En el marco de la gerontología crítica, la perspectiva del curso vital y el paradigma del curso de la vida desarrollado en las ciencias sociales, especialmente la sociología y la psicología, y algo más tarde en la antropología, conciben el envejecimiento como un proceso dinámico que se desarrolla a lo largo de la vida, desde un análisis socio‐ histórico y cultural, en el que dicho proceso depende tanto de variables individuales, como de las relaciones interpersonales que se establecen y de los contextos socioculturales y momentos históricos en los que se envejece. Permite estudiar la articulación entre las transformaciones institucionales, la dinámica de los cambios y eventos propios de una sociedad concreta, con las trayectorias individuales de las personas que participan en esa sociedad (Lalive d’Epinay et al., Ibíd.2005).
Así, el enfoque del curso vital se muestra más integrador, (Bengtson y Allen, 1993; Bengtson, Burgess y Parott, 1997), en la medida en que posibilita la convergencia entre los procesos de análisis micro y macro (Guillemard, Ibíd.2009:2), tiene una vocación interdisciplinar y se incluyen poblaciones y personas a lo largo de un tiempo compartido. Además, una de las claves de este mirada analítica es que trata de superar el error metodológico y teórico que ha implicado considerar la vejez como una etapa aislada y como un fenómeno homogéneo (Reyes Gómez, 2005). No en vano, “se propone también identificar, describir y analizar, no sólo las percepciones y valores en torno al proceso de envejecimiento y a la pluralidad de “vejeces”, sino a las situaciones de la vida cotidiana en que tales percepciones y valores intervienen” (Martínez et al., Ibíd.2010:37). Precisamente, el que la vejez haya sido ampliamente caracterizada como un problema social, se ha visto en parte reforzado por un lenguaje y terminología que separa a las personas mayores como un colectivo totalmente diferente del resto de la población.
En el caso de la geroantropología, implica avanzar desde una visión que se centra exclusivamente en estudiar la vida de las personas mayores como si constituyeran una categoría distinta de personas, hacia un análisis del envejecimiento que pone de relieve, que las personas mayores se encuentran en relación con personas de todas las edades, y que todos estos actores sociales, que ocupan posiciones diferentes y cambiantes en múltiples entornos culturales en un período histórico de tiempo, cambian y se influyen mutuamente. Un enfoque sobre el curso vital nos ayuda a ver no sólo las posibilidades del desarrollo individual y la madurez, sino a entender el envejecimiento como un “contexto de interacciones con y entre las generaciones” (Cole y Durham, 2008), en el que el conflicto, la cooperación y el contacto pueden reconfigurar valores y redistribuir roles de vida y recursos.
Las perspectivas antropológicas de curso vital nos permiten comprender que, aunque las estructuras sociales y las prácticas parecen existir en el presente etnográfico, están arraigadas en los pasados y posibles futuros que construyen modelos culturales e identidades personales (Danely y Lynch, Ibíd.2013:7).
De todos modos, este enfoque del envejecimiento y el curso vital, aunque tiene cada vez mayor desarrollo teórico y aplicado, no es ni en la gerontología ni en la antropología, una corriente central. En el caso de la primera se sitúa, como venimos exponiendo, desde una posición crítica y, en el caso de la segunda, es un planteamiento innovador dentro de la geroantropología –tal como avanzamos en la Introducción‐. Ya Butler enfatizaba en 2008 la necesidad de crear un nuevo paradigma de investigación en gerontología centrado en el curso vital, que permitiera mejorar nuestra comprensión tanto de las transformaciones provocadas por los cambios globales y locales en la longevidad y en las relaciones intergeneracionales, como en la aparición resultante de cambios en las identidades y las trayectorias a lo largo de la vida. Uno de los desafíos de la gerontología actual será analizar el curso vital “como un largo recorrido caracterizado por la ruptura de las normas tradicionales de edad y sexo, en una sociedad para la que la edad es algo cada vez más irrelevante” (Freixas, Ibíd.2013:33). En mi opinión, éste es el contexto en el que
tenemos que pensar el envejecimiento, para ofrecer luz sobre las maneras en que las personas reflexionan sobre su pasado, su presente e imaginan su futuro.
