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III. La espiritualidad del encuentro como estrategia para la reconciliación

3.4. El encuentro como apertura a la comunidad

Uno de los medios más poderosos para la reconciliación lo conforma la comunidad. Es ya muy conocido el papel que juegan los grupos de contención o de apoyo para la superación de ciertos traumas o la vivencia del duelo. Sin embrago, la comunidad va más allá que un mero grupo de apoyo psicológico. En palabras de Lederach: “La reconciliación como un

134 De Roux, “Reflexiones sobre el perdón”, conferencia en la Facultad de Psicología de la Pontificia

Universidad javeriana, Bogotá, 2013.

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locus crea un espacio para el encuentro de las partes, un lugar donde puedan reunirse las energías y los intereses diferentes pero relacionados.”136 En una comunidad se empiezan a

fraguar nuevas relaciones sanas y constructivas y la urdimbre de este tejido relacional es sanador y reconciliador en sí mismo.

“Las personas necesitan la oportunidad y el espacio para expresar el trauma y el dolor provocados por lo que se ha perdido y la ira que acompaña el dolor y las injusticias que se han sufrido.”137 Nada mejor para ello que una auténtica comunidad. En el capítulo segundo

se presentó la dinámica amorosa de la comunidad trinitaria, la cual es el ideal para toda comunidad humana. Ésta ha de estar basada en la aceptación de cada miembro, sin exclusión alguna, la valoración de la identidad de cada uno y la especial atención por los que se hallen más débiles o atraviesen dificultades.

Las características de la espiritualidad del encuentro cobran toda su fuerza en la comunidad: kénosis, perijóresis, amor ágape y la nueva creación. La comunidad es el espacio propicio para vivir la espiritualidad del encuentro y a su vez la vivencia de una auténtica comunidad facilita los procesos reconciliatorios.

No se trata únicamente de que el encuentro con otras personas que han padecido los mismos dolores vuelve el dolor propio más llevadero. Esto es cierto, pero además la comunidad tiene la capacidad de trasmutar el dolor en gozo, el gozo de la hermandad, de sentirse parte de un cuerpo que anima, motiva, soporta y moviliza la vida entera. Incorporarse en el dinamismo comunitario, es vivir ya la propia humanidad en su expresión más divina, pues es adentrarse en el modelo trinitario. La comunidad humana al estilo trinitario es ya el Reino de Dios en la Tierra. Es la reconciliación en su sentido más amplio y profundo. La comunidad reconcilia a todos y los vuelve un solo cuerpo, un mismo espíritu.

Rafael Velasco al hablar de la comunidad menciona lo siguiente:

En un mundo roto por la injusticia, anunciar un nuevo estilo de vida en Cristo implica intentar un nuevo modo de vida. Implica buscar el Reino de Dios y su justicia en nuestras comunidades, reflejarlo de algún modo. […] Más que nuestras competencias y habilidades, lo que da testimonio

136 Lederach, Construyendo la paz. Reconciliación sostenible en sociedades divididas, 69. 137 Ibíd., 61.

65 de la Buena Noticia es la unión entre nosotros y con Cristo. Y esto es un desafío, pero es fundamentalmente gracia…138

Lo anterior hace pensar que la creación de comunidades según el modelo trinitario, es todo un reto que se acrecienta en dónde se ha padecido la injusticia extrema. Si se quiere trabajar la espiritualidad del encuentro como medio para la reconciliación resulta imprescindible comenzar a crear nuevas relaciones de confianza, apostar por quienes nadie apuesta, abstenerse de juicios excluyentes o clasificadores, mirar al otros como hermano, entablar relaciones amorosas y abrirse a la acción del Espíritu de Dios. De este modo se puede comenzar a plantar las raíces de una comunidad en vías de reconciliación.

Debido al desplazamiento forzado, es común que surjan nuevos asentamientos poblacionales, los cuales no necesariamente se convierten en comunidades. De hecho, es común, que surjan nuevos problemas sociales, y nuevos conflictos se gesten al interior de estos aglutinamientos poblacionales o en relación con los pueblos que están a la redonda. Estos asentamientos se convierten en el caldo de cultivo perfecto para la delincuencia y las bandas criminales. Ahora bien, esto no tiene que ser así necesariamente, los nuevos asentamientos también pueden convertirse en áreas de oportunidad para el forjamiento de comunidades. Sin caer en ingenuidades, es posible favorecer pequeñas células comunitarias capaces de generar vida a pesar de los contextos en los que se hallen insertas. El encuentro mismo con las características ya explicadas, puede tener esa fuerza de regeneración social.

Es fundamental en todo proceso de reconciliación tener presente a la comunidad de recepción, la cual es bueno que reconozca las circunstancias y contexto de los procesos de migración, y la bondad de construir un futuro social común e inclusivo. Todo proceso de reconciliación se vive dentro de otro proceso más amplio de integración con una dimensión bidireccional e intercultural, alejada del mero asimilacionismo o del multiculturalismo más radical.139

Con lo anterior se trata de dejar en claro el papel fundamental de las comunidades receptoras de los hombres y mujeres desplazadas. Estas son también una población susceptible para trabajar la reconciliación. De alguna manera, sus habitantes se sienten invadidos, violentados en sus derechos y en su tranquilidad habitacional. Es así como no se puede pasar por alto que este fenómeno afecta a un rango más amplio de ciudadanos además de los agraviados directamente. Aquí se produce una nueva frontera para la reconciliación.

138 Velasco, “Reconciliación y justicia”, 14.

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Si bien es cierto que la espiritualidad del encuentro no proveerá de soluciones directas a los conflictos sociales y políticos, sí proporcionará un punto de vista certero y esperanzado para creer en la posibilidad de construir una humanidad más centrada, basada en relaciones igualitarias de intercambio amoroso.