II. LA NARRACIÓN
7. El derecho durante la matanza
Genaro intentó caminar un poco alrededor de la mesa, pero no pudo. Decía que hacía días el dolor de la artritis en una de sus rodillas había aminorado el paso de su andar, y a veces, cuando llevaba mucho tiempo quieto, la dolencia se extendía por toda la pierna, obligándolo a levantarse, a caminar. Después de andar tantas montañas, después de cargar innumerables bultos de café, cómo iba imaginar que iba a terminar así. La vejez le estaba pasando su cuenta de cobro.
Detuvo su mirada hacia la inclinada plaza del pueblo y por un momento sentí que pudo ver el tiempo en un mismo instante y en un mismo vistazo, pudo ver allí el esplendor indígena de la vieja Umbría, la incertidumbre de la mestiza Tachiguí, la pujanza de la naciente Arenales y el júbilo permanente de la fructífera Belén de Umbría. Cuando Genaro volvió hacia mí, en su rostro estaba la melancolía, un deseo inmenso de permanecer en el tiempo.
7.1. El miedo a la acción
Pidió otra botella de aguardiente Cristal para continuar con su relato, y aunque sabía
que la mayoría de los jóvenes del pueblo preferían el Antioqueño, él nunca pudo aprender a
tomarlo. El mismo hijo de su amigo Danilo, se la trajo con una nueva copa, intentó servirle un trago, pero el viejo se rehusó; podía dejar que los años le arrebataran la vitalidad, pero no permitiría jamás que le quitaran el orgullo de sentir suyo su aguardiente. El viejo dijo que el trago servido por meseros es típico de señoritos de salón, mientras que el trago servido por la mano propia era el honor de los arrieros.
Genaro tomó la botella y, para abrirla, empezó a girar la tapa; me dijo que por esos días en los que nadie se atrevía a abrir la boca para denunciar un muerto, la tapa no era de plástico sino de lata. Continuó diciendo que a diferencia de lo que ocurría con los robos, un homicidio la mayoría de las veces, por no decir que todas, acarreaba la responsabilidad algún dirigente. Por eso quien llegara a denunciar lo que había pasado podía correr peor suerte de ese que ya había muerto. En una ocasión le preguntó a Atilano Marín, el joven de Valdelomar que había sido emboscado en el camino y que se había salvado de milagro, que si había denunciado a los bandoleros por las heridas que le habían dejado de por vida, y él le respondió que era una bobada, era ganarse una machetazo en el cuello a cambio de que las autoridades no hicieran nada; era preferible quedarse con su pata remendada.
Las víctimas no acudían a la justicia. Por un lado, se cernía una amenaza sobre su vida y la de su familia, y, dada la polarización, bien podía entenderse como una ofensa contra el bando responsable, que era el caso por el que ni Atilano, ni Genaro, ni Luis Tabares habían denunciado lo de Valdelomar. Dijo el viejo que tampoco acudían porque sabían que no debían esperar mayor gestión por parte de la justicia; había dos razones: o porque los mismos agentes judiciales estaban igualmente amedrentados, o porque hacían parte de la dirigencia agresora y jamás habrían de fallar en contra de los intereses que los habían puesto en ese cargo.
¿Pero por qué personas como José Bernal que pudiendo no ser responsables de los hechos de Valdelomar, y siendo parte del mismo agente agresor, prefirió acudir al soborno para que los bandoleros se fueran, en vez de denunciarlos? Pues porque el miedo, dijo Genaro, era un monstruo que obligaba incluso a quienes pertenecían al grupo responsable, a permanecer en silencio ante la justicia, pues no sólo podían ser tildados de traidores, sino que podían ver amenazada la propia estabilidad social y económica que les brindaba el silencio. No obstante, argumentando que la violencia había llegado a un punto en el que era difícil identificar quiénes eran la víctimas y quiénes los victimarios, Genaro dijo que muchas veces pensó que el mismo partido que se consideraba víctima, podía evitar las denuncias por el temor a que todo pudiera voltearse en su contra, haciendo que así salieran a la luz todas las atrocidades también cometidas por el partido que aseguraba en un principio haber sido atropellado. Este era un típico caso en donde la impunidad no era más que una prolongación del poder.
7.2. La ley de fuga
Genaro continuó contándome que, también en esa época, era muy común lo que se reconocía como la “ley de fuga”. Yo le conté que era un método que no era autóctono sino que fue importado de otros conflictos como la revolución mexicana o la guerra civil española. Por virtud de esta “ley”, se dejaba en libertad al reo o al capturado, se le quitaban las ataduras y las vendas, y se le daba la oportunidad de huir, eso sí, siempre que las balas del pelotón del ejército o de la policía no lo alcanzaran durante su huida. Sin duda, vivir después de semejante balacera era la más alta hazaña de los bandidos.
Siendo muy común en la zona del valle del río Risaralda, y siendo practicada en muchas otras regiones del país durante esos años, sería insensato negar que en Belén se diera. Bajo el imperio de dicha práctica, que parece nunca haber sido prevista por norma alguna, pero tampoco condenada, fue ejecutado el popular y sangriento Boyeyo, un matón siniestro de esta zona, un campesino que dedicó su vida a asesinar no sólo conservadores, como se creía, sino también a todo aquél que apenas lo mirara.
El caso de Valdelomar no fue ajeno a la sombra que emanaba de esta práctica. Si se recuerda, ese domingo en que Genaro salió de su casa para ayudar con los cuerpos, uno de los soldados que ya habían llegado al lugar le comentó que otras unidades habían capturado a algunos de los bandoleros. El rumor más tarde fue que los capturados eran dos, entre ellos estaba el líder de la banda; los habían visto mientras el ejército los bajaba hacia Remolinos, lugar donde estaba ubicada la inspección de policía, esa misma que fue creada por el famoso decreto 20 de 1957. El ejército llegó a la inspección sin los bandoleros. Los soldados adujeron que durante el camino habían sido objeto de una emboscada en donde había muerto uno de ellos y el otro, en medio del enfrentamiento, se había volado. Dijeron que la emboscada la habían hecho los mismos bandoleros para matar los capturados y así evitar que los fueran a aventar.
Pero Genaro nunca estuvo muy convencido. Era de tontos creer el cuento de que en una emboscada precisamente había muerto el capturado; era de más tontos aún, creer que con el tipo de armas que usaban los bandoleros, escopetas de perdigones, hubieran tenido una precisión tal, justo para darle al eventual soplón y sin haber siquiera herido a alguien más. El viejo siempre tuvo la sospecha de la “ley de fuga” en todo esto, seguro lo hicieron con el interés de ahorrarse la posibilidad de tener que volver a perseguirlos; la historia era siempre la misma: los capturaban, los llevaban a la inspección, muchas veces
por falta de pruebas, o muchas otras por falta de interés de las autoridades, quedaban libres, listos para volver a las andanzas de robo y de muerte.
El viejo creía que la “ley de fuga” era muy rentable para la fuerza pública, incluso desde lo económico, pues un muerto era más barato que un preso o un procesado, un muerto era más fácil que un asesino suelto. Yo por mi parte creo que la “ley de fuga” también evitaba que las autoridades tuvieran que entrar a investigar hechos que era preferible ignorar, pues eran ellas, como lo dijo Genaro, un juez aún sin juzgar.