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El “Etno-desarrollo”: concepto y aplicaciones prácticas

El lenguaje del desarrollo: acciones de la cooperación internacional y respuestas de los pueblos indígenas de

4. El “Etno-desarrollo”: concepto y aplicaciones prácticas

En los documentos recientes de las instituciones internacionales e intergubernamentales del desarrollo han aparecido, entonces, nuevos conceptos, ideas y metodologías, que consideran a los pueblos indíge- nas como “sujetos especiales”, que merecen un tratamiento muy parti- cular. Los nuevos conceptos e ideas utilizan muy de cerca aportes de las ciencias sociales y manifiestan cierto alejamiento de las orientacio-

nes tecnicistas y economicistas que habían dominado hasta los años setenta del siglo pasado en la teoría y en las prácticas del desarrollo. Los conceptos y términos mencionados son: “desarrollo auto-determi- nado”, “desarrollo con identidad”, “desarrollo autónomo y autocentra- do”, “desarrollo participativo”, “proyectos de vida”.

Pero, uno de los conceptos más eficaces e innovadores que empe- zaron a ser utilizados como “palabras-claves” en los discursos del desa- rrollo indígena fue el concepto de etno-desarrollo, una forma de expre- sión de la “diferencia específica” de los problemas, y de las soluciones, a la cuestión indígena en términos de planificación del cambio social y económico dirigido. Esta nueva concepción del proceso de modifica- ción de las condiciones de las poblaciones indígenas de América Latina tenía su origen en el reconocimiento de los derechos fundamentales de los mismos en cuanto “pueblos originarios”, y en una visión del mejo- ramiento de sus condiciones de vida dentro de una renovada idea de la modernización. La participación activa de los grupos indígenas, la movilización de sus ideas, principios y costumbres, la adaptación plena de cualquier tipo de intervención a los procesos sociales, políticos, eco- nómicos y culturales en curso en el contexto de las sociedades benefi- ciarias, se concebían como condiciones irrenunciables de esta nueva propuesta de corrección a las posiciones corrientes acerca del desarro- llo.

La primera definición del etnodesarrollo, que dio origen al impor- tante movimiento de ideas acerca de este tema, la debemos, como se sabe, al antropólogo mexicano Guillermo Bonfil Batalla, y fue presen- tada en 1981 en una importante reunión internacional en San José de Costa Rica, organizada por la FLACSO y la UNESCO. Vale la pena releerla con atención:

Por etnodesarrollo se entiende el ejercicio de la capacidad social de un pueblo para construir su futuro, aprovechando para ello las ense- ñanzas de su experiencia histórica y los recursos reales y potenciales de su cultura, de acuerdo con un proyecto que se defina según sus propios valores y aspiraciones (Bonfil Batalla y otros, 1982, 133).

Para esta orientación resulta fundamental la noción de cultura pro-

vida de un grupo étnico en un momento dado, sea los que vienen del pasado y son definidos como “originales”, “auténticos”, “tradiciona- les”, sea los que son ajenos y se han incorporado a lo largo de los siglos en los patrones de comportamiento y de pensamiento indígena por medio de la difusión o de la imposición por parte de los estratos socia- les dominantes y/o de los poderes externos coloniales. El problema cru- cial es, entonces, que un grupo minoritario pueda mantener un cierto grado de capacidad de manejo sobre los elementos que constituyen su cultura y pueda decidir sobre el uso de sus recursos culturales, a través de la generación de proyectos propios, a corto o largo plazo, explícitos o implícitos. Este es el principio fundamental del control cultural, con- dición necesaria para realizar formas de autonomía operativa y de “desarrollo propio” (Bonfil Batalla 1981; 1989).

En la Declaración de San José, la cual fue suscrita al terminar la reunión arriba mencionada, el tema en su totalidad fue sintetizado en estos términos:

Entendemos por etnodesarrollo la ampliación y consolidación de los ámbitos de cultura propia, mediante el fortalecimiento de la capaci- dad autónoma de decisión de una sociedad culturalmente diferenciada para guiar su proprio desarrollo y el ejercicio de la autodeterminación, cualquiera que sea el nivel que se considere, e implica una organización equitativa y propia del poder. Esto significa que el grupo étnico es una unidad político-administrativa con autoridad sobre su propio territorio y capacidad de decisión en los ámbitos que constituyen su proyecto de desarrollo, dentro de un proceso de creciente autonomía y autogestión (Bonfil Batalla y otros, 1982, 24).

