MARCO METODOLÓGICO
3.4. La transmisión de la función parental: la identificación como transformación
3.4.1. La separación en la adolescencia
Como se ha referido a lo largo de los capítulos las relaciones familiares son de suma importancia en la adolescencia no sólo para el sujeto adolescente, sino también para quienes ejercen la función parental, en quienes también emergen distintas elaboraciones y configuraciones particulares frente a la adolescencia de su hijo. Uno de los trabajos más importantes para el adolescente, como ha sido referido por Dolto, Marty y en general la historia del psicoanálisis de adolescentes, es la separación de los padres, la cual fue descrita por Freud como una de las tareas más difíciles que el sujeto debe enfrentar en su vida, pero al mismo tiempo la más necesaria.
Esta separación no es sólo física, sino que implica procesos psíquicos particulares que pueden plantearse metapsicológicamente desde la noción de duelo. Al respecto, la psicoanalista argentina Arminda Aberastury ha realizado múltiples trabajos en el área de la clínica con adolescentes. Dentro de estos describe cómo la adolescencia es un momento crucial y nodal en la vida de los individuos, constituyendo una etapa decisiva en el proceso de construcción de la identidad. Ella define estos procesos como procesos de desprendimiento (1973), el primero que es el nacimiento, el segundo que surgiría al final del primer año con la eclosión de la genitalidad, la dentición, el lenguaje, la bipedestación y la marcha: y el tercer momento aparecía con la adolescencia. Junto con su colega Knobel (1971) define la adolescencia como: “la etapa de la vida durante la cual el individuo busca establecer su identidad adulta, apoyándose en las primeras relaciones objetales-parentales internalizadas y verificando la realidad que el medio social le ofrece, mediante el uso de los elementos biofísicos en desarrollo a su disposición y que a su vez tienden a la estabilidad de la personalidad en un plano genital, lo que sólo es posible si se hace el duelo por la identidad infantil” (p.54)
Para que el antes niño pueda conformarse con su cuerpo púber y los cambios que implica, debe pasarse por un largo proceso de duelo, que implica tres trabajos particulares. El primero se relaciona con el duelo del
cuerpo infantil, a través del cual no sólo renuncia a su cuerpo infantil, sino también abandona la fantasía de la omnipotencia y bisexualidad que predomina en la infancia: “La pérdida que debe aceptar el adolescente al hacer el duelo por el cuerpo es doble: la de su cuerpo de niño cuando los caracteres sexuales secundarios lo ponen ante la evidencia de su nuevo status (…)” (Aberastury, 1973, p.31) y la imposición del testimonio de la definición sexual, mediante la menarquia en la joven y la aparición del semen en el varón.
El segundo duelo refiere a la pérdida de la condición de ser niño, ya que dentro del grupo familiar cada miembro desempeña roles determinados, los cuales deben resignificarse con la llegada de la pubertad: dejar de ser niño implica la posibilidad de establecer una relación con los padres que sea diferencial a la que se tenía con anterioridad: “Debe renunciar a su estado de dependencia que en algunos momentos le trae beneficios y ahora deberá asumir una serie de responsabilidades que antes le eran ajenas” (Aberasruty y Knobel, 1971, p.45). Esto implicará vivirse a sí mismo desde otra posición lo cual conllevaría a realizar un abandono de la autoimagen infantil que se ha tenido para dar paso a la construcción psíquica de una autoimagen adulta. La capacidad que el adolescente desarrolle en la aceptación de estos cambios dará paso a la “búsqueda de identidad que ocupa gran parte de su energía y es la consecuencia de la pérdida de la identidad infantil que se produce cuando comienzan los cambios corporales” (Aberastury y Knobel, 1971, p.100).
Finalmente, para Aberastury y Knobel (1971) con la llegada de la pubertad y la madurez genital, al mismo tiempo se hace posible la consumación del incesto, por lo cual se hace necesario que el adolescente inicie la búsqueda de objetos de amor en el mundo externo, la cual se logrará con el hallazgo de la pareja sólo si se logra el desprendimiento interno de los padres. Esta idea es discutible considerando la interpretación mas bien concreta de lo que implica la separación de las figuras parentales, dejando de lado los aspectos más simbólicos y psíquicos involucrados. Por esto, si bien la propuesta de Aberastury y Knobel se presenta como parte de un marco psicoanalítico, nos confronta a una visión más bien normativa y desarrollista del proceso adolescente.
