«Es necesario que hable aquí de la pederastía, pues ello atañe a la educación», dice Jenofonte 1 al enfrentarse con este tem a en su análisis de las instituciones espartanas. No puedo menos de hacer mías aquí sus palabras: nadie ignora el lugar que el am or masculino ocupó en la civilización helénica (1), y este aspecto, como se verá, es p arti cularmente notable en el campo de la pedagogía. Sin em bargo, el te ma, en sí esencial, la m ayoría de las veces sólo es abordado por el historiador con excesiva circunspección, como si respondiese a una curiosidad malsana. De hecho, los modernos han perdido mucho tiem po escrutando con malicia los antiguos testimonios relacionados con los «amores entre muchachos», interesándose solamente por el aspecto sexual de la cuestión: unos queriendo presentar a la antigua Hélade como un paraíso para los invertidos, lo cual es excesivo: el mismo vo cabulario de la lengua griega (2) y la legislación de la m ayor parte de las ciudades (3) atestiguan que la homosexualidad no dejó de ser con siderada como un hecho «anorm al»; otros, por el contrario, trataron de engañarse a sí mismos con una ingenua apología de la pederastía pura, opuesta a las relaciones estrictamente homosexuales, subesti m ando los más formales testimonios (4).
¿Quien está en lo cierto? L a cuestión es realmente compleja: sería preciso distinguir los diferentes niveles de m oralidad, las épocas y los lugares, pues no todos los pueblos griegos reaccionaban del mismo
1 Lac. 2, 12.
modo ante la p ederastía2. Pensemos, en la dificultad con que trope zarán los sociólogos del futuro cuando intenten determinar, por ejem plo, qué representaba el adulterio para los franceses del siglo x x en sus fichas se yuxtapondrán, como se yuxtaponen en las nuestras los testimonios contradictorios de la antigüedad, docum entos tan diver sos como lo son los vodeviles del Palais-Royal y la literatura espiri tual relativa al m atrim onio cristiano.
Pero estudiar las fórmulas de la inversión, la proporción de ho mosexuales dentro de la sociedad griega, casi no interesa más que a la psiquiatría o a la teología moral. El verdadero interés hum ano no está allí; reside en la concepción del am or (que desde el siglo x il he mos aprendido a profundizar más allá de la libido, en el sentido bio lógico del término) y del papel que desempeña en la vida.
E l am or griego, camaradería guerrera
Al historiador le basta com probar que la antigua sociedad griega consideró como la form a más característica y más noble del am or la relación pasional entre hom bres, o para decirlo de m odo más preci so, entre un hom bre de más edad, adulto, y un adolescente (la edad teórica del eromeno oscila entre los quince y los dieciocho años). Que tales relaciones hayan conducido frecuentemente a verdaderas rela ciones sexuales contra natura, es muy fácil de comprender: basta re mitirse a la experiencia estadística y pensar en la flaqueza de la carne, pero esto importa menos, .insistimos, que las consecuencias de una cier ta m anera de pensar sobre el conjunto de la civilización.
El am or entre mancebos ha sido lo mismo que la desnudez atléti ca con la que guarda estrecha relación, como bien lo advirtieron los judíos del tiempo de los M acabeos3 y los antiguos ro m an o s4, y uno de los criterios del helenismo, una de las costumbres que más neta mente lo contraponían a los « b árb aro s» 5 y, por lo tanto, uno de los privilegios sobre los cuales se fundaba, a su juicio, la nobleza del hom bre civilizado.
Aunque la pederastía parezca ausente en Hom ero (5), no creo que se deba titubear en rem ontarla a una época muy antigua (6). Está li gada a toda una tradición propiam ente helénica: a pesar de que erró neamente la erudición alemana ha hecho de ella con frecuencia un ras go original de la raza doria (7); de hecho se la encuentra tam bién en otras partes, y si los Estados dorios parecen haberle concedido, si no excesiva im portancia, por lo menos una categoría oficial, ello se de be, insisto, al hecho de que Creta y E sparta conocieron una osifica ción arcaizante de sus instituciones: por ese motivo conservaron en
2 p l a t. Conv. 182 bd. 4 e n n. ap. c i c . Tuse. IV, 70. 3 2 Mac. 14, 9-16. 5 h d t. I, 135; l u c. A m . 35.
plena época clásica muchos rasgos del estilo de vida m ilitar que las había caracterizado en sus orígenes.