Voy a destacar los ejes básicos en los que se centra esta perspectiva que analiza el envejecimiento desde una perspectiva del curso vital y que son centrales para mi tesis doctoral:
En los seres humanos a medida que se envejece la intervaribilidad y la intravariabiliad aumentan dado que se trata de un proceso multidimensional. De ahí que podamos afirmar que existen tantas formas de envejecer como personas (intervariabilidad). Esta plasticidad está condicionada por múltiples factores individuales, ambientales, sociales, históricos, etc., lo que pone el acento en el aumento de las diferencias individuales y la heterogeneidad en el envejecer. Y, además, cada curso vital individual implica tanto estabilidad como cambio (intravariablidad). Los procesos de cambio no afectan por igual, ni en el mismo momento a todas las dimensiones de cada persona. Así, mientras que en algunas dimensiones se pueden observar cambios positivos en un momento de la vida, simultáneamente en otras pueden darse procesos de cambio negativo o pueden permanecer estables. Una persona mayor, por ejemplo, puede experimentar declives en su capacidad para memorizar información nueva, y al mismo tiempo, incrementar su resiliencia para afrontar situaciones difíciles de la vida cotidiana dada su mayor experiencia y serenidad16.
El envejecimiento y el desarrollo17
han de entenderse como procesos simultáneos y permanentes a lo largo de toda la vida. Desde esta perspectiva, el envejecimiento no es sinónimo de declive sino de crecimiento y desarrollo, y la edad no es sinónimo de patología sino de cambio a lo largo de los años. El importante estudio longitudinal de Baltimore18 demuestra que a lo largo de la vida se pierden neuronas de manera continua, sin embargo, las 16
Tal como exponemos más extensamente en el apartado en el que analizamos el Paradigma del envejecimiento activo, 4.1.2.2.
17
El desarrollo entendido como: -crecimiento (o mejora en los niveles de funcionamiento); - mantenimiento del funcionamiento; -y la regulación de la pérdida.
18
Shock, N. W., Greulichich, R. C. y otros, Normal human aging. The Baltimore Longitudinal Study of Aging. Washington, D.C., NIH Publication, 1991, págs. 84-250.
células que permanecen siguen con un vigoroso crecimiento, estableciendo nuevas interconexiones, con lo que se contribuye a preservar las capacidades cognitivas. En la misma investigación se comprueba que, a pesar de las pérdidas físicas que se pueden experimentar al envejecer, nuestro cuerpo es sorprendentemente resistente. Por tanto, tenemos la capacidad de desarrollarnos y adaptarnos –incluso en áreas como las cerebrales– hasta el fin de nuestra existencia. Carolyn Heilbrun (1997) también incide en la necesidad de ver el envejecimiento más como una ganancia que como una pérdida. Al igual que Jane Fonda19 que ofrece una visión del envejecimiento como “el ascenso por una escalera”, en lugar de considerar que “el curso evolutivo humano sigue una trayectoria en forma de U invertida: unas primeras etapas de crecimiento y mejora, seguidas de una fase más o menos prolongada de estabilidad para, en las últimas décadas de la vida, acabar con un periodo de declive y pérdida” (Villar, 2005:3). Mientras se siga analizando el envejecimiento sólo desde la perspectiva de la pérdida, la edad será siempre un problema (Freixas, Ibíd.2013:61). Por eso, desde este punto de vista, es un error concebir la vejez como sólo pérdida y todo el curso de la vida anterior como sólo crecimiento. Especialmente esto es así, durante la “segunda adultez”20, descrita por Erickson y Bateson, como un período
claramente de crecimiento más que de descenso. Un período en el que además se vuelven a poner en juego algunas de las fortalezas desarrolladas en las etapas más tempranas de la vida y que permiten afrontar de manera eficaz la vejez. Por ejemplo, “el desarrollo de la voluntad”, que Erickson relaciona con el período anal de Freud, se reinvoca en personas mayores que quieren seguir disfrutando de sus libertades –como puede ser conducir o vivir solo/a‐, y la fortaleza que Erickson llama “confianza” ‐desarrollada en la primera etapa de la infancia cuando el recién nacido es totalmente dependiente‐, es esencial cuando el posible declinar de la salud en las edades
19
Jane Fonda conferencia “El tercer acto de la vida”. http://www.youtube.com/watch?v=oFgiW1D3Qqs.
