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Cierto cuento oriental habla de un riquísimo mago que tenía muchos rebaños de ovejas. Pero era muy avaro. No quería tomar pastores ni poner una cerca alrededor del prado donde pacían sus ovejas. Por eso las ovejas se perdían en el bosque, caían en los barrancos y, sobre todo, huían, pues sabían que el mago quería su carne y su piel, y esto no les gustaba.

Finalmente el mago encontró un remedio. Hipnotizó sus ovejas y les sugirió primero que eran inmortales y que despellejarlas no podía hacerles ningún mal, que, al

contrario, era excelente para ellas e incluso agradable; luego, el mago las persuadió de que era un buen amo que amaba tanto su rebaño que estaba dispuesto a todos los sacrificios por él; por último les sugirió que si debía sucederles la menor cosa, eso no podía producirse desde ahora, al menos no aquel día, y por consiguiente no tenían que inquietarse por ello. Después de lo cual el mago les metió en la cabeza que no eran ovejas. A unas les sugirió que eran leones, a otras, que eran águilas, y a otras que eran hombres o que eran magos.

Hecho esto, sus ovejas ya no le causaron ni preocupaciones ni inquietud. Nunca más huyeron, esperando tranquilamente que el mago las esquilare o las degollara.

Este cuento ilustra perfectamente la situación del hombre.

En particular si el «hombre» representa aquí a los discípulos del mago que cuenta la historia, o sea Gurdjieff.

En The Verdict of Bridlegoose, Llewelyn Powys describe la visita que en 1924 hizo al teatro de Nueva York donde se daba una representación de los «movimientos de danza». Pudo observar a Gurdjieff, que fumaba cerca de la entrada, y refiere que tuvo la

sensación de estar viendo a un tratante de caballos, con algo más, indefinible, que afectaba extrañamente los nervios. Esta impresión fue todavía más sensible cuando

entraron en escena los discípulos, semejantes a conejos hipnotizados por la mirada de un maestro charlatán. Otros espectadores, con quienes habló Powys, comparaban a los danzantes con ratones asustados.

Otro escritor inglés, Rom Landau, en su libro God is My Adventure relata la entrevista que tuvo con el taumaturgo en la habitación de hotel de este último, a comienzos de los años 30 en Nueva York. Tras precisar que no era fácilmente sensible a las influencias «telepáticas», que no era «médium» ni sujeto a la hipnosis, Landau dice que, no

obstante, tomó la precaución de dirigir su atención al joven que organizaba el encuentro, a fin de evitar la «llama» de la mirada de su anfitrión. Fue en vano. Al cabo de pocos segundos sintió que una debilidad creciente invadía la parte inferior de su cuerpo, de manera que hubiese sido incapaz de dejar su silla si hubiese probado. Sólo concentrando su atención en su conversación con el joven logró salir de aquel «círculo mágico». En el momento de partir, Gurdjieff le entregó un ejemplar de su Anunciador del Bien venidero (The Herald of Corning Good). El libro estaba forrado de un material que imitaba el ante, pero de grano tan áspero que su simple contacto hacía rechinar los dientes. Landau comprendió que todo formaba parte de un efecto buscado deliberadamente por el autor, cuyo libro, además, parece que fue concebido bajo los efluvios del armagnac (la primera frase, según el cómputo de Landau, no cuenta menos de doscientas ochenta y cuatro palabras).

En un folleto anónimo, Glimpses of Truth, que da el más antiguo testimonio conocido sobre Gurdjieff y las enseñanzas que daba en 1914 cerca de Moscú, el autor escribe: «Sus ojos atrajeron particularmente mi atención, no tanto en sí mismos como por la manera en que me miró cuando me recibió. Aunque me veía por primera vez, parecía conocerme desde hacía mucho tiempo.»

