III. Los jóvenes como objeto de estudio en el contexto de la construcción de
3.3 El binomio identidad-juventud en la modernidad
La construcción del proceso identitario en los jóvenes tiene que ver con una amplia gama de elementos que son fuente de su configuración. Las reglas sociales e institucionales condicionan o restringen la adquisición de las características individuales de los jóvenes. Tras este proceso se encuentra el tema del conflicto. En el sentido de que el conflicto es un artificio mediante el cual la conciencia se moviliza. Bajo esta perspectiva los márgenes y los límites son espacios de acción que
los jóvenes construyen y re-construyen durante su trayectoria cotidiana. Para objetivar los espacios de acción y la significación del mundo, el sujeto joven echa mano de diversos medios en constante redefinición. Las dinámicas de las sociedades actuales configuran nuevas dificultades para desempeñar el rol de joven, al respecto Michael Brater apunta que:
Ser joven en la actualidad no se ha vuelto precisamente más sencillo, antes bien, en esta época de la vida, todos los riesgos y sobreexigencias del proceso de individualización se anudan como a través de un vidrio ustorio. Pero existe, al mismo tiempo, una presión extrema de decisión, en la medida en que aquella identidad del yo no está aún presente, sino que debe ser formada en una etapa de la vida (Brater, 1997:140).
La configuración del yo, el encuentro del sí mismo, es la tarea central de la edad juvenil bajo las condiciones de individualización contemporánea. Lo cual está lejos de la idea de internalización flexible de normas, porque más bien se trata de la formación del propio yo vinculada a las nociones de acción, reflexividad, orientación, individualidad, creación, subjetividad, elección. Según José Manuel Valenzuela “los jóvenes definen sus identidades por sus propias experiencias cotidianas, por sus acciones grupales y las distancias existentes entre su realidad cotidiana y los satisfactores posibles” (Valenzuela en Brito, 2002: 55). Lo cual resulta en un sujeto que se reconoce con rasgos particulares y diferenciados, al mismo tiempo que se identifica y se incorpora a grupos. En el contexto actual, la constitución de la identidad del yo en los sujetos es el resultado de una variedad de procesos paralelos, contrapuestos y relacionados, donde cada quien toma posición respecto a un estilo de vida y tiene la oportunidad de elección de acuerdo a los recursos sociales, culturales, económicos y políticos de los cuales dispone para tal efecto.
En este sentido, el mismo Valenzuela destaca que las identidades son históricas, situacionales, representadas, de adscripción simbólica, relacionales, cambiantes, construidas dentro de relaciones de poder y transitorias. Al final, la apuesta es dar a la propia vida una configuración personal e inconfundible.27 De esta manera es pertinente tomar precauciones al etiquetar a los jóvenes por estilos. Pues
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En términos de Michael Brater “cada joven tienen que construir su propia e inconfundible biografía; ya no como postulado idealista, sino como exigencia cotidiana y social bajo el signo de la individualización epocal. Es necesario que aprenda a configurar su propia vida como un proceso abierto” (Brater; 1997:148).
aunque éstos marcan aspectos culturales e históricos que rebasan las segmentaciones por clase, de ninguna manera definen absolutamente a los sujetos jóvenes.
Cabe mencionar que los estilos de los jóvenes expresan mucho de su forma de ver el mundo, seguido de las redes de relaciones como elemento fundamental de demarcación. Pero no son lo único que se puede decir de ellos. El ejemplo es que, según Valenzuela, los jóvenes en la construcción de su identidad encuentren dos puntos, en apariencia dicotomizados, de referencia en la realidad. El primero es la moda o las modas. Las cuales, siguiendo a este autor, “corresponden a estilos y expresiones derivadas de la industria cultural y carentes de demandas propias”. Las segundas, los movimientos. Estos se “manifiestan en forma de diversas demandas emanadas de la especificidad de las condiciones de la vida de aquellos que, reconociéndose como jóvenes, reaccionan frente a su situación” (Valenzuela, 1991: 197). Pero ni las modas ni los movimientos son elementos unívocos en la configuración de la identidad. Ahí es donde opera la subjetividad y la readaptación ya sea de las modas, de movimientos o cualquier componente externo.
