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El existente humano

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en el mundo, sin por qué ni para qué, sin sentido ni finalidad, y sin apelación natural ni superior posible. Tiene conciencia de sí mismo a diferencia de las cosas del mundo circundante que están simplemente ahí, sin conciencia de sí mismas. Y merced a su conciencia tiene capa- cidad de trascendencia. Esto es, es capaz de rebasar sus propios lími- tes y acceder al mundo de los objetos y al de sus semejantes. Es cons- ciente de su imperfección. Basta para probarlo, la existencia del deseo como hecho sustancialmente humano. Un ser pleno no anhela nada, pues nada le falta. En consecuencia, la conciencia de carencia impele al ser humano a la búsqueda incesante de todo aquello que le falta para alcanzar la plenitud. Empero, tal frenesí representa una pasión inútil, pues nunca puede lograr la perfección ansiada.

Empíricamente, el ser humano se percibe como un ser libre, que está obligado permanentemente a elegir entre varias posibilidades. Y lo es, inevitablemente, porque no se ha creado a sí mismo ni se puede probar la existencia de un ser absoluto, causa sui, que le fundamente. Así pues, en la medida en que no ha sido concebido ni pensado por

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nadie, no puede tener una esencia previa. Y sin esencia, sus posibles comportamientos no pueden estar determinados.

El ser humano es una presencia formalmente delimitada que care- ce de esencia predeterminada. No tiene más esencia que la que él mis- mo se da mediante su libre acción. La idea de una esencia genuina y original, presente desde el mismo momento de su nacimiento, es sim- plemente una invención, un artificio, una falsa fabricación idealista, un procedimiento de magia negra, un trabajo sofístico de embaucado- res. Detrás de las cosas no hay algo distinto a su apariencia formal, sino el secreto de que el ser humano carece de esencia, o que su esen- cia fue construida pieza a pieza a partir de su libre voluntad.

Lo que se encuentra en el comienzo histórico de las cosas y del ser humano es el absurdo. El origen de los objetos, de la vida y del ser humano es irrisorio e irónico. Acaba, que duda cabe, con cualquier pretensión vanidosa e idealista. El ser humano comenzó por ser una simple mueca de lo que ha llegado a ser. En el origen del ser humano no se haya un alma que unifica o le da identidad y coherencia, sino barbarie. No hay nada genuino en su pasado más remoto que perviva en el presente, animándolo, desde el comienzo, a desarrollar una for- ma dibujada, concreta y predestinada.

No hay nada en su origen que, per se, nos hubiera permitido anti- cipar lo que el ser humano ha llegado a ser. Nada había escrito en su naturaleza, nada, pues, estaba garantizado. Al contrario, la genealogía del ser humano sólo encuentra indefinición, riesgo, incertidumbre, indeterminación, contingencia y gratuidad. En definitiva, en su origen y evolución se percibe su libre albedrío y la exterioridad del accidente. En el pasado del ser humano no hay esencia, sino existencia fortuita, biología, desorganización, ausencia de orden simbólico, errores o aciertos, fracasos o éxitos, malos cálculos o predicciones bien conjetu- radas, desviaciones ínfimas pero suficientes que, en definitiva, fueron determinando su evolución. No tiene un destino personal irremedia- ble, sino que es lo que él mismo decide ser. Su esencia es producto de su absoluta libertad.

En efecto, el ser humano es libre. Baste como prueba su capacidad imaginativa. Si bien la imaginación es una alternativa a la realidad mediante la cual se pueden inventar futuros esperanzadores y creen-

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cias lenitivas, conviene señalar que la función esencial de la concien- cia imaginativa no es precisamente ésa. La imaginación es la condi- ción sine qua non de la libertad, y la premisa de la acción. Cuando un ser humano debe decidir entre varias posibilidades, la conciencia tie- ne que imaginarlas previamente y sopesar sus pros y contras. En este sentido, lo imaginario anticipa lo que todavía no existe como algo que puede llegar a ser realmente. La imagen, en cuanto motor activo de la libertad y de la acción, se realiza como la excitación del deseo que tien- de a hacer presente y real el objeto todavía ausente y tan sólo imagi- nado. El ser humano emprende la transformación de su situación pre- sente en función de algo que le falta, es decir, de una situación que desearía ver existir, pero que actualmente no existe más que en forma de proyecto. Esto es, sólo de manera imaginada.