La fuerza crítica de esta nueva orientación frente a las concepcio- nes tradicionales del desarrollo, de tipo estrictamente economicista y basadas en una pedagogía vertical de las transferencias técnicas, es indudable. Una gran reforma de las estrategias del cambio económico y social dirigido se estaba diseñando en términos generales y teóricos. Pero pronto se empezaron a realizar las primeras experiencias prácti- cas, orientadas por la mencionada posición teórica. Los primeros experimentos provienen de los Cuiva de Venezuela (Fonval 1982), de las comunidades indígenas del Cauca en Colombia (Londoño 1982),

de los Amarakaeri de la Amazonia peruana (Gray 1986) y por fin de los Mapuche de Chile (Mariqueo 1989). Pero sin duda los casos más interesantes e intensos fueron los de los diversos grupos Guaraní de Paraguay y de Mato Grosso do Sul en Brasil, donde la extensa dura- ción de las iniciativas y la adaptación local de las innovaciones pro- venientes del mundo externo, el riguroso control de los excesos de la modernización y la participación plena y responsable en las decisiones por parte de los grupos locales indígenas, así como la investigación antropológica sobre las complejas dinámicas socio-culturales, llega- ron a encontrar un equilibrio raro y sumamente eficaz (Grünberg 1979, Thomaz de Almeida 1991). El proyecto de Grünberg con los Guaraní, que ha continuado en la década de los ochenta, se ha carac- terizado por el necesario y continuo ajuste que tuvo que hacer el inves- tigador-promotor del proyecto al ritmo temporal de la sociedad indí- gena, reduciendo al mínimo su autoridad formal e informal. Los mis- mos indígenas en sus reuniones libres de discusión pública, en su idio- ma y de acuerdo a su organización social y cultural y a su estilo de comunicación y toma de decisiones, identificaron los objetivos y los instrumentos para la realización del proyecto. La toma de decisiones no se adaptó a la forma foránea (típica de casi todos los proyectos) de “talleres” o “reuniones de la Junta Directiva”, sino que se realizó en las asambleas tradicionales, con su ritmo temporal y de acuerdo a su dinámica social y cultural. Los aportes externos al proyecto – recursos técnicos, recursos financieros, asesoramientos – siempre se introducí- an en forma reducida y controlada, para que nunca llegaran a superar, en consistencia y en importancia, los aportes locales. La sociedad indí- gena, de hecho, alcanzaba a dominar y controlar el proceso de cambio y la introducción de las innovaciones a partir de un sistema socio-eco- nómico y cultural dado, que tenía siglos y siglos de experiencia orga- nizativa.

La difusión del concepto y de la metodología del “etnodesarrollo” ha sido muy extensa a partir de los años noventa del siglo pasado, y ha llegado hasta las grandes instituciones internacionales del desarrollo, como por ejemplo el Banco Mundial. Una publicación de 2000, auspi- ciada por el “Latin American and Caribbean Office on Environmentally

and Socially Sustainable Development” está dedicada a las enseñanzas que se pueden traer de un proyecto del Banco entre los pueblos indíge- nas y afro-americanos del Ecuador, y declara muy explícitamente haber adoptado los conceptos básicos de “ethno-development” y de “deve- lopment with identity”, caracterizados por la incorporación, en la pla- nificación y en la implementación del proyecto, de las “cualidades positivas de las culturas indígenas”, como el fuerte sentido de identidad étnica, la radicada vinculación con la tierra ancestral, la capacidad de movilizar el trabajo de la gente para finalidades comunes, la intensa participación en las decisiones, y por último la utilización de la red muy intensa de relaciones sociales locales que constituyen un importante “capital social” (van Nieuwkoop, Uquillas 2000). Y en un interesante y completo trabajo más antiguo de síntesis sobre el tema, que contiene también un balance de las actividades y proyectos del Banco, con un breve análisis de algunos casos concretos de proyectos, aparece una evaluación muy bien equilibrada de las “condiciones” para que se rea- lice un verdadero etno-desarrollo indígena, y es presentada una propo- sición general que vale la pena reportar: “Es más probable que el etno- desarrollo indígena ocurra cuando los pueblos indígenas tengan acceso a los recursos básicos para su reproducción social; cuando hayan logra- do alcanzar un nivel elevado de organización social y de movilización política; hayan podido preservar su identidad cultural (especialmente su propia lengua); hayan establecido lazos sólidos con instituciones del exterior; y cuando tengan patrones de producción que les permitan sub- sistir y obtener ingresos en efectivo. Sin duda, un factor contribuyente lo constituye una política ambiental favorable” (Partridge, Uquillas, Johns 1996, 7). En su bien como en su mal, esta declaración revela mucho de la actitud del Banco y de sus consultores frente a la temática del desarrollo indígena.

También el FIDA ha utilizado muchas veces, como por ejemplo en proyectos en Bolivia, el concepto de “etnodesarrollo”.

