La oposición entre los discípulos de Jerusalén, fieles observantes de la Ley judía, y San Pablo, que la proclamaba superada y caduca, no sólo tenía un carácter doctrinal. Tocaba también el problema práctico de la misión con los gentiles. Pablo podía admitir que un judío de nacimiento, por razones sentimentales o por simple debilidad, siguiese aceptando las prescripciones rituales. Él mismo lo hizo algunas veces, cuando el apostolado parecía exigírselo: "Con los judíos me he hecho judío para ganar a los judíos; con los que están bajo la Ley, como quien está bajo la Ley - aun sin estarlo - para ganar a los que están bajo ella" (I Cor 9,20). Pero por el contrario, no podía aceptar que se impusiese a los gentiles conversos, como condición sine qua non de su admisión en la Iglesia, la observancia judía, para lo cual debían hacerse judíos al mismo tiempo que cristianos. Pero así es como lo entendían en Jerusalén.
La actividad misionera se aisló estrictamente en Israel al principio, y todo hace suponer que, para empezar, ni siquiera pensaron en la posibilidad de hacer propaganda entre los gentiles. La consigna que Mateo (10,5-6) —el único entre los cuatro evangelistas— adjudica a Jesús, parece expresar la línea de conducta adoptada por la comunidad primitiva: "No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel". El episodio de la siro- fenicia (Marcos 7,24-30; Mateo 15,21-28), en el cual Jesús duda en
curar a la hija porque "No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos", pero cuya fe acabó por vencer sus dudas, ilustra la misma tendencia. Puede inferirse legítimamente que los jerosolimitanos entendían no admitir a los paganos más que de manera excepcional, por medidas individuales, y con las condiciones normalmente previstas para el acceso al judaísmo de los prosélitos. El episodio de la conversión de Cornelio, en el que Pedro mismo defiende el punto de vista que será el de Pablo y hace que lo admitan todos en Jerusalén, es de lo más dudoso: trata de atribuir al jefe de los Doce una medida de importancia capital para el porvenir del cristianismo; y al mismo tiempo atribuye a los dos apóstoles una identidad de ideas que no fue tan perfecta ni mucho menos.
De hecho, los primeros no-judíos convertidos al cristianismo lo fueron, según los Hechos, por griegos discípulos de Esteban. Aquí, y no en el episodio de Cornelio, tan torpemente intercalado entre dos menciones del apostolado de los griegos (8,4 y 11,19), es donde tiene que verse el principio de la misión entre los paganos. Los Doce no tienen nada que ver. Están ante un hecho consumado. Puede pensarse que si los griegos dispensaban a sus conversos de la observancia de la Ley ritual, lo hacían por razones prácticas de eficacia. Con San Pablo, el problema se eleva al plano de los principios y de la doctrina: "pues si por la ley se obtuviera la justificación, entonces hubiese muerto Cristo en vano" (Gal 2,21). Desde entonces el conflicto era fatal.
Tenemos que interrogar a Pablo mismo. Su testimonio, que además tiene el valor del juramento, contradice y permite corregir al de los Hechos (Gal 1,20).
Después de haber afirmado que no podría haber más que un Evangelio, el que él mismo había predicado a los gálatas y que poseía directamente de Jesucristo, sin intermediario humano alguno, dice Pablo que después de su conversión tardó tres años en ponerse en contacto en Jerusalén con Pedro y con Santiago. Y después no volvió hasta pasados catorce años —desde el momento de su conversión—, acompañado por Bernabé y por Tito, pagano convertido pero no circunciso. A pesar de los ardides de los 'falsos hermanos', Pablo se negó a hacer la menor concesión en sentido judaizante; y —añade él mismo— 'los notables', es decir, Santiago, Pedro y Juan, no le impusieron ninguna: "viendo que me había sido confiada la evangelización de los incircuncisos, al igual que a Pedro la de los circuncisos, ... nos tendieron la mano en señal de comunión a mí y a Bernabé: nosotros nos iríamos a los gentiles y ellos a los circuncisos" (Gal 2,7.9).
Pablo recibe, pues, una firma en blanco para la predicación entre los paganos. Los jerosolimitanos se mantienen, como en el pasado, en la misión en Israel. El problema parece así resuelto con una distribución de dominios. Pero en la realidad no lo está. Vuelve a surgir en seguida, por causa de una visita de Pedro a Antioquía. Los conversos del judaísmo, mezclados con sus hermanos gentiles, encuentran natural librarse también de la Ley ritual y, particularmente, de las prescripciones alimentarias. Era el precio de la vida de la comunidad. Porque tener prohibido comer con antiguos paganos suponía hacer imposible hasta la celebración de la eucaristía, asociada generalmente a una comida fraternal. Era crear un cisma en la joven cristiandad. Al principio, aceptó Pedro, sin dificultad, la costumbre local y comió con los gentiles. Pero después de la llegada de emisarios que Pablo designa
explícitamente como de Santiago, "se le vio recatarse y separarse por temor de los circuncisos", y su ejemplo arrastró a los otros cristianos israelitas, y aun a Bernabé. Pablo reaccionó con vigor: "me enfrenté con él cara a cara, porque era digno de reprensión".