La pederastía helénica se me antoja, en efecto, como una de las supervivencias más claras y más perdurables del medioevo feudal. En esencia, es u n com pañerism o de guerreros. La hom osexualidad grie ga es de tipo m ilitar; difiere claram ente de esa homosexualidad ini- ciática y sacerdotal que la etnología estudia en nuestros días en toda una serie de pueblos «primitivos», oriundos de las más diversas re giones de la tierra (Australia, Siberia, Am érica del Sur y Á frica ban- tú), y que sirve p ara introducir al hechicero en un m undo mágico de relaciones suprahum anas (8). Al am or griego no sería difícil hallarle paralelos menos alejados de nosotros en el espacio y en el tiempo: pien so, por ejem plo, en el proceso de los Tem plarios, en los escándalos que se produjeron en 1934 dentro de la Hitlerjugend, y tam bién en las costumbres que, según se me asegura, se desarrollaron durante la últim a guerra en los cuadros de ciertos ejércitos.
La am istad entre hombres me parece una constante de las socie dades guerreras, donde el medio varonil tiende a encerrarse en sí m is mo. La exclusión m aterial de las m ujeres, to d a desaparición de ésta, provoca siempre una ofensiva del am or masculino: piénsese en la so ciedad m usulm ana (ejemplo éste que, a decir verdad, se sitúa dentro del contexto de una civilización y teología absolutam ente diferente). La cuestión se agudiza todavía más en el medio militar: se tiende en él a descalificar el am or norm al del hom bre a la m ujer, exaltando un ideal basado en virtudes varoniles (fuerza, valor, fidelidad) y culti vando un orgullo propiam ente masculino, sentimiento que Verlaine expresó con tan to vigor en las dos composiciones de Parallèlement, donde celebra con brioso cinismo el recuerdo de sus orgías con Rimbaud:
...Peuvent dire ceux-là que sacre le haut Rite! *.
La ciudad griega, ese «club de hom bres», conservará siempre este recuerdo de la caballería primitiva: que el am or masculino se halla muy asociado a la Kriegskameradschaft, lo atestiguan m ultitud de cos tumbres (9). En el ambiente socrático6 se creía que el ejército m ás in vencible sería aquel que estuviese form ado por parejas de am antes, m utuam ente estimulados al heroísm o y al sacrificio: este ideal llegó
a concretarse efectivamente en el siglo IV, en el escuadrón de élite crea
do por Górgidas, que Pelópidas convirtió en batallón sagrado y al que debió Tebas su efímero esplendor7.
U n texto justam ente famoso de E stra b ó n 8 permite evocar con precisión la atm ósfera característica de esta notable concepción del am or viril. En C reta, nos cuenta como el adolescente recibía de su am ante una verdadera educación, que por otra parte se complemen
* N. T. ¡Pueden decirlo aquellos que 6 p l a t. Conv. 178 c; x e nConv. VIII, se consagran a un alto Rito! 32.
7 p l u t. Pel. 18. 8 X, 483.
taba con la convivencia del círculo de amistades. Conducido prim e ram ente al «club de hom bres», avógeTov del incitador, el adolescente em prendía con éste y con sus amigos un viaje al cam po, donde per manecían dos meses, dedicados a los banquetes y a la caza. Conclui do este paréntesis de luna de miel, se festejaba solemnemente el reto r no del efebo; entre otros regalos, éste recibía de su am ante una arm a dura, con lo cual se convertía en su escudero, τα ρ ά σ τα θ ίίς. A dm iti do en la Orden de los Ilustres, Kkeivoí, quedaba desde entonces ple nam ente integrado en la vida nobiliaria, figuraba entre los hom bres, ocupaba un puesto de honor en los coros y en los ejercicios gim násti cos. Se trata, como puede verse, del reclutam iento de una fraternidad aristocrática y m ilitar. E strabón insiste en el elevado rango social que se requería y en la igualdad de títulos de ambos amigos, y agrega: «En estas relaciones se busca no tanto la belleza como el valor y la buena educación».
Com o de costum bre, nuestro autor tiende un velo de pudor sobre el aspecto sexual de tales prácticas. Los m odernos, por el contrario, se han inclinado a rem arcar este aspecto: han pretendido que el rito de iniciación, de integración en la com unidad masculina, no consistía en una unión de carácter general, sino más bien una práctica an o r mal; el hum or viril que realiza de m odo m aterial y brutal la transm i sión de la virtud guerrera de macho a m acho (10).
E n verdad, esto excede con mucho los datos de nuestros textos: se tra ta de una de esas exageraciones obscenas a que los sociólogos m odernos som etieron muchas veces los ritos y leyendas consideradas como «primitivas»: hipótesis derivadas de un psicoanálisis elemental, ¡cuántas represiones ingenuas no se disimulan en el alm a de los eruditos!...
Sea como fuere en sus orígenes, lo cierto es que la práctica hom o sexual subsistió, integrándose profundam ente en las costumbres, in clusive cuando Grecia, en general, había renunciado al tipo de vida m ilitar. Nos toca ahora analizar las consecuencias que la pederastía trajo aparejadas en el dom inio de la educación.