Pueden jóvenes de un mismo movimiento o “tribu”, en términos de Maffesoli, organizar su vida desde muy diferentes centros de significación y, por ende, construir su propia biografía desde distintos puntos. Lo cual es señal de que la pertenencia a un ámbito no es definitiva para la definición del sí mismo.
¿Qué es exactamente la identidad del yo? Dado que el yo es un fenómeno un tanto informe, la identidad del yo no puede referirse meramente a su persistencia a lo largo del tiempo, en el sentido que darían los filósofos a la ‘identidad’ de los objetos o las cosas. La identidad del yo, a diferencia del yo en cuanto fenómeno genérico, supone conciencia refleja (…) La identidad del yo n o es un rasgo distintivo, ni siquiera una colección de rasgos poseídos por el individuo. Es el yo entendido reflexivamente por la persona en función de su biografía (Giddens, 1997: 75).
En la modernidad, la edad juvenil ya no es sólo “recuperar” el mundo en lo consciente, sino, al mismo tiempo, la creación y significación individual de realidad social y creatividad para generar la propia biografía. En la sociedad moderna se han multiplicado las concepciones de lo “joven”, de la “juventud” y de los “jóvenes”. En las circunstancias de la sociedad contemporánea, “la edad juvenil se convierte en un proceso abierto desde el punto de vista evolutivo” (Brater; 1997:138). Según Sichtermann:
[…] los hijos de la libertad se ven confrontados a un mundo que ya no se divide en dos campos, sino que ostenta una cantidad inabarcable de líneas de ruptura, de saltos y de abismos, entre los cuales nadie sabe ya muy bien cómo orientarse. El futuro se ha vuelto pluridimensional, los modelos explicativos de los mayores ya no se
sostienen (…) Existen muchos más enigmas que soluciones y, si nos fijamos bien, las propias soluciones se revelan como costales repletos de enigmas (Sichtermann en: Beck, 1997:16).
Más allá de las posturas apocalípticas, es necesario reconocer que si bien es cierto que la realidad en las sociedades actuales implica riesgos e incertidumbre, también es cierto que podemos contar con que la identidad del yo en la modernidad se alimenta de libertad, se torna flexible, supone tolerancia y diversidad. La fragmentación de varios universos simbólicos que pueden orientar las identidades son irreductibles. El mundo es una colección infinita de posibilidades. Las identidades son constantes oscilaciones. En términos de Bauman “la movilidad y la flexibilidad de identificación que caracterizan a la vida del tipo ‘salir de compras’ no son vehículos de emancipación sino más bien instrumentos de redistribución de libertades” (Bauman: 2000: 97). En definitiva la identidad no es ni estable ni estabilizadora. Ante esta realidad se puede ser optimista o pesimista pero no importe por cual actitud se opte, el proceso de construcción de la identidad permite al sujeto reconocerse en su mismidad.
Ahora bien, debido a las dinámicas de las sociedades actuales y la hiperfragmentación de los grandes procesos globales, se espera que el individuo contemporáneo, particularmente el joven occidental, se encuentre en una permanente crisis de identidad. De hecho, por la confluencia de lo macro en lo micro la constitución de la identidad del yo resulta, sin duda, un ejercicio complejo y arduo. Pues la multiplicidad de opciones, las modas, los medios de comunicación, la influencia de la familia, amigos, pareja, religión, la educación y los recursos de los que dispone cada individuo para la configuración del yo complejizan la tarea. Normalmente el sujeto hace coincidir sus múltiples facetas y aspectos en su tarea de integrar la identidad de su yo. Lo cual es viable hasta que se hacen evidentes las contradicciones estructurales de la persona. Sin embargo, no hay mejor opción que experimentar, asumiendo de ante mano, el riesgo que implica decidir.