III. DE PUERTAS ADENTRO: MUJER, VIDA Y ESCRITURA COLONIAL
3.1. Recogidas y tapadas: las mujeres coloniales
3.1.2. El estado de excepción como regla: el convento colonial
Entréme religiosa, porque aunque conocía que tenía el estado de las cosas (de las accesorias hablo, no de las formales) muchas repugnancias a mi genio, con todo, para tal negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionada y lo más decente que podía elegir en materia de la seguridad que deseaba de mi salvación, a cuyo primer respeto (como al fin más importante) cedieron y sujetaron la cerviz todas las impertinencillas de mi genio, que eran de querer vivir sola, de no tener ocupación obligatoria que embarazase la libertad de mi estudio, ni rumor de comunidad que impidiese elsosegado silencio de mis libros.
Sor Juana Inés, Respuesta a Sor Filotea de la Cruz.
Dos aspectos llaman mi atención en esta cita, la dualidad de una opción: matrimonio o convento, y la coagulación de un deseo: “el sosegado silencio de mis libros”. Sor Juana extiende los límites que su sociedad le otorga, pero no los transforma. La posibilidad de un saber femenino queda limitada al convento94.
Una imagen atraviesa la historia iconográfica de occidente: la del monje medieval que sentado ante el pupitre copia un manuscrito. El laico especializado en las armas, el monje en las letras. La cultura occidental pasa por el convento y el monasterio. La primeras letras son letras sagradas.
Así, el convento colonial como recinto intelectual femenino resulta de una combinación paradójica: la excepcionalidad convertida en regla, pero también la herencia de una metáfora espacial que se activa.
94 A modo de crónica-novelada del mundo conventual colonial, que toma la figura de Sor Juana como
protagonista, puede leerse BENÍTEZ, Fernando: Los demonios del convento: sexo y religión en la
La importancia de los monasterios masculinos declinó en el Nuevo Mundo, donde la mayor parte de sacerdotes y misioneros que llegaban a tierras americanas desarrolló un apostolado activo, centrado en la evangelización y catequización del continente. Sin embargo, las estructuras sociales de recogimiento y clausura que la sociedad colonial anhelaba para sus mujeres fomentaron el fenómeno inverso en el caso del monacato femenino. Habrá que esperar hasta casi el siglo XX para tener testimonios escritos de la labor misionera de la mujer en Latinoamérica95.
Desde la fundación de los primeros conventos en tierras de indias: “La Concepción” en México (1540), “La Encarnación” de Lima (1541) y “Santa Clara de Tunja”, Colombia (1573), el número de conventos coloniales iría en aumento de forma vertiginosa. Así, las tierras americanas se poblarían de auténticas repúblicas de mujeres, que vivían en un permanente estado de excepción, que, sin embargo, no llegan al grado de poetización y abstracción que muchas veces se espera de la clausura conventual; ya que el claustro colonial jamás podrá pensarse como “un refugio ante la banalidad del mundo”, ni como un “paréntesis frente al tiempo”, pues el mundo exterior no paraba de penetrar por las múltiples fisuras que el recinto conventual le dejaba, aunque sí es cierto que los “conventos recoletos” o “pequeños” se aproximarían más a este ideal utópico.
Frente a la rigidez y a la austeridad de los pequeños claustros los “conventos grandes”96 truncaban cualquier reminiscencia monástica para presentarse como microcosmos desbordados, habitados por una población en ocasiones superior a las mil personas, y asediados por un ritmo de vida caótico, que burlaba todo intento de disciplina.
El extenso trazado arquitectónico de los conventos grandes, su compleja estructura clánica, y los cientos de criadas y esclavas, que habitaban entre sus muros, dotaban al recinto conventual de un bullicio, que asombraba a virreyes y a obispos.
95En el capítulo “La herencia contemporánea” se estudia brevemente la historia misionera en América
Latina, alrededor de la que fue una de sus figuras más representativas: Laura de Montoya.
96 Para una aproximación al valor fastuoso de algunas muestras de arquitectura religiosa colonial puede
leerse el capítulo “De la traza desnuda a la ciudad edificada” que Luis Romero dedica a este particular en su libro Latinoamérica: las ciudades y las ideas, citado en la bibliografía final.