La diferencia esbozada en los Hechos tiene una perspectiva muy distinta. En el capítulo 15 nos enteramos que unos cristianos anónimos, legados a Antioquía, desde Judea, pretendían obligar a los paganos convertidos a que se circuncidasen. Entonces, Pablo, Bernabé y otros, mandados por la comunidad, fueron a Jerusalén a consultar con los Apóstoles. Dieron cuenta de su acción misionera ante los hermanos reunidos. Unos fariseos convertidos proclaman la necesidad de imponer a los nuevos gentiles adeptos la circuncisión y toda la Ley. Pero Pedro, invocando su propio apostolado entre los gentiles —se trata, evidentemente, de la conversión de Cornelio—, proclama, en un discurso de espíritu muy paulino, la inutilidad de la Ley y la salvación por la gracia de Cristo, tanto para los judíos como para los gentiles. Interviene Santiago, a su vez, y propone una solución intermedia: no se impondrá a los paganos convertidos "más cargas que éstas indispensables: abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre, de los animales estrangulados y de la impureza." (Hechos 15,28-29). Todas estas prescripciones tienen carácter ritual, pero no moral. La prohibición de la sangre concierne a la carne de animales sacrificados de manera distinta a la indicada por las reglas mosaicas; y la impureza no se refiere a la desvergüenza sexual, sino al matrimonio entre parientes de un grado prohibido por Ley judía.
El texto de los Hechos y el de Pablo, al parecer, se refieren a un mismo episodio, que a veces las historias eclesiásticas llaman, con un término un poco ambicioso, el concilio de Jerusalén. Pero hay entre los dos algunas contradicciones evidentes. Los Hechos callan el incidente de Antioquía y la palinodia de Pedro. A este último le otorgan, junto con el título de Apóstol de los gentiles, que nunca dejó de reivindicar de manera exclusiva Pablo, una actitud invariablemente favorable a la admisión incondicional de los gentiles, haciendo de él el primer campeón de la libertad cristiana en cuanto a la Ley se refiere. Santiago, a quien Pablo denuncia, de manera apenas velada, como instigador de los ardides judaizantes en Antioquía, aparece aquí como partidario del apostolado entre los gentiles y como negándose a imponerles la circuncisión como querrían los extremistas. Pero la contradicción mayor es que según Pablo no se había puesto ninguna condición a este apostolado salvo "recordar a los pobres", es decir, llevar a Jerusalén la ayuda financiera de las comunidades del exterior, mientras que en los Hechos se le fijan condiciones muy precisas y de carácter ritual que, contra todas las apariencias, Pablo habría aceptado.
Con otras palabras, los Hechos reducen el conflicto, cargando las maniobras judaizantes a un grupo de fariseos convertidos, desautorizados por los jefes de la Iglesia de manera unánime. Como los intransigentes pretendían imponer la circuncisión, el decreto apostólico parece, por contraste, una victoria de Pablo. Pero la realidad es otra: sin negarse a sí mismo, Pablo nunca habría podido suscribir tal documento. El conflicto real es mucho más grave: rompe esa hermosa unidad del frente eclesiástico que nos describen los Hechos. Entre Pablo, decidido campeón de la libertad cristiana, y Santiago, convencido de la
necesidad de las observancias no solamente para los hermanos de raza, sino también para los paganos, aunque las reduzca a lo esencial; es decir, en definitiva, entre dos concepciones del cristianismo, Pedro duda y no acaba de decidirse.
Pretender la solución de estas contradicciones y la concordancia de los datos de los Hechos con los de la Epístola a los gálatas, sería inútil. En caso de elegir, no se dudará en seguir a Pablo, testigo ocular, más bien que al autor de los Hechos. Pero hay que tratar de explicar estas discordancias. Porque nada hay que no autorice a relegar a la categoría de mito el decreto apostólico de que nos hablan los Hechos.
La explicación más plausible es que las decisiones codificadas por el decreto, lo fueron, no en el momento en que tuvo lugar la conferencia de Jerusalén, y en presencia de Pablo, sino después de su marcha, en un momento que no se puede fijar con exactitud. ¿Cuál es la razón del cambio? Seguramente, los jerosolimitanos se dieron cuenta, después de irse él, que en la entrevista con Pablo no habían visto todos los aspectos del problema. Sólo habían contemplado la existencia de comunidades uniformes, judías, por un lado —y para éstas seguía manteniéndose la Ley—, o paganas, por el otro —y a éstas se les dispensaba de toda observancia—. Explícitamente no habían previsto el caso de las comunidades mixtas. Pablo las asimiló espontáneamente a los grupos pagano-cristianos. En Jerusalén, por el contrario, decretaron después por una decisión unilateral, que tenían que aceptar una parte de la Ley al menos.
