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el español que superó a Schindler

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Sin poseer la notoriedad del encumbrado alemán Oskar Schindler, pero habien- do multiplicado por cinco la lista de judíos salvados por su accionar, Ángel Sanz Briz, es el diplomático español que evitó la muerte de 5.200 judíos húngaros durante la II Guerra Mundial.

Nacido en Zaragoza el 28 de septiembre de 1910, Ángel Sanz Briz, cursó De- recho, ingresó posteriormente en la Escuela Diplomática en 1933 y finalizó sus estudios poco antes del comienzo de la Guerra Civil Española.

En marzo de 1944 ya se comentaba que la guerra estaba perdida para el Tercer Reich. Mientras los Aliados ultimaban los preparativos para el desembarco en Normandía, los rusos avanzaban decididamente por el este.

Ante ese sombrío panorama, el vesánico Hitler, decidió invadir Hungría, el único país de Europa central que hasta ese momento no había caído bajo la férula nazi. Al nombrar al sanguinario Adolf Eichmann como Gauleiter (Gobernador) de Hun- gría, el régimen nazi patentizó su decisión de implementar la Solución Final, peno- so eufemismo de aniquilación, con los judíos húngaros. Estos, integrantes de una centenaria y próspera comunidad, mientras eran saqueados y despojados de sus pertenencias, fueron obligados a registrarse, a bordarse en la solapa la estrella de David, para casi de inmediato ser transportados en trenes de ganado al sur de Polonia, al campo de concentración de Auschwitz, donde serían gaseados. Dada la premura por acelerar el exterminio, a diferencia de otros países de Eu- ropa, en Hungría no hubo guetos, no fueron necesarios.

Mientras el Gobierno filo-alemán de Miklos Horthy colaboraba con los invasores, los nazis húngaros de la Cruz Flechada, consumaban despiadados pogromos y

persecuciones por las calles contra los judíos de Hungría, al tiempo que instala- ban campos de tránsito para concentrarlos antes de su envío a la muerte. El cuerpo diplomático destacado en Budapest, era testigo horrorizado de los acontecimientos.

En la legación española, que no se sospechaba ni mucho menos de simpatizar con los Aliados, el encargado de negocios, Miguel Ángel de Muguiro, escribió a Madrid, reportando escandalizado, las vejaciones, palizas, registros y otras abe- rraciones con las que se solazaban los miembros de las SS.

En Madrid, estaban absolutamente al tanto de las intenciones del “amigo ale- mán” en Hungría. Un año antes, según consigna en una excelente nota Fer- nando Díaz Villanueva, don Federico Oliván, secretario del embajador español en Berlín, escribió al Ministerio de Relaciones Exteriores pidiendo permiso para ayudar a los pocos judíos que iban quedando con vida en el Gran Reich: “Si España se niega a recibir a esta parte de su colonia en el extranjero, la condena automáticamente a la muerte, pues ésta es la triste realidad”. La colonia a la que se refería eran los judíos sefarditas, herederos lejanos de aquellos que fueron expulsados de España por los Reyes Católicos en 1492.

Tanto Oliván en Berlín como Muguiro en Budapest habían rescatado un viejo decreto promulgado por Primo de Rivera en 1924, en virtud del cual todos los que demostrasen pertenecer a aquella Sefarad errante, obtendrían de inmediato

la nacionalidad española. Ocultaban que el efecto del decreto había expirado en 1931, pero en Ma- drid no se acordaban y los nazis, naturalmente, no lo sabían. Muguiro se sustentó en ello para solicitar a las autoridades húngaras la protección de los se- farditas. El problema es que en Hungría realmente sefarditas quedaban ya muy pocos. No daban ni para llenar un tren”.

Sin amilanarse, informando a Madrid del futuro aciago que aguardaba a la comunidad hebrea, usufructuando su condición de diplomático, Mu- guiro, intercedió a favor de todos los judíos que pudo y engrandeció su obra al apropiarse de un cargamento de 500 niños, a los que les extendió visado y envió a Tánger, salvándolos de la inexora- ble muerte que les esperaba en Polonia.

Este hecho y otros análogos que trascendieron, fueron los que generaron la animosidad en su con- tra de los húngaros y alemanes, y los que determi- naron, el cese inmediato de sus funciones.

La causalidad, en nombre de la Divina Providencia, hizo que el sucesor fuera su secretario, un joven de 32 años que se llamaba Ángel Sanz Briz, un zaragozano casado con una hermosa mujer, con la que tenía una niña recién nacida.

Sanz Briz, quien estaba consustanciado con la polí- tica de Muguiro, fue nombrado encargado de nego- cios de la Embajada de España. Junto a un italiano llamado Giorgio Perlasca, que había combatido en la Guerra Civil, refinó y perfeccionó los procedimien- tos de su antecesor. La premisa era hacer lo mismo, pero con mayor sigilo y menor exposición.

Para evitar elucubraciones y conjeturas, a Perlasca lo nacionalizó español y lo contrató para que trabaja-

se en la Embajada, donde en lugar de su primigenio nombre Giorgio, se lo empezó a llamar Don Jorge. Entre los diplomáticos acreditados en Budapest, hubo varios más comprometidos en la salvación de vidas. Con seguridad, fueron inspiradores de Sanz Briz.

En la Embajada de Suecia descollaba, Roul Wallen- berg, quien fue la tabla de salvación de miles de judíos condenados a muerte. En la de Suiza, Carl Lutz, el inventor de los salvoconductos de protec- ción denominados “schutzbriefe”, que significaron para los judíos, certificados de vida.