20
Ver apartado 3.1 de esta tesis en el que explico que la “segunda adultez” es una nueva etapa de la vida, surgida del aumento de la longevidad humana, que comienza cuando uno o más de los proyectos generativos importantes de la adultez llegan a su final –un ejemplo puede ser la jubilación-, y termina cuando complicaciones en el estado de salud comienzan a afectar seriamente la participación.
más avanzadas hace necesario aceptar la ayuda de otras personas (Bateson, 2013:38).
El envejecimiento es un proceso dinámico y contextual influido por múltiples factores que conforman “una suerte de ecología social en la que resultan determinantes la ubicación estructural, la construcción social de los significados y las conexiones entre el individuo y lo social, así como los procesos dialécticos e interactivos que se ponen en juego a la hora de pensar los cursos vitales” (Iacub, Ibíd.2011:47). De manera que el enfoque del curso vital no trata tanto de analizar los cambios que experimenta cada persona a lo largo de su vida, como de entender esos cambios como un fenómeno intrínsecamente vinculado a un entorno socio‐histórico que también está en constante transformación y que influye sobre las trayectorias vitales individuales. La perspectiva del curso vital puede ser utilizado en las ciencias sociales en general, y concretamente en la geroantropología y en la gerontología, para reconocer que las cuestiones sobre el envejecimiento se supeditan a la idea de que las transiciones y las transformaciones que ocurren, incluso en el nivel más íntimo del cuerpo, están vinculadas a un contexto sociocultural más amplio (Danely y Lynch, Ibíd.2013:8). Como nos recuerdan Dannefer y Settersten, la perspectiva del curso vital ofrece a la gerontología social la posibilidad de comprender mucho mejor el impacto del cambio social en el envejecimiento humano. Por ejemplo, la magnitud y la rapidez de los cambios en el siglo XX significaron que los que nacieron en las primeras décadas eran muy diferentes de aquellos que nacieron una década o dos antes o después. Tanto en los Estados Unidos como en Europa, las cohortes sucesivas tuvieron mejor respuesta en test de conocimiento o test cognitivos debido a mejoras en el nivel educativo, mejor salud física debido a mejoras en nutrición y atención sanitaria, el matrimonio y la formación de una familia fue promovida a dinámicas relacionadas con la guerra y el servicio militar; y el crecimiento económico de postguerra y el crecimiento de la industria abrieron nuevas oportunidades de trabajo (Ibíd.2010:12). De esta manera, los/as antropólogos/as y gerontólogos/as que trabajamos con este enfoque del curso vital, no sólo reconocemos el valor de ver el
envejecimiento como un proceso dinámico, y a las personas mayores como importantes actores sociales en la configuración de su vida, sino que también vemos cuestiones fundamentales concernientes al envejecimiento y la cultura que abren caminos de investigación que enriquecen nuestra comprensión de la sociedad en general. Este es un avance conceptual importante porque deja claro el hecho de que los patrones de envejecimiento durante el curso vital no pueden ser simplemente entendidos a nivel individual, sino que también deben incluir el análisis de la estructura social y de las propiedades genéricas de las cohortes (Ibíd.:13), que ponen en evidencia que la variabilidad entre las personas mayores, se debe en mayor medida a factores como la clase social, los patrones de género, el acceso a los recursos y los cambios socioeconómicos.