Este trabajo implicaría un duelo respecto a las figuras parentales, pero la autora plantea que los padres también viven los duelos de los hijos, siendo
este proceso de duelo de doble vertiente, ya que los padres también deben desprenderse del hijo niño y evolucionar a una relación con su hijo adulto: “Al perderse para siempre el cuerpo de su hijo-niño se ve enfrentado con la aceptación del devenir, del envejecimiento y la muerte” (Aberastury, 1973, p.18). Existiría un retorno del conflicto edípico en tanto el hijo es doblemente rival, ya que es capaz de asumir la paternidad o maternidad biológicas, siendo competidor en la situación incestuosa porque ya tiene el instrumento para consumarla.
En la niñez los padres suelen ocupar un lugar necesario para la estructuración psíquica del niño, por lo cual están idealizados (Iglesias, Mercado y Pimentel; 2013). Pero, en la adolescencia, los padres caen de esta idealización lo cual produce un vacío de referentes identificatorios para el adolescente, como el soporte que tenían en la niñez. Esto propicia la separación de los padres, aspecto necesario para finalizar el proceso de individuación (Aberastury, 1973).
Un modo de superar la dependencia parental es el apoyo que los adolescentes construyen con su grupo de pares, por lo cual también los padres deben propiciar el proceso de desprendimiento de su hijo. De este modo, la autora rescata la importancia de no centrar el estudio de las elaboraciones psíquicas en el adolescente, sino también ampliar el enfoque a tomar en cuenta la ambivalencia y resistencia de los padres y la sociedad para aceptar el proceso de crecimiento.
Todos estos procesos de duelo toman un tiempo para su elaboración, ya que “cuando los procesos de duelo por los aspectos infantiles perdidos se realizan en forma patológica, la necesidad del logro de una identidad suele hacerse sumamente imperiosa para poder abandonar la del niño, que se sigue manteniendo. Esto no permitiría la tarea esencial de la adolescencia es decir, lograr la propia identidad” (Aberastury y Knobel, 1973, p.59).
De este modo, siguiendo lo planteado por Freud (1917 [1915]), a través del duelo la pérdida del objeto se hace menos angustiante, ya que mediante las identificaciones que se hacen hacia el objeto de amor perdido se mantiene a nivel psíquico los aspectos queridos de este objeto.
También se pueden retomar los trabajos de Blos (1979), en los cuales se destaca la tarea de la separación, mediante el concepto de “segundo
proceso de individuación y separación” como una operación que se reanuda en la adolescencia. A través de los trabajos de Cahn (1997) relativos a la cuestión de la subjetivación, se desprende esta idea como una re-edición de los procesos de separación tempranos para conceptualizarlo más bien como un proceso de diferenciación.
Dolto y Marty han referido cómo en la adolescencia, las relaciones familiares posibilitan la instancia de separación. Dolto refiere en torno a su propia experiencia la operación necesaria para que el adolescente alcance su propia identidad, para lo cual debe existir un empuje que propicie la separación del adolescente: “Si el adolescente tiene un proyecto, incluso a largo plazo, está salvado. Hace cosas para alimentar este proyecto. Esto le hace soportable el purgatorio de la juventud, en ese estado de impotencia y de dependencia económica. Mi madre me ayudó a saber lo que quería a fuerza de oponerse de ello” (Dolto, 1988, p.82).
Para la autora, esta separación y su funcionamiento puede considerarse un punto de referencia para la finalización de la adolescencia: “Un individuo joven sale de la adolescencia cuando la angustia de sus padres no le produce ningún efecto inhibidor. Lo que digo no es muy agradable para los padres, pero es la verdad que puede ayudarles a ser clarividentes. Sus hijos han alcanzado el estado adulto cuando son capaces de liberarse de la influencia paterna tras alcanzar este nivel de juicio: “Mis padres son como son; no los cambiaría y no trataría de cambiarlos. No me toman como soy, peor para ellos: los abandono” (Dolto, 1988, p.21).
Dolto refiere de este modo, como la separación es un proceso fundamental en la construcción de la identidad del adolescente en tanto adulto, proceso que se torna difícil y poco grato para los adultos, ya que los pone en una situación de abandono, de herida en el narcisismo, similar a la herida que produce fragilidad en el adolescente por su transformación corporal. La fragilidad planteada por Dolto no solo implicaría la vivenciada por el adolescente, sino también para los padres en tanto aceptación de un lugar de abandono y rechazo por parte del adolescente.
Tal conceptualización tiene relación a lo planteado por Gutton (1993) como la obsolescencia de los padres. Retomando lo referido por Winnicott respecto a la capacidad de desidealización del yo del adolescente poseída por el padre. Comprobar el fracaso de su seducción ocasiona en el padre
involucrado una herida narcisista que se puede expresar en la decepción, y además en el sentimiento de ser engañado. Freud, resumiendo la evolución adolescente, dice que esto se cumple por la renuncia de los objetos sexuales inadecuados: “El trabajo que deben realizar estos padres para dejarse transformar en objetos inadecuados es la salida del padre, su muerte genital. Para describir este proceso, se propone el concepto de obsolescencia de los padres, que regula la concepción de las relaciones intergeneracionales” (Gutton, 1993, p.100).