Describiendo su primer encuentro con Gurdjieff, Ouspensky habla de sus «ojos penetrantes». De Harttmann, por su parte, quedó singularmente impresionado por el «hombre con "aquellos ojos"... de profundidad y penetración poco corrientes. No puede decirse, en verdad, que fuesen "hermosos", pero yo diría que hasta entonces nunca había visto unos ojos como aquéllos ni sentido una mirada como aquélla.»

Solita Solano habla de «aquel hombre "extraño" y mal desbastado al que yo no encontraba nada extraordinario si no era la estatura y la fuerza de sus ojos».

Para Bennett, son «los ojos más extraños que he visto nunca. Los dos ojos eran tan diferentes que yo me preguntaba si la luz no me habría jugado una mala pasada. Pero más tarde, la Sra. Beaumont hizo la misma observación, agregando que la diferencia estaba en la expresión y no se debía en modo alguno a estrabismo o defecto de uno de los ojos.»

De hecho, basta remitirse a las fotografías del hombre en cuestión para darse cuenta de que los ojos acusan una clara disimetría: la mirada de cada uno de ellos sigue un eje claramente distinto, rasgo característico en casos patológicos, aunque lo contrario no siempre sea cierto, pues esta característica puede tener causas puramente físicas sin otro significado. Es significativo, no obstante, oír a Gurdjieff, en su preámbulo a Belcebú, hablar de su «peculiar psiquismo», y de «mi cerebro, que, para mí, está tan mal construido, que es como una burla...».

Esos ojos, pues, denotan una personalidad magnética, sin que por ello pueda decirse que necesariamente eran el instrumento directo o el vehículo de la hipnosis; ésta más bien era producida por un poder psíquico que actuaba sobre el sistema sanguíneo —si es que puede inferirse que las pretensiones del protagonista de Belcebú se refieren

verdaderamente a la propia técnica del autor: «Mi invención —que puse

inmediatamente en práctica-— consistía en obstaculizar... la circulación de la sangre en ciertos vasos.»

«Mediante esta intervención, sin dejar de mantener el ritmo ya automatizado de

circulación de la sangre propio del "estado de vigilia", lograba hacer funcionar al propio tiempo en esos seres la verdadera conciencia, que ellos denominan su subconsciente.» Tal acción sobre la circulación de la sangre podría explicar la sensación de debilidad notada por Rom Landau.

Belcebú, con astuta sonrisa llena de ternura —cuernos, rabo, pezuñas y todo lo demás— , prosigue afectuosamente contándole a Su nieto, Hassin, cómo con su invención referente a la «diferencia-en-el-llenado-de-los-vasos-sanguíneos», tenía que hipnotizar por medio de su hanbledzoin; procedimiento, este, que se revelaba como muy

perjudicial para su «existencia sérica».

Todo indica, sin embargo, que ese misterioso hanbledzoin no es otra cosa que el poder hipnótico que actuaba en la «corriente sanguínea psíquica», o en lo que Gurdjieff

denomina el Inklia-zanikshanas del «cuerpo kesdjan». Cabe entonces suponer que cierta aura de hanbledzoin era en él una particularidad permanente, mientras que su

despliegue, que él sentía peligroso, sólo intervenía en la producción de esa fuerza mágica en momentos de gran concentración.

Para dar un ejemplo, he aquí lo que refiere Peters. En 1945, cuando atravesaba un estado de depresión y abatimiento, se las arregló para obtener un permiso para París, y abandonó Luxemburgo preguntándose cómo podría encontrar a Gurdjieff en aquel final de guerra. Reuniendo sus últimas fuerzas, logró por fin localizar la dirección y él apartamento del hombre que buscaba, y allí llegó extenuado. Gurdjieff lo hizo entrar de inmediato y le preparó un café mientras observaba el estado en que su visitante se encontraba. «Recuerdo que yo estaba derrumbado sobre la mesa, bebiendo a sorbitos el café, cuando empecé a sentir en mí una extraña subida de energía. Le miré a los ojos, me enderecé automáticamente, y fue como si una eléctrica y violenta luz azul partiese de él y entrara en mí. Sentí entonces cómo me abandonaba la fatiga, pero en el mismo momento su cuerpo se desplomó y su rostro se puso gris como si lo abandonara la vida.»

