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MARCO METODOLÓGICO

3.3. El Contra-Edipo parental

3.3.1. La responsabilización de la parentalidad en el proceso adolescente Como ha sido referido por Dolto y Marty, el lugar de los padres dentro del proceso adolescente es sumamente importante. Ya sea en su operación de sostén narcisista, camino referido por Marty, así como en su operación de interdicción edípica, mantenida por Dolto, son los padres quienes –en su funcionamiento psíquico- toman un rol trascendental en la elaboración de la fragilidad, como expresa Dolto, y violencia puberal –referida por Marty como proceso principal de elaboración adolescente.

Si bien, como ha sido descrito, ambos autores toman caminos distintos en el abordaje de la conceptualización de los procesos adolescentes, así como en la función que los padres tendrían en estos procesos; vuelven a tomar un camino en común cuando refieren que los padres, en cualquiera de las operaciones descritas, son las figuras de mayor relevancia, y por esto tienen un peso mayor y responsabilidad en el adecuado funcionamiento de estas operaciones de sostén e interdicción, y por esto en el funcionamiento adolescente.

Los padres han sido considerados siempre como garantes generalizados (Käes, 1998) en el interior de la cultura, y eso mismo los ha llevado a enfrentarse a problemas referidas en su ejercicio y la reproducción de las representaciones simbólicas. La familia es el espacio originario donde el niño hereda no sólo un nombre, sino que también el material psíquico que posibilita su filiación, así como los vínculos de apuntalamiento e investiduras narcisistas, los enunciados de prohibiciones, la constitución de objetos, vínculos de identificación y estructuras básicas del yo y súper yo (Käes, 1998). Sin embargo, se describe que pareciera que hoy existiese una dificultad respecto a este funcionamiento, el cual sería ocasionado por la falta de elaboración, sostén o interdicción que los padres realizarían en la niñez y adolescencia. Para Wettengel (2009), la transmisión de la normatividad por parte de las figuras parentales se ha hecho actualmente más errática, comprometiendo la asunción de sus roles y funciones. Esto también puede describirse de forma particular para la adolescencia: “Un primer punto de vista es el que podría llamar la relación entre el adolescente y sus padres;

aquí hemos insistido en el hecho de que si hay una crisis del adolescente (una crisis de la adolescencia), hay también una crisis parental y ambas son correlativas” (de La Robertie, 1984, p.61).

Dolto refiere cómo existen distintas etapas primordiales de la subjetivación, las cuales logró establecer en un aparato teórico relacionado con las castraciones que el sujeto vivencia a lo largo de su vida temprana, infancia y adolescencia. Bajo esta óptica, el niño está planteado (originalmente) como un sujeto, pero un sujeto que aun no tiene por sí solo los medios de subjetivación. Aquí entra en juego su teoría de la imagen inconsciente del cuerpo, en la cual se confirma la idea del estatuto simbólico –o simbolígeno, en tanto productor del símbolo- de la madre como Otro (Guillerault, 2009). En la medida que la imagen del cuerpo se elabora de manera significante por medio del lenguaje y la palabra, surge la relevancia para Dolto del lugar del Otro, representado en una primera instancia por la madre y luego el padre, es decir, por el lugar de la parentalidad: “Su simbolización, necesaria para que estas experiencias sean superadas, depende en parte de las palabras y de las reacciones emocionales de los adultos, de la confirmación o la reprobación contemporáneas del valor ético de las expresiones libidinales que el niño da a lo que piensa, lo que ve, lo que hace o que ve hacer” (Dolto, 1973, p.215).

Por otro lado, el relato que los padres realicen sobre la vida del hijo y su propia vida es relevante para pensar las vías identificatorias que le han sido propuestas al niño, los deseos que se han jugado con él, las posibilidades de transmitir o no un deseo de que él viva y crezca. De este modo, los autores han planteado una visión más bien crítica respecto a las posibles fallas en este proceso, adjudicándolas como fallas del propio ejercicio de los padres. Para Dolto (1981a), las posibles perturbaciones que niños y adolescentes presenten, son encarnaciones de los conflictos de los padres, quienes por sus dificultades personales, no logran efectuar un ejercicio parental adecuado: “El niño es quien soporta inconscientemente el peso de las tensiones e interferencias de la dinámica emocional sexual inconsciente de sus padres, cuyo efecto de contaminación mórbida es más intenso cuanto mayor es el silencio y el secreto que se guardan sobre ellas” (p.15). El niño se transformaría en el portavoz de sus padres, cargando sobre si las propias dificultades de los padres, lo que denotaría una falla en su función.

