GURDJIEFF
A LA LUZ DE LA TRADICIÓN
WHITALL N. PERRY
Este no echa los demonios sino por Belcebú. San Mateo XII, 24. He comprendido en todos los aspectos no sólo diferentes pequeñas particularidades profundamente arraigadas en la psique común del hombre, que he sospechado y me han intrigado toda la vida, sino comprobado de manera inesperada la existencia de muchas otras golosinas del mismo género que, si el Sr. Belcebú hubiese tenido conocimiento de ellas, me parece que le habrían hecho crecer los mencionados cuernos... hasta en las pezuñas. GURDJIEFF Si me hubiese desnudado, hubiera tenido que descubrir inevitablemente mi cola, que, en
vuestro planeta, disimulaba cuidadosamente bajo los pliegues de mis ropas. Relatos de Belcebú, cap. 34.
INTRODUCCIÓN
¿Por qué Gurdjieff? Porque, pese a la advertencia de René Guénon de «huirlo como la peste», y aunque el hombre murió al mediar el siglo diciendo a sus allegados: «Vous voilà dans de beaux draps». («En menudo lío estáis metidos»), mucha gente, dotada a veces, por lo demás, de reales posibilidades intelectuales y espirituales, continúa siguiendo sus grupos en Francia, Inglaterra, Suecia, Alemania, Suiza, Estados Unidos, Australia, Argentina y otros lugares, considerándolo el «precursor de la Nueva Era». Tres errores se cometen casi invariablemente acerca de Gurdjieff. Primero, que su obra es acroamática y sólo pueden evaluarla correctamente quienes la abordan «desde dentro». «Su ciencia pertenece al conocimiento antiguo, escribe Margaret Anderson, y dicho conocimiento se transmite oralmente; nunca se pone por escrito, salvo a grandes rasgos». Esto es un disparate, y su sobrino, Fritz Peters, denuncia justamente lo que llama el «misterio casi beatífico» de ese culto de la «incognoscibilidad». La Revelación, fuente de las principales religiones, implica un revelamiento, y ni el propio esoterismo, en su universalidad, puede en ningún caso encerrarse en el exclusivismo de una
camarilla. Similarmente, el papel de las escuelas filosóficas es la diseminación de ideas, sean cuales sean sus méritos relativos, mientras que pretender que hay un indefinible algo —antiguo y actual a un tiempo— que sólo un «círculo interior» de adeptos puede comprender, es supeditar todos los enfoques posibles de la comprensión a un
condicionamiento subjetivo. La inteligencia, por definición, es inteligible, y el lenguaje —si las palabras tienen sentido— es el medio normal de la comunicación. Esta
observación es esencial, pues los discípulos de Gurdjieff y Ouspensky afirman con insistencia que las palabras pueden significar algo radicalmente distinto de lo que dicen; lo cual, si fuese verdad, necesariamente dejaría caer sobre estos autores la grave
responsabilidad de haber extraviado a innumerables lectores. En el Tantrismo, el Yoga, el Hesicasmo, el Zen, el taoísmo, el Vedanta, el platonismo, la escolástica, el
hermetismo y la Cábbala —dejando a un lado la Francmasonería, el ocultismo, las sociedades secretas y las pseudorreligiones—, hay una amplia documentación para todo aquel que tenga interés en encontrarla. Lo único «oculto» son las técnicas y fórmulas especiales que un maestro puede dar al discípulo (aunque generalmente se las conoce groso modo), y la amplitud de la comprensión y de la realización interiores de una persona (aunque también aquí «por sus frutos los conoceréis»). Naturalmente, si un pensador camufla su pensamiento bajo oscuros acertijos, enigmas, confusiones y diversos sofismas abstrusos, se está en derecho de barrerlo simplemente. Pero cuando Peters prosigue diciendo que «no puede explicarse de forma lógica y convincente la experiencia emocional que la mayoría de las personas tuvo ante Gurdjieff y su obra», se trata de otra cosa, pues entramos aquí en el ámbito de la pura subjetividad, y no hay duda alguna de que el personaje de que se trata despedía una emanación poderosamente contagiosa para las personas de su entorno.
