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31 Los reencuentros perdidos

Creo que la tarde misma en que escuché esa exposición, mi opinión estaba formada, incluso sin tener que sopesar los “pros" y los “contras". O mejor dicho, no era más una “opinión" que lo es un enunciado matemático claro y perfectamente comprendido, y establecido por una prueba clara y perfectamente bien comprendida. La comprensión que entonces aparece no tiene la naturaleza de una “opinión", o de una “convicción", de una “creencia" o de una “fe", sino que es unconocimientoen el pleno sentido del término. Recusar tal conocimiento, no confiar totalmente en él, viene a ser abdicar de la facultad de conocer atribuida a todo ser, con lo que quiero decir: la de conocer de primera mano. Nunca he tenido la menor resistencia o duda para separarme de una convicción adquirida en mi infancia – no más que para reconocer un error en matemáticas, en un enunciado o un razonamiento apresurados74.

Bien sabía que ese “Dios" que se ponía en todas las salsas para hacerLe tragar todo lo que se quisiera, Él era en todo caso esa Inteligencia soberana, infinita, creadora de la Vida y (por supuesto) creadora también del Universo entero, y de las leyes que lo rigen75.

Mientras que hasta entonces me consideraba “ateo", heme aquí cambiando repentina- mente de categoría – en adelante, ¡me llamaría “deísta"! Eso se realizó sin tambores ni trompetas, con todas las apariencias del puro azar (¡otra vez él!), aparentemente sin que nada lo hubiera preparado, ni tampoco nada notable lo haya seguido. A decir verdad, yo mismo no le concedía más que una importancia muy restringida. Bien me daba cuenta de que ese Creador que veía manifestarse en grandiosas obras que se remontaban a la noche de los tiem- pos, distaba mucho del Dios de la Promesa y de la Retribución del que habla el Antiguo

74He señalado a menudo que en tales convicciones, incluso sobre temas que competen a la pura razón y no

nos implican personalmente de modo neurálgico, las resistencias a abandonarlas generalmente tienen una fuerza asombrosa. En este tema, parece ser que me diferencio del común de los mortales. Por el contrario, hasta el momento en que la meditación entró en mi vida, a la edad de cuarenta y ocho años, las resistencias que tenía para tomar conciencia de lo que realmente pasaba en mí mismo, eran tan fuertes y eficaces como en cualquiera.

75No obstante aquí conviene hacer excepción de las leyes matemáticas. Esas leyes pueden ser descubiertas

por el hombre, pero no son creadas ni por el hombre, ni siquiera por Dios. Que dos y dos son cuatro no es un decreto de Dios, que habría sido libre de cambiar en dos y dos son tres, o cinco. Siento las leyes matemáticas como formando parte de la naturaleza misma de Dios – una parte ínfima, ciertamente, la más superficial en cierto modo, y la única accesible a la sola razón. Por eso también es posible ser un gran matemático, aún estando en un estado de ruina espiritual extremo.

Testamento, o del Padre cercano y amante del que nos hablan los Evangelios. En mi experi- encia directa nada me conducía a pensar que el Creador, una vez puesta en marcha la inmensa Noria de la Creación, seguía ocupándose de lo que pasaba y participaba por poco que fuera. No veía ningún lazo directo entre mi vida, tal y como transcurría día a día, o la de las gentes que conocía, y una voluntad divina o unos designios divinos – no percibía ningún signo de una intervención de Dios en el presente.

Es necesario decir que yo no buscaba. La cuestión no me intrigaba lo suficiente como para pensar en preguntar al Sr. Friedel sobre su propia experiencia y sobre sus eventuales observaciones sobre el tema. Ni siquiera debí considerar que mereciera la pena señalarle que su exposición había “hecho diana", ¡de lo intrascendente que me parecía! Era, en suma, como si hubiera decidido de antemano que mi vida interior y mi evolución espiritual no se verían afectadas76. Ahora me parece que ésta es la manera en que el condicionamiento ideológico

proveniente de mis padres tomó su “revancha", del “revés" que aparentemente acababa de sufrir: con ese propósito deliberado y categórico de que el descubrimiento que había hecho no tenía consecuencias para mí, que realmente no me concernía.

A decir verdad, desde antes de ese periodo mi juvenil curiosidad ya se había apartado del mundo de los hombres, tan inquietante a fuerza de decepcionar y de substraerse (parecía) a toda comprensión racional, para volverse hacia el conocimiento exacto de las ciencias, donde al menos tenía la impresión de caminar sobre un terreno firme, y que lograba (me parecía entonces...) la armonía de los espíritus...