Ni siquiera la ética representa un límite de libertad, pues, en reali- dad, la moral no existe antes que el ser humano. Los valores no son realidades independientes de su voluntad, sino producto de su propia determinación, que puede cumplir o transgredir. En ninguna parte está escrito que haya que ser honesto o que no se deba mentir, sino que es el ser humano el que da fundamento moral a esas conductas, que luego acata libremente.

En este sentido, está abandonado a su suerte sin poder encontrar socorro en un signo inteligible escrito sobre la tierra ni inscrito en el cielo. El ser humano está totalmente desamparado, obligado a elegir entre el conjunto de posibilidades que hacen posible su porvenir. Es, en definitiva, absolutamente responsable de todo lo que hace. Como dice Sartre: el hombre es el porvenir del hombre.

El ser humano toma conciencia de la facticidad, fragilidad, contin- gencia y finitud de su propia existencia al percibir el devenir incesan- te del tiempo, la materialidad del mundo circundante y la precariedad de su propia corporalidad.

El tiempo es una síntesis vivencial organizada en cinco fases: el antes, el pasado, el presente, el futuro y el más allá. El antes nunca ha sido. Es algo tan sólo imaginado. Se desmorona en un punto singular y mítico en el cual el universo fue supuestamente creado. El pasado ha sido, pero ya no es. Es tan sólo un cúmulo de recuerdos. El pre- sente es tan sólo un instante infinitesimal del que apenas se puede dis-

poner. El futuro no es aún, ni siquiera está garantizado que llegue a ser. Es simplemente un porvenir posible. El más allá nunca será, se desploma en la nada, pues es tan sólo una elaboración desiderativa de la subjetividad.

La percepción que tenemos del tiempo no es, sin embargo, una secuencia de instantes sucesivos ni una suma de vivencias que suceden una tras otra para desaparecer después de haber sido reales un momento. Por el contrario, existe una sensación de duración, de per- sistencia, de amplitud y de disponibilidad. Esta sensación se debe a que las cinco fases del tiempo se integran en una síntesis original y presente, vivida y experimentada simultáneamente como un todo indi- visible. Totalidad vivencial que viene determinada por la trayectoria pasado-presente-futuro implícita en todo proyecto humano. Según Husserl, la vivencia del tiempo es un eterno ahora.

La concepción del tiempo determina la conciencia de finitud, pues acota al sujeto en unas coordenadas infranqueables: el nacimiento y la muerte.

El descubrimiento del mundo circundante le sitúa ante una nueva realidad que no admite refutación lógica alguna: entre el ser humano y el mundo hay continuidad. Ocupa un espacio material y se mueve a través de él, venciendo una resistencia. No hay vacío. El ser material está doquiera, en torno de él, pesa sobre él y le asedia. El espacio vivi- do, según Husserl, representa un aquí ubicuo con respecto al cual todo lo demás está ahí, al mismo tiempo, aunque a una distancia variable. Toda conciencia vive, indefectiblemente, en un aquí y ahora. El mun- do material evidencia que más allá de la percepción fenoménica, no hay nada.

El cuerpo, sede de la conciencia, asiento de los sentidos e instru- mento de la acción, denota de forma irrebatible la sensación de fragi- lidad y finitud. El cuerpo nace, vive, disfruta, enferma, envejece, ago- niza, muere y se descompone. Aquí se agota el conocimiento empírico que del cuerpo se puede extraer.

El ser humano es, pues, un ser que vive ante la posibilidad inevita- ble y permanente de dejar de ser, y cuya probabilidad de no ser aumen- ta en determinadas circunstancias de la vida. Esta posibilidad de no ser, que nos remite con certeza a un final próximo o remoto, es el ori-

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gen de la angustia. La angustia localiza la nada en un punto concreto: la muerte, y designa la extensión incierta que es preciso franquear para presentarse ante el punto final. La historia de una vida, cualquie- ra que sea, es la historia de un fracaso, puesto que el ser humano no puede hurtarse a la suerte final de la muerte.

Son variadas las formas alienadas de enfrentar la delicada cuestión de la finitud. La histérica maquilla patéticamente su nada potencial. El fóbico circunvala de puntillas las experiencias subrogadas del trágico destino, en un vano intento de eludir lo inevitable. El obsesivo trata de controlar, mediante rituales de carácter supersticioso, el infortunio que anticipa la muerte. Y el creyente penetra en una nueva realidad, un más allá desiderativo, en el que conservará, no obstante, la misma identidad, eso sí, plenamente realizada.

