XVIII EL NOMARCA GOBERNAR LAS PROVINCIAS EN TIEMPOS DE CRISIS
XIX. EL POLICÍA PARA MANTENER LA «MAAT» EN EL VALLE DEL NILO
Con descripciones como las de Heródoto, resulta imposible pensar que un déspota del calibre de un faraón, capaz de ordenar la erección de inútiles monumentos de dimensiones colosales, no contara con un esforzado cuerpo de policía nacional dedicado a evitar desmanes entre sus sometidos súbditos. Nada más falso. Del mismo modo que el riego de los campos no necesitaba una gestión centralizada, igual sucedía con las labores de policía. Algo lógico, pues ya sabemos que hasta el Reino Medio tampoco contó con un ejército estable más allá de la pequeña fuerza que se encargaba de su protección personal. No obstante, como las tensiones y roces son habituales cuando se concentran grupos de personas en espacios delimitados, el faraón se preocupó por nombrar personas encargadas del control y mantenimiento del orden entre sus trabajadores. Los hurtos, peleas y violencias suponían un freno para los trabajos, de modo que el soberano ponía los medios para evitarlos.
Un buen ejemplo de este modo de proceder lo encontramos al sur de la necrópolis de Guiza, en la ciudad de los constructores de pirámides (fig. 23.1). En los extremos de dos de sus calles parece haber residencias habilitadas para vigilantes, quienes desde ellas se encargarían de controlar las entradas y salidas de los diferentes grupos que allí vivían. Todo cuerpo de trabajadores confinados en un lugar cerrado sentía muy de cerca el poder del soberano por intermedio de estos porteros/policías, presentes también en los talleres reales. Su presencia era una realidad tan constante que incluso la encontramos descrita en un texto como la Sátira de los oficios en su versión de la XII dinastía:
El tejedor en el interior del taller de tejido, se encuentra en una postura peor que una mujer; las rodillas las tiene contra el tórax, no puede respirar aire. Si le quita un día a tejer, son cincuenta trallazos con los que le golpean. Le da pan (= los soborna) a los porteros para que le dejen salir a tomar el aire.[1]
Unos vigilantes más bien venales, capaces de hacer la vista gorda con las estrictas normas siempre que recibieran a cambio una «propina» adecuada, sin la cual los pobres artesanos no podían salir a desanquilosarse un poco tras horas y horas de dura labor.
Desde la época de las pirámides estos «policías» se encargaban en nombre de su señor de que el «recuento del ganado» se llevara a cabo sin ningún contratiempo. Esta ceremonia tenía lugar cada dos años y gracias a ella se recogían los impuestos que después llenarían los almacenes de la corte. Los escribas que se encargaban de llevar un registro minucioso de todo no podían contar con la colaboración de los agricultores. Muy pocos de ellos estarían encantados ante la idea de entregarles parte de sus cosechas, de modo que llegaban acompañados de un grupo de hombres que recibían el título de sa-per. Son inconfundibles, pues siempre aparecen acogotando a los campesinos arrodillados ante los escribas, mientras los retienen con fuerza y los amenazan con un bastón (fig. 2.1). Los más recalcitrantes de los campesinos terminaban atados al potro, recibiendo una buena tanda
de palos, bien para aflojarles la lengua o como simple castigo por no entregar lo debido (ver fotografía n.º 3).
Esos policías-recaudadores seguramente no eran los mismos que se encargaban de velar por la seguridad en los poblados, porque de ser así su violencia bianual seguramente habría generado demasiados resquemores y enturbiado la vida de la comunidad. Su presencia se hacía necesaria, sobre todo, cuando en una explanada adecuada cercana al río se organizaba un mercado. En la mastaba de Niakhkhnum y Khnumhotep (V dinastía) contamos con algunas entretenidas imágenes donde los podemos ver en plena acción. Se trata de una escena general de mercado, donde vemos tres registros con personas intercambiando sus productos (fig. 11.2) y a una mujer que realiza sus compras llevando de la mano a un niño: «Dame lo que has traído por frutos de sicómoro muy dulces», le dice el mercader, mientras ella le pregunta al niño: «¿Quieres irte a casa?», o algo similar.[2] A primera vista, además, parece que haya un par de hombres que han aprovechado para sacar a su mascota a dar un paseo. Se trata de dos babuinos, cada uno de los cuales va sujeto con su correa, y si bien en un extremo del mercado uno de ellos coge un fruto para estudiarlo, cuando nos fijamos en el otro vemos que está hincándole los dientes a la pierna de un amigo de lo ajeno que intentaba salir corriendo con el producto de su ratería en la mano (fig. 19.1). Es posible que se trate de un par de sa-
per, unos trabajadores que parecen haber servido de fuerza policial para los grandes señores del
Reino Antiguo, antes de convertirse en un título de funcionarios reales durante el Reino Medio.