Gurdjieff se disculpó, se fue a la cocina tambaleándose, y no volvió hasta al cabo de un cuarto de hora, «fresco como un muchacho, alerta, sonriente, malicioso y de excelente humor. Exclamó que era un encuentro muy propicio y que, si bien lo había forzado a producir un esfuerzo inimaginable, eso había sido, sin embargo —y yo era testigo de ello—, algo excelente para ambos».

Muchos años antes, Bennett había vivido en el Prieuré una experiencia semejante, en una época en que sufría atrozmente de disentería crónica, hasta el punto de que difícilmente podía dejar la cama. Conducido, no obstante, «por una Voluntad superior que no era suya», se obligó, martirizándose, a llevar a cabo ejercicios coreográficos «de increíble complejidad»; tan agotadores eran que, uno tras otro, los alumnos tenían que abandonar. «Poco a poco, noté que Gurdjieff centraba toda su atención en mí... De repente me llenó un inmenso poder. Mi cuerpo parecía haberse transformado en luz... Me hallaba sumido en la fe que puede mover montañas.»

En vez de unirse a los demás para tomar el té, Bennett se fue a labrar al huerto a fin de probar aquel nuevo poder. Al cabo de una hora de trabajo furioso al intenso calor de media tarde seguía sin sentir cansancio, y la diarrea había desaparecido. Luego, anduvo por el bosque, donde encontró a Gurdjieff, quien le explicó que aquella metamorfosis se debía al contacto con lo que denominó «Energía Emocional Superior»:

«En el mundo hay algunas personas, pero muy pocas, que están en contacto con un Gran Depósito o Acumulador de esta energía. Este Depósito no tiene límites.22 Quienes

22 Aquí, Gurdjieff no es consecuente consigo mismo, porque, como hemos visto anteriormente,

pueden tomar de él están en condiciones de ayudar a los demás. Suponga que un hombre tiene necesidad de cien unidades de esta energía para su transformación, pero sólo dispone de diez, sin que pueda obtener más. Está reducido a la impotencia. Pero, con ayuda de quien tiene la posibilidad de tomar en el Gran Acumulador, puede obtener las noventa unidades que le faltan. Su trabajo, entonces, puede ser productivo... Quienes tienen esta facultad ocupan un lugar especial en la casta más alta de la humanidad.» ¿De qué habla? A fin de situar estas consideraciones, es necesario citar la conclusión que René Guénon extrae de sus observaciones sobre el chamanismo y la brujería, resumidos aquí en la primera parte de este estudio. En virtud de lo que se ha dado en llamar la «geografía sagrada», los santuarios, los mausoleos y los lugares de

peregrinación sirven «para la emisión y la dirección de las influencias psíquicas cuando éstas son vehículo de una acción espiritual». Inversamente, como es sabido a propósito de casos en que la espiritualidad de antiguos lugares sagrados ha desaparecido, hay, «por el mundo, cierto número de "depósitos" de influencias maléficas, esto es, residuos psíquicos de orden inferior cuya repartición no tiene por cierto nada de "fortuito", y que sirven perfectamente a los designios de ciertas "potencias" responsables de toda la desviación moderna», pues esas «potencias» o más exactamente sus «emisarios», saben, por una especie de «necromancia», cómo conjurar y «galvanizar» esas energías

residuales con vistas a explotarlas con fines subversivos.