El autor también refiere que la identidad entre padres e hijos debería ser limitada o restringida para que se afirmase la identidad en la vida del adolescente, su diferenciación habla de la prohibición del incesto. En la obsolescencia, el instrumento de la seducción del progenitor queda derrumbado, directamente por causa de la entrada en escena de la pareja de amantes adolescentes (a diferencia de la situación triangular ya descrita, donde la prohibición mantiene separadas las piezas de los padres y adolescentes). Se ataca la dimensión concreta del vínculo erótico con el niño.
Se retoman de este modo las ideas de Winnicott (1979) en las cuales refiere que aunque en la etapa de la pubertad el crecimiento se despliegue sin crisis mayores, aun así pueden surgir graves problemas de acondicionamiento porque crecer significa ocupar el lugar del progenitor y esto es efectivamente lo que ocurre. El pasaje se complica ya que el niño para hacerse adulto debe pasar sobre el cuerpo del adulto muerto simbólicamente.
La obsolescencia de los padres sería la renuncia al conjunto “Edipo genital parental” en su realidad perceptivo-representativa misma. Los padres desinvisten, por obsolescencia, la presencia física, la carne de su hijo. Este proceso supone para Gutton (1983) dos puntos importantes: primero, la capacidad evolutiva del sujeto para representar el objeto al margen de su presencia física. Y segundo, la capacidad misma de esta figura parental en la situación de pubertad de su hijo, ausente físicamente “Si la desinvestidura de que es objeto el progenitor por parte de su adolescente es vivida como una herida que se le inflige, este padre es insuficientemente “obsolescente”” (Gutton, 1993, p.104)
Por otro lado, Marty realiza un trabajo en el cual sus reflexiones no utilicen episodios de su propia vida como ejemplificación de estas dinámicas, sino que conceptualiza la importancia de la separación de los padres también como un proceso que no es inicialmente facilitador de la autonomía, sino que también produce angustia para el adolescente y los padres. También destaca las referencias a Winnicott planteando cómo la muerte simbólica de los padres revela a los adolescentes su propia angustia y los confronta a esta: “Pero a veces el asesinato simbólico de los padres a los cuales se enfrentó el adolescente genera demasiada angustia y el riesgo de perder esos objetos de amor es demasiado grande como para oponerse a ellos. La dependencia de los objetos de los padres es a menudo parte del miedo a la pérdida y la angustia que tal temor despierta o genera” (Marty, 2010a, p.482). .
Marty (2010a) refiere que los procesos de separación descritos en la adolescencia, en tanto necesidad diferenciarse de los padres y llegar a un proceso de autonomía que le permita en lo concreto la inserción al mundo adulto, son sumamente importantes pero también difíciles para el adolescente. Surgen en estos momentos angustias depresivas, frente a lo difícil que es la realización de esta separación, pero también necesaria sobre los objetos parentales, tanto a un nivel corporal como también identitario al cual está vinculado.
Tomando un caso clínico respecto a un adolescente que presenta una adicción a los videos juegos en línea en su publicación “Adolescence et monde virtual”, Marty (2010a) da cuenta como en ocasiones la realidad virtual pone en relieve la importancia de tomar la dependencia de los objetos parentales como una confusión, entre sujeto y objeto, que dificulta que el niño se convierta en adolescente al dejar estos objetos parentales: “La mirada de los padres juega un papel fundamental en la construcción de la identidad de la persona joven, la tiranía de los ideales de la familia empuja al niño a seguir con las expectativas de los padres, esta búsqueda de lo imposible que conduce inevitablemente a una depresión” (p.479).
Es entonces en la problemática de la separación, que Marty toma la noción de fragilidad como un proceso subjetivo –quizás secundario en su modelo teórico- que emerge en la adolescencia. Pero, la fragilidad no se toma como un proceso esperado o “normal”, sino más bien como sintomático de dificultades en la separación, por la invasión de angustias de abandono masivas en la construcción de la identidad adolescente.
Ya sea en el caso patológico como esperado, la angustia de separación y el temor a la pérdida del objeto de amor puede ser elaborado a través de un trabajo de duelo, el cual permite la identificación con los aspectos del objeto amado para así poder sobrellevar la pérdida. Este proceso será uno de los nudos más importantes en la relación entre el adolescente y sus figuras parentales, ya que a partir de este se transmite algo de su propia historia y lugar.