En la mastaba de Ti también podemos ver en plena acción a otro sa-per, llamado Iunenek. La escena se desarrolla ante el supervisor de la heredad y los escribas del granero, quienes han llamado ante ellos al jefe de la panadería para que esté presente mientras los panes se pesan uno a uno. De repente, alguien observa una irregularidad y el policía de la heredad de Ti utiliza su bastón para golpear al panadero. Estos policías particulares nos los encontramos también en el Reino Nuevo, por ejemplo en la tumba de Neferhotep (TT 49). Cuando este «grande de Amón», «jefe de los ganados de Amón» realizaba una visita de inspección para ver cómo marchaban los diversos asuntos del dios que tenía encomendados, lo hacía acompañado por un fornido guardia, muestra a la vez de su categoría y protección contra imprevistos. Como resultado del dominio de Nubia conseguido por los soberanos del Reino Medio, la frontera
sur de Egipto pasó a vigilarse con mucha más severidad que nunca antes durante el Reino Antiguo. El control del territorio al sur de Elefantina solo pudo conseguirse mediante la construcción de fortalezas en puntos claves del río, las cuales permitían a los soldados/policías controlar con cierta facilidad quién descendía por el Nilo o recorría las sendas del desierto circundante, cumpliendo con la tarea de:
... impedir a todo nubio que la atraviese (= la frontera) dirigiéndose río abajo, a pie o en barca, así como todo rebaño perteneciente a nubios; excepción será hecha del nubio que venga a hacer comercio en Iken (= fortaleza de Mirgissa), o en misión oficial, y para todo lo que se puede hacer de provechoso con ellos, sin jamás, pese a todo, dejar pasar una barca de nubios río abajo de Heh.[3] Como nos informa una estela de Senuseret III en Semna. Esta labor de vigilancia, propia de una policía de fronteras, nos es conocida gracias a los informes que periódicamente los comandantes de los fuertes enviaban a la residencia. Un grupo de papiros conocidos como los despachos de Semna, nos permite observar a esta policía en plena labor:
Es una comunicación a ti, vida, fuerza salud (= el faraón), respecto a que los dos guerreros y setenta gente medjay que habían partido para seguir el rastro en el cuarto mes de la segunda estación, día 4, regresaron para informarme el mismo día por la tarde, trayendo tres hombres medjay, y cuatro niños y niñas, diciendo: «Los encontramos al sur del margen del desierto bajo la inscripción de la estación del verano, y también tres mujeres», así dijeron.[4] Patrullas similares se realizaban en la frontera norte de Egipto, que los grupos beduinos se habían acostumbrado a atravesar para llegar al valle del Nilo durante el Primer Periodo Intermedio, ante la falta de control egipcio. Durante el Reino Medio se pusieron los medios para evitarlo, organizándose patrullas de hombres llamados nuu, que recorrían la región acompañados por perros especialmente adiestrados en labores de detección. Los grupos de nómadas armados eran un peligro cierto para todo aquel que se aventurara en el desierto y cuanto más consolidado estaba el poder de un soberano, más expediciones enviaba a las canteras de la Tierra Roja en busca de minerales o piedras especiales que no se encontraban en el valle del Nilo. Los riesgos de sucumbir al caos al ser atacados por sus habitantes se intentaban paliar con una adecuada escolta de policías/soldados, llamados meniu tjesenu en el Reino Medio.
Esos medjay que nos hemos encontrado actuando como tropa del faraón vigilando el desierto en Nubia —lo mismo que intentando burlar las patrullas egipcias— formaron parte, como mercenarios, de la tropa utilizada por los reyes de la XVII dinastía para expulsar a los hyksos. Los egipcios no parecen haber tenido muy clara su procedencia, porque durante el Reino Antiguo situaban su región de origen al este de la Segunda Catarata, mientras que en el Reino Medio los definían como nómadas del desierto y en el Reino Nuevo la palabra pasó a referirse a todos —egipcios de pura cepa incluidos — aquellos que se encargaban de esas labores policiales. Sea como fuere, contento con su rendimiento, tras la llegada de la paz el faraón los convirtió en un cuerpo de policías/soldados. Su labor no se limitaba al desierto, también se encargaron de la protección el Valle de los Reyes y otras zonas de especial relevancia para el soberano.
