El concepto que los egipcios tenían de los extranjeros en su imaginario venía dado por su peculiar concepto del mundo, un océano de caos que rodeaba una burbuja de orden representada por el Nilo y las tierras controladas por el faraón. Los egipcios situaban a los extranjeros en una especie de tierra de nadie entre ambos mundos, desde la que intentaban penetrar en el ordenado mundo egipcio. Al ser unos seres peligrosos, carentes de leyes y de extraño comportamiento, semejante al de los animales del desierto que el faraón iba a cazar, al hacerlo traían consigo el desorden y eso era algo que no se podía permitir. La propia lengua egipcia deja muy clara esta postura ideológica, porque en egipcio «extranjero» se dice heftiu, lo cual significa «los contrarios», «los adversarios» o «los que están en contra», aunque también se hace referencia a ellos con las expresiones «los derrotados» o «los caídos». Al mismo tiempo, los egipcios pensaban en sí mismos como «la gente de
kemet», por completo diferente a «la gente de haset» (= «del país montañoso» o de «la región del
desierto»). Los extranjeros para los egipcios quedaron unificados con la expresión «los nueve arcos», que encontramos ya en los Textos de las pirámides del Reino Antiguo. La primera lista que menciona a estos «arcos» por su nombre la encontramos en el reinado de Amenhotep III e incluye a los Hau-nebut (al norte), los Shat (al sur), los Ta-Shema (al sur), los Sekhet-Iam (en los oasis), los Ta-mehu (al norte), los Pedjtiu-Shu (al este), los Tehenu (al oeste), los Iuntiu-Seti (al sur) y los Mentiu nu-Setet (al noreste). No son pueblos concretos, sino topónimos generales referidos a regiones más o menos específicas. Según la época, cada una de ellas se refirió a los pueblos que en ese momento estaban en conflicto con el faraón o suponían una amenaza potencial para Egipto.
Como es lógico, esta xenofobia ideológica queda reflejada perfectamente en la iconografía, en la cual encontramos a los diferentes grupos étnicos que formaban el mundo egipcio: los libios, los nubios, los asiáticos y los propios súbditos del faraón, perfectamente diferenciados e identificables merced a sus ropajes y sus rasgos físicos (fig. 7.1). Los nubios (nehesu) aparecen representados con unos rasgos inmediatamente identificables por nosotros. Tienen la tez negra, la nariz chata, los labios carnosos y el pelo ensortijado (ver fotografía n.º 9). Por comparación, la piel de los libios (tjemehu) (ver fotografía n.º 10) y asiáticos (aamu) es muchísimo más clara, mientras que la de los egipcios
(reth) tiene un tono más rojizo, a medio camino entre la de unos y otros. El rasgo más distintivo de los asiáticos, con vestidos largos y coloridos, es su barba, poblada y redonda. Este adorno capilar es algo que los libios en ocasiones comparten con ellos, aunque en este caso su barba es puntiaguda; no obstante, su rasgo definidor es un largo mechón lateral de pelo y una pluma en la cabeza. Mientras que los cabellos de los egipcios y nubios siempre es negro, en ocasiones el de los libios aparece en las imágenes de color claro. Estas características físicas venían acompañadas por otras que calificaban a los extranjeros como ajenos al mundo del orden, y lo cierto es que los textos egipcios no se mostraron tímidos a la hora de describirlas con pormenorizado detalle. Así aparecen caracterizados los asiáticos en las Instrucciones para Merikara, por ejemplo:
Pero ahora, estas cosas se dicen del bárbaro: el vil asiático es el dolor del lugar donde se encuentra; carece de agua, difícil con muchos árboles, cuyos caminos son dolorosos debido a las montañas. Nunca se ha asentado en un lugar, la carencia de comida le hace vagabundear a pie. Ha estado luchando desde el Tiempo de Horus. No puede imponerse; uno no puede imponerse sobre él. No anuncia el día de la batalla, como un ladrón al cual la banda ha rechazado.
