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Llegar al final del hacer

In document Paul Ferrini (página 72-74)

Cuanto más trates de hacer en tu vida, más intenso será tu miedo a la muerte, pues la muerte es el fin del hacer. Es el fin del pensar y del reaccionar emocional-mente a los pensamientos y acciones de los demás. La muerte es el final de la separación… el final del cuerpo, el final de la mente condicionada.

Cuando se va más allá del cuerpo, no hay mente que piense, no hay mente que trame, o sueñe, o planee, pero la comunicación es instantánea. ¿Por qué es así?

La naturaleza de la mente es ilimitada. No se reduce al tiempo o al espacio. Va más allá de toda frontera.

Solo experimentas esa porción de la mente que tú, individual y colectivamente, has limitado para que encaje con tu experiencia. Sin embargo, hay otros aspectos de la mente que operan más allá de tu entendimiento y conciencia.

La muerte representa el final de la mente subjetiva y separada. Representa el final de la comunicación tal como tú la conoces, pues tu experiencia de la comunicación ocurre entre dos mentes separadas y privadas. Esta experiencia de comunicación es ilusoria, es decir, es una descripción extremadamente limitada de una experiencia que no tiene límites.

Quienes han estado cerca de la muerte saben que hay una realidad que está más allá de los límites de la percepción.

En ese mundo la comunicación es espontánea y omniincluyente. En otras palabras, no hay nadie que no sepa lo que estás pensando, y eso no te molesta, porque tú también sabes lo que están pensando los demás.

Como no hay pensamientos privados, cada pensamiento limitado es corregido inmediatamente por otro menos limitado. Dado que tu sentido del yo tiende a ser definido por el pensamiento, hay una sensación de que el «yo» está expandiéndose constantemente, a medida que el pensamiento se expande más allá de sus límites.

Lo interesante es que, ahora mismo, sin pugna o esfuerzo consciente, estás en comunión con el ser ilimitado. Tu cuerpo está bañado en luz. Tu corazón es capaz de recibir amor incondicional y tu mente es capaz de aprehender la verdad directamente. Todo esto es posible si guardas silencio y estás dispuesto a experimentarlo.

Una vez que dejes el cuerpo, no tendrás opción. Estarás experimentándolo, tanto si estás listo como si no. Si te resistes a la experiencia, gravitarás hacia otro cuerpo limitado que te ofrecerá una experiencia para evolucionar hacia la verdad. Si estás preparado para la experiencia de amor incondicional, traspasarás todo temor que hayas tenido alguna vez, cada límite que te hayas impuesto, e irás a un lugar que está más allá del miedo o de los límites. Ése es el lugar al que tú llamas Cielo.

Ir al Cielo, finalizar el ciclo de nacimiento y muerte, entrar en el Nirvana, trascender el karma, ir más allá de la mente condicionada… todas estas frases significan lo mismo. Esta es la meta final del viaje de la conciencia. Todos llegarán. Todos alcanzarán finalmente la maestría.

Todas las formas de práctica espiritual existen únicamente para ayudarte a ahorrar tiempo. Te invitan a vivir la experiencia del amor incondicional y de la gracia aquí y ahora. Te invitan a dejar de hacer, a dejar de pensar, a dejar de maquinar y de soñar. Te invitan a entrar en comunión silenciosa contigo

mismo. Te invitan a ver cada pensamiento y acción de tu hermano hacia ti como un espejo de tus propios pensamientos acerca de ti mismo.

Simplifican la complejidad de la vida a un solo pensamiento, un solo aliento, una sola acción. Te dicen que cada suceso, cada relación, cada gesto del corazón o de la mente es un vehículo de la conciencia de Dios.

Deshazte de todo dogma y ritual vacío, y llegarás al núcleo de la experiencia espiritual, la invitación esencial a la adoración. Está allí en todas las tradiciones.

De hecho, está dentro de tu corazón y de tu mente: el llamado a la paz, a la alegría, a la felicidad. Responder a esta llamada es entrar en el sendero. No importa cómo lo llames. No importa cómo lo expreses. El camino del dar se abrirá ante ti. Y tal como des, así recibirás de los demás.

El sendero tiene su propia y sencilla belleza, su propio misterio. Nunca es lo que tú crees. Sin embargo nunca está más allá de tu capacidad de intuir el siguiente paso.

La espiritualidad auténtica no es lineal. No es prescriptiva. No puede decirte «haz esto y haz aquello, y sucederá tal y cual cosa».

Lo que se haga tiene que venir desde la profundidad interna. Tiene que ser fresco, claro y estar centrado en el corazón. Tiene que hacerse espontáneamente.

Si hay algún residuo del pasado, si hay algún temor, faltará confianza y el milagro no ocurrirá. Todo pensamiento que esté libre de temor, toda acción que esté libre de la compulsión de «hacer», de «salvar», o de «curar» es milagrosa por naturaleza. Está libre de las leyes del tiempo y del espacio, aunque opera con eficacia espontánea dentro de ellos.

¿Por qué es esto cierto? Porque no es ensayado. Porque no viene de la mente condicionada. Porque es espontáneo y confía completamente. Un pensamiento o acción así es una oración viviente. No puede ser anticipada ni repetida. No es producto del aprendizaje. Es un resultado de tu comunión viviente con la mente no condicionada.

Profundamente enterrada en tu psique está la llamada a despertar. No suena como ninguna otra llamada. Si estás escuchando a otros, no escucharás la llamada.

Pero, en cuanto la escuches, reconocerás que otros también la oyen, a su manera. Y podrás unirte a ellos para daros apoyo mutuo. Bendiciéndoles, te bendices a ti mismo. Dándoles libertad para recorrer su propio sendero, te liberarás para recorrer el tuyo.

No hay competencia alguna. No hay avaricia. Pues no hay nada que «conseguir», nada que «lograr». Todo está allí para tomarlo y para poder darlo. Y en cada regalo que se da, sea tuyo o de otro, está contenido el milagro.

In document Paul Ferrini (página 72-74)