La tumba de Tutankhamón nos proporciona un episodio contrastado sobre la eficacia —¿o más bien la falta de ella?— de estos policías de la necrópolis real. En realidad, a pesar de la creencia general en contrario, la tumba fue saqueada nada menos que en dos ocasiones, seguramente por el mismo grupo de personas y quizá sin dejar pasar demasiado tiempo entre una vez y otra. Al final, parece que tanto tentaron la suerte que terminaron por ser sorprendidos en plena faena. Lo más probable es que las patrullas se limitaran a recorrer los acantilados que rodean el wadi, porque si no resulta difícil de comprender que los medjay no vieran ni escucharan a un grupo de varias personas horadando una gatera por entre el relleno de escombros que obturaba el acceso a la KV 62. Esta primera vez los ladrones entraron con prisas y se llevaron las cosas valiosas que no abultaban demasiado, los aceites, los ungüentos, algunas joyas pequeñas, quizá los papiros... El robo tuvo que descubrirse con las primeras luces del día siguiente, cuando tras valorar los daños la gatera fue tapada. No se puede decir que la presencia policial resultara demasiado amedrentadora, porque da la impresión de que poco después los ladrones se envalentonaron de nuevo y volvieron al lugar de los hechos. No obstante, esta vez parece que los estaban esperando y fueron sorprendidos con las manos en la masa. Tanto que, del susto y para deshacerse de toda prueba comprometedora, uno de los ladrones dejó caer al suelo el pañuelo donde había envuelto varios anillos de oro que había encontrado...[5] Esta vez, sí funcionó la policía. Tras arrestar a los malhechores y devolverle una impresión de orden al ajuar de la tumba, la gatera volvió a ser sellada... ahora durante tres mil años.
Una de las dependencias del rey que parece haber quedado fuera de las obligaciones de vigilancia de los medjay parece haber sido el harén real, cuya seguridad quedaba encomendada a unos hombres que recibían el nombre de sasha. En este sentido, se aseguraban de la protección tanto de los edificios ocupados por el rey como de su seguridad personal. Una de sus características iconográficas es ir provistos de un bastón cuyo extremo se ensanchaba con respecto a su base. Símbolo de su función, sin duda, pero también herramienta de trabajo (fig. 19.2). El título de sasha parece haber surgido durante la XVIII dinastía y deriva de un verbo que significa «reprimir, rechazar, castigar». Estos policías no estaban dedicados exclusivamente al servicio del rey, pues también se dedicaban a proteger templos y otros lugares. El gran papiro Harris nos ilustra al respecto:
He creado compañías de policías sasha para tus orillas, para defender la orilla de las aguas de Heliópolis en tu lugar sagrado. He constituido guardianes de puertas en compañías provistas de hombres para defender y despejar tu recinto sagrado. He constituido compañías de policías sasha para la administración del canal y colocado policías sasha para la cebada pura, para ti, igualmente.[6]
De algunos jefes de policía conocemos el nombre y tenemos alguna imagen, como sucede con Montuhotep, que durante la XII dinastía sirvió con la suficiente distinción como para merecerse una estatua de granito (ver fotografía n.º 31) y alcanzar luego el cargo de visir de Amenemhat I. De otros, en cambio, tenemos información de su peculiar vida profesional. Es el caso de Penra, un personaje que comenzó su carrera formando parte del ejército de Ramsés II, de quien llegó a ser «carrero jefe», el encargado de conducir a su señor a la batalla. Tras encargarse de la administración de territorios en Siria, pasó a ser nombrado jefe de los medjay, en lo que era sin duda un paso lógico en el cursus honorum de un militar. Lo curioso es el giro profesional que dio su vida después, pues terminaría como arquitecto, nada menos que «jefe de los trabajos» del Rameseo por intercesión de la propia diosa Isis.
No obstante, el policía del que quizá tengamos una información más detallada es Mahu, quien como «jefe de los medjay de Akhetatón» era el encargado de mantener el orden en la ciudad de Amarna. Los relieves de su tumba (la n.º 9 del grupo sur) se complementan con la arqueología de la nueva capital del Atón para mostrarnos cómo era el diario quehacer de todo un jefe de policía del Reino Nuevo.