Pero del mismo modo que viviré y seré lo que soy, esos bárbaros son una fortaleza vallada cuyas fortificaciones están abiertas y a la cual he aislado. He hecho que el Delta los golpee, he saqueado a sus subalternos y me he llevado su ganado, para horrorizar a los asiáticos que están en contra de Egipto. No te preocupes por él. El asiático es un cocodrilo en la orilla del río que ataca desde un camino solitario, pero no puede hacerlo desde el muelle de una ciudad populosa.[1]
El mundo del asiático es un mundo duro, sin agua, repleto de incómodas montañas, donde la gente no puede establecerse en un lugar fijo y tiene que vagabundear de un lado a otro buscando cómo sobrevivir. Por si fuera poco, los asiáticos son viles y cobardes, incapaces de actuar a la luz del día y siempre tendiendo celadas. Una cobardía que para los egipcios comparten todos los extranjeros, en este caso los nubios, como queda recogido en una estela erigida en la fortaleza egipcia de Uronarti:
Un cobarde es quien deja que le expulsen de su frontera. Dado que los nubios escuchan la palabra de la boca, responderle es hacer que se retire. Si le atacas te dará la espalda, si te retiras comenzará el ataque. No son gentes respetables, son desdichados, con corazones cobardes. Mi Majestad lo ha visto, no es falso. He capturado a sus mujeres, me he llevado a sus subordinados, ido hasta sus pozos, matado su ganado, cortado y prendido fuego a su grano. ¡Como mi padre vive para mí, que digo la verdad! No es una baladronada lo que sale de mi boca.[2]
No es de extrañar que los egipcios intentaran mantener a semejantes personajes lejos de su mundo y que para ello recurrieran a todo cuanto pudiera ocurrírseles, incluida la magia simpática. Nueve arcos grabados en el pedestal de una estatua, en la suela de las sandalias del faraón (fig. 7.2) o unos baldosines con la reconocible imagen de un enemigo tradicional repartidos por los pasillos de palacio, servían para que cada vez que el soberano diera un paso pisoteara, literalmente, a los viles extranjeros. Enemigos a los que también derrotaba cuando los tenía grabados en el pie de un bastón que arrastraba por el polvo o mediante estatuas que los representaban arrodillados y atados, colocadas en los templos. De un modo más formal, esta magia protectora se ponía en práctica mediante unas ceremonias de execración. En ellas, sobre una figurita que representaba groseramente un cuerpo humano, se escribía una lista con el nombre de los enemigos a los que se quería derrotar y las desgracias que les sucederían si no reconocían la superioridad del monarca egipcio:
Todo rebelde de este país, todos los hombres, todos los magistrados, todos los súbditos, todos los varones, todos los castrados, todas las mujeres; todo jefe, todo nubio, todo campeón, todo mensajero, todo aliado y todo confederado de todo país extranjero que se rebele, y que se encuentre en el país de Wawat, de Zatjiu, Irtjet, Yam, Iankh, Masit, Kaau, que se rebele o que conjure, que cree problemas debido a cualquier mala palabra contra el Alto y el Bajo Egipto será destruido para siempre.[3]
Seguidamente, la figurita era destruida, si era de cera fundiéndola, si de barro cocido rompiéndola, etc., de tal modo que su destino fuera el de los pueblos en ella mencionados. Era un modo más de asegurar las victorias del faraón, al igual que la imagen del monarca maza en alto presto a abrirle la cabeza a un grupo de enemigos a los que sujeta por el cabello, o subido en su carro mientras dispara flechas y sus caballos aplastan ingente número de enemigos bajo sus cascos, abriendo un camino de orden por entre sus caóticas filas. Por si esto no bastara, los egipcios construyeron cadenas de fuertes en todas sus fronteras: «El camino de Horus» en el delta oriental, los fuertes del Wadi Natrun en el delta occidental y los fuertes que desde Elefantina se fueron extendiendo hasta bien dentro de Nubia siguiendo el Nilo. Puntos de control entre los cuales circulaban las patrullas egipcias para impedir los accesos no autorizados.
Al mismo tiempo, como nos explica Senuseret III en una estela, era obligación de cada faraón mantener y aumentar la herencia recibida de sus padres:
Llevé mi frontera más al sur que mis padres, le he añadido a mi legado, soy un rey que habla y actúa, lo que mi corazón planea es llevado a cabo por mi brazo [...].
persona; el hijo que vindica a su padre es un modelo, al hacer firme la frontera de su creador. Ahora, en cuanto aquel que la desatienda, que no luche por ella: ¡No es mi hijo, no ha nacido de mí![4]
En realidad no se trataba de adquirir territorios que sumar al valle del Nilo, sino de incrementar la zona de influencia del soberano. Era un modo de ampliar la burbuja y llevar el orden un poco más allá, para que el caos quedara más lejos de Egipto. En el caso de Nubia se persiguió un control directo del territorio; en el caso de Siria-Palestina, atendiendo a la existencia de importantes ciudades-Estado, se prefirió realizar incursiones anuales recaudatorias con alguna guarnición distribuida por el territorio.