En segundo lugar, se comete un error de perspectiva al suponer que es imposible
atravesar el aura de misterio y calibrar el hombre de manera objetiva, ya que respecto de él hay principalmente dos puntos de vista contradictorios, que son válidos por igual según las personas concernidas: algunos pretenden ver en él un santo, mientras que otros reconocen en él un diablo. ¡A escoger! Un poco como si hubiese dos escuelas de pensamiento para decidir si Londres está más cerca de París o de Tokio. Las ciencias espirituales obedecen, a su nivel, a leyes tan rigurosas como las de las ciencias físicas, y los criterios están ahí para quienes son capaces de juzgar. Eso en modo alguno quiere decir que no seamos conscientes del carácter enigmático y contradictorio de Gurdjieff,
como veremos a continuación.
El tercer error reposa en la idea de que, como Gurdjieff pretendía ser el depositario de enseñanzas transmitidas desde la Antigüedad, nuestro juicio depende completamente de nuestra aptitud para evaluar la autenticidad, el valor y la ortodoxia de la (o las)
organización es) espiritual(es) y de la (o las) cadena(s) de transmisión pretendidamente implicadas; mientras que se elude la cuestión capital, que es saber si él mismo fue un representante legítimo y un enunciador creíble de alguna verdad con la que su-puestamente fue confrontado. Mahesh Yogi, por ejemplo, proviene de una cadena espiritual que se remonta a Shankarâchârya, y no por ello es más ortodoxo, habiendo desnaturalizado groseramente las prácticas de su orden pretendiendo al propio tiempo ser el primero en revelar el corazón del Vedanta... Ni que decir tiene que si alguien pretende venir de las regiones remotas del Asia Central para traer a Occidente una enseñanza destinada a regenerar el género humano, simplificaría las cosas enormemente proporcionando justificaciones claras y sin equívocos. A esto, sin embargo, Gurdjieff tiene una respuesta: si las cosas se volvieran demasiado accesibles, atraerían a su vía elementos indeseables y obstaculizarían los fines iniciáticos de su misión; extraña posi-ción, esta, para un «filósofo científico» (que se consideraba prácticamente como un avatara) con un «manifiesto» para la humanidad.
* * *
Para este breve estudio hemos sacado nuestra documentación, sobre todo de los libros siguientes:
The Unknowable Gurdjieff, de Margaret Anderson (Routledge and Kegan Paul). Our Life with Mr. Gurdjieff, de Thomas de Harttmann (Penguin Books).
Gurdjieff Remembered, de Fritz Peters (Samuel Weiser).
In Search of the Miraculous, de P. D. Ouspensky (Routledge and Kegan Paul). Witness: The Story of a Search, de John Godolphin Bennett (Coombe Springs Press). Gurdjieff: Making a New World, de J. G. Bennett (Turnstone Books).
Monsieur Gurdjieff, de Louis Pauwels (Éditions du Seuil). The Herald of Corning Good, de G. Gurdjieff (Samuel Wei-ser).
Quizá convenga añadir que las siete obras sobre Gurdjieff son, en su descripción del personaje, demasiado unánimes para dejar ninguna duda sobre la veracidad y
autenticidad intrínsecas de su testimonio; el último libro difiere tan sólo en que parece una caricatura de ese retrato.
