Así pues, los atenienses nacidos en la prim era década del siglo v (Pericles, Sófocles, F idias...), que elevaron la cultura clásica a tan al to grado de m adurez en todos los campos —en la política, en las le tras, en las artes— , habiendo recibido todavía una educación muy ele mental cuyo nivel, desde el punto de vista de la instrucción, no sobre
pasaba prácticam ente el de nuestra actual enseñanza prim aria (1). He
ahí un ejemplo brillante del inevitable escalonamiento cronológico en tre cultura y educación. Pero aunque este retraso sea con frecuencia exagerado por la rutina (el campo pedagógico es un terreno óptim o para el espíritu conservador), toda civilización verdaderam ente acti va term ina tarde o tem prano por tom ar conciencia de ello y por com pletar el proceso. De hecho, cada nueva conquista del genio griego iba seguida m uy pronto, como es fácil com probar, de un esfuerzo co rrespondiente para crear una enseñanza que asumiera su difusión.
Primeras escuelas de medicina
A bundan las pruebas desde aquel siglo vi tan pródigo en herm o sas iniciativas: nos sería posible estudiar la creación de las primeras
escuelas de medicina que, a fines de siglo, aparecieron en C ro to n a1
y en C iren e2, con anterioridad a la fundación de las escuelas clási cas de Cnido y de Cos (2).
1 HDT. III, 129 s . 2 Id. III, 131.
De filosofía
Sin em bargo, es en este campo de la filosofía donde con más niti dez se refleja este esfuerzo de creación pedagógica: los prim eros físi cos de la escuela de Mileto son sabios puros, que no tienen todavía tiem po disponible para convertirse en educadores, se hallan absorbi dos totalm ente por el esfuerzo creador que los aísla y los singulariza; sus contem poráneos los m iran con asom bro, a veces con escándalo y muy a m enudo con cierta ironía que, en la apacible Jonia, no exclu ye cierta secreta benevolencia (recuérdese, entre otras, la anécdota que presenta a Tales, caído en un pozo, contem plando los astro s)3.
Pero ya A naxim andro y después A naxim enes4, se preocupa por redactar una exposición de su doctrina. U na generación después, Je- nófanes de C olofón ya no escribe en prosa, como ellos, a la m anera de los legisladores, sino en verso, rivalizando así directamente con los poetas educadores, H om ero o los gnómicos. Jenófanes confiesa esta ambición: se dirige al público culto de los banquetes aristocráticos5, critica ásperam ente la inm oralidad de H o m ero 6, el ideal deportivo trad icio n al7, al que opone audazm ente, no sin orgullo, el ideal nue vo de su buena Sabiduría.
Escapando de la dominación persa, Jenófanes estableció su escuela en Elea; y en el otro confín de la G ran Grecia, el pitagorism o, final mente, encarna esa noción de escuela filosófica en el m arco institu cional apropiado. Ésta, tal como aparece en M etaponto o en C ro to na, no es ya una simple hetairía de tipo antiguo, que agrupa a un maes tro con sus discípulos sobre la base de relaciones personales; es una verdadera escuela que tom a al hom bre en su conjunto y le impone un estilo de vida; es una institución organizada, con su local, sus re glamentos, sus reuniones regulares, que tom a la form a de una cofra día religiosa consagrada al culto de las Musas y, una vez m uerto su fundador, al culto de Pitágoras, convertido en héroe. Institución ca racterística que será im itada después por la Academia de P latón, el Liceo de Aristóteles y la escuela de Epicuro, y que persistirá como la form a tipo de la escuela filosófica griega (3).
E l nuevo ideal político
C on todo, no surgirá de estos ambientes de especialistas la gran revolución pedagógica con la que la educación helénica habrá dado un paso decisivo hacia su madurez: de ello se encargaría, en la segun da m itad del siglo v, ese grupo de innovadores que se ha convenido
en designar con el nom bre de Sofistas.
