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49 El conocimiento espiritual (3): belleza y contemplación

Acabo de extenderme un poco sobre la realidad carnal y sobre el conocimiento de ella que tenemos no sólo en el plano carnal que le es propio, sino también en el plano mental y, aún más allá, espiritual.Tomemos ahora la realidad en el plano mental, por ejemplo bajo la forma típica y extrema de la realidad matemática, y el conocimiento que de ella tenemos: el conocimiento de un concepto, de un enunciado, de una demostración, o de toda una teoría matemática o incluso de todo un vasto sector de la matemática. Tal conocimiento escapa

totalmente al conocimiento carnal proporcionado por los sentidos, aunque históricamente haya surgido de él y con su lenguaje a veces siga enganchando mal que bien sus intuiciones con el mundo de los objetos sensibles. Salvo esos vestigios, ese conocimiento es pues específi- camente y radicalmenteintelectual. Es del orden de lacomprensiónde cierto aspecto (llamado “matemático") de las cosas, mucho más que del de una “experiencia" de las cosas, realizada en “el mundo en que vivimos", (o creemos vivir...), el “mundo físico" de la realidad percibida por nuestros sentidos. El mundo que explora el matemático, aunque ligado de múltiples maneras (aún hoy muy mal comprendidas) al mundo físico, es un mundo puramente “mental", al que las solas facultades sensitivas no pueden darnos acceso y en el que nos son de bien poca ayuda. Por el contrario, seguramente la realidad matemática es susceptible de ser conocida no sólo en el plano “mental" o “intelectual" que le es propio, sino igualmente con una percep- ción espiritual, de orden más elevado. Así (ya he tenido ocasión de hacer alusión a ello) no dudo ni un instante de que Dios conoce toda cosa matemática que haya sido “creada" o “de- scubierta" por el hombre, y que Él la conoce, además, de manera totalmente distinta que el hombre, justamente con una visión que no es “intelectual" (al menos no en el sentido restric- tivo en que nosotros lo entendemos), sino “espiritual"196. Y el conocimiento “espiritual"

que nosotros mismos podemos tener de ella, o la “iluminación espiritual" de esa realidad que nuestro espíritu (si está suficientemente afinado) debería poder percibir, sería como un re- flejo de ese conocimiento que Dios Mismo, presente en nosotros como el Huésped invisible, tiene. ¿Cuál sería pues esa iluminación?

Ya he hecho algunas exhortaciones en ese sentido en la nota “Matemática e imponder- ables" (no 14). Al escribirla, he sido muy consciente de que el tipo de cosas que es común- mente despreciado e ignorado por mis congéneres matemáticos como “imponderables" es algo patente e irrecusable197 no sólo para Dios (que por otra parte no me ha hecho saber

196Inspirándome en la intuición de que la matemática forma parte de la naturaleza misma de Dios (no siendo

“creada" igual que Dios Mismo no es creado...), me viene a la cabeza la siguiente comparación: la diferencia entre el conocimiento que Dios tiene de las cosas matemáticas, y el que tenemos nosotros, es del mismo orden que la que hay entre el conocimiento que podemos tener de nuestra propia psique y el conocimiento que otro tenga de ella.

197Sin embargo ahora sería menos tajante que al escribir la citada nota, al afirmar que la aprehensión de esos

“imponderables" de los que hablo es un acto de conocimiento en el plano espiritual. Sin embargo me parece que es del mismo orden que la aprehensión de la belleza de las cosas (matemáticas en este caso). Lo que es seguro, si este tipo de conocimiento se sitúa por debajo del plano espiritual, es que al menos planea muy por encima del

nada al respecto...), sino también y sobre todo para mí mismo y también, sin duda, para cada uno de los pocos matemáticos en los que me reconozco198. Igualmente he pensado en el

conocimiento que tenemos, y que podemos afinar y profundizar, de la experiencia psíquica de la creación matemática, y del lugar y el sentido de ésta en nuestra vida. Ése es, como todo conocimiento auténtico de uno mismo, un conocimiento de naturaleza propiamente espiritual y no intelectual. Pero es cierto que tal conocimiento no concierne a la realidad matemática por sí misma y menos aún a tal “cosa matemática" particular que podamos apre- hender y conocer (tal concepto, tal enunciado etc.), sino más bien a la relación que nosotros mismos, en nuestra singularidad psíquica de ser pensante, sede de emociones, de deseos etc., mantenemos con ese mundo de cosas matemáticas. Una observación del mismo tipo puede repetirse para el conocimiento o la presciencia que podamos tener de las posibles aplicaciones (eventualmente nefastas) de nuestro trabajo matemático en la sociedad donde vivimos, o de su impacto sobre el ambiente y el espíritu del medio matemático del que formamos parte, o de las posibles consecuencias para éstos de nuestra propia actitud de atención o de indiferencia frente a tales cuestiones. Tal conocimiento, que implica igualmente el de ciertas responsabil- idades personales a menudo eludidas, no concierne tanto a la realidad matemática cuanto a la psique en su relación a ésta y a la sociedad.

Hecha esta reflexión, lo que finalmente creo percibir como la “dimensión espiritual" en el conocimiento de las cosas matemáticas mismas me parece consistir en la “misma" especie de “conocimiento" (o de “iluminación") que antes, cuando se trataba de la realidad carnal. Es la percepción aguda de la belleza que impregna a toda cosa matemática, aunque sea la más humilde, y que suscita en el que la descubre o la redescubre, o que sólo se la encuentra en su camino como a una vieja amiga, las disposiciones de muda ternura y de admiración del amante. Es en esa ternura y en esa admiración incesantemente renovados donde se encuentra lo mejor y el verdadero salario por los trabajos que se toma el obrero, sin contar ni sentir pasar las horas ni los días. Ahí está el alma misma de la creación plena, de la que nos lleva sin forzarnos y como de puntillas al corazón virginal de las cosas.

Esa belleza percibida en toda cosa incluso “pequeña" por sí misma, se reencuentra en la viva perfección de las innumerables relaciones en el seno de una multiplicidad infinita de

conocimiento intelectual habitual y más a ras de suelo al que hacía alusión en esa nota.

198Al escribir estas palabras pensaba en hombres como Johannes Kepler, Isaac Newton, Evariste Galois,

cosas que concurren todas, cada una con su forma y su rostro propios, a la lograda armonía de un mismo Todo. Así es como a veces, al final quizás de una larga e intensa caminata, esa belleza que canta con la voz de toda cosa un canto que sólo es suyo, se inserta como por una predestinación secreta y se une en un vasto contrapunto a las de todas las otras, regatos que se desgranan y se juntan en arroyos y los arroyos en cantarines riachuelo que confluyen en vastos ríos de armonía hacia un mismo Mar infinito – esa belleza y ese orden que penetran y elevan toda cosa y unen y ligan en un mismo Canto lo ínfimo y lo inmenso, elevan el alma a la serena alegría de la contemplación. En esa visión que se despliega y abraza todo, en esa contemplación que acoge a la vez que ordena, hay como una presciencia de la verdadera esencia de lo que es contemplado, a lo que hemos accedido pacientemente y laboriosamente por caminos áridos y pedregosos, como atraídos irresistiblemente por esa presciencia que se desarrolla en nosotros. Esa contemplación que nos esperaba al final de un largo y trabajoso viaje, igual que la alegría y la admiración por cada una de las flores sin nombre que bordean el camino, no son simplemente del orden de lo “intelectual" ni siquiera de lo “mental". Son de esencia espiritual.

50 El conocimiento espiritual (4): el dolor – o la vertiente

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