Cualquiera que sea la manera de expresarlo, lo esencial de la cuestión es claro: las potencias actuantes en este mundo de algún lado han de venir; han de tener una o dos fuentes, según su naturaleza. Ya sea que proceden del mundo celestial, transmitidas por tradiciones auténticas y vivas, ya sea que proceden del mundo inferior tomando los surcos dejados por las antiguas tradiciones, estén éstas desviadas, en vías de

desintegración, o ya extinguidas. Interviene una aparente ambigüedad cuando hay interpenetración de ambos campos, pero el criterio decisivo lo proporciona esta frase del Evangelio: «El que no está conmigo está contra mí.» Guénon agrega, en lo que

concierne más particularmente a las ramas del chamanismo, que cuando aún hay conti- nuadores aparentes de una tradición de la que se ha retirado toda espiritualidad, esta situación confiere a las potencias subversivas una vitalidad mucho mayor de la que podrían obtener recurriendo a las influencias de objetos puramente «inanimados». Volviendo a Gurdjieff, no puede discutirse que nació con una personalidad

«carismática», pero eso no explica sus poderes y, en todo caso, tan sólo puede ayudar a explicar por qué él, más que otros, los había recibido. Y ciertamente de algún lado los sacó. Sería subestimar de forma desastrosa su carácter afirmar que simplemente se permitía una farsa, y por otra parte, como dice Bennett, «sería engañarse ver en él un fenómeno aislado, único y que se bastaba a sí mismo. Él mismo refutaba enérgicamente tales suposiciones. Más de una vez le oí decir: "Todo hombre tiene un maestro. Incluso yo, Gurdjieff, tengo mi maestro"». Es notable que, desde el primer momento en que se conocieron sus principales enseñanzas hasta el fin de su vida, jamás las modificó. In- cluso si el lector no está dispuesto a comparar la «epopeya» de los Relatos de Belcebú con la Ilíada, el Cantar de Roldán, las Mil y Una Noches, el Cantar de los Cantares, el Evangelio según San Juan, el Mahabhârata, el Râmâyana y el Tao Te King —cosa que algunos han hecho— eso no quita que ni una sola frase está en discordancia con la estructura de conjunto del libro; basta extraer al azar unos cuantos pasajes para mostrar que el vocabulario y los términos técnicos —por atroces que sean— siempre son adecuados al contexto, y esto es lo que más llama la atención, dadas las condiciones dispersantes en que se escribió la obra. En otras palabras, no bastaba con que Gurdjieff «mascara la goma de su lápiz», como hubiera podido decir su querido Mullah Nasr Eddin; era el «transmisor» de una «escuela» —o, en todo caso, de un modo de

pensamiento.

Ya hemos visto, en la primera parte de este estudio que no debía nada a las grandes religiones ortodoxas, y el interés que pudiera sentir por ellas, en el mejor de los casos sólo fue superficial. E igualmente hemos señalado su fascinación por las ruinas de Babilonia y la «Hermandad Sarmán», así como por el maniqueísmo, el culto a Mitra, el chamanismo y otros elementos en descomposición o reliquias muertas de la «sabiduría antigua» —incluso algo llamado «Hermandad Imastun», que supuestamente existió setenta generaciones antes del Diluvio—. Señalemos también, que a Belcebú se le describe como de lo más antiguo y venerable, conforme a la imagen que el autor quería dar de su propia persona.

Admitiendo, pues, que Gurdjieff estaba encargado de una «misión», y que al propio tiempo no estaba delegado por ninguna de las religiones ortodoxas que existen, se está por ello mismo obligado, de buena fe y con buena lógica, a buscar en otro lugar los orígenes de su «investidura». Por otra parte, la naturaleza «residual» de sus «fuentes antiguas» se delata por el carácter tenebroso y contradictorio que se vincula a su persona y enseñanzas, carácter inaprensible: como tratar de coger una anguila o sostener un puñado de arena.

«Pese a nuestra total disponibilidad, casi no se dispensaba efectivamente ninguna instrucción, escribe una de las primeras alumnas del Prieuré Miss Gladys Alexander. Sin embargo, es notable observar hasta qué punto la mera expectativa de estas acti- vidades reavivaba nuestras energías desfallecientes. Vivíamos de anticipación.» A veces, Peters veía en Gurdjieff «un profeta de la desgracia, el desastre y el

desespero», puesto que enseñaba que lo único digno de adquirirse era lo «imposible»; «y no obstante, nos comunicaba mucho ánimo y esperanza».