Muchas monjas abandonaban sus hábitos religiosos para vestirse siguiendo las modas de la época; otras, rodeadas de sus criadas y esclavas, rechazaban cualquier tipo de horario o de vida en comunidad y vivían dedicadas a sus placeres personales, al tiempo que, todas participaban de las festividades religiosas y civiles que animaban los claustros con fuegos artificiales, música o teatro. En muchas ocasiones era incluso usual que la abadesa suspendiese la norma y permitiese la entrada de seglares de ambos sexos al claustro. El Sínodo Diocesano de 1668, al que asistieron destacados representantes de la clerecía de Perú escuchó graves quejas sobre lo que empezaba a considerarse un escándalo.
Por tanto, el contacto con el mundo exterior no era nada ajeno a este tipo de recintos, donde, además, el locutorio97 servía de permanente ventana hacia el mundo, pues entre sus visitantes no sólo se encontraban los familiares más allegados a las monjas, sino también sus galanes98.
Asimismo, el locutorio se convirtió también en un espacio donde se trababan tertulias intelectuales o donde se llevaban a cabo alianzas de tipo político. De esta forma, el recinto conventual permitió a la mujer gozar de un protagonismo político que jamás hubiera alcanzado en el mundo extramuros. Las abadesas de los “conventos grandes” se encontraban entre los ciudadanos más poderosos de los virreinatos, gozaban de un prestigio social y de un poder económico equiparables a los de muy pocas personas fuera del convento. Por ello las mujeres más ambiciosas de la época lucharon por ocupar el cargo de abadesa o, en su defecto, alguno de los otros cargos representativos del claustro99. Con todo ello se logró generar un “estado
97 Sobre el valor del locutorio en los conventos coloniales puede consultarse BURNS, C.: Colonial
habits (Convents and spiritual economy of Cuzco, Peru), Durham and London: Duke University Press,
1999. pág.105.
98Bajo el nombre de ‘galanes de monjas’ o ‘devotos’ fueron conocidos aquellos caballeros que acudían
al convento para tener tertulia con las monjas, merendar etc... Los galanes convertían a las monjas en “utópicas enamoradas” y correspondían a sus “favores” con todo tipo de presentes.
99 Para una mayor información sobre la distribución jerárquica de cargos en los conventos coloniales y
otros datos sobre su infraestructura, de los que se da cuenta de forma resumida en las dos notas siguientes, pueden seguirse los textos: Cultura femenina novohispana de Josefina Muriel, Las hijas de
los conquistadores de Luis Martín, Untold Sisters de Electa Arenal y Stacey Schlau... , citados en la
de excepción”, que subvierte muchas de las claves que regían la vida de la mujer colonial, pero que exige a cambio un elevado precio: la renuncia al cuerpo y la clausura.
Uno de los aspectos más sorprendentes de la vida de este tipo de conventos es el modo en el que se accedía al poder político y se ejercía. Las monjas de velo negro100 constituían el grupo de poder, que tomaba por medio del voto democrático el grueso de las decisiones. Aunque las monjas de velo blanco, las donadas o las sirvientas y esclavas no tuvieran derecho a voto, la presión que ejercían con su apoyo a las distintas candidaturas o en la toma de decisiones resultaba decisiva101.
De este modo, cada vez que se avecinaba la elección de una abadesa se desataba una frenética “campaña electoral”, donde se formaban “grupos de presión, campañas de propaganda, compra y venta de votos, secretos acuerdos, promesas y sobornos, articulación de plataformas y promesas de beneficio a cambio de votos”102, pese a que la legislación eclesiástica prohibía expresamente estos métodos y los consideraba inmorales.
100 Las monjas de velo negro eran siempre mujeres pertenecientes a las capas más altas de la sociedad
colonial, que habían ingresado en el convento tras aportar una cuantiosa dote. Constituían el grupo de prestigio que poseía el voto en todas las decisiones conventuales, al tiempo que eran las únicas que podían desempeñar los cargos monacales. Las monjas de velo blanco habían aportado una menor dote antes de profesar y ocupaban un lugar inferior en la escala de prestigio de la sociedad conventual, aunque no podían ejercer el derecho al voto constituían una fuerza de propaganda y presión que jugaba un papel muy importante en las elecciones conventuales. Las donadas eran seglares que tras pasar por toda una serie de rituales religiosos específicos eran aceptadas en el convento como seglares entregadas al servicio de las monjas, también jugaban un papel importante como grupo de apoyo y propaganda de sus candidatas favoritas.
