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El camino del perdón

In document Paul Ferrini (página 74-77)

He elegido el camino del perdón porque solo este deshace el candado que pone el tiempo sobre la herida. Cuando no hay tiempo, no hay herida.

Suelta el pasado y no habrá agravios. Es sencillo, ¿verdad? El tiempo hace que la herida parezca real. Hace que la muerte parezca real. Hace que todos los cambios que ocurren en tu vida parezcan reales. Sin embargo, ninguno de ellos es real.

Si por un solo instante pudieras estar sin tiempo —y te aseguro que puedes hacerlo— entenderías tu salvación. En ese momento sin tiempo, nada de lo que has dicho o hecho significa cosa alguna. En ese momento no hay nada que poseer: ningún pasado, ningún futuro, ninguna identidad. Solo existe ese momento de puro ser, de no separación, de no juzgar.

Este es el momento que habitas continuamente sin saberlo. Imagínate: ¡Ya estás en el cielo y no lo sabes!

Estás en el cielo, pero el cielo no es aceptable para ti. El cielo no apoya tu ego, tus maquinaciones y tus sueños. El cielo no apoya tus luchas por el poder, tus lecciones, ni tan siquiera tu proceso de perdón.

En el cielo no hay necesidad de perdón. «¿Por qué no?», preguntarás. ¡Porque en el cielo nadie es culpable! Nadie que more en el momento presente ha cometido crimen alguno o ha tenido algún pensamiento erróneo.

El cielo no apoya tu telenovela de crimen y castigo. No apoya tu telenovela de pecado y salvación. En el cielo no hay nada que necesite ser corregido.

En este momento, tampoco hay nada que necesite ser arreglado. Recuerda esto y estarás en el reino. Crees que logras ir al cielo «siendo bueno». Sin embargo, no hay dos de vosotros que podáis poneros de acuerdo sobre qué significa ser «bueno». ¿Puede sorprendernos que el mapa del camino al cielo sea bastante retorcido?

Algunos de vosotros tenéis una actitud más esclarecida. Creéis que no hay problema si cometisteis algún error, pero que tenéis que ser salvados de vuestro pecado. Tenéis que rechazar vuestros antiguos hábitos y entender ¡que yo no morí por vuestros pecados!

Eso, amigos míos, es un puro sinsentido.

¿Por qué, os pregunto, habría de morir yo por vuestros pecados? ¡Yo no los cometí! Parece que creéis que yo soy un tipo magnánimo. Soy tan «bueno» que puedo absorber todos vuestros pecados sin ser afectado por ellos. Y entonces todos estamos bien, ¿no es así?

Sí, pero, ¿lo estamos realmente? Ahora crees que tu salvación depende de mí. ¿Y qué pasa si no cumplo? ¿Me vas a crucificar otra vez? ¿O tal vez te vas a quitar tu propia vida? ¿Es así como demuestras que todo está bien?

En realidad estoy diciendo algo un poco diferente. Sí, todo está bien, pero no en algún futuro distante o mediante algún acto de fe por tu parte. Todo está bien ahora mismo, sin que tengas que arreglarlo, y sin necesidad de que yo lo arregle.

Si quieres entender esto, tienes que practicar el proceso del perdón. Cuando pienses que algo o alguien está equivocado, perdónate a ti mismo por tener ese pensamiento. Cuando creas que estás equivocado, perdónate a ti mismo por tener ese pensamiento. Dite a ti mismo: «Parece que esto está mal, pero, ¿qué sé yo? Probablemente tengo algo que ver aquí que no quiero ver. Por eso creo que está mal,

porque no quiero verlo.»

Estate dispuesto a mirar las cosas que condenarías. Esa es la manera más rápida de desmantelar la culpa.

Cualquier cosa que creas que está mal simplemente te muestra lo que crees que está mal en ti. Eso es tu culpabilidad, hermano. Es mejor que la veas, de lo contrario seguirá controlando tu vida.

Cesa en tu intento de hacer que las ilusiones sean verdad. Cesa en tu intento de justificar tus juicios. Eso solamente profundizará tu convicción de que estás separado de los demás.

Sé valiente. Corre un verdadero riesgo. Date cuenta de que lo único que te molesta es tu culpabilidad. Mira todo lo que te molesta y perdónate por habértelo tomado tan en serio. Solo una persona culpable se hubiera tomado cualquier cosa en tu mundo demente con tanta seriedad.