La autora agrega distintas alusiones a la estructuración no patológica de los padres como fundamental en el adecuado desarrollo del niño y adolescente surgen a lo largo de sus escritos, así como al sentimiento de culpa que muchas veces los padres traen a las entrevistas preliminares: “Es posible que se sientan culpables cuando en realidad ellos mismos son sólo responsables ocasionales de la misma forma en que el conductor de un vehículo que ha perdido el control a causa de un pinchazo o de un choque puede provocar accidentes” (Dolto, 1981a, p.32). Así, no es que haya un culpable, sino más bien que los padres y sus hijos son participantes dinámicos, no disociados por las resonancias inconscientes de su libido. A pesar de esto, en su texto “La dificultad de vivir 1”, refiere la responsabilidad del adulto de ser un ejemplo: “Es preciso que el educador adulto sea un ejemplo viviente de aquello que incita al niño a conquistar. Es decir, que debe estar pronto a abandonar los placeres del cuerpo a cuerpo y debe estar castrado de sus placeres arcaicos, vis-a-vis del niño” (Dolto, 1981b, p.29). Los padres deben dar su ejemplo, y en este rol hacer efectiva su función y operación; y por esto Dolto refiere ¿si los propios padres no han sufrido la interdicción del incesto, cómo sería posible que la ejerzan? El funcionamiento y lugar de los padres en este aspecto es claro para Dolto, tanto que en ocasiones parece referir a roles que cumplir más que posiciones simbólicas: “El papel nocivo de los adultos no castos y de los padres fijados en una neurosis pregenital. Los padres no deben tener necesidad del hijo para sus economías psíquicas personales. Es preciso que los dos polos edípicos “estén ocupados, uno de ellos, por una madre que desee a los hombres, y en especial al padre del niño (o en todo caso que no desvalorice a ese hombre si, tras haberlo deseado, cambió de compañero), y el otro, por un padre que en el marco de la sorda rivalidad de sus hijas frente a su mujer no permita jamás que esas niñas supongan ser para él más seductoras que la madre de ellas” (Ledoux, 1990, p.75).

Así, de forma principal surge la pregunta por la responsabilidad de los padres. Mannoni (1984) es crítico en torno a la ausencia de acompañamiento parental en nuestra sociedad, dando cuenta de la falta de aparato sociocultural de los adultos para el pasaje de la niñez a la adolescencia. Desde un aspecto social, ya sea como portavoces de lo cultural, hasta un plano más personal como sujeto responsable de la subjetividad del niño y elaboración psíquica de los adolescentes; los padres surgen como principales responsables de estos procesos, así como de sus posibles fallas.

Esta idea surge también en Marty (2009b), como se expuso anteriormente, al retomar las ideas de Winnicott en las cuales señala los efectos de las carencias del medio familiar en el desarrollo adolescente. Por otro lado, el gran trabajo de elaboración, trabajo y organización de la violencia pubertaria es por parte del sostén narcisista que los padres ofrecen, y que en caso que no se logre puede pasar a que esta violencia puberal pase a ser patológica, o como se refirió, efectivamente traumática. Por esto, los modos en que se suplan estas carencias tienen que ver con el ejercicio de la parentalidad y los modos de subsanar estas carencias: la autoridad, recomendaciones, silencios, ejemplos, etc. La solicitud de un terapeuta podría ser otro modo de subsanar estas carencias, pero esto puede ser una opción de doble vía: “Además, los padres, recordémoslo, parecen dimitir de sus obligaciones si recurren a un terapeuta para su hijo. Los padres pueden criticar el trabajo del psicoterapeuta y anularlo entre las sesiones, etcétera. Y luego, como son los padres quienes lo contratan y le pagan, el analista puede verse privado de una parte de sus medios” (Mannoni, 1984, p.22). En este punto comienza a exponerse la relevancia de las propias elaboraciones de los padres, intentando ir más allá de la visión de dificultades de los padres, sino más bien de su propia subjetividad, conflictos e historia. Los padres participan en la producción transferencial del análisis del adolescente, como refiere Mannoni (1984), estando activamente en el dispositivo. Esta participación activa pueden significar la adecuación del sentido común de los propios padres como agentes de estos procesos de sus hijos. Es decir, en tanto puesta en juego sus deseos, fantasías e identificaciones, los padres se develan como sujetos en el proceso de elaboración adolescente, lo cual no debería ser coartado por instrucciones o recomendaciones de un supuesto saber oficial sobre el ejercicio de la parentalidad: “No se trata de recetas sino más bien de recomendaciones apuntaladas en observaciones de sentido común que pueden realizar los padres por si mismos” (De Sauverzac, 1993, p.273).