Es probable que haya una relación entre el decreto apostólico así explicado y el incidente de Antioquía, ya sea que
haya que reconocer en "algunos del grupo de Santiago" a los portadores de la carta —y sería en tal caso la causa del incidente—, ya sea más probablemente, que fuese la carta provocada por el incidente y que así se previniese su repetición. Pero en todo caso hay una cosa que parece cierta: lejos de haber estado presente cuando la redactaron, Pablo sólo la conoció oficialmente al final de su carrera; durante su última visita a Jerusalén, según los Hechos, Santiago le informa de una novedad que visiblemente ignora: "En cuanto a los gentiles que han abrazado la fe, ya les escribimos nosotros nuestra decisión: Abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre, de animal estrangulado y de la impureza" (21,25).
Si el autor de los Hechos, aunque mal informado de las circunstancia de su promulgación, ha conservado el texto, al menos de manera aproximada, puede tenérselo por auténtico. Importa, pues, medir exactamente su significado y todo su alcance.
El mínimo de observancias rituales codificado en el decreto se identifica, en lo esencial, con los mandamientos llamados noéticos, es decir, revelados a Noé, padre de las razas humanas y destinados así a todos los hombres (Gn 9,1 y sigs.); en las costumbres rabínicas eran los estatutos de los paganos judaizantes que, sin llegar a la conversión total, sellada por la circuncisión, aceptaban la fe monoteísta y la moral del decálogo. Imponer este código a los cristianos provenientes del paganismo equivalía a hacer también de ellos unos "temerosos de Dios" o semiprosélitos; de la Iglesia de los gentiles, una simple prolongación de Israel; de sus miembros, fieles de una segunda zona en relación con los judeo-cristianos de observancia total; y de su cristianismo, una especie de judaísmo rebajado.
Para el autor de los Hechos no hay duda de que el decreto, aceptado por Pablo —él mismo, escoltado por dos fieles de Jerusalén, lo lleva a Antioquía—, fue aplicado en todas partes. Se puede inferir que en sus tiempos estaba en vigor en la mayor parte de las iglesias, incluidas las fundadas por Pablo. Sabemos, en realidad, por testimonios muy precisos, que mucho después de la época apostólica, y en regiones que no fueron alcanzadas por la primera ola misionera, seguían observándolo. A las acusaciones de antropofagia que la malignidad pagana hacía contra los cristianos, los apologistas (Minucius Félix, Octavius, 30,6; Tertuliano,
Apologética, 9), y también los mártires de la persecución de Lyón de
177 (Eusebio, Historia Eccl. 5,1) contestan: "¿Cómo podríamos comer carne humana si nos está prohibido consumir hasta la sangre de los animales" y, precisa Tertuliano, "la carne de animales ahogados o reventados"? Y el mismo Tertuliano añade que uno de los procedimientos de los paganos para tratar de que los cristianos incurrieran en apostasía, era el de ofrecerles morcillas. Se trata de testimonios relativos a la Iglesia de Occidente, donde el decreto apostólico cayó en desuso, aunque muy lentamente, porque San Agustín, a fines del siglo IV, ironiza a propósito de los fieles que se creen con la obligación de observarlo. Por el contrario, en la Iglesia Oriental, varios concilios provinciales estiman necesario en los siglos V y VI que se recuerden las prohibiciones apostólicas en materia de alimentos, que conservan su fuerza de ley. Su significado seguramente ya no es exactamente el mismo que en sus orígenes. Si nos mantenemos en la época apostólica, veremos qué muestran una huella singularmente fuerte de las normas judaicas, planteando así el problema de la importancia relativa del cristianismo paulino en la Iglesia naciente.
El lugar que Pablo ocupa en los Hechos, de cuyos 28 capítulos, 15 le están dedicados, y el que ocupan sus Epístolas en el Nuevo Testamento, llevarían a pensar que la historia de la primera misión se identifica con la de su apostolado, y que la cristiandad griega se confunde con la cristiandad paulina. No queda ninguna duda de que haya desempeñado un papel capital en la génesis de la Iglesia y que, particularmente, sea obra suya la autonomía cristiana. Si se considera la historia del cristianismo en su conjunto, la figura de Pablo es de primerísima importancia. No pueden concebirse sin él los desarrollos posteriores de la teología cristiana: no podría comprenderse ni a San Agustín ni a la Reforma, ni las más recientes manifestaciones del pensamiento católico o protestante si hacemos abstracción de Pablo. Pero si sólo contemplamos la primera generación y sus resultados inmediatos, es indispensable precaverse contra un error de apreciación posible, debido al carácter tan unilateral de nuestra documentación.