En tu camino solo tienes que perdonar a una persona, y esa persona eres tú. Tú eres el juez. Tú eres el jurado. Y tú eres el prisionero. ¡Sin duda es una trinidad impía!

Relájate, amigo mío. Todo lo que crees que hiciste a los demás no es sino una forma de autocastigo. Tú eres el que tienes que vivir con la culpa, no ellos.

Cuanto más culpable te sientas, más te fustigarás. Proyectar tu culpa sobre otra persona y fustigarle tan solo añade más culpa a la que ya llevas contigo. La única salida de este laberinto del miedo es practicar el perdón.

Perdona todo aquello que creas que está mal perdonándote a ti mismo por juzgar. Contempla todo juicio que emites con compasión hacia ti mismo y hacia la persona que estás juzgando. No justifiques tus juicios y no harás reales tus ilusiones. En el momento presente, el temor, el juicio y la expectativa se derrumban. El pasado y el futuro son traídos al ahora. Y así, solamente existe este momento y tu manera de verlo ahora. Y si lo ves con miedo, estás mirando directamente tu temor. Y si lo juzgas, ves directamente tu propio juicio. Y al perdonar tu temor y tu juicio, ellos se apartan del camino. Y no estás mirando oscuramente a través de un cristal. Te sientes cómodo con lo que es.

¡El perdón es el camino porque suelta la presa que ejerce el tiempo sobre la herida! Donde no hay tiempo, no hay herida.

No eres culpable de ningún pecado, hermano mío. Pero crees serlo. Y mientras lo creas, necesitarás el perdón. Esa es la única salida de esta ilusión autoimpuesta.

Crees erróneamente que puedes herir a otro y que ese otro te puede herir a ti. Estos son los pensamientos que hacen funcionar tu mundo. Y, así, has venido aquí para ver todos los efectos de tus creencias y reconocer, por fin, que no son verdad.

Si uno solo de vosotros pudiera ser herido, si tu plenitud pudiera verse comprometida o pudiera ser dañada por el sufrimiento o la muerte, entonces tu mundo estaría fuera del alcance del cielo, y todos tus pensamientos asesinos correrían desenfrenados por toda la eternidad. El tuyo sería un mundo oscuro e irredimible.

Sé que, en ocasiones, parece como si lo anterior fuera verdad. Pero no es verdad ahora, ni tampoco ha sido verdad jamás, ni siquiera en los tiempos más oscuros. Tu mundo, tu vida, tus pensamientos nunca han estado más allá del alcance del cielo, pues el cielo está aquí, hermano mío, y el cielo es ahora.

Ves lo que eliges ver, ya que toda percepción es una elección. Y cuando ceses de imponer tus significados sobre lo que ves, se abrirán tus ojos espirituales y verás un mundo libre de juicios, brillando en su interminable belleza.

brillantes. Desde allí contemplarás la tierra allá abajo, como yo lo hago ahora, y dirás con compasión: «Allí también caminé yo, cuando tenía miedo, y aprendí a atravesar todos mis temores. Es un lugar sagrado, un lugar donde todo enemigo se convirtió en amigo, y todo amigo en un hermano y un maestro. Una TIERRA SANTA, donde el sueño de muerte y separación llegó a su fin. Me siento privilegiado de haber

emprendido el viaje y feliz de estar por fin en casa».

Entonces sabrás que no tenías que haber emprendido el viaje para ser salvado. Podías haberte quedado en casa, sin mácula alguna en tu inocencia. Pero si no hubieras hecho el viaje, no habrías conocido tu inocencia como la conozco yo, y como la conoce nuestro Padre/Madre.

Un ángel que no ha caído de la gracia no puede jamás ser un co-creador con Dios, pues no es capaz de crear conscientemente. Para crear conscientemente debes entender tu creación. Y para entender tu creación, tienes que unirte a los ángeles caídos y experimentar su viaje.

Esto es lo que has hecho, amigo mío. De modo que bienvenido a casa. Tu viaje a través del pecado y de la muerte te ha dejado inmaculado y exuberante.

¡Aleluya! Lucifer ha sido redimido. El hijo pródigo ha vuelto a casa. Todos los ángeles del cielo se regocijan. Y aquellos que emprendieron este viaje por sí mismos también derraman lágrimas de alegría.

In document Paul Ferrini (página 74-77)