3.4.2. El problema de las identificaciones en la adolescencia
Para comprender las configuraciones en torno a la identificación con la función parental, es importante describir cómo se conceptualiza el proceso de identificación. De este modo, Laplanche y Pontalis (1996) refieren distintos alcances de la palabra identificación: primero, en el sentido transitivo que corresponde al verbo identificar, y en un sentido reflexivo que corresponde al verbo identificarse: “Proceso psicológico mediante el cual un sujeto asimila un aspecto, una propiedad, un atributo de otro y se transforma, total o parcialmente, sobre el modelo de éste. La personalidad se constituye y se diferencia mediante una serie de identificaciones” (Laplanche y Pontalis, 1996, p.184).
Para estos autores, el termino de identificación en psicoanálisis cobra sentido en el término “identificarse”: “La identificación (en el sentido de identificarse) reúne en su empleo corriente toda una serie de conceptos psicológicos, tales como: imitación, Einfühlung (empatía), simpatía, contagio mental, proyección, etcétera” (p.185). Por esto, la identificación es un mecanismo psicológico que opera constituyendo al sujeto. Esta evolución se sitúa de forma paralela en el complejo de Edipo en sus efectos estructurales, así como a la modificación aportada por la segunda teoría del aparato psíquico, en la cual las instancias se diferencian a partir del ello y se definen por las identificaciones de las cuales derivan (Laplanche y Pontalis, 1996). Para Freud, la utilización de la identificación se estudia sobre todo por los síntomas histéricos, diferenciando la identificación de la imitación: “La identificación no es una simple imitación, sino una apropiación basada en la presunción de una etiología común: expresa un “como si” y se refiere a un elemento común que existe en el inconsciente” (Freud, 1900, p.155).
Luego de esta primera diferenciación, la definición de identificación se nutre de otros aportes freudianos, dentro de los cuales se destaca al realizado en su texto “Duelo y Melancolía” publicado el año 1917, así como en “Tótem y Tabú” (1913-4): “Freud muestra especialmente su función en la melancolía, en la cual el sujeto se identifica según un modo oral con el objeto perdido, por regresión a la relación objetal típica de la fase oral” (Laplanche y Pontalis, 1996). Así, para poder tolerar la pérdida del objeto de amor, primero el sujeto construye una forma originaria de lazo afectivo con este objeto, lo que se trataría de una relación preedípica marcada por la relación canibalística (o identificación primaria). Y segundo, a partir de la existencia de un substituto regresivo de una elección de objetal abandonada. Ya en ausencia de toda catexis con el objeto de amor, el sujeto puede identificarse a este en la medida en que tienen un elemento en común: por desplazamiento, la identificación se producirá sobre otro punto.
Distinguir identificación e interiorización da cuenta de elementos importantes en su definición: “Desde un punto de vista meramente conceptual, puede decirse que la identificación se efectúa con objetos: personas (asimilación del yo a un yo ajeno), o rasgo de una persona, objetos parciales, mientras que la interiorización es la de una relación intersubjetiva” (Laplanche y Pontalis, 1996, p.187). Por eso la identificación es un proceso, secundario, en tanto el sujeto se identifica no con todo el otro sujeto, sino con un rasgo, con un determinado aspecto de la relación con él. Por otra parte: “El conjunto de las identificaciones de un sujeto no forma un sistema relacional coherente; así, por ejemplo, dentro de una instancia como el superyó, se encuentran exigencias diversas, conflictuales, heteróclitas. Asimismo el ideal del yo se forma por identificaciones con los ideales culturales, que no siempre se hallan en armonía entre sí” (Laplanche y Pontalis, 1996, p.187).
Marty (2010a) retoma estas sistematizaciones sobre la identificación, destacando el papel central de la identificación en la formación de síntomas histéricos, defensas contra la realización de un deseo inconsciente de identificarse para la consciencia a partir de un amor reprimido por el progenitor del sexo opuesto y una experiencia rivalidad con el objeto potencial de deseo para el objeto de amor. Así mismo, retoma el trabajo de Duelo y Melancolía, en donde el concepto de identificación se enriquecería con el estudio del narcisismo.
La identificación narcisista, que implica erigir en el yo el objeto perdido se consideraría inicialmente patológico: el yo se empobrece y sufre por la identificación de la sombra de decepción de perder el objeto perdido, para posteriormente tomar estos rasgos como relevos y luego parte de la propia identidad del sujeto. Así, se reconoce su necesidad en el funcionamiento mental de cualquier individuo.
Así, podría pensarse a partir de este modelo de la identificación que la separación que el sujeto adolescente debe atravesar hacia sus figuras