L a moral pederástica
A nte todo, el am or griego contribuyó a dar form a al ideal moral que sirve de sostén a toda la práctica de la educación helénica, ideal cuyo análisis inicié a propósito de H om ero: el deseo del hom bre adul to de afirm arse ante los ojos de su am ado, de brillar ante é l 10 y el deseo recíproco del am ado de m ostrarse digno de su am ante, no po dían sino fortalecer en uno y otro este am or a la gloria que el espíritu agonístico exaltaba en todo momento: el vínculo am oroso es el terre no elegido donde se afronta una generosa emulación. P o r otra parte,
9 XEN. Conv. VIII, 26; p l a t. Phaedr. ■239 ab.
toda la ética caballeresca, fundada en el sentimiento del honor, refle ja el ideal de una cam aradería de combate. La tradición antigua es unánime en relacionar la práctica de la pederastía con la valentía y el coraje l0.
Sería necesario subrayar el rodeo imprevisto que ha reafirm ado este sentimiento mediante un trasvase del plano militar al político. El am or masculino entrañó muchos crímenes pasionales, como era na tural que ocurriese en esa atm ósfera tensa donde los celos y el orgullo viril se hallaban ferozmente exacerbados. La historia del período de la tiranía, en particular, relata gran número de asesinatos o revueltas perpetrados o fom entados contra los tiranos por amantes celosos. «Muchos, según Plutarco “ , son los amantes que han disputado, a los tiranos el favor de bellos y pudorosos mancebos.» Cita el ejemplo clá sico de los tiranicidas de Atenas, el de la conspiración urdida en el año 514 contra los Pisistrátidas por Aristogiton y su am ado H arm o dio, objeto de persecución por parte de H iparco 12; el de Antileón, que asesinó al tirano de M etaponto y (¿o?) de Heraclea porque le dis putaba al hermoso H iparino; tam bién el de C haritón y de Melanipo, que conspiraron contra el tirano Fálaris de Agrigento 13; hubo m u chos otros (11). El am or a la libertad política no había bastado para provocar la insurrección, «pero, hace notar Plutarco, cuando estos tiranos se propusieron seducir a sus amados, en seguida, como se si tratase de defender santuarios inviolables, los amantes se rebelaron con riesgo de perder la vida». De m anera tal que aquellos incidentes, que nuestra crónica judicial clasificaría entre los crímenes crapulo sos, dieron origen en muchos casos a la liberación nacional y se con virtieron en proezas celebradas con igual grandiosidad a las más re nom bradas, e inclusive propuestas a la juventud como modelos dig nos de adm iración e imitación: dentro del pensamiento griego 14, un vínculo sólido liga la pederastía al honor nacional y al am or a la inde pendencia o a la libertad.
El am or viril, m étodo de pedagogía
Y todavía más: el am or griego proporcionará a la pedagogía clási
ca su am biente y su m étodo: este am or es, para el hom bre Antiguo, educativo por excelencia: κ α ί επ ιχ ε ιρ εί παιδενειν, «e intentará edu carlo», dirá por ejemplo Platón 15.
La constitución de un ambiente masculino cerrado, prohibido pa ra el otro sexo, posee un alcance y algo así como una inspiración pe dagógica: traduce, exagerándola hasta el absurdo y la locura, una ne-
lu p l a t. Conv. 182, c d ; p l u t. Erot. 13 a t h. XVI, 602 B. 929-930. 14 p l a t. Conv. 182 bd; a r s t t. Pol. V,
" * ^ ¿ . 9 2 9 . 1313 a 41 s.
^ TH'c'.-'Vj, 54-59. 15 Conv. 209 c.
cesidad profunda, sentida por los hom bres, que los impulsa a realizar en toda su plenitud las tendencias propias de su sexo, a llegar a ser plenamente hom bres. La esencia de la pederastía no reside en las re laciones sexuales anormales (ya mencioné anteriormente la repugnancia que la inversión, en el sentido «gideano», pasivo, del térm ino, inspi raba a la lengua y a la sensibilidad griegas): consiste ante todo en cierta form a de sensibilidad, de sentimentalidad, en un ideal misógeno de virilidad total.
Esta disciplina intrasexual se encarna en una pedagogía ap ropia da. Aquí, como en tantos otros terrenos, el luminoso genio helénico supo conducir su análisis con tan ta profundidad que me bastará re cordar las conclusiones que P latón y Jenofonte concuerdan en atri buir a Sócrates. La relación pasional, el am or (que Sócrates sabe ya distinguir del deseo sexual, y aun oponerlo a éste) implica el deseo de alcanzar una perfección superior, un valor ideal, la άρετη. Y no insisto en el efecto ennoblecedor que el sentimiento de ser adm irado puede ejercer sobre la persona de m ayor edad, sobre el erasta; el as pecto educativo del vínculo am oroso concierne sobre todo, evidente mente, al com pañero más joven, al eromeno adolescente.