En el momento de ese episodio, hacía unas semanas que mi madre acababa de ser liberada del campo, y vivía en libertad vigilada en el pequeño pueblo de Vabre. Al igual que durante su permanencia en el campo, nos escribíamos regularmente, prácticamente cada semana. Para mí era algo que caía por su propio peso, en mi próxima carta semanal informaría a mi madre de que “me había convertido en deísta", sin extenderme demasiado sobre el tema. No fue poca mi sorpresa al enterarme por su respuesta (fechada el día de mi decimosexto cumpleaños) que ella acababa de pasar por una especie de “conversión"77similar, ¡apenas hacía unos meses!

76A decir verdad, hasta 1970, es decir durante veintiséis años, no me di cuenta de que realmente había una

evolución espiritual delante de mí, que tenía que aprender cosas, e incluso cosas cruciales para conducir mi vida, sobre el mundo de los hombres en general, y sobre mí en particular y sobre mi relación con ese mundo...

77El término “conversión" puede inducir a error, a menos de que se entienda en el sentido de “conversión

No me había dicho ni una palabra antes, porque esperaba la ocasión de hablarme de viva voz, temiendo que lo hubiera comprendido mal; sin duda ella era la última en la que me hubiera esperado tal viraje. Aún en las semanas que precedieron a ese cambio inimaginable, ella misma no hubiera soñado que tal cosa pudiera sucederle – ¡y sin embargo, sí!

He intentado reconstruir lo que le pasó en el momento de esa “experiencia de Dios" (Gotteserlebnis), como ella la llamaba. En mi ayuda tengo el recuerdo, algo vago, de lo que me dijo de viva voz, y tres o cuatro testimonios de su puño y letra, en que la trata por poco que sea. Lo que está claro es que se situaba en un nivel mucho más profundo, y en su vida revestía una importancia muy distinta, que mi propio descubrimiento, que deliberadamente había mantenido en un nivel puramente intelectual. Debió haber en ella un momento de verdad y de humildad, quizás por espacio de unas horas o de unos días, en que “se retiró" sin reservas – en que reconoció que por sus propios medios, y sobre todo con su sola inteligencia, de la que estaba tan orgullosa y que la colocaba (pensaba ella) tan por encima del común de los mortales, ella era totalmente incapaz de encontrar unsentidoa su vida, que sentía hecha trizas, en un mundo que también se desbarataba en una violencia desenfrenada. Las grandes esper- anzas, y la fe en la “humanidad" o en el “hombre"78, estaban muertas. Pero sobre todo, su

propia soberbia se había debilitado. Debió entrever, entonces, que no sólo eranlos otros, sino

ella mismaquien había fallado a su fe – que si su vida había conocido tantas ruinas (que ella ya no conseguía, a pesar de todos los esfuerzos, ocultarse del todo...), ella misma no era ajena. A lo largo de los siete largos y dolorosos años transcurridos, desde su propia debacle ideológica irresistiblemente desencadenada por la debacle de las esperanzas revolucionarias en España, su orgullo se había revelado contra tal constatación, presentándosela como la negación de una vida entera, como una vergonzosa derrota. En ella ese orgullo estaba inexorablemente servido por una voluntad de acero, tan despiadada con los otros como consigo misma, exacer- bada, aliada con la vehemente cohorte de resistencias feroces que obstaculizaban la humilde

embargo parece que durante cierto tiempo estuvo fuertemente interesada en las Escrituras. Pero ya casi no encontré rastro de ese interés unas semanas más tarde, cuando fui a reunirme con ella en Vabre, ni en los años siguientes, en que viví a su lado la mayor parte del tiempo.

78Cierto es que esa “fe en el hombre" que mi madre profesaba desde su adolescencia era bastante abstracta, y

más bien de la naturaleza de una opción generosa e idealista que de la de una verdadera simpatía, como la que había animado a mi padre (y que había ¡ay! declinado durante su vida en común). Esa “fe" de mi madre recubría bien a menudo un desdén altivo y casi universal, profundamente enraizado en la imagen que tenía de sí misma, y del que jamás hizo constatación.

verdad. Hizo falta el desgaste tenaz de cuatro años de cautividad, la promiscuidad forzada día y noche y en todo instante, la arrogancia y la arbitrariedad de los “oficiales", y el ruido y la peste de los barracones, y las privaciones sin nombre, y el cerco de los grandes fríos, y las incertidumbres sin fin y las alarmas mortales – para que al fin apareciera furtivamente, por espacio de un instante, La que nadie quiere jamás, la malvenida, la temida, la evitada, la muda...