El día de Mahu (fig. 19.3) parece comenzar con la fresca, pues la escena se desarrolla ante un brasero del que salen unas vigorosas llamas. De pie y apoyado en el largo bastón que denota autoridad, el jefe de policía recibe los informes orales de lo que ha sucedido durante la noche. Prosternados ante él aparecen quienes quizá sean sus secretarios, mientras que de pie, gesticulando y portando los palos típicos de su oficio, cuatro policías de campo le hablan. Un poco más allá, el carrero de Mahu lo espera con todo a punto para realizar la inspección de los límites de la ciudad o, cuando menos, de los puntos conflictivos de la noche anterior. Lo hará acompañado de una cuadrilla de seis de sus hombres. Estos se presentan ante él corriendo, que es como siempre vemos a los muchos grupos de policías representados en la tumba: yendo de camino a todas partes a paso ligero, en ocasiones armados con ese bastón que ya hemos visto que forma parte del «uniforme». En los relieves, sus carreras consiguen transmitir sensación de urgencia, dando la sensación de que cuando su presencia sea necesaria estarán allí con total celeridad. No sabemos si ello se trata de un eco de lo que sucedía realmente o más bien de un deseo por justo lo contrario.
Además de numerosos carros (ver fotografía n.º 32) y de imágenes del aprovisionamiento de un edificio de carácter militar (fig. 19.4), las paredes de la tumba nos muestran a Mahu entregando a las
autoridades responsables a los felones capturados durante la noche. Ante el visir y otros funcionarios destacados de la corte, el jefe de policía explica los pormenores del caso de los tres merodeadores sorprendidos en el desierto, a los que traen con las manos atadas. Dos de ellos, con barba, parecen asiáticos; mientras que el tercero, lampiño y afeitado, parece egipcio. «Dejemos que estos funcionarios escuchen a la gente que se une a los de las colinas desiertas», dice Mahu. A lo que el visir, en el pórtico de un edificio oficial, responde: «Como Atón perdura, que así perdure el soberano».[7]
El control de los límites de la ciudad es de gran importancia; pues dentro de sus fronteras reina el faraón y ello exige que reine también el orden de la maat. No solo la ciudad de Amarna estaba recorrida por un camino de guardia, también el desierto circundante, en especial el poblado de piedra y el poblado de los trabajadores, rodeados ambos por completo por varios de ellos, con conexiones entre sí que los policías utilizaban para patrullar (fig. 19.5). Estas labores de protección del territorio se veían facilitadas por la propia geografía de la ciudad, muy plana y sin accidentes del terreno que ofrecieran escondrijos a la vista. La necesidad de esta vigilancia parece clara cuando se observa que las tumbas de la gente común enterrada en la necrópolis sur fueron saqueadas al poco de llevarse a cabo los enterramientos.
Además de estas labores diarias, Mahu tenía que encargarse de la seguridad de sus soberanos. De modo que otras escenas de la tumba lo muestran a la espera de su retorno a la ciudad tras realizar algún tipo de ceremonia en una de las muchas estelas de frontera que rodean y señalan los límites físicos de esta. En realidad, una parte de la decoración de su tumba parece enfatizar la relación que tienen las tareas de Mahu con el control de las fronteras. El faraón había encontrado el lugar perfecto para levantar la ciudad de su dios y se había comprometido a no ampliarla en ninguna dirección. Su jefe de policía se encargaría de mantener el orden en ella. Falta por saber qué les sucedía a los merodeadores y ladrones capturados. [1]P. Vernus, Sagesses..., op. cit., p. 186. Se trata de la máxima XIV del papiro Sallier II (VII, 2-4), que se conserva en el Museo Británico (EA10182,11). Un texto hierático del Reino Nuevo que contiene un texto redactado por primera vez en el Reino Medio. [2]T. G. H. James, Pharaoh’s..., op. cit., p. 257. [3]C. Obsomer, Les campagnes de Sésostris dans Hérodote, 1989, pp. 59-61. En la actualidad la estela se encuentra en el Museo Egipcio de Berlín (14753). [4]E. Wente, Letters..., op. cit., n.º 80, p. 71.
[5]Allí lo encontró Carter en 1922 al abrir la tumba definitivamente. A pesar de que propongo una fecha muy cercana al enterramiento para los dos robos, estos pudieron tener lugar en cualquier momento entre el 1327 a. C., fecha de la muerte de Tutankhamón, y el 1143 a. C., fecha del comienzo de reinado de Ramsés VI, dado que los escombros de su tumba taparon la entrada original de la KV 62 y sus artesanos construyeron encima unas cabañas.
[6]G. Andreu, «Le policier 3. A propos de quelques talâtât du IXe pylône de Karnak», Bulletin Institut Français d’Archéologie
Orientale, n.º 87 (1987), p. 2. Se trata de un texto del reinado de Ramsés III (XX dinastía).