Estos importantes cambios demográficos que se han fraguado a lo largo del siglo XX, se han producido fundamentalmente gracias al aumento histórico de la longevidad humana. Entre 1950 y 2010, la esperanza de vida en el mundo ha aumentado de los 46 a los 68 años y está previsto que llegue hasta los 81 años para finales del siglo XXI (Naciones Unidas, Ibíd.2011b:332). Este espectacular aumento se ha dado gracias a los avances en los conocimientos biomédicos, tecnológicos y de promoción de estilos de vida saludables, “de manera que la ganancia en años en la esperanza de vida en el siglo pasado llamado el siglo del envejecimiento, ha sido igual a la que consiguió la humanidad en el resto de sus 5.000 años de historia. No hay que olvidar que es un éxito del ser humano o, como se ha dicho, un artefacto de la civilización” (Ortega, Ibíd.2002:29). Es decir, que la longevidad de las poblaciones es
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World Population Prospects: The 2010 Revision. Consultar en la página web: http://esa.un.org/unpd/wpp/unpp/panel_indicators.htm.
sinónimo de desarrollo humano y socio‐económico, “debe ser aceptado como un rasgo más de la modernidad, (…) un logro de la historia de la humanidad, que tiene claras ventajas para los individuos, aunque exige ajustes en el plano colectivo, en muchos aspectos de la vida social y de la economía” (Fernández Cordón, 2010:45). Evidentemente, “lleva a replantearse el equilibro en la ecuación Estado‐mercado‐ familia, puesto que, a medida que cambia la distribución por edades de la población, hay que reconfigurar la manera en que intervienen estos tres agentes en la provisión del bienestar y en el desarrollo de capacidades” (CEPAL, 2012:20). Por eso el envejecimiento de la población no debe ser valorado de manera negativa ni alarmante, sino analizado en profundidad para valorar sus consecuencias y diseñar sociedades inclusivas que alberguen cada vez más a una población longeva. “Nuestra sociedad tiende actualmente a considerar este fenómeno exclusivamente como problema, olvidando, por un lado, su carácter inevitable y eminentemente positivo y, por otro lado, que este cambio demográfico va indisolublemente unido a otros cambios sociales y económicos, como la mayor participación de las mujeres en la vida social y económica o la posibilidad de aumentar la productividad por el alargamiento de la formación, que contrarrestan, al menos en parte, los efectos negativos que puede tener” (Fernández Cordón, Ibíd.2010:45).
Y una de las consecuencias más interesantes de este aumento de la longevidad es el planteado por Erickson y desarrollado posteriormente por Mary Catherine Bateson quienes consideran que esta ampliación del curso vital no ha representado tanto una extensión de la vejez en sí misma, ‐en la misma línea que Julio Pérez Díaz y comentábamos en el apartado anterior‐‐como la creación de una nueva etapa de la adultez insertada antes de la vejez que denominan “segunda adultez” (Bateson, Ibíd.2013:25). Una etapa que comienza cuando uno o más de los proyectos generativos importantes de la adultez llegan a su final –un ejemplo puede ser la jubilación‐, y termina cuando complicaciones en el estado de salud comienzan a afectar seriamente la participación. Y existen varias razones para hablar de una nueva etapa en vez de subdividir las etapas existentes. La segunda adultez parece justificada porque se fija en múltiples dimensiones del modelo Ericksoniano, en la medida en que puede ser un momento de crisis, pero al mismo tiempo implicar el desarrollo
de fortalezas. Además, las personas no sólo actúan de manera diferente a etapas anteriores, sino que asumen nuevos roles. El argumento más descriptivo expuesto por Erickon para reconocer una nueva etapa es tal vez la similitud que existe entre la
segunda adultez y la adolescencia. Ambos son momento en los que los cambios
corporales y sociales requieren una nueva comprensión de la identidad, se redefinen las relaciones establecidas a lo largo de la vida y se modifica la definición de cómo uno/a participa y contribuye en el mundo. Además, el reconocimiento de la adolescencia como una etapa de la vida ha sido importante no sólo en el desarrollo de las actitudes hacia las personas que pasan por esa etapa, sino también en la formación de políticas de educación. De igual manera, el reconocimiento de la
segunda adultez como una nueva etapa es de vital importancia, ya que las personas
adultas que están en la segunda mitad de su vida se dan cuenta de que los estereotipos negativos sobre el envejecimiento con los que crecieron durante la mitad del siglo XX, ahora no les sirven como guía para tomar decisiones sobre los años de actividad que les quedan por delante, años que no son todavía “años de ocaso”, sino años de nuevos e importantes compromisos (Ibíd.:32). Lo relevante de esta aportación sobre la segunda adultez, es que la vejez simplemente comienza más tarde para muchas personas, y como rescata Bateson de algunas de sus entrevistas con personas que están en esta etapa de la vida, manifiestan encontrarse mucho mejor de lo que les habían pronosticado los estereotipos del envejecimiento con los que crecieron, de manera que los sesenta años de hoy día les parecen “los nuevos cuarenta."
Por tanto, el aumento en la esperanza de vida ha influido de manera esencial sobre las vidas individuales, pero también lo ha hecho en la manera en que las generaciones interactúan y la estructura de edades de la población. El cambio resultante de una pirámide de tres generaciones (numerosos/as niños/as, aproximadamente la mitad de padres‐madres, y escasos/as abuelos/as) ha modificado el antiguo ciclo de la vida familiar y comunitaria, a un patrón de cuatro generaciones (Bateson, Ibíd.2010:13), en el que la generación de los/as abuelos/as es mucho más grande, dispone de mejor estado de salud y es mucho más activa que en el pasado. Según Bateson, la generación de los/as bisabuelos/as se asemeja
actualmente a los/as abuelos/as de antaño. Los/as menores hoy pueden tener muchos/as abuelos/as vivos/as, algunos/as de los/as cuales continúan plenamente activos/as en sus profesiones, e incluso tienen una función primordial en el cuidado de sus nietos/as o de sus propios progenitores. Sin embargo, todavía aún hoy la investigación sobre estas cuestiones no está a la altura de estos innovadores cambios (Ibíd.:15).
3.2. LA MIRADA DE LA GERONTOLOGÍA CRÍTICA SOBRE EL FENÓMENO DEL