Imposibilitado de informar al Ministro de sus inten- ciones, para no correr el riesgo de ser cesado en sus funciones, al igual que Muguiro, Sanz Briz se limitaba a detallar las atrocidades que estaban per- petrando los nazis y los vernáculos Cruz Flechada en Hungría, contra la inerme población judía. Las denuncias de Sanz Briz, no tenían respuesta de Madrid. El silencio, interpretado por él, como haga lo que le parezca, pero no genere complica- ciones, fue el acicate que necesitó para intensificar sus esfuerzos en aras de salvar la mayor cantidad posible de vidas.

Curiosamente, a Madrid, no le parecía del todo mal que los sefarditas retornaran a su patria, de la que injustamente habían sido expulsados los judíos cinco siglos antes. Los nazis incrédulos, no comprendían que la España de Franco, a la que habían auxiliado, se preocupara por unos judíos desterrados desde hace tanto tiempo atrás. Aún sin entenderlo lo toleraban. En un hecho sin precedentes, la Embajada de España en Berlín, logró sacar de Bergen-Belsen a 365 judíos que según el embajador, eran de origen sefardita, ju- díos de origen español.

Los nazis de Hungría, no sabían fehacientemente el número de judíos de origen sefardita, pero sa- bían que eran muy pocos.

Sanz Briz, conocedor de la propensión del asesino Eichmann a la molicie, le envío una carta en respe- tuosos términos, acompañada de una considerable suma de dinero, para que los descontrolados bata- llones de las SS no afligieran a “sus” judíos. Los cuantiosos estipendios recibidos, lograron que el representante español, obtuviera el exiguo cupo de 200 personas, que eran la cantidad de sefar- ditas estimados en el país. Sólo podría emitir 200 pasaportes, ni uno más.

Sanz Briz aceptó sin protestar la dádiva y dio órde- nes en la Embajada para preparar los salvoconduc- tos, pero no los 200 asignados, sino todos los que fuera posible. Para ello, se valió de un ingenioso y arriesgado ardid. Ninguno de los pasaportes debía tener un número mayor al 200, pero tampoco de- bían repetirse. Para ello fue creando varias series que iban del uno al 200. Por ejemplo del pasaporte 80, había varios de las distintas series.

El truco era perfecto pero insuficiente. Para salvar a mil necesitaba cinco series, 2000 diez y así su- cesivamente. Pasaportes con el mismo número y diferente serie eran entregados a los temerosos portadores.

A los efectos de disminuir las series, ideo aplicar el cupo otorgado por los nazis, no a individuos sino a grupos familiares, de modo que un pasaporte pu- diese pertenecer a cinco o seis personas.

No obstante, el riesgo de ser descubierto por los nazis era muy grande.

Todo podía desmoronarse si un agente de la SS en un control de documentos, parase en la calle a dos portadores de un pasaporte con igual número pero de diferente serie. En virtud de ello y contem- plando el hecho que los nazis advirtieran que había muchos sefarditas en las calles de Budapest, Sanz Briz, alquiló varias casas para cobijar a los judíos. Estos debían restringir al máximo sus salidas, salir un rato preferentemente por las mañanas, mien- tras que la Embajada se encargaría de proveerles comida y medicación, y fundamentalmente de te- ner alejados a los nazis de sus viviendas.

Para extremar los recaudos, Sanz Briz mandó co- locar una placa en húngaro y alemán que decía: “Anexo a la legación de España. Edificio Extrate- rritorial”.

Los judíos permanecían en sus casas hasta que Sanz Briz conseguía trasladarlos a Suiza, España u otro país en el que estuviesen a salvo.

Alrededor de 5.200 personas fueron salvadas de la muerte por Sanz Briz. Cuando regresó a Espa- ña, no fue objeto de felicitaciones y tampoco de críticas. Prosiguió con su carrera diplomática sien- do destinado a los Estados Unidos y durante 35 años representó a España en numerosos países del mundo y falleció el 11 de junio de 1980, siendo embajador ante el Vaticano.

En 1991 el Museo del Holocausto Yad Vashem de Jerusalén, en Israel, distinguió su acción y trans- firió a sus herederos el título de Justo entre las Naciones, inscribiendo su nombre en el Memorial del Holocausto. En 1994 el gobierno húngaro le concedió a título póstumo la Cruz de la Orden del Mérito de la República Húngara.

Ángel Sanz Briz, fue un piadoso cristiano, el primer diplomático que apareció en un sello de correos de España, al que recuerdan usando su nombre de pila, como al “Ángel español en Budapest”.

Budapest /

Construida entre 1854-1859 por la comunidad judía Neolog de Pest, según los proyectos de Ludwig Förster, esta sinagoga monumental tiene una capaci- dad de 2.964 asientos (1.492 para hombres y 1.472 en el piso superior, para mujeres) lo que la convierte en la más grande de Europa. Se inauguró el 6 de septiembre de 1859.

La sinagoga original fue bombardeada por el partido pro nazi Cruz Flechada, el 3 de febrero de 1939. Fue utilizada como base para la radio alemana y también como establo durante la Segunda Guerra Mundial. El edificio sufrió severos daños por las incursiones aéreas durante la ocupación nazi, pero sobre todo durante la batalla por la liberación de Budapest. Durante la era Comunista, y con

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