Conocí un momento parecido, treinta años después, en 1974. Mi madre había muerto diecisiete años antes, y yo tenía cuarenta y seis – dos años más que los que tenía ella, en su momento de la verdad. Hasta hoy no he hecho esta comparación; y el pensamiento de Dios, por lo que recuerdo, ni siquiera me rozó entonces79. Sin duda fue porque entonces aún no

había tenido verdaderamente el sentimiento de lo divino, el de una verdadera presencia de Dios, que hubiera podido llamar a mi memoria, y recordarme o sugerirme a la vez, al lado de la constatación sin reservas de mi profunda debilidad, la presencia de una realidad espiritual inmutable, de una Fuente permanente de verdad, de amor, cuya sola existencia compensa y rescata, o suple de alguna manera misteriosa toda debilidad humildemente reconocida, sin fingir ni esquivar... O quizás simplemente en un caso Dios eligió darSe a conocer por Su nombre a la que ya Lo había conocido un poco en su infancia, para olvidarLo enseguida; mientras que en el otro Él eligió callarSe. Sin embargo eso no impidió que entonces se des- encadenara y prosiguiera un trabajo interior, por modesto que fuera, que seguramente con- tribuyó a preparar los logros decisivos que iban a realizarse dos años más tarde, y de los que he hablado en otra parte80.

79Sin embargo, después de escribir estas líneas, me ha venido el pensamiento de que en los mismos días en que

tuvo lugar ese “instante de verdad" en mi vida, fui contactado por primera vez por uno de los monjes budistas, del grupo nichirenita “Nihonzan Myohoji", de Nichidatsu Fujii Gurujii. (Véanse CyS III, “Nichidatsu Fujii Gurujii – o el sol y sus planetas", nota no160, y la siguiente nota, “La oración y el conflicto".) Ese encuentro

marca también el inicio de mis estrechos contactos, y esta vez en el terreno de una fe y una actividad militante de inspiración totalmente religiosa, con hombres y mujeres que seguían una vocación religiosa. Aunque evitaba ver las cosas bajo ese aspecto, era “lo divino" que comenzaba a entrar entonces en mi vida, por medio de esos seres que sentía fraternalmente cercanos, sin compartir por ello su fe. Al pensar ahora en eso, lo veo como la continuación natural de la “experiencia de Dios" que se había iniciado treinta años antes, y a la que entonces di fin. Había olvidado a Dios, pero claramente, Dios no me había olvidado. Él se me manifestaba a Su manera, el día en que por fin yo había dado un primer paso decisivo y en adelante estaba dispuesto, por poco que fuera, a acogerLo...

Pero en el momento del que hablo, cuando mi madre me habló del sentido que para ella habían tenido sus reencuentros con Dios, yo estaba muy lejos de tener la madurez necesaria para sentir de qué se trataba. Lo que estaba claro es que en modo alguna era del mismo orden que mi descubrimiento-relámpago, archivado apenas lo había hecho. Mi madre me aseguraba que todo lo que hasta entonces le había parecido bien conocido de repente cambió de apariencia, se volvió como nuevo, por el sólo efecto de la nueva iluminación dada por el nuevo pensamiento: “Dios" ; que un mundo que para ella se había roto en mil pedazos (es cierto que nunca me lo había dado a entender...), se reunía para constituir un Todo nuevo totalmente diferente; que para ella fue una profunda alegría reencontrar unsentido de la vida

que parecía desaparecido y perdido sin retorno, y poder reemprender a cero un trabajo de reorientación de gran envergadura, sobre bases nuevas y en adelante inquebrantables81.

No era una simple euforia, eso está bien claro. En absoluto habría sido ése su estilo, y sobre todo no en esos registros – y sería algo, también, que yo no habría dejado de percibir, de sentir un malestar. Por otra parte, ahora que doy cuenta de ello, esas palabras de mi madre (tomadas de dos de sus cartas dirigidas a mí, que acabo de releer) hacen resonar mi propia experiencia de Dios, muy reciente. Incluso es sorprendente hasta qué punto se le aplican, casi textualmente82. Esto me confirma más en mi impresión – pues esas cosas, se viven y no

se inventan. Esos reencuentros con Dios tuvieron lugar realmente, eran verdaderos. Y le ofrecieron una oportunidad excepcional, como no tuvo otra parecida (creo) en su vida, para

(no 1). Igualmente hablo en Cosechas y Siembras, especialmente en CyS I (“Deseo y meditación", “La ad-

miración", secciones 36 y 37) y CyS III (“Los reencuentros", “La aceptación", notas no109, 110).

81Como subrayo más abajo, ese ardor se reveló ser un fuego de paja, y ese trabajo jamás fue emprendido, ni

siquiera al nivel de una reflexión religiosa de naturaleza general, que no le hubiera implicado de modo neurál- gico. De otro modo, seguramente me habría interesado, yo también, en las reflexiones en las que ella se lanzaba, y tal vez mi vida hubiera sido bastante diferente, al acercarme a un conocimiento de Dios desde mi adolescencia.