Podemos afirmar que la facticidad, la libertad, la contingencia, la fragilidad y la conciencia de finitud son las condiciones fundamenta- les del ser humano. Y, en la medida en que no encuentra ni en sí ni fue- ra de sí una posibilidad a la que aferrarse, es, además, un ser abando- nado y desamparado. En una palabra, el ser humano vive asediado por la conciencia de su libertad, endeblez y finitud.

El ser humano es, en efecto, un ser contingente. No es un ser nece- sario, pues podría perfectamente no haber existido. Está ahí simple- mente, sin razón alguna ni propósito determinado. Es un ser total- mente gratuito, limitado en el tiempo y rodeado de ser por doquiera: delante, detrás, arriba y abajo. No existe ningún ser superior, objeti- vamente demostrado, que pueda explicar su existencia ni ser su fun- damento. Es sencillamente producto del azar o, si se prefiere, conse- cuencia de la evolución de la materia. El suceso más antiguo que pue- de datarse, se remonta a unos trece mil millones de años: el Big Bang o gran explosión de energía que dio origen al universo. Sin embargo, el ser humano, producto de la evolución de la materia, surgió muchos millones de años después. El Australopithecus africanus vivió hace unos dos millones de años, el Homo erectus hace un millón de años, el Homo sapiens apareció en el planeta hace quizá quinientos mil años y, finalmente, el Homo sapiens sapiens, forma moderna y no extinguida de nuestra especie, probablemente hace tan sólo treinta y cinco mil años. El origen del ser humano dista mucho, pues, de la

explicación ingenua y mítica que ha dado el Génesis. En la actuali- dad se pretende explicar el origen del cosmos, de la vida y del hom- bre mediante una nueva idea propuesta por Phillip E. Johnson: Diseño inteligente. Según esta peculiar idea, parece muy poco proba- ble que la complejidad y precisión con la que está hecha la vida y el universo sea efecto de la coincidencia y la casualidad. Reducir seme- jante complejidad y perfección al azar es un hecho tan improbable que debe declararse increíble. Por ello, considera que para concebir semejante perfección es necesaria la intervención deliberada de un diseñador cósmico, inteligente y superior.

Sin embargo, la baja probabilidad de un hecho no es prueba de que exista intencionalidad. Un afortunado al que le ha tocado la lotería, no puede deducir sólo de la baja probabilidad del suceso que alguien ha manipulado el sorteo para favorecerle.

La idea del Diseño inteligente no es otra cosa que la tentativa de introducir un caballo de Troya en el ámbito de la racionalidad. Una nueva forma de neocreacionismo bíblico, bajo la apariencia de un dis- curso pseudocientífico. En definitiva, se trata de una justificación a posteriori de la creencia en un creador absoluto y trascendente, el Dios de las religiones monoteístas.

La ciencia nos confirma y ratifica que todo lo real, desde lo suba- tómico hasta las galaxias, es contingente. Constantemente se producen y se destruyen cosas en el universo, que está regido por el principio de incertidumbre. Es más, si no hubiese tal contingencia no podría haber novedad ni evolución en el cosmos. Lo absoluto y necesario se basta- ría así mismo y excluiría, por ende, el despliegue y la multiplicidad de la existencia. Lo absoluto, por definición, lo abarca todo, y es, en con- secuencia, ilimitado. Y un ser sin límites, informe, es la antítesis del ser, es decir, la nada total.

El ser humano, como realidad existente, no es otra cosa que pura contingencia que, por ser enteramente libre, se realiza a sí mismo y da un cierto sentido y finalidad a su existencia.

El hecho de que el ser humano sea necesariamente un ser fluyente y variable, carcomido por la nada y siempre a punto de transformarse en otra cosa mediante un acto de libertad, no es obstáculo para que también reconozcamos en todo hombre un quantum de facticidad. La

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facticidad supone un residium irreductible e irreversible con el que hay que contar indefectiblemente. Dicho de otro modo, todo hombre existe en situación. La situación de cada hombre es el conjunto de sus condicionamientos: el cuerpo, el pasado, la raza, la familia de origen o el lugar de nacimiento. Es decir, todo aquello que le es dado, que está ahí. Aquello que, en definitiva, no es producto de su elección ni puede modificar.

El pasado está ya inevitablemente vivido. No se puede desposeer al pasado de su facticidad radical. No se puede volver a vivir una determinada ocasión. No se puede dejar de hacer lo que se hizo. Inexorablemente el ser humano es un ser-que-en-aquella-ocasión-fue- de-esa-manera.

Sólo a partir de hacerse cargo de su facticidad puede elegir. La libertad es, pues, aquello que se hace con lo dado o fáctico. Si el pasa- do se ofrece como facticidad, el futuro se ofrece como posibilidad y proyecto.