Al menos por comparación, tenemos bastantes noticias de Pablo; pero tenemos pocas de sus émulos. Si el autor de los Hechos le otorga tanto espacio es porque sin duda, quedó sorprendido por la amplitud de sus actos. Pero puede suponerse también que no sabía mucho de los otros misioneros. Si hubiesen dejado éstos cartas capaces de rivalizar con las de Pablo, seguramente se iluminarían las cosas con una luz muy distinta. Resulta característico que en comparación con las Epístolas paulinas, el Nuevo Testamento no haya conservado más que cartas de alcances teológicos mucho más modestos y, en general, apócrifas casi seguramente, aunque imputadas a los grandes nombres de la generación apostólica. Podría admitirse que no hubo en las cercanías de Pablo ninguna personalidad de una magnitud
comparable con la suya. Sería muy aventurado admitir a la vez que hizo a imagen suya toda la Iglesia de los gentiles.
El dominio propio de Pablo es Asia Menor y Grecia. Pero aquí, aún cuando él vivía, fueron enérgica y, a veces, victoriosamente combatidas sus ideas. Para convencerse basta con leer sus epístolas y particularmente las dirigidas a los corintios y a los gálatas que permiten apreciar todo el alcance del conflicto de las observancias. Pablo combate con vigor la elección de misioneros anónimos que, recién llegados de sus sedes, corrigen sus enseñanzas, predican otro evangelio que corrompe el de Cristo, y otro Jesús (Gal 1,6-17; II Cor 11,4). El contexto aclara las alusiones, a las cuales sirven de eco las palabras que atribuyen a Pablo los Hechos en el discurso de adiós a los Ancianos de la Iglesia de Éfeso (Hechos 20,29-30).
No todos los errores y los abusos que denuncia Pablo en Corinto son de carácter judaizante. Algunos traducen la supervivencia de mentalidad y concepciones paganas; por ejemplo, a propósito de la resurrección de los muertos y en materia moral. Pero cuando Pablo, aun considerando una vana observancia el hecho de abstenerse de comer las carnes inmoladas a los ídolos, admite, sin embargo, que tal vez sea necesario acatarla para no escandalizar a los débiles y a los retrasados, tenemos una concesión manifiesta según el punto de vista judeo-cristiano, tal como se expresa en el decreto apostólico (I Cor 9). En cuanto a los gálatas, la situación es aún mucho más clara: la crisis de las iglesias de esta región se debe a maniobras judaizantes. A los paganos convertidos no se pretende imponerles solamente las prescripciones alimentarias, sino la totalidad de la Ley, y particularmente la
circuncisión y la observancia de las fiestas judías (Gal 4,0; 5,2 y sigs.).
No denuncia Pablo por sus nombres a los iniciadores de este movimiento. Sin embargo, no hay duda sobre su identidad. Hay en Corinto un partido de Cefas, es decir, de Pedro (I Cor 1,12), como hay un partido de Apolos. Pero en tanto que Pablo considera a Apolos como su hijo espiritual y se indigna de que alguien pueda oponérsele (I Cor 2,3 y sigs.), observa un silencio elocuente sobre sus propias relaciones con Cefas. No es necesario suponer que Pedro fuese personalmente a Corinto. Basta con que otros, de manera más o menos legítima, hayan sido sus representantes. Las cartas de recomendación que algunos exhiben para garantizar su apostolado (II Cor 3,1) no podían provenir sino de una autoridad indiscutible, es decir, de los Doce, o de uno de ellos, de Santiago. Así se explican los esfuerzos hechos por Pablo para demostrar que su apostolado no es inferior al de los de Jerusalén. Y cuando habla, con amargura e ironía, de los 'superapóstoles' (II Cor 11,5; 12,11), se trata evidentemente de Pedro y de Santiago, a quienes en otras partes se les llama 'las columnas' (Gal 2,6-9).
Ignoramos cómo se resolvieron estas crisis. Pero podemos pensar que no lo fue precisamente por una victoria indiscutible de Pablo. Las epístolas citadas nos muestran su inquietud. Cuando volvió Pablo a Jerusalén hacia el año 58, un tanto intranquilo por la recepción que le reservaron, seguramente fue para evitar una ruptura profunda y para que le confirmaran de nuevo la legitimidad de su apostolado. Santiago obtuvo de Pablo que se comportase como un buen israelita, asociándose a los votos hechos en el Templo por cuatro judíos piadosos, y justifica así su
petición: "todos entiendan que no hay nada de lo que fueron informados acerca de ti; sino que tú también andas guardando la Ley" (Hechos 21,23 y siguientes).
El testimonio de los Hechos induce a pensar que el