El problem a que éstos procuraron y lograron resolver era el refe-
3 DL. I, 34. 6 Fr. 11 s.
4 Id. II, 2; 3. 7 Fr. 2.
rente, muy general por cierto, a la formación del hom bre político. Tal era, en esos tiem pos, la cuestión que exigía más rápida resolución. Después de la crisis de la tiranía, en el siglo vi, vemos como la m a yor parte de las ciudades griegas, y sobre todo la dem ocrática Ate nas, se entregan a una intensa vida política: el ejercicio del poder y la dirección de los negocios públicos se convierten en la ocupación esencial, la actividad más noble y más preciada para el hom bre grie go, supremo objetivo propuesto a su am bición. En todos los casos se busca prevalecer, ser superior y eficiente; pero ya no se trata de afirm ar el «valor», agertj, en lo referente al deporte y a la vida ele gante: en adelante, ese «valor» se encarna en la acción política. Los sofistas ponen su enseñanza al servicio de este nuevo ideal de la άρβτή política8: equipar el espíritu para la carrera del hom bre de Estado, form ar la personalidad del futuro líder de la ciudad, tal sería so program a.
Resultaría inexacto asociar demasiado íntimamente tal empresa con los progresos de la democracia, o imaginar que esta enseñanza se pro ponía suplir en los hombres políticos de extracción popular aquello que la herencia familiar aseguraba a sus rivales aristocráticos. En pri mer térm ino, porque la antigua democracia continuó durante mucho tiempo reclutando sus jefes entre la nobleza más auténtica (recuérde se, por ejemplo, el papel desempeñado por los Alcmeónidas en A te nas); en segundo lugar, porque no ha podido com probarse en los so
fistas del siglo V una orientación política determ inada (como la ten
drán en R om a los Rhetores L atini de la época de M ario): su clientela era rica, pudiéndose encontrar entre ella nuevos ricos ansiosos de un «lavado de cara», como el Estrepsíades de Aristófanes, a quien la vieja aristocracia, lejos de rechazarlo, lo atendía solícitamente, como lo m uestran los cuadros de P latón.
Los sofistas se dirigen a todo el que desee adquirir la superioridad requerida para triunfar en el escenario político. Perm ítam e el lector que lo remita de nuevo al L aques: Lisímaco, hijo de Aristides, y Me- lesias, hijo de Tucídides, tratan de dar a sus propios hijos una form a ción que los capacite para llegar a ser je fe s 9: no cabe duda de que el día en que los sofistas les propusieron algo más eficaz que la inútil esgrima, adoptaron este consejo con rapidez.
P or lo tanto, la revolución pedagógica que la sofística representa parece más de inspiración técnica que política: apoyados en una cul tura ya m adura, estos educadores elaboran una técnica nueva, una enseñanza más completa, más ambiciosa y más eficaz que la existente hasta entonces.
L o s sofistas com o educadores
La actividad de los sofistas se desarrolla durante la segunda m itad 8 plat. Prot. 316 b; 319 a. 9 plat. Lach. 179 cd.
del siglo V. Me parece un tanto artificioso el intento de distribuirlos en dos generaciones, como suele hacerse a veces: en realidad, sus ac tividades se superponen, de suerte que P latón, sin caer en anacronis mo, pudo reunir los más célebres de ellos en casa del rico Calías, acom pañados por Sócrates y Alcibiades, en una fam osa escena de su P ro tá g o ra s10. No había m ucha diferencia de edad entre los más vie jos y los más jóvenes: el mayor de todos, Protágoras de A bdera, de bió nacer hacia el 485; Gorgias de Leontini, el ateniense A ntifón (del demos de Ram nunte) (4), apenas más jóvenes, hacia el 480. Los de m enor edad, Pródico de Ceos, Hipias de Elis, tenían unos diez años menos y parecían de la misma edad de Sócrates, que vivió, com o se sabe, desde el 470-469 hasta el año 399 (5). De origen diverso, y de vida trashum ante por razones de orden profesional, todos se estable cieron durante más o menos tiempo en Atenas. Con ellos Atenas apa rece como el crisol en que se elabora la cultura griega.