Tal relevancia no es sólo de una forma lineal hacia el hijo, sino que conlleva una configuración particular en los propios sujetos que ejercerán la parentalidad. Janin (2013) afirma que el vínculo de los padres con el hijo es uno de los vínculos humanos más conflictivos, ambivalentes y difíciles, y que el nacimiento de un hijo determina siempre una suerte de sacudida interna que implica una reorganización representacional. Esta reorganización en la que ese hijo ocupará un lugar particular, anudado a otros significativos, pero

también reorganización en la que la representación de los otros y de sí mismo sufrirá una conmoción transformadora.

Este ejemplo teórico da cuenta de la relevancia que adquieren durante el proceso de subjetivación del infante los padres, importancia que –como los autores han descrito- permanece en la adolescencia y posteriormente, descartando lo planteado anteriormente por Wettengel (2009) respecto a que la parentalidad mantendría efectos en el sujeto sólo hasta la adolescencia, sino que en la propia adultez, como padres, se ejercen efectos psíquicos en la identidad del sujeto frente a su ejercicio de la parentalidad.

Al mismo tiempo, las potenciales dificultades o fallas que los padres representen en su ejercicio, no corresponden sólo a una visión en la cual el sujeto es el único responsable: “Las fracturas en los procesos de transmisiones psíquicas, sociales y culturales, ocasionadas por las mutaciones que ocurren en momentos críticos de la historia, instauran la incertidumbre sobre el devenir de los vínculos, los saberes y los valores” (Wettengel, 2009, p.36). Todas las transformaciones sociales conllevarían un déficit en las operaciones de los padres, por lo cual se da cuenta de las dificultades propias y contextuales que pueden surgir en el ejercicio de la parentalidad en la adolescencia.

Tales condiciones dan cuenta de distintas dificultades de los padres para su ejercicio, las cuales son variadas y que han sido conceptualizadas como fundamentales para la comprensión de las elaboraciones adolescentes, así como sus potenciales fallas y dificultades en la organización de este proceso. Esto devela la propia falta de los padres en su ejercicio, la cual es descrita por Dolto a partir de un propio episodio de su vida personal, descrito por De Sauverzac (1993): “El segundo acontecimiento traumático ocurre a los cuatro años y medio. En esa época, la pequeña Françoise está obsesionada por una pregunta: ¿a dónde vamos? ¿a dónde van después de la muerte? La madre, embarazada en ese entonces de un varón que nacerá en marzo de 1913, acaba de perder a su adorado padre el año anterior. Un día, en la pasarela de Passy donde gusta de esperar el paso de los trenes para ser envuelta por las nubes de humo, Françoise formula la pregunta que le quema los labios a la gobernanta. Mademoiselle reconoce su impotencia para responder a la pequeña Vava –sobrenombre que tal vez la incitara a formular la pregunta ¿adonde vamos?-. Mademoiselle está turbada por su propia

incapacidad par contestar. Tal vez le ha dicho: “Se entierra a la gente”, pero Françoise no está segura de ello” (p.54).

En este momento, se describe la existencia para la pequeña Dolto de la falta en el Otro, lo cual descubre en su edad edípica. Este punto es importante al pensar el ejercicio de la parentalidad, ya que existe lo que podría denominarse un techo al cual cada figura parental se enfrenta, que tiene relación con que lo adultos no lo saben todo, y peor aun, no saben más que los niños y adolescente acerca de lo esencial de la vida: la muerte y la vida.

Esta falta estructural en el otro parental persiste en la adolescencia, momento en el cual los adolescentes se enfrentan a padres que vivencian sentimientos de fragilidad, como fue descrito para el adolescente. De este modo, frente a las operaciones que los padres deberían ejercer frente a la adolescencia de su hijo o hija, existiría una configuración particular en torno a la propia identidad de las figuras parentales, de sus fantasías, deseos e historia, la cual de forma dinámica se pone en juego frente a la adolescencia de sus hijos.

El importante lugar que dentro de la literatura de ambos autores tienen los padres en la adolescencia de sus hijos, no habla solamente de un proceso lineal, sino de una dinámica bajo la cual las figuras parentales se enfrentan a distintos cuestionamientos y procesos particulares de esta condición. Por esto, no es meramente la transmisión de consejos o recetas –al decir de Dolto- la que podría dar luces respecto a la comprensión de estas elaboraciones y sus posibles dificultades, sino más bien apela a la noción de que la parentalidad en su ejercicio tiene más que ver con la particularidad de la propia historia de los padres, con la configuración que se mueve en torno a la adolescencia de sus hijos, la cual los invoca a su propia historia como hijos adolescentes.