El ser humano existe sólo de hecho: está ahí y es así, como aparen- ta ser, nada más. Más allá de su ámbito biológico, que se limita a res- pirar, comer, beber y dormir, no existe naturaleza humana. Es decir, no hay un conjunto de límites a priori, una determinada organización moral o una directriz genérica que oriente su andadura vital. El instin- to como norma de comportamiento supone una fuerza despreciable en la vida humana. Por el contrario, el ser humano se está perpetuamen- te construyendo. Y se hace a sí mismo desde el momento en que elige entre infinidad de posibilidades. No es la herencia o el determinismo orgánico el que le hace ser como es. Lo que llega a ser en cada momen- to es fruto de sus elecciones y, por ello, la responsabilidad recae única- mente sobre él. Los seres humanos son infinitamente flexibles, capaces de seguir casi cualquier modo de vida imaginable. Partiendo de su fac- ticidad, el ser humano está necesariamente impulsado a obrar, a desa- rrollar una incesante actividad mediante la cual se va construyendo en cada momento. Actividad necesaria e incoercible. Incluso la quietud o pasividad es una forma de actividad libremente elegida.

Cuando la conciencia se orienta hacia uno mismo, se percibe como un sujeto singular, diferente al mundo y a sus semejantes, pero, a su vez, advierte que todo su ser está por hacerse. Es decir, el ser humano

es sustancialmente proyecto. Es tan sólo aquello que se hace. El pro- yecto es a la vez negación y realización: contiene y revela lo superado en su propio movimiento de superación. En relación con la facticidad, la praxis es negatividad, pues zanja lo hecho; en relación con el objeto del deseo, es positividad que se abre hacia lo no existente, hacia lo que todavía no es. El proyecto es, en definitiva, la actualización perseve- rante de la composición ontológica del para sí.

El ser humano carece de uniformidad, pues a lo largo de su expe- riencia vital son muchos y diferentes los sujetos que se dan en él. Un ser humano no es nunca igual a sí mismo ni física ni psíquicamente. Es como una sucesión de yoes dispersos. Es un proceso en constante formación, un devenir incesante que se manifiesta en cada acto y se agota en cada proyecto, renaciendo modificado al ocuparse de una nueva actividad. Sin embargo, esta desagregación yoica, esa falta de uniformidad, producto de los constantes cambios morfológicos y psi- cológicos, es rescatada mediante la conciencia y memoria de la propia secuencia biográfica.

El ser humano goza de total libertad para satisfacer sus deseos y realizar sus proyectos. Ha de elegir constantemente entre numerosas posibilidades que de modo constante aparecen en su vida. Carece para ello de normas naturales o sobrenaturales. En todo caso, tiene que inventar y consensuar con el resto de sus congéneres las normas que guíen su libre albedrío. Puede, sin embargo, actuar conforme a ellas o no. En definitiva, el ser humano está solo con su libertad y es absolu- tamente responsable de lo que decide y de lo que hace.

Sin embargo, esta total libertad con la que debe afrontar la fragili- dad, contingencia y finitud de su ser, le produce angustia. En conse- cuencia, es lógico que, a veces, abdique de ella y se invente excusas con las que eludir su libre albedrío. Las creencias religiosas son las excu- sas a las que con más fuerza se aferra el ser humano para rehuir su omnímoda libertad. Las verdades supuestamente reveladas son firmes asideros que tienen por objeto superar el estado de facticidad, contin- gencia y finitud en que el ser humano se encuentra.

Existen, también, otras formas alienadas de sortear la libertad como son, por ejemplo, los comportamientos neuróticos. El encanijamiento cautelar del fóbico, las mil máscaras de la histérica y la indecisión ince-

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sante del obsesivo se asientan sobre una renuncia de la libertad que tie- ne por objeto, precisamente, el sosiego de la angustia. El ser humano no puede soportarse como ser absolutamente libre, por lo que prefiere desviar la mirada de este hecho y verse falsamente bajo la forma de una apariencia estable y restringida. Esto es, sucumbe ante una supuesta sustancialidad determinista, que le sirve de coartada en la medida en que pude eludir su libertad y la angustia que de ella se deriva.

Según Freud, los comportamientos neuróticos se deben a una mala resolución de un conflicto universal: el Complejo de Edipo. Lacan ase- gura sin embargo, que las neurosis son la consecuencia del peaje o cas- tración, que debe pagar el ser humano para inscribirse en el orden simbólico. Son, por lo tanto, la estructura normal del ser humano.

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