101 Entre los cargos más importantes dentro de la jerarquía conventual se encontraba el de “definidora”,
que dependiendo de la población del convento se otorgaba a un número de entre 4 y 6 monjas. Las definidoras constituían una especie de consejo personal de la abadesa y colaboraban con ella en la toma de todas las decisiones trascendentes para el convento. El cargo individual que precedía al de abadesa en importancia era, quizá, el de “priora”, cargo ejecutivo que consistía en tratar los asuntos diarios del convento bajo la dirección de la abadesa. Otra tarea muy importante era la desempeñada por las “pedagogas”, ocupadas de formar a distintos grupos de la comunidad y de mantener en ellos la disciplina. De igual forma, ocupaciones como la de celadora, tornera... eran, asimismo, muy reputadas.
También resulta sorprendente el relevante papel que los conventos coloniales ejercieron sobre las finanzas virreinales. Si la mujer que quería contraer matrimonio debía acompañar su compromiso de una dote, que era muy importante en la elección de un candidato, también el ingreso en uno u otro convento dependía de la dote que la novicia podía aportar. Este capital, unido al de las otras monjas y al que los propios conventos generaban a través de distintos métodos de financiación (donaciones, artesanía, repostería...), permitía a estas comunidades de mujeres no sólo sustentarse con garantías, sino convertirse en grandes núcleos financieros, que ayudaban con sus fondos a obispos y virreyes.
Junto a la abadesa, el máximo encargado de las finanzas era el mayordomo, que actuaba como representante del convento en todo tipo de transacciones financieras realizadas más allá de sus muros, y que representaba a la abadesa en los tratos con las burocracias reales y eclesiásticas. En el claustro colonial vivieron algunas de las mujeres más poderosas de su tiempo.
No obstante, pese a la extraordinaria notabilidad que la participación económica y política tienen en el especial desarrollo de la vida de la monja colonial, es la dimensión del convento colonial como “recinto intelectual”103 aquella que se debe destacar.
Al crear un espacio particular para el ejercicio de la vida y la palabra el recinto monástico femenino abría posibilidades a los quehaceres intelectuales, pese a las limitaciones y censuras impuestas al estudio serían muchas las mujeres que lograrían hacerse un hueco en la “lucha por el poder de interpretar”104 y que convertirían su
paso por el convento no sólo en una experiencia de adquisición e intercambio de conocimiento, sino también en una oportunidad para legar a la posteridad su propia obra.
La dimensión intelectual del recinto conventual estaba presente desde el ingreso, ya que a las novicias se les exigían unos conocimientos en diversas disciplinas (canto, lectura y escritura, pintura, bordado...) muy superiores a los de cualquiera de sus coetáneas seglares. En el convento la mujer tendría oportunidades de seguir
103 Cifr. ARENAL E. y SCHLAU, S.: “El convento colonial mexicano como recinto intelectual” en
Actas IBLI, México: El Colegio de México, 1994.
instruyéndose, disponiendo de maestras y de una buena biblioteca; pero también de espacio y tiempo propios. La celda conventual funciona en la colonia como la own room de Virginia Woolf, y así supo entenderlo Sor Juan.
Desde aquí las monjas coloniales buscarían conectar con épocas pasadas, donde el papel de la mujer en la Iglesia había sido mucho más activo y reconocido, y tratarían de asentar las bases para redefinir y reinterpretar no sólo la misma Biblia, sino también el propio universo. La experiencia mística de la Madre Castillo, Sor Úrsula Suárez o la Madre María de San José, la lucha intelectual activa de Sor Juana Inés de la Cruz o la labor reformista de Santa Teresa son algunos de los ejemplos más destacados de la participación dinámica de la monja profesa sobre su entorno; pero son muchos más los nombres que suministran las crónicas conventuales y también muchos los que nunca accedieron a sus páginas.
Entre el deseo y el mandato la escritura femenina conventual reclama su espacio en el corpus de la literatura hispanoamericana colonial y pide la palabra para sus mujeres, recupera el eslabón perdido, o acallado, de una historia.