Por esto, como refiere Dolto (1973): “No siempre son los acontecimientos de la realidad ni el comportamiento educativo de los padres, excepcionales o insignificantes, los que son la causa verdadera de los trastornos psicóticos o neuróticos. Se trata de una dialéctica. Que las personalidades del entorno parental o educador hayan estado o estén aun inconformes con una seudonormalidad que no existe en la educación, o que estén desadaptados a la sociedad en relación con criterios siempre indecisos, o que hayan

desaparecido, nada de esto importa o importa poco desde el momento en que se lo puede decir (…)” (p.215-6).

De este modo, no son los acontecimientos reales los que importarían, sino más bien la particularidad de fondo con la que el sujeto ha experimentado el evento. Este fondo subjetivo no es sólo para el adolescente, sino también para los propios padres enfrentados a las operaciones descritas como de suma relevancia para el futuro desarrollo de su hijo. Como refiere Dolto, siempre hay algo más allá de la relación de los padres con el hijo, la cual podría pensarse como el más allá de las figuras parentales, es decir, su propio fondo de historia.

3.3.2. El Contra-Edipo parental

Al igual que con los adolescentes, Marty y Dolto mantienen la diferenciación de las operaciones que los padres deben elaborar frente a la adolescencia de sus hijos, las cuales se volcarían a su vez sobre los padres. Permaneciendo la idea de la función primordial de los padres aun en la adolescencia, como figuras que movilizarían las operaciones descritas de sostén e interdicción.

Ahora bien, así como Dolto (1988) plantea la idea de la fragilidad adolescente como problemática nodal en este proceso, refiere algo similar hacia los padres. Cuando los adolescentes se separan de sus padres, ejercerían sobre su entorno efectos psicológicos que serían remanentes de la propia infancia y adolescencia de las figuras parentales: “A partir del momento en que el niño no toma ya a sus padres como absolutos, éstos se ven también liberados de la obligación de ser un absoluto para su hijo, y se encuentran de nuevo en el relativo de una adolescencia recuperada, como convirtiéndose en modelos para esos niños que han roto la primera relación papá-mamá y que esperan salir de la familia” (p.40-1).

En este momento, los padres recuperarían su adolescencia, y para Dolto (1988), aparecerían como frágiles, desamparados, en un momento en que el adolescente vive justamente por primera vez. Esto sería lo opuesto a lo que los hijos adolescentes esperarían, ya que su propia condición de fragilidad y desamparo hace que esperen contemplar a sus padres viviendo la plenitud de su vida, comprometidos con la vida pública, otorgándole un sentido a su vida. Ahora bien: “Lo importante es que el padre y la madre hagan bien lo

que hacen, sin prejuicio de que el adolescente desarrolle incluso cierto humor o divertida indulgencia” (p.41).

Esta vuelta a la adolescencia de los padres, para Dolto, es un problema, ya que la fragilidad de los padres tendría relación con la imposibilidad de posicionarse en su rol parental, como sujetos de la interdicción. Exponiendo ejemplos como las competencias de los padres que buscan vivir a la imagen de sus hijos adolescentes: “Es el mundo al revés. Los hombres tienen ahora amiguitas de la edad de sus hijas, y a las mujeres les gusta hoy agradar a los compañeros de sus hijos, porque precisamente ellas no vivieron su adolescencia. Están presas en la identificación con sus hijos” (Dolto, 1988, p.41-2).

Esta fragilidad parental repercutiría en los hijos, ya que como es referido por Dolto (1981a) todo individuo toma a su cargo la deuda del sujeto de su historia, articulado con el sujeto de la historia de su madre y de su padre. De este modo, los hijos cargarían sobre si la propia fragilidad de sus padres, ya que los padres al haber reprimido cuando niños una parte de su historia, la rechazan en dirección al hijo cuando este llega a la edad en que ellos sufrieron sin ser oídos. Y esto puede pensarse para la adolescencia.

En este punto, surge la problematización de el modo de introducir los tiempos y momentos históricos y cronológicos en los cuales se han adjudicado ciertas tareas y funciones como parte del proceso de desarrollo, sobre todo desde la perspectiva evolucionista. Esto implica pensar en qué momentos históricos los propios padres habían vivenciado en el momento de la adolescencia de sus hijos, cuestionando su propia adolescencia y pasaje a la adultez frente a condiciones y cambios socioeconómicos y culturales, como los cambios en la familia, las condiciones sociales del trabajo, la vivencia de la sexualidad, mediatización de la vida privada, etc.

Revisar el trabajo de estos autores inicialmente a través de las publicaciones de casos clínicos entrega un acercamiento en torno a los

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