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I. Platón y la Academia

1.1. La filosofía como forma de vida en la Academia de Platón

1.1.6. Ejercicios espirituales en la Academia

Platón se expresa muy enérgico en su Carta VII, al hablar sobre el modo de vida filosófico, en la cual sostiene que, si no se adopta este modo de vida, la vida no vale la pena ser vivida. Por lo que hay que apresurarse tomando esta decisión, y seguir esta senda ―maravillosa‖. Además esta vida supone un esfuerzo considerable, que es importante renovar cada día. Platón dice que existen los que filosofan en verdad y los que no, y que estos últimos sólo poseen un ―barniz exterior de opiniones superficiales‖105. Este modo de vida consiste: ―en hacer más caso a la virtud que al placer, en renunciar a los placeres de los sentidos, en observar también cierto régimen alimentario, en vivir cada día a fin de volverse lo más posible dueño de sí106‖. De hecho se puede notar que en la Academia se estilaban ciertas prácticas espirituales. En las últimas páginas de su diálogo Timeo, por ejemplo, Platón afirma que es necesario ejercitar la parte superior del alma, es decir, el intelecto, de tal forma que ―se ponga en armonía con el universo y se asimile a la divinidad‖107. Pero no da detalles de los ejercicios a realizarse, mientras que en otros diálogos sí se encuentran interesantes precisiones. Otro ejercicio platónico consiste en ―saber conservar la tranquilidad en la desgracia sin rebelarse, utilizando para ello máximas capaces de cambiar nuestras disposiciones interiores108‖. Nos diremos a nosotros mismos, que no sabemos lo que es bueno y lo que es malo en tales accidentes, y que no merece la pena indignarse por nada, y que a ninguna cosa humana se le debe otorgar tanta importancia, y que como en el azar ―Hay que tomar en cuenta las cosas tal cuales son y actuar en consecuencia‖109.

Otro ejercicio espiritual muy conocido es el ejercicio de la muerte, al que Platón hace referencia en el Fedón, en el que relata precisamente la muerte de Sócrates, y en el cual Sócrates dice que quien se pasó la vida en la filosofía tiene el valor de morir, porque ―la filosofía no es más que un ejercicio de la muerte‖110. Y lo es en virtud del significado que guarda la separación del alma y del cuerpo; pues el filósofo se dedica a desprender su alma de su cuerpo. Esto, debido a que el cuerpo nos causa mil 104 Ibíd., p. 78. 105 Ibíd., p. 79. 106 Ídem. 107 Ídem. 108 Ibíd., p. 80. 109 Ídem. 110 Ídem.

30 molestias por las pasiones que crea. Será necesario que el filósofo se purifique, se esfuerce y se concentre en recoger el alma y liberarla de la distracción y dispersión que el cuerpo le impone. Basta recordar las largas concentraciones realizadas por Sócrates, descritas en el Banquete de Platón, ―Durante las cuales permanece inmóvil, sin moverse y sin comer. Este ejercicio es indisolublemente ascesis del cuerpo y del pensamiento, despojo de las pasiones para acceder a la pureza de la inteligencia‖111.

En este punto, es necesario, recordar el ejercicio que consiste en cambiar radicalmente de punto de vista, aceptar la totalidad de la realidad, y adquirir una visión universal de las cosas, ya que tal ejercicio permite ―vencer el temor a la muerte‖. No existía una distinción entre vida contemplativa y vida activa, sino una oposición entre dos modos de vida: el modo de vida del filósofo, que consiste en ―volverse justo y santo en la claridad de la inteligencia, que por ello es al mismo tiempo ciencia y virtud‖112, y el modo de vida de los no filósofos ―estos no están a gusto en la ciudad pervertida sino porque se complacen en falsas apariencias de habilidad y de sabiduría, que no resultan más que en fuerza bruta‖. Platón dice en el

Teeteto, que si el filósofo parece extranjero ridículo en la ciudad es porque los demás hombres de la ciudad fueron corrompidos por ésta y sólo reconocen como valores la astucia, la habilidad y la brutalidad.

La ética del diálogo de Platón se vincula estrechamente con la sublimación del amor, lo que constituye un ejercicio espiritual por excelencia. Tal ejercicio se fundamenta en la preexistencia de las almas, en dónde el alma antes de entrar al cuerpo vio las formas y normas trascendentes. Pero que al caer al cuerpo olvidó todo, e incluso no puede ni reconocerlas intuitivamente. Sólo la forma de la belleza tiene el privilegio de aparecer de nuevo en los cuerpos bellos. La emoción amorosa que el alma siente ante el cuerpo bello es el recuerdo inconsciente de la visión que tuvo, por esto cuando el ser humano experimenta cualquier amor terrestre, es esta belleza trascendente lo que le atrae. De esta manera, el filósofo se esforzará por sublimar su amor, intentando mejorar el objeto de su amor. ―Su amor como dice en el Banquete le dará esa fecundidad espiritual que se manifestará en la práctica del discurso filosófico‖113. Aquí se evidenciará un aspecto heredado de Sócrates, respecto ―al poder educador de la presencia amorosa: No aprendemos más que de quien amamos‖114. La filosofía se vuelve la experiencia vivida de una presencia. Así es como se pasa, de la experiencia de la presencia del ser amado a la experiencia de una presencia trascendente. De esta manera se entiende, explica Hadot, que la ciencia, en Platón nunca es puramente teórica, sino más bien ―transformación del ser, es virtud, y podemos decir ahora que también es afectividad‖115.

111 Idem. 112 Ibíd., p. 82. 113 Ibíd., p. 83. 114 Ídem. 115 Ídem.

31 Hadot comenta:

La ciencia, hasta la geometría, es un conocimiento que compromete la totalidad del alma, que siempre está vinculada con Eros, con el deseo, con el impulso y con la elección. La noción de conocimiento puro, es decir, de puro entendimiento, decía también Whitehead, es totalmente ajena al pensamiento de Platón. La época de los profesores aún no había llegado116.

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