En la literatura especializada no faltan algunas críticas al concep- to que se acaba de tratar, que de acuerdo a algunos comentadores, pro- venientes más que todo del mismo mundo indígena, revela su prove- niencia de autores “externos”, frecuentemente académicos; y a pesar de

contribuir no poco a la causa indígena como avance en la dirección de la autonomía y de la autodecisión, de hecho manifiesta una actitud a representar y proponer una “forma corregida de desarrollo”, y no una “alternativa al desarrollo de origen occidental”. Luisa Fernada Velasco ha presentado un cuadro rico y satisfactorio de estos aportes críticos, enfatizando la radical diferencia que existe entre las propuestas de

desarrollo indígena, que toman un punto de vista externo, también en

favor de los grupos indígenas, y las propuestas indígenas de desarro-

llo, que toman un punto de vista interno (Velasco 1999).

Además del concepto de “etno-desarrollo”, se ha utilizado en muchos documentos, y ha asumido el rol de concepto orientador de una cantidad de proyectos y programas en áreas indígenas, el concepto-tér- mino muy vinculado al anterior, de “desarrollo autónomo”, como ya se ha indicado anteriormente. Lo que significa subrayar y enfatizar la necesidad que sean los grupos de beneficiarios, las comunidades indí- genas, los actores principales de los procesos, proyectos y programas de desarrollo. En el sentido más difundido y común la “autonomía” se refiere a los procesos decisionales, principalmente, y a la producción de normas propias en cambio de aceptar normas foráneas. O sea, se con- sidera indispensable la participación activa de las comunidades, desde la fase preliminar de una iniciativa de cambio socio-económico dirigi- do (identificación, planificación, pre-evaluación) hacia las fases de implementación y ejecución. Lo que conlleva inevitablemente la toma en consideración y la activación de las instituciones locales, de las estructuras de decisión y de poder existentes a nivel local; y, conse- cuentemente, la independencia de cualquier interés, poder, y/o decisión que venga desde afuera.

El concepto de desarrollo autónomo es también aplicable al sec- tor específicamente económico, que está vinculado estrechamente a las decisiones políticas y a todas las iniciativas de cambio planificado. Conocer a fondo la economía indígena y sus tendencias a la transfor- mación, sus relaciones con las economías de mercado, antes y a lo largo de los procesos de desarrollo, es entonces indispensable. Investigaciones sobre las economías indígenas, con una atención espe- cífica a sus peculiaridades, sus instituciones propias, sus vínculos

estrechos con las estructuras sociales y culturales, no son frecuentes en la literatura corriente sobre desarrollo y pueblos indígenas. Es por la mencionada razón que vale la pena citar un libro no muy reciente, pero muy importante, dedicado al conocimiento de las economías indígenas como base fundamental para cualquier tipo de intervención de cambio dirigido. En este libro sobre la economía indígena y el mercado como bases para una seria planificación del desarrollo autónomo, aparece evidente una cierta actitud que se ha manifestado en algunas ONGs dedicadas a la causa indígena, hacia el estudio y la registración atenta y bien documentada de las fuerzas sociales de la economía (institu- ciones formales e informales) que ya existen en un contexto indígena dado, antes de que se planifique una intervención. Las formas sociales de la producción y las respuestas a las innovaciones técnicas, la divi- sión social del trabajo entre sexos y edades, la importancia del inter- cambio de servicios, de alimentos y de trabajo, las deudas sociales y la circulación monetaria, y por fin la presencia de la economía indíge- na en los mercados locales, son todos temas que rescatan la persisten- te pobreza de datos que caracteriza todavía la mayoría de los textos de proyectos en áreas indígenas (Chase Smith, Wray 1995). La recolec- ción de datos de investigación sobre las estructuras sociales de poder y decisión, de producción repartición-intercambio, y de consumo, entre las diferentes comunidades involucradas en proyectos y progra- mas de desarrollo, constituye entonces el fundamento irrenunciable para que se llegue a una correcta identificación y planificación de intervenciones. Pero por sí solas, estas dimensiones son insuficientes. Es necesario también, como aparece en toda una literatura reciente, que se le conceda un espacio apropiado a todo el patrimonio de ideas, concepciones, percepciones y categorizaciones, que acompañan desde cerca los procesos de acciones económicas y políticas. Es necesario entonces meterse también en el campo de los “factores inmateriales” que acompañan todo proceso social. La mentalidad, los valores, las aspiraciones, las expectativas, y los términos-conceptos mismos utili- zados – en pocas palabras, los sistemas de pensamiento indígena – son parte esencial, no secundaria, del proceso de desarrollo de los pueblos indígenas.