Si todo lo anterior fallaba y los extranjeros intentaban penetrar en Egipto para saquear o asentarse a orillas del Nilo, cosa que los libios intentaron y los hyksos llegaron a conseguir, la respuesta del soberano podía ser terrible, como vemos en el caso de Merneptah y los libios:
Se fue a decir a Su Majestad que los vencidos de Uauat atravesaban el sur; esto se produjo el año quinto, tercer mes de
shemu, primer día, mientras que el valiente ejército de Su Majestad mataba al jefe vencido de los libu. No aguantaron, las gentes
de Libu. Las mujeres fueron sacadas de su país; [...] por centenares de millares; el resto fue empalado al sur de Menfis; todos sus bienes fueron saqueados y llevados a Egipto, todos sus jefes pidieron la paz, los territorios fueron devastados por el poder de Su Majestad...[5]
Resulta sorprendente que toda esta saña ideológica, todo este odio visceral por el extranjero, adquiriera con la misma facilidad un carácter completamente contrario, es decir, acogedor y benevolente para con ellos. Es otra de las idiosincrasias de la mentalidad faraónica.
Los contactos de Egipto con el mundo exterior, tanto Siria-Palestina como Nubia, existieron desde el predinástico y se trató siempre de intercambios comerciales pacíficos y mutuamente beneficiosos. De hecho, en el Reino Antiguo las relaciones de este tipo con la ciudad de Biblos para proveerse de madera de construcción aparecen recogidos en los anales reales. En el Reino Medio, gentes llegadas del Canaán recorren el Nilo para comerciar con maquillaje para los ojos, como queda recogido en las paredes de la tumba de Khnumhotep (ver fotografía n.º 4), en Beni Hassan: «Sexto año bajo la majestad del Horus Semtauy, el rey de Egipto Senuseret II. Relación de los cananeos que vienen con kohol, que trajo consigo el hijo del jefe Khnumhotep. Número total de cananeos del país de Neshu: treinta y siete».[6] Con el Reino Nuevo y la llegada de las relaciones internacionales a gran escala —todo el Mediterráneo Oriental formaba parte de un gran red comercial— la imagen del extranjero en el imaginario egipcio se va transformando. El episodio del dominio hykso o la llegada de los pueblos del mar termina haciendo que los pueblos extranjeros dejen de ser caracterizados como alguien que tiene en su naturaleza el ser derrotado por el soberano. El asiático es representado entonces como alguien asentado tras unas murallas, agazapado a la espera de saltar a traición; un ejemplo práctico de cómo la ideología se adapta a la realidad en la que está sumergida. En especial cuando sabemos que los soberanos nubios llegarían a conquistar Egipto y gobernarlo como los faraones de la XXV dinastía.
Dicho esto, en una nueva muestra de esas dicotomías que tanto parecen definirlos, hemos de mencionar que los egipcios eran en realidad bastante acogedores con los extranjeros que aceptaban
integrarse en su mundo. Esta asimilación estaba relacionada con su salida del caos y su entrada en el mundo ordenado. Los egipcios se identificaban a sí mismos por compartir una cultura y hablar una lengua concreta, de modo que si alguien estaba dispuesto a dejar atrás el caos en el que estaba viviendo y seguir la maat pasaba a convertirse en un súbdito del faraón, de un egipcio, en suma. Su etnia o sus características físicas no tenían relevancia alguna en el proceso; si resultaba posible dotarlo de un nombre, transformándolo de este modo en alguien concreto y con existencia real, el extranjero perdía para los egipcios su condición de peligro potencial para el equilibrio del mundo. Desde ese momento quedaba asimilado y recibía idéntico trato que cualquier otro súbdito del faraón. Un ejemplo de esta asimilación en proceso lo podemos encontrar en un listado de servidores tebanos de la XIII dinastía, donde la mitad de los casi cien nombres son hombres y mujeres asiáticos. De estas, ocho aparecen junto a un hijo con nombre egipcio, uno de ellos nacido seguramente de un egipcio que era capitán de barco. Aclaremos, no obstante, que esto sucedía solo cuando se trataba de individuos o pequeños grupos. Ya hemos visto cómo actuaba la cólera del faraón contra los pueblos de fuera del valle del Nilo que intentaban asentarse en él de malas maneras y sin permiso. En cambio, casos de extranjeros perfectamente asimilados en la sociedad egipcia se conocen muchos y en todas las esferas sociales, en muchas ocasiones identificados por su patronímico, que solía llevar unido la coletilla de «el Asiático» o «el Nubio» y no deja lugar a dudas sobre el origen de este. Llegado del sur de Egipto y asentado en el valle del Nilo conocemos a Seneb, un nubio que supo ganarse la confianza de un alto funcionario egipcio, quien llegó a convertirlo en el portador de su sello. No es sino uno entre muchos ejemplos similares que podrían citarse.