No hay historia de la filosofía, o de las ciencias, que no se sienta obligada a dedicar un capítulo a los sofistas, pero este capítulo, muy
difícil de escribir, rara vez resulta satisfactorio (6).
No basta con decir que los conocemos poco: apenas nos quedan de ellos como fuente directa unos cuantos fragmentos y algunas es cuetas noticias doxográficas, elementos éstos de muy frágil consistencia para oponer al engañoso prestigio de los retratos satíricos y de los re medos de Platón, cuyas páginas consagradas a los sofistas figuran entre las más ambiguas de su obra, que exigen siempre una delicada inter pretación: ¿dónde comienzan y dónde acaban la ficción y la defor mación caricaturesca y calumniosa? P or otra parte, bajo la m áscara de la lucha entre Sócrates y los sofistas, ¿no evoca en realidad Platón su propia lucha contra algunos de sus contem poráneos, Antístenes en particular?
A decir verdad, los sofistas no resultan muy significativos para la historia de la filosofía o de las ciencias. A gitaron muchas ideas, unas de inspiración ajena (por ejemplo de Heráclito en el caso de P rotágo ras; de los eleáticos o Empédocles en el caso de Gorgias); otras perso nales, mas no eran, propiam ente hablando, ni pensadores ni busca dores de la verdad. E ran pedagogos: «Educar a los hom bres», itcm- óeieiv ¿χνδρώπους, tal es la definición que, según P la tó n 11, el pro pio Protágoras da de su arte.
Éste es, tam bién, el único rasgo que tenían en común: inseguras y diversas, sus ideas son demasiado huidizas como para que se las pue da referir a una escuela en el sentido filosófico de la palabra; sólo te nían en común el oficio de profesores. Saludemos en aquellos gran des antepasados a los primeros profesores de enseñanza superior, en una época en que Grecia no había conocido más que entrenadores de portivos, jefes de talleres y, en el plano escolar, humildes maestros de escuela. Pese a los sarcasmos de los Socráticos, imbuidos de pre
juicios conservadores12, respeto en ellos, ante todo, ese carácter de hombres que hacen de la enseñanza una profesión, cuyo éxito com er cial atestigua su valor intrínseco y su eficacia so cial!3.
El oficio de profesor
P or consiguiente, resulta interesante estudiar, con cierto detalle, de qué m odo ejercían su profesión. No abrieron escuelas, en el senti do institucional de la palabra; su método, aún cercano al antiguo, pue de definirse com o un preceptorado colectivo. A grupaban a su alrede dor a los jóvenes que les eran confiados y asum ían to d a su form a ción; ésta dem andaba, según se conjetura, tres o cuatro años. Este servicio se abonaba de golpe: Protágoras, por ejemplo, exigía la con
siderable sum a de diez mil dracmas 14 (el dracm a, aproxim adam ente
un franco oro, representaba el jornal de un obrero cualificado). Su ejemplo servirá largo tiem po de modelo, pero los precios bajarán rá pidamente: en el siguiente siglo (entre el 393 y el 338), Isócrates sólo
pedirá mil d ra cm as15 e inclusive deplorará que algunos com petido
res desleales acepten un precio rebajado a cuatrocientos o trescientos dracmas l6.