El curso vital está modelado por transiciones y trayectorias relacionadas con la noción de edad. Pero, entendiendo la edad como una construcción social que define los modos adecuados o normativos que se establecen para vivir cada etapa de la vida, los roles y las transiciones en las etapas vitales en cada sociedad y momento histórico. De hecho, lo que se considera el comportamiento apropiado a la edad es histórica y socialmente variable y la propia conciencia de la edad es construida social y culturalmente. La edad apropiada, por lo tanto, no es una característica del individuo, sino de la estructura social. (Dannefer and Settersten, Ibíd.2010:10). Y dada su construcción sociocultural, es evidente que experimenta cambios importantes que afectan de igual manera a las trayectorias vitales. Un ejemplo, son los cambios que se dan actualmente entre la formación, el trabajo y la jubilación, abriéndose a una mayor flexibilidad (Guillemard, Ibíd.2009:16), o la gran diversidad de formas familiares posibles en la edad adulta algo no contemplado hace tan sólo unas décadas, cuando únicamente era aceptable una sola forma de familia. Por tanto, “la cultura no sólo proporciona normas y límites al desarrollo, facilitando ciertos cursos evolutivos y dificultando otros. También ofrece instrumentos y posibilidades que nos permiten ampliar nuestro horizonte evolutivo, nuestra potencialidad como seres humanos compensado o superando ciertas restricciones biológicas. De esta manera, los
límites y las trayectorias posibles del desarrollo humano están constantemente abiertas a discusión y son renegociadas culturalmente generación tras generación” (Villar, Ibíd.2005:10). El enfoque del curso vital ha puesto de manifiesto una correspondencia entre el envejecimiento, el momento de los acontecimientos significativos del curso vital y las formas en que los grupos sociales redistribuyen estatus, roles y obligaciones. Y aunque estos procesos operan de acuerdo con las estructuras temporales de la edad cronológica, la investigación geroantropológica desde el curso vital ha revelado que las transiciones en el curso de la vida individual y las transformaciones sociales e históricas en el curso vital están afectadas por una serie de factores adicionales, de manera que las experiencias individuales del envejecimiento físico y corporal se sitúan dentro de narrativas culturales e históricas que implican, además de la edad, otros factores tan importantes como la salud o el género (Sokolovsky, 2009; Bateson, 2010).
Con el aumento de la longevidad y los cambios sociales que ello implica, los modelos contextuales son los más apropiados para estudiar las trayectorias vitales, dado que estas son cada vez más atípicas. Sobre todo, hay tres tipos de factores que influyen en los cursos vitales: las expectativas sociales relacionadas con la edad, las influencias históricas y los acontecimientos personales únicos. Y tal como plantean Danely y Lynch, los estudios etnográficos de las transiciones y las transformaciones formulan preguntas antropológicas analíticamente importantes: ¿cómo influye la longevidad en la identidad personal y en las relaciones sociales? ¿Cómo los pasados culturales y los futuros pronosticados están condicionados por la evolución de la composición por edades de la familia y la comunidad? ¿Cómo responden las instituciones sociales y culturales que organizan el trabajo, el poder político y el cuidado ante los cambios demográficos, y cómo afecta la globalización a esas respuestas? ¿Los cambios que experimentamos al envejecer cambian quiénes podemos llegar a ser? ¿Cómo afectan estos cambios a algunas formas de cohesión social y crean oportunidades para nuevas formas de socialización? (Ibíd.2013:8). Un objetivo clave de la geroantropología es
comprender a individuos y grupos sobre la continuidad y el cambio socio‐ históricos en las diferentes culturas y al interior de las mismas. Cuando este proceso dinámico se ata demasiado a etapas funcionales del desarrollo y a las edades cronológicas, el concepto del curso vital pierde su capacidad de seguir siendo relevante en un mundo en permanente proceso de redefinición por las nuevas tecnologías y los modos de comunicación, la globalización económica y la posmodernidad. El envejecimiento entendido desde el curso vital es una realidad que implica interacciones continuas entre el cuerpo, la mente y la estructura social. Por lo tanto, los patrones de envejecimiento se organizan no sólo por cambios basados en el organismo, sino también son fundamentalmente dependientes de las circunstancias sociales, las oportunidades y las experiencias a lo largo de las décadas anteriores (Dannefer and Settersten, Ibíd.2010:3). En esta línea, mi tesis doctoral recoge los discursos de mujeres mayores sobre sus circunstancias personales e históricas y trata su curso vital con un sentido de proceso inacabado, creativo y heterogéneo.
