3.2 Escribir en tiempos de conquista y colonización
IV. LAS LEYES DE LA HERENCIA: LECTURAS PARA UNA MÍSTICA
4.4. Galería de retratos
4.4.1. En el umbral: Agustín de Hipona
Voy a confesar lo que sé de mí. Voy a confesar también lo que ignoro de mí.
Agustín de Hipona, Confesiones, 6,8.
“Voy a confesar”, el acto de confesión agustiniana traza un umbral, por primera vez un ‘yo’ habla y despliega el retrato de una poderosa interioridad. Confesión y conversión, pero también filosofía del tiempo y de la memoria, se encuentran cifradas en un relato instalado en el origen. Éste es el comienzo de un linaje.
El relato de Agustín de Hipona se articula sobre el modelo de narración asignada, el ‘yo’ de la narración se dirige a un ‘tú’, instancia siempre ocupada por Dios. En unas breves líneas se relata la infancia, mientras que, son varios los capítulos dedicados a una adolescencia y una juventud volcadas en los placeres del
cuerpo. La “naturaleza pecadora” será convertida y redimida y, desde aquí, se inicia un nuevo relato: el de las gracias de Dios. Sin embargo, las Confesiones distan mucho de reproducir los tópicos genéricos que habrán de desarrollar los libros de vida. Agustín de Hipona es, ante todo, un pensador, y su relato un tratado de sutil filosofía clásica. Su herencia viene cifrada por Platón, Aristóteles o Cicerón.
Los relatos de vida conventuales contienen siempre una escena de lectura, su historia está horadada por aquello que leyeron, heredan la palabra, que ha pasado de mano en mano, de texto en texto. Escriben desde un modelo, y siempre, en el comienzo, Las Confesiones, modelo de modelos. No hay narración de vida si no hay lectura. Teresa de Jesús recomendaba orar y meditar con la ayuda de un libro. El mismo Agustín de Hipona ha leído y sus lecturas han sido determinantes. La lectura puede convertirse en motor de vida, filtra y lega una ideología:
Y así, siguiendo el orden establecido en la enseñanza, llegué a un libro de cierto Cicerón, cuya lengua casi todos admiran, pero no su contenido. Aquel libro contiene una exhortación a la filosofía y se llama Hortensius. Este libro cambió mis afectos y trocó mis plegarias hacia ti, Señor. Hizo que mis votos y deseos fueran otros. De repente me pareció despreciable toda enseñanza vana, y con un ardor increíble de mi corazón deseaba la inmortalidad de la sabiduría y comencé a levantarme para ir hacia ti... El amor hacia la sabiduría tiene un nombre en griego, a saber, filosofía, al cual me encendían aquellas páginas149.
Pero, aquello que va a resultar más interesante para el presente trabajo, será el modo en que las Confesiones esbocen el diseño de una tecnología corporal que sucesivos autores habrían de ir perfeccionando. El texto de Agustín de Hipona escenifica una compleja síntesis, trabajo de sellado de una dialéctica problemática: carne vs. espíritu, sentidos corporales vs. alma. La dialéctica de unión/tensión entre los componentes del binomio se encuentra aquí por vez primera escenificada. En los capítulos X, XXIV, y XXXIV, Agustín de Hipona se enfrenta a la llamada de los sentidos corporales, y la resuelve de forma fundante para toda la cristiandad. Las monjas coloniales serán herederas del tratamiento que aquí recibe la sensorialidad,
149 DE HIPONA, A.: Confesiones III, 4,7. La edición que aquí se maneja es la de Madrid: Akal, 1986,
imitándolo de forma explícita, fuente de dogma, éste será un importante legado. El lenguaje de los cuerpos que atraviesa sus escritos es de origen agustiniano.
El cuerpo y los sentidos son un obstáculo para la ascensión hacia Dios o el bien supremo. Éstos inclinan al hombre hacia el goce de la materia, es preciso apartarlos para acceder al espíritu. Hasta aquí es escasa la novedad en relación a otros pensadores. No obstante, en las Confesiones es posible encontrar una concepción del alma en que materia y espíritu se sintetizan, superando la fractura entre espiritualistas y defensores de la divinidad de Cristo (y por tanto del valor de la carne) en los primeros siglos del cristianismo. Si este problema no hubiera sido resuelto el programa de Imitatio Christi jamás se hubiera convertido en el eje que articula la vida.