P rotágoras fue el primero en ofrecer un tipo de enseñanza rem u nerada; anteriormente no existía ninguna institución semejante, de mo do que los sofistas no encontraron u na clientela instituida: tuvieron que crearla, persuadir al público para que recurriese a sus servicios; por medio de toda una serie de procedimientos publicitarios. El sofis ta va de ciudad en ciudad en busca de alu m n o s17, llevando consigo a los ya reclutados 18. P ara darse a conocer, dem ostrar la calidad de su enseñanza y dar algunas m uestras de su habilidad, los sofistas d a ban voluntariamente una exhibición, hiríbei^is, ya en las ciudades que figuran en su itinerario, ya en un santuario panhelénico como el de Olimpia, por ejemplo, donde aprovechan la iravriyvQis que les brin da el público internacional reunido con ocasión de los juegos: puede ser un discurso cuidadosamente meditado o, por el contrario, una bri llante improvisación acerca de un tem a propuesto, una discusión li bremente entablada de om ni re scibili, a gusto del público. C on ello inauguraron el género literario de la conferencia, destinado ya desde la Antigüedad a tener una asom brosa fortuna.
De estas conferencias, unas son públicas: Hipias, al perorar en el ágora junto a la mesa de los cam bistas19, nos hace pensar en los ora dores populares de H yde-Park; otras están reservadas, en cambio, a un público selecto que paga su e n tra d a 20. Y si al menos la ironía so-
12 p l a t.H ipp. ma. 281 b; Crat. 384 b; 17 p l a t. Prot. 313 d.
c f . Soph. 231 d; x e n. Cyn. 13. 18 Id. 315 a .
13 p l a t. H ipp. ma. 282 be. 19 Hipp. mi. 368 b.
14 DL. IX, 52. 20 Hipp. ma. 282 be; a r s t t. Rhet. Ill,
15 [p l u t.], Isoc. 837. 1415 b 16.
16 Isoc. Soph. 3.
orática no nos engaña, existían muchas categorías de conferencias, con precios tam bién distintos: conversaciones de propaganda por el pre cio reclamo de un solo dracm a, y lecciones técnicas en que el m aestro trata b a a fondo tal o cual tem a científico por el precio de cincuenta dracmas la e n tra d a 21.
E sta publicidad honesta, desde luego, no excluye cierta dosis de charlatanería: estamos en Grecia y en la Antigüedad. P ara impresio
nar a su auditorio, el sofista no vacila en apelar a la om nisciencia22
y a la infalibilidad23. A dopta un tono doctoral y un aire solemne o inspirado, y lanza sus sentencias desde un alto tro n o 24; vistiendo al guna vez inclusive, por lo que parece, la indumentaria triunfal del rap soda con su gran m anto p u rp ú reo 25.
Esta escenografía era legítima: las críticas sarcásticas de que es ob jeto por parte de Sócrates, en Platón, no logran contrarrestar el testi m onio que la misma fuente de inform ación sum inistra sobre el éxito extraordinario logrado por esta propaganda sobre el apasionam iento que los sofistas despertaron en la juventud; recuérdese el comienzo del Protágoras16, cuando el joven Hipócrates se precipita, antes del alba, a casa de Sócrates: Protágoras había llegado a Atenas la víspera y se apresuró en hacerse presentar al gran hom bre, para que éste lo adm itiera como discípulo eventual. Este favor, cuyos rastros percibi mos en la influencia profunda que los grandes sofistas ejercieron so bre los mejores espíritus de su tiem po (Tucídides, Eurípides, Esqui nes...), no obedecía exclusivamente a una m oda cegada por su propia puesta en escena: la eficacia real de esa enseñanza la justificaba.
L a técnica política
¿Cual era el contenido de esta enseñanza? Se trataba de arm ar pa ra la lucha política a la personalidad poderosa que habría de impo nerse como jefe de la ciudad. Tal era en particular, según parece, el program a de P rotágoras, que quería hacer de sus discípulos buenos ciudadanos, capaces de conducir con acierto su propia casa y de m a nejar con máxima eficacia los asuntos del Estado: su ambición, en u na palabra, era enseñar «el arte de la política», πολίτικη τέ χ ν η 11.