A Ouspensky y el grupo de Moscú-San Petersburgo les desconcertaba continuamente la forma paradójica que el maestro tenía de darles, para que lo meditaran, todo un sistema cosmológico, para luego, a la siguiente sesión, abandonarlo en favor de otra teoría igualmente complicada.

Gurdjieff estableció un día toda una nueva clasificación de «hidrógenos» según características cósmicas basadas en una relación de octavas completamente distinta de la que los alumnos habían aprendido. «Este diagrama no les será muy comprensible al comienzo, dijo, pero aprenderán poco a poco a descifrarlo. Sólo será necesario que lo estudien largo tiempo, prescindiendo de todo lo demás.»

Ouspensky añade: «En realidad, eso es todo lo que aprendí de Gurdjieff a propósito de aquel extraño diagrama, que realmente parecía cambiar por completo gran parte de lo que había dicho antes.»

«El aumento del conocimiento en un campo lleva consigo el aumento de la ignorancia en otro», enseñaba Gurdjieff, que se apropiaba todas las dualidades, suprimiendo tan solo la distinción teológica fundamental entre Bien y Mal. Y no obstante, la duplicidad era menos característica de su «existencia, sérica» que la triplicidad, si es que los «tres cerebros», que obsesionaron de por vida su «presencia integral», pueden tomarse como tipo de su propio cerebro, que «para mí», como él mismo dice, «está construido de manera tan desafortunada que es como una burla».

* * *

Ignorando voluntariamente toda lógica, Gurdjieff utilizaba y preconizaba la hipnosis como medio que permitiera alcanzar lo que él llamaba la «Razón Objetiva», cuando demasiado bien sabía —gracias a uno de sus cerebros por lo menos— que la hipnosis conduce en realidad a la narcosis y a los sueños en vigilia, como lo muestran su fábula

del mago y las ovejas, y sus elucubraciones sobre la «Kundalini». La vía de la

realización espiritual no tiene nada de pasivo, lo que no le impide a Gurdjieff promover la hipnosis para liberar la subconciencia, que toma por la «consciencia real» cuando, en realidad, es el exacto opuesto: es el nivel «subliminal» de la conciencia o la parte inferior del alma que contiene el cenagal tenebroso, irracional y pasivo de la psique, y es, precisamente, lo que hay que dominar totalmente para hacer el menor progreso espiritual. Precisamente en ese nivel actúa la hipnosis, y esta es una de las razones por las que los maestros espirituales la evitan; la otra razón evidente es que no conduce a nada.

Pero eso no quiere decir que el señor del Prieuré olvidase subrayar la necesidad de una actitud activa acompañada de un esfuerzo intensivo y de un sufrimiento voluntario: el culto a lo desagradable tenía estatuto de dogma; el movimiento y el cambio incesante eran el orden de cosas habitual, y la palabra serenidad no pertenecía a su vocabulario. «Cuanto más grandes han sido los esfuerzos, decía, más hay que hacer a continuación.» O también: «Los esfuerzos corrientes no contar. Sólo los superesfuerzos.» Y puesto que enseñaba que «no hay más iniciación que la de uno mismo», nadie discutirá que le hacía falta un esfuerzo draconiano a la «máquina» desprovista de voluntad para llevar a cabo esa increíble hazaña que, como hubiera dicho su inimitable Mullah Nasr Eddin,

equivalía a «alzarse hasta la luna agarrándose por los tirantes de las botas».

Se comprende lo que pasaba en realidad con arreglo a las experiencias de Peters y Bennett antes referidas: cuando un hombre, agobiado por el trabajo, el sufrimiento y la enfermedad había llegado al límite del aguante, y estaba sin resistencia vital —esto es,

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