Por esto, la represión del deleite de la materia es la meta a la que debe dirigirse el santo: “Oí otra voz tuya: no vayas tras tus concupiscencias y reprime tu deleite”150. La tentación siempre se encuentra al acecho. Capítulo a capítulo Agustín irá comentando sus propias ataduras con cada uno de los cinco sentidos: el tacto se vincula al sexo, su control se encuentra en el ejercicio de la castidad, el gusto a la gula y al placer de la comida, su remedio será el ayuno y la abstinencia, el olfato no parece presentar demasiados problemas, mientras que la vista y el oído van a ser tratados de manera especial, pues éstos no invitan a pecar de manera explícita, sino que pueden ofuscar el intelecto del cristiano, que quedaría atrapado por una dulzura sensorial que convierte en secundaria la palabra de Dios. El sentido es aceptado pero siempre que vaya tras la razón. La carne es respetada si queda doblegada ante el espíritu: “Pero, aun en esto me engaña muchas veces la delectación sensual- a la que no debiera entregarse el alma para enervarse-, cuando el sentido no se resigna a acompañar a la razón de modo que vaya detrás, sino que, por el hecho de haber sido por su amor admitido, pretende ir delante y tomar la dirección de ella”151.
Por este motivo, “El concepto de santidad, la meta del cristiano, aparece así en Agustín como infinito matemático, como el mismo concepto límite: se tiende siempre hacia él y es inalcanzable..., pero la búsqueda de ese final espiritual tampoco debe
150 Confesiones X, 31, 45. 151 Confesiones, X, 33.
tener fin”152. La carne será siempre un freno para el cuerpo, pero la respuesta no
radica en su negación, sino en un ilimitado trabajo de sumisión de los sentidos a la racionalidad determinada por el espíritu. Convenientemente controladas la carnalidad y la sensorialidad son indispensables para la realización cristiana.
La experiencia mística es ya una experiencia trabada sobre el cuerpo, la enfermedad se muestra como lenguaje de ofrenda, y el cuerpo articula una retórica de dolor, pero también de llanto, como semiótica que completa lo lingüístico. Las Confesiones se presentan como una de las primeras puestas en escena de la retórica del llanto, que en épocas posteriores habría de alcanzar gran trascendencia: “¿Por qué el gemir, el llorar y el suspirar se saborea como suave fruto de la amargura de la vida?”153.
Problemática de la carne y del espíritu, pero también teoría de la luz, como manifestación de la gracia. Agustín de Hipona lega a la tradición de los libros de vida la narración de la experiencia mística y el análisis de las metáforas de luz como manifestación de la divinidad: “Entre nosotros se distingue el tiempo en que fuimos tinieblas y el tiempo en que Dios nos hizo luz”154.
Sin embargo, la luz forma parte de una teoría metafísica, que nos recuerda al ascenso que el filósofo platónico protagoniza para llegar a la idea de Bien:
Fui pasando así gradualmente de los cuerpos al alma, que siente por el cuerpo; del alma a su fuerza interior, a la que anuncian los sentidos corporales de las cosas externas, y que es hasta donde pueden llegar las bestias. De aquí pasé seguidamente a la potencia racionante a la que pertenece juzgar los datos de los sentidos corporales. Esta potencia reconociéndose en mi mudable, se levantó hasta su propia inteligencia y apartó el pensamiento de lo habitual, sustrayéndose a la multitud de fantasmas contradictorios para descubrir la luz que la inundaba155.
152 TOMÁS FERRÉ, F.: Escrito, pintado (Dialéctica entre pintura e imágenes en el pensamiento
europeo), Madrid: Visor, 1998.
153Confesiones, VI, 11. 154 Confesiones, X, 11. 155 Confesiones, XVII, 23.
En esa camino de ascensión, la sensorialidad dúplice que apunta hacia el alma se vuelve decisiva, esta idea será también heredada por las monjas coloniales: “De todas estas verdades no ponen en duda quienes han recibido de ti el don de verlas con los ojos del alma”156. El corazón se presenta como el núcleo de engarce entre los dos
planos que componen la existencia humana: “Aquí está mi corazón del que te has apropiado cuando yo me hallaba en lo más profundo del abismo”157.
Las Confesiones son, además de un libro de vida, un tratado de filosofía, pero, pese a ello, sientan las bases de la que habría de ser una sólida tecnología corporal absolutamente determinante para el pensamiento y la filosofía de occidente.