82Sólo debo hacer una reserva parcial, en cuanto al “sentido de la vida". Sería inexacto decir que antes de mi

reciente experiencia, mi vida estaba “desprovista de sentido". Sentía fuertemente que tenía un sentido, e incluso una plenitud de sentido, ¡pero distinguía mal cuál! Mi relación con la humanidad en su conjunto era para mí más y más problemática, pues espiritualmente me sentía único en mi especie, y no conseguía reconocerme en ningún grupo humano, ni en ningún otro ser. (Véase al respecto el principio de la reflexión en la nota “Experiencia mística y conocimiento de sí mismo – o la ganga y el oro", no9). Ésa era la fuente de un malestar creciente, que

desapareció totalmente por el reencuentro con Dios. La plenitud de sentido, que no lograba captar bien, reside en Dios – en Su simple existencia, y en Su interés y Su solicitud amorosa para conmigo, y para con cualquier otro ser, y para con los asuntos de los hombres y los destinos de nuestra especie y del Universo.

“dar el salto" – para renovarse.

Pero esa oportunidad inaudita, no la aprovechó – esa renovación, que creyó realizada al instante, jamás tuvo lugar. Permanecía delante de ella, como una tarea a realizar y jamás realizada – una tarea que ella eludió obstinadamente, hasta el final de su vida.

Para decirlo todo, en el tono de la primera carta en que ya me habla de ese viraje, y en otra de quince días después, se ve que había tenido tiempo de serenarse. No hay traza de que una puesta en cuestión de ella misma hubiese tenido lugar, ninguna alusión a fallos o debilidades de su cosecha. Bien al contrario, constata con satisfacción que todas las leyes espirituales que ahora descubre “en una nueva luz" en el fondo ya les eran bien conocidas de toda la vida, a ella y a mi padre; que ellos siempre habían vivido según los preceptos evangélicos, y reconocido como válidas las leyes (“Gesetzmässigkeiten") establecidas en la Biblia.

Todo eso tenía, ciertamente, aire noble, y no tenía nada para chocar o decepcionar o simplemente suscitar reflexión o llamar la atención de su hijo, ¡que tenía una admiración sin límites por ella! Incluso hacía mucho tiempo que ese tipo de cosas sobre mi incomparable madre se daban por supuestas. Antes eran los altos ideales anarquistas de los que ella era la encarnación palpable, ahora eran las enseñanzas del Cristo, por qué no...

A juzgar por ese tono (el único que he encontrado en las dos cartas dirigidas a mí en que habla de ello...), habría lugar para dudar de la seriedad de esa “nueva luz", y de la experiencia de la que habla. El hecho es que en sus maneras de hablar, de sentir y de actuar, no cambió ni un pelo – no debía inquietarse por mí, ¡iba a reconocerla! Pero también tengo una larga carta que escribió seis años más tarde (en 1950), dirigida al viejo pastor que me recogió. De- bió sentirse más cómoda con él, pues dejó entrever otro aspecto de su experiencia, que me había silenciado. En ella habla de la radical incapacidad de los hombres para amar verdader- amente, dejando aparte un número ínfimo (como él mismo, o Gandhi...), de los que admite sin reservas no formar parte.

Con seguridad no fue una improvisación, surgida de la inspiración del momento, sino un reflejo, muy atenuado, de lo que verdaderamente pasó en ella en el momento de esos reencuentros. Entonces debió constatar la ausencia de verdadero amor en su vida, igual que yo mismo fui llevado a hacerlo en mi propia vida, treinta años más tarde. Solamente esa constatación es la que hace de ese momento un “instante de verdad" – un instante en que la voz de Dios podía ser escuchada y reconocida...

que entonces le hizo reencontrar a Dios (durante algunas horas o quizás algunos días...), se había petrificado en un recuerdo, en fórmulas bien claras como: “todos los hombres,... – sin excluirme (así de honesta soy conmigo misma)...". Esa fórmula, seis años más tarde y seguramente incluso seis días más tarde83, ya no significaba nada. No se tomó la molestia de examinarcuál había sido en verdad su relación con cada uno de los seres que pretendía amar, y que había marcado profundamente a todos con el sello de su violencia. Al igual que en el pasado, seguía manteniéndose en el mito del gran e inigualable amor entre ella y mi padre, y en el de la madre extraordinaria y ejemplar en todos los aspectos que había sido. Y cuando reencontró y arregló su corona de laureles, las mismas fuerzas jamás examinadas que habían operado en ella durante su vida, retomaron y continuaron su trabajo subterráneo. Bien pronto iban a devastar de nuevo su propia vida y la de sus allegados, y a hacerle odiar y maldecir, durante los años de vida que aún le quedaban, lo que ella creyó amar, incluso al

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