Como es lógico, fue durante el Reino Nuevo cuando el número de extranjeros asentados en Egipto aumentó. Por regla general se trató de importación de talento en forma de trabajadores especializados, sobre todo jardineros o viñadores. El grado de asimilación de los extranjeros en la vida diaria egipcia queda reflejado a la perfección cuando sabemos que se incorporaron a una de las más antiguas tradiciones egipcias, el robo de tumbas. En este caso, nada menos que en el Valle de los Reyes: Se trajo al extranjero Pakamen bajo la autoridad del director de los bueyes de Amón. Se le hizo pronunciar un juramento por el señor, vida, salud, fuerza, de que no diría mentiras. Se le dijo: «¿Cómo marchaste con los hombres que estaban contigo y os apropiasteis de las naos portátiles de los reyes que habían sido situadas en la casa blanca del castillo del rey Usermaatramiamun, vida, salud, fuerza?».[7]
En los círculos del poder también encontramos bastantes extranjeros. Un grupo de ellos en la corte egipcia procedía del kap, el colegio/guardería de la Residencia, donde vivían y eran educados los hijos del faraón; pero también los hijos de príncipes extranjeros, llevados a Egipto como rehenes para ayudar a sus progenitores a cumplir sus promesas de lealtad. La asimilación de esos rehenes podía ser completa y llegar a convertirse en importantes miembros de la Administración, como el asiático Aper-el, que actuaría como visir al final del reinado de Amenhotep III, tras haber sido un «niño del Kap». Una vez asimilados, sus descendientes, inmigrantes de segunda y tercera generación, eran egipcios de pleno derecho, como nos demuestra Paser. Su abuelo era un hurrita, pero ello no le impidió en modo alguno convertirse en visir durante los reinados de Seti I y Ramsés II. Idéntico caso
es el de Neferronpet, quien siendo hijo de una asiática pudo acceder al cargo de visir de Tebas a finales del reinado de Ramsés II, y hacerlo tan bien como para continuar ejerciendo durante los primeros años de gobierno de Merneptah.
Extrañamente, unos extranjeros que mucha gente considera que estuvieron en Egipto y en realidad no fue así son los israelitas. Sí, el Éxodo no es más que una ficción histórica. Solo existe un documento egipcio que los mencione. Se trata de una estela de Merneptah donde habla de sus victorias en Libia en el año 5 de su reinado y termina con un listado de los pueblos cananeos a los que derrotó, entre ellos Isiriar, que todos coinciden en interpretar como «Israel» (fig. 7.3). Sin embargo, tras más de un siglo de búsquedas, no se ha encontrado ni un solo resto arqueológico que sugiera siquiera la presencia israelita en el Sinaí en época de Merneptah (1213-1203 a. C.). Los únicos semitas expulsados de Egipto fueron los hyksos a finales del Segundo Periodo Intermedio, entre el 1550 y el 1525 a. C. Unos asiáticos que llegaron a dominar las dos terceras partes de Egipto durante cerca de cien años y cuya expulsión, así como la destrucción de su último bastión en Canaán, sí corroboran tanto las fuentes como la arqueología.
Según Reyes 1, el rollo de la Ley de Moisés se encontró en el Templo durante el reinado de Josías (639-608 a. C.). Desgraciadamente, su estilo de redacción y su contenido presentan sospechosas coincidencias con los textos de vasallaje asirios del siglo VII, lo que junto a otras inconsistencias
similares y las pruebas arqueológicas correspondientes permiten sostener que la Biblia es en realidad un documento redactado a finales del siglo VII a. C. Dado que Josías intentó expandir su reinado hasta
ser frenado y asesinado por el faraón Necao II en la batalla de Megiddo, es posible que el inexistente Éxodo pudiera ser en realidad un vago recuerdo de la expulsión de los hyksos de Egipto, reconvertida en conveniente fábula histórica en el siglo VII a. C. por los redactores bíblicos. Su
objetivo habría sido dotar de unas bases míticas al nuevo reino que estaba gestándose en Canaán, Judá.
La presencia de Egipto, una vez más, en Siria-Palestina en esa época se debió a que durante el llamado «renacimiento saíta», para mantener alejados a los asirios que habían controlado Egipto hasta entonces, los faraones intentaron dotarse de un colchón en forma de vasallos cananeos. Si bien al principio tuvieron éxito, no tardaron mucho en quedar subsumidos por la avalancha persa. Tras derrotar a la coalición formada por Egipto, Babilonia, Cilicia y Lidia, Ciro continuó su expansión hasta invadir Egipto en el año 525 a. C. y añadir el valle del Nilo a su imperio. Para entonces ya había permitido el retorno a Jerusalén de unos 50.000 judíos exiliados en Babilonia, al mismo tiempo que el reino de los faraones y su dominio e incursiones por Siria-Palestina empezaban a quedar convertidos en parte del mito fundacional de los judíos. Por supuesto, el dominio y las incursiones faraónicas por Siria-Palestina solo pudieron tener lugar porque el faraón contaba con un ejército
efectivo cuyos soldados demostraron estar a la altura de los designios políticos del soberano de las