las gracias y dice que está ansioso por recibir al Señor y ser salvado. La mirada del rey Ælla me recorrió sin dar muestras de haberme reconocido. Si fue él quien estuvo detrás del intento de secuestrarme en el campamento, lo ocultó bien. Hizo un gesto con la mano a Ivar Sin Piernas para que lo acompañase hacia la portada de la iglesia, donde los guardias nos registraron por si portábamos armas ocultas y nos permitieron entrar.

Los sonidos de la ciudad se fueron apagando y desaparecieron cuando pisamos las baldosas del interior. La alta nave de la iglesia apareció vacía y silenciosa. La luz penetraba débil únicamente a través de los cuatro altos

ventanales en los laterales del edificio e iluminaba nuestras figuras perfilándolas. Frente al coro había un altar de plata con motivos cincelados en oro. Representaban a Cristo en la cruz y los discípulos a su lado. En la pared curva a su espalda colgaba un crucifijo dorado, adornado a lo largo de los bordes con perlas y piedras preciosas que brillaban bajo la gruesa luz cerúlea. Los ojos aguamarina de Ivar Sin Piernas se iluminaron al verlo, pero cuando dos sacerdotes comenzaron a romper su saya, los agarró con fuerza de las muñecas y miró al rey. —Conocerás a tu señor y creador como viniste al mundo —dijo Ælla—. Y el converso se arrodillará frente al altar. —Traduce para poder responderle —dijo Ivar cuando vio que dudaba. —Quiere que te desvistas y arrodilles. —Ya se lo puede ir quitando de la cabeza. Apartó a los sacerdotes y cruzó los brazos. —Pero es la costumbre —protestó Ælla, cuando con palabras más amables le hube explicado que el orgullo le impedía a un conde arrodillarse ante nadie—. Todo cristiano debe ser humilde ante el Señor. Yo mismo me postro de rodillas durante la misa.

—Este bobo puede humillarse ante quien quiera —dijo Ivar—, pero si me tengo que arrodillar, no habrá bautismo. Me voy de aquí, reúno un nuevo ejército y regreso el próximo año, arraso su ciudad, violo a sus mujeres, le saco los ojos y enrollo sus entrañas en la rueda de una carreta antes de quemar su cuerpo. Díselo.

El rey Ælla nos miraba alternativamente a Ivar y a mí, esperando escuchar lo que todas estas palabras podrían significar.

—Ivar hijo de Ragnar —dije— propone arrodillarse por persona interpuesta si el Señor Todopoderoso así lo acepta.

El rey Ælla vaciló un instante y se dirigió hacia la oscuridad de detrás del altar, desde donde llegaron voces apagadas.

—Bien pensado, Lenguaraz —susurró Ivar detrás de mí. Ælla regresó a la luz y asintió gentilmente.

Avancé cinco pasos y caí de rodillas. Un hombre vestido con una túnica de color púrpura de obispo salió de la oscuridad del coro. Era el abad Æthelbert, del monasterio de San Cuthbert en Creca. Bajé la barbilla hasta el pecho para que no

me reconociera, pero Æthelbert estaba tan distraído como siempre. La mirada de sus ojos era distante, su suave rostro de pez era de otro mundo.

Más tarde descubriría que Wulfhere, el verdadero obispo de la ciudad, se había retirado a un monasterio en Wharfdale como protesta por la coronación del rey Ælla. Tan pronunciada era la división en Northumbria que incluso la Iglesia se había dividido en la guerra entre los dos reyes del país.

—In nomine patris et filii et spiritus sancti —comenzó Æthelbert, e hizo el signo de la cruz sobre mi cabeza. Mientras continuaba con voz alta y clara el recitado del credo trinitario, los dos sacerdotes desvestían a Ivar Sin Piernas y le despojaban de la cadena con el amuleto con el rostro tuerto de Odín Padre de Todo. Se llevaron la saya y la capa azul y pasaron una túnica blanca por la cabeza pelirroja del danés. Después ataron el cordón a su cintura, le quitaron el calzado y lo acercaron a un barril lleno de agua en el que, mediante gestos, los sacerdotes le pidieron que entrara. A regañadientes, el conde siguió sus indicaciones.

El contenido del tonel se desbordó y corrió por el lateral cuando el obispo Æthelbert colocó la mano sobre la cabeza de Ivar Sin Piernas y la empujó bajo la superficie. Allí lo mantuvo hasta que los largos brazos comenzaron a hacer espuma en el agua. Cuando Ivar Sin Piernas apareció de nuevo, jadeó buscando aire, salió del barril y se sacudió, haciendo volar gotas de agua a su alrededor. En la fresca y majestuosa nave de la iglesia, el conde patizambo temblaba de frío y rabia contenida. La túnica empapada se adhería a su cuerpo. El cabello y la barba colgaban como el pelaje de un perro empapado. El rey Ælla fue hacia su invitado, le asió los antebrazos y le sonrió con una expresión beatífica en el rostro barbudo. Ivar se estremeció y le devolvió la sonrisa.

—Eres un maldito cabrón —dijo—, y esta humillación te costará la vida. —Ivar hijo de Ragnar dice —traduje— que recibe el bautismo con gratitud y alaba al Señor por su misericordia.

20

—¿Así que ésta es la antigua ciudad romana?

Ivar Sin Piernas miró a su alrededor la ciudad en ruinas sobre la orilla oeste del Usan. La conformaban calles largas y anchas situadas sobre una superficie que descendía hasta el río. Las casas que en otro tiempo estuvieron pintadas y acicaladas eran ahora muros desnudos, en parte disgregados, que bostezaban al cielo por falta de tejado.

—Aquí vivían los romanos corrientes —narré—. Llamaron a la ciudad Eboracum. Tras los muros de la orilla este, donde hoy se halla Eoforwic, había un campamento militar. —¿Calculado para un solo ejército? —Ivar Sin Piernas miró la ciudad sajona a sus espaldas—. Tuvo que ser grande. —Doce mil hombres. El conde danés abrió como platos los ojos azul verdoso. Su propio ejército, posiblemente el mayor que alguna vez lograse reunir un nórdico, había sumado alrededor de tres mil hombres y ya no existía. Un ejército permanente de doce mil soldados establecidos en un campamento de piedra superaba sus más atrevidas fantasías.

—¿Cómo sabes todo eso?

Hacía tiempo que presentía que me haría esta pregunta. En el transcurso de las dos semanas que habían pasado desde nuestra llegada a Eoforwic, noté en varias ocasiones una expresión interrogativa en la mirada del conde de la barba roja. Yo había ponderado escrupulosamente la respuesta que sabía era preciso darle.

—Cuando tenía diez años, mi madre me envió al monasterio.

Documento similar