Ambición de orden eminentemente práctico: la «sabiduría», el «va lor», que Protágoras y sus colegas procuran para sus discípulos, son de carácter utilitario y pragmático; se los juzga y se los mide por su eficacia concreta. Ya no se perderá el tiempo en especular, como lo hacían los viejos físicos jónicos, acerca de la naturaleza del m undo o de los dioses: «Yo no sé si éstos existen o no, dirá P ro tág o ra s28: la cuestión es oscura y la vida hum ana demasiado breve». Se trata
21 p l a t. Crat. 384 b. 25 e l. N . Η ., XII, 32.
22 Hipp. mi. 368 bd. 26 310 a.
23 Gorg. 447 c; 448 a. 27 3 1 9 a.
de vivir, y en la vida, en lo que se refiere a la política, poseer la Ver dad no im porta tan to como lograr que un público determ inado adm i ta, hic et nunc, tal tesis como verosímil.
P or lo tan to , esta pedagogía se desenvuelve dentro de una pers pectiva de hum anism o relativista: no expresa o tra cosa, al parecer, uno de los escasos fragmentos auténticos del propio Protágoras que han llegado hasta nosotros: «El hom bre es la m edida de todas las cosas»29. M uchos dolores de cabeza ha provocado la evaluación me tafísica de esta fórm ula famosa, que hace de su autor el fundador del empirismo fenomenista y un precursor del subjetivismo m oderno. De igual m odo, m editando sobre los pocos pasajes conservados del Tra tado del N o-Ser de G o rg ias30, se ha llegado a hablar, inclusive, del nihilismo filosófico de este autor (7). Esto es m agnificar deliberada mente el alcance de los textos, que han de ser interpretados, por el contrario, en su sentido más superficial: ni Protágoras ni Gorgias pre tenden aclarar una doctrina, sino simplemente form ular reglas de or den práctico; no enseñan a sus alum nos ninguna verdad sobre el ser o sobre el hom bre, sino sólo la facultad de tener siempre razón, en cualquier circunstancia.
L a dialéctica
P ro tá g o ra s31, se dice, fue el primero en enseñar que en cualquier cuestión podía siempre sostenerse tanto el pro como el contra. Toda su enseñanza descansaba sobre esta base: la antilogía. De sus Discur sos demoledores sólo conocemos la prim era y fam osa frase anterior mente c ita d a 32, pero encontraremos el eco de aquéllos en los Δισσοί Χογοι, Dobles razonamientos, m onótono repertorio de opiniones con trapuestas de dos en dos, com pilado por alguno de sus discípulos ha cia el año 400.
He aquí el prim er aspecto de la form ación sofística: aprender a sacar provecho de cualquier discusión posible. Protágoras tom a de Zenón de Elea, no sin despojarlos de su profunda seriedad, sus pro cedimientos polémicos y su dialéctica rigurosa: de ellos sólo conserva el esqueleto form al y, m ediante su aplicación sistemática, infiere los principios de una «erística», de un m étodo de discusión que tiende a confundir al adversario, quienquiera que sea, utilizando como hi pótesis de partida las concesiones que éste adm ita.
Las Nubes de Aristófanes y la Historia de Tucídides son, cada cual en su orden, testimonios notables del efecto prodigioso que sobre los contem poráneos ejerció esta enseñanza, tan atrevida en su pragm a tismo cínico como asom brosa por la eficacia de sus resultados. Y no se vea en ello ninguna exageración de una im portancia histórica: la
29 Fr. 1. 31 DL IX 51
30 Fr. 1-5 (Diels). 32 Fr. ¡
tradición inaugurada por Protágoras explica el auge de la dialéctica que, tanto para bien como para mal, habrá de caracterizar a la filoso fía, la ciencia y la cultura griegas: el uso a veces im perante, que los antiguos hicieron de la discusión concebida como m étodo de descu brim iento o de verificación; la confianza, fácilmente excesiva que le dispensaron; el virtuosismo de que hicieron gala a este respecto: todo