En definitiva, considero que desde que las ciencias sociales, especialmente en este caso concreto la geroantropología y la gerontología, han comenzado a estudiar los patrones emergentes del envejecimiento y los cambios en la normativización del curso vital en etapas evolutiva y estructuralmente diferentes, han ofrecido una visión que permite cuestionar la vejez como un problema social y como una etapa aislada del resto de las etapas vitales y de las transiciones biográficas y las transformaciones socio‐históricas y culturales. Aportan además un marco teórico que permite avanzar de un modelo de deficiencia a otro que enfatiza el desarrollo a lo largo de la vida. Cuando el envejecimiento se entiende como parte del proceso creativo del curso vital, los años añadidos a la vida gracias al incremento de la longevidad, son efectivamente años que forman parte de un continuum (Bateson, Ibíd.2013:38). La perspectiva del curso vital me ha ofrecido la posibilidad de visibilizar cómo las experiencias vitales individuales, que están influenciadas por las relaciones familiares, sociales y los contextos socioculturales en los que cada persona vive, moldean poderosamente el envejecimiento individual. Además, me ha dado claves
para deconstruir el concepto naturalizado de edad, –como exponemos extensamente en el capítulo 5 de esta tesis‐ para entenderlo no sólo como una característica individual, sino principalmente como una propiedad de la estructura social, separada de la biología. Naturalización que se produce desde el momento en que la edad se convierte en un organizador central de la sociedad, y se genera una fuerte sensación normativa de “la conducta apropiada a la edad” o “la conciencia de edad” (Chudacoff, 1989), las creencias y prácticas culturales apropiadas a la edad normativa. Cuando un fenómeno que es social en origen, es asumido en cambio como un aspecto de la naturaleza humana, ‐en este caso la edad‐ requiere ser deconstruido desde las ciencias sociales. Y no porque le restemos importancia a los procesos biológicos, sino porque en realidad dichos procesos están moldeados definidos por el contexto sociocultural (Dannefer and Settersten, Ibíd.2010:4). Y porque la conciencia de edad –una característica sociocultural que es distintiva del envejecimiento biológico de las personas‐ tiene un efecto en cómo se envejece, porque define las ideas sobre cuál es el envejecimiento apropiado a través de la producción de normas de edad.
En conclusión, es necesario aplicar una perspectiva del curso vital en la investigación del envejecimiento, en las políticas públicas y en las prácticas profesionales. La perspectiva del curso vital visibiliza la diversidad entre las personas mayores, y muestra que dicha heterogeneidad es el producto tanto de experiencias de vida individuales como de dinámicas sociales, ya que la edad está normativizada y, aunque es importante en todas las sociedades, éstas varían drásticamente en la forma en que definen la edad y los significados que se asocian a ella. Así, venimos de una historia reciente en la que se ha producido una institucionalización del curso vital desde finales del siglo XIX y todo el siglo XX, y un aumento de la “conciencia de la edad”. Pero actualmente se está avanzando hacia una desinstitucionalización del curso vital, lo que está permitiendo una reinterpretación más positiva del envejecimiento, que cuestiona los estereotipos negativos que lo definen y que pone en valor las potencialidades de las personas mayores, y de las personas de cualquier edad, de repensar las posibilidades de sus vidas en términos que están menos