La diferencia de edad establece entre ambos amantes una relación de desigualdad, por lo menos del orden de la que media entre el her m ano m ayor y el pequeño. El deseo que siente el prim ero de seducir, de afirmarse, engendra en el segundo un sentimiento de adm iración ferviente y aplicada: el m ayor es el héroe, el tipo superior a cuya im a gen y semejanza debe modelarse, a cuya altura trata rá poco a poco de encumbrarse.
En el m ayor se desarrollaba un sentimiento complem entario: la teoría socrática se halla ilustrada, según la tradición, por una abun dante serie de anécdotas simbólicas; respondiendo a este llam am ien to, el m ayor sentía nacer en sí una vocación pedagógica y se consti tuía en m aestro de su am ado, apoyándose en esa noble necesidad de emulación. Se ha explicado frecuentemente, el papel desempeñado por el Eros griego como una simple aspiración del alma, enajenada de de seo, hacia aquello que le falta; en lo referente al am ante, el am or an tiguo participa tam bién de la a y a in j gracias a esa voluntad de enno blecimiento y de entrega de sí mismo, a ese m atiz, para decirlo todo, de paternidad espiritual. Este sentimiento, tan minuciosamente ana lizado por P latón l6, se explica gracias a un análisis freudiano: evi dentemente, el instinto norm al de la generación, el deseo apasionado de perpetuarse en un ser semejante a uno mismo, es el que, frustrado por la homosexualidad se deriva y se desborda en el plano pedagógi co. La educación del m ayor aparece como un sustitutivo, un «ersatz» irrisorio del alum bram iento: «El objeto del amor (entiéndase, pede- rástico) es procrear y engendrar en la Belleza» 17.
El vínculo am oroso va acom pañado, pues, de una labor form ati- va por un lado, de una tarea de m aduración por otro, m atizada allí de condescencia paternal, aquí de docilidad y veneración; y se ejerce libremente, y de m anera cotidiana, el contacto y el ejemplo, la con versación, la vida com ún, la iniciación progresiva del más joven en las actividades sociales del m ayor: el club, la gimnasia, el banquete.
Si me he perm itido desarrollar ante el lector un análisis tan m inu cioso de estas monstruosas aberraciones, ello obedecp al hecho de que, para un griego, tal era el m odo norm al, la técnica tipo de toda educa ción: la παιδεία se realiza en la πα ώ βρα στίΐα . Esto parecerá extraño a un hom bre m oderno, es decir, para un cristiano: pero es preciso te ner en cuenta que ello se integra en el conjunto de la vida antigua. La familia no podía constituir el m arco de la educación: a la m u jer, desdibujada, sólo se le atañe lo que se refiere a la crianza del hi jo; a partir de los siete años el niño se le escapa de las manos. En cuanto al padre (no olvidemos que nos encontram os originariam ente en un medio aristocrático), se ve absorbido por la vida pública: es un ciuda dano y un hom bre político, antes que jefe de familia. Releamos a este respecto el tan curioso testimonio que aporta P latón en el comienzo del L a q u e s I8: nos presenta dos padres de familia que acuden a Só crates para consultarlo acerca de la educación de sus hijos; en cuanto a la suya propia, había sido lamentablem ente descuidada: «Nosotros se lo reprocham os a nuestros padres, que, en nuestra juventud, nos dejaron una absoluta libertad, ocupados como estaban ellos mismos en los asuntos de otros». A decir verdad, se tra ta aquí del gran A risti des y de aquel Tucídides, hijo de Melesías, líder aristocrático oposi tor de Pericles y a quien el pueblo de Atenas condenó al ostracism o en el año 443. P or eso no cabe asom brarse de que el mismo P latón declare en otra p a r te 19 con todo vigor: el vínculo pederástico estable ce en la pareja de amantes «una comunión mucho más estrecha», πολύ μίΐζω κοινωνίαν, que la que liga a los padres con sus hijos.
La educación era asum ida todavía por la escuela: en la época a r caica todavía no existía, y una vez creada quedó siempre un poco su bestim ada, descalificada por el hecho de que el m aestro recibía una remuneración por sus servicios, referida a una función técnica de ins trucción, no de educación. Destaco este hecho de pasada: cuando un hom bre m oderno habla de educación, piensa en prim er lugar en la escuela (de ahí la agudeza, por momentos excesiva, que revisten entre nosotros los problemas relacionados con el estatuto de la enseñanza). He ahí, en Occidente, una herencia y una supervivencia del m edioe vo: en las escuelas m onásticas de los Años Oscuros se establecía un vínculo íntim o entre el m aestro y el director espiritual.
P ara el griego, en cambio, la educación, παιδβία, residía esencial mente en las relaciones profundas y estrechas que unían de m odo per