Mencionamos por otra parte las obras principales de Gurdjieff:
Beelzebuh's Tales to His Grandson, An Objectively Impartial Criticism of the Life of Man, Primera Serie de All and Every-thing (Routledge and Kegan Paul), y la Segunda Serie Meetings with Remarkable Men (Routledge and Kegan Paul).1
1 La Tercera Serie, Life, is Real Only Then, When «I am» (La vida sólo es real cuando «yo soy»), todavía
P
ARTEI
LOS ANTECEDENTES
Georgi Ivanovitch Gurdjieff nació, según su pasaporte, el 28 de diciembre de 1877 (aunque él pretendió ser mucho mayor) en Alexandropol (antaño Gumri, hoy Leninakan), en la Armenia del Norte, de familia griega, en otro tiempo llamada Georgiades y proveniente de una cultura peculiar establecida antiguamente en el Asia Menor. Decía que su anciano padre —por quien tenía notable veneración, y cuyas máximas gustaba de repetir, como: «Si quieres perder la fe, hazte amigo del cura»— había sido un rico propietario de ganado que perdió sus rebaños (y los de los demás) en una epidemia, y tuvo que hacerse carpintero. Este hombre era «bardo» local, o ashokh (parece que conocía la Epopeya de Gilgamesh), y hábil narrador. Es seguro que Gurdjieff heredó no poco de sus dones de invención debidos a ese talento, lo que explicaría, al menos en parte, su notoriedad de narrador de historias contradictorias. Señalemos a este respecto, además, que sus partidarios no ven en ello nada de insólito, pues estiman que ese rasgo de carácter es una palanca alegórica empleada con fines didácticos, que constituye además una técnica de «choc» que empleaba conscientemente a fin de volver más maleable y atenta la substancia «física, emocional y mental» de sus discípulos. La verdad se sitúa probablemente a medio camino: Gurdjieff se servía de una complexión de su carácter para «rectificar» el carácter de los demás. Sea lo que fuere, puesto que los datos que conciernen a su primera formación —dejando aparte raros documentos oficiales y pasaportes— reposan solamente en lo que a él le parecía bien divulgar en su manera alegórica o, como él la llama, «legominista», quienes quieran identificar las fuentes de su mensaje habrán de descubrir, en gran medida, las raíces de su «investidura» según los frutos que iban a madurar posteriormente.
Eso no quiere decir, sin embargo, que todo quede reducido a hacer conjeturas:
Gurdjieff, desde su punto de vista, era un hombre lógico —y por ello práctico— y un personaje demasiado «positivo» para asumir una duplicidad total. Ya en su infancia le fascinaban los fenómenos mágicos y los milagros religiosos, y se dio cuenta de que ponían en juego fuerzas que nuestras leyes de la física y la biología no pueden explicar. A los once años —edad en que, según nos dice, empezó a beber—, habiendo tenido toda su vida «una tendencia imperiosa a hacer las cosas no como los demás las hacen», frecuentaba a los Romanis y los Yesidas. Cuando finalmente lo vemos organizar su propio «círculo» en Tachkent hacia 1911, ya había sacado provecho de los cursos particulares de sacerdocio y medicina que le había dado el deán de la iglesia militar de Kars, y tenía tras él unos veinte años de prodigiosas peregrinaciones por Asia central en persecución de un saber oculto. Solo o en compañía de otros «Buscadores de Verdad», parece que surcó más particularmente el Afganistán, el Kafiristán, Chitral, Cachemira, Sin-Kiang, Siberia y el Tíbet o regiones contiguas. Había sido educado tanto- en
armenio como en turco, lo que le dio una lengua franca para muchos lugares que visitó. También había recorrido Turquía de arriba abajo y parece que penetró en lo que él pretendió que era un monasterio judío esenio, cerca de Jerusalén, donde presuntamente aprendió danzas rituales basadas en un ciclo de siete. Supuestamente, también estudió el Hesicasmo en el monte Atos y exploró los emplazamientos arqueológicos de Creta, Egipto y Abisinia, en particular las ruinas de Babilonia, buscando las huellas de la «Her-mandad de Sarmán» —la «Asamblea de los Iluminados»— o «Círculo Interior de la Humanidad», fundado en aquel lugar, según el libro armenio Merkhavat, hace cuatro o
cinco mil años. La palabra Sarmán o Sarmun figura en ciertos textos pahlavíes y
designa a los guardianes de las enseñanzas de Zoroastro. Parece que aprendió más cosas sobre el Mazdeísmo en Sheikh Adi y Mosul por sus contactos con los Yesidas del Kurdistán, quienes además le divulgaron sus tradiciones, heredadas del culto de Mitra y del Maniqueísmo.
Gurdjieff escribe que tuvo «la posibilidad de acceder al "santasanctórum" de casi todas las organizaciones herméticas, como las sociedades religiosas, filosóficas, ocultas, políticas y místicas, las congregaciones, agrupaciones, uniones, etc., que son inaccesibles al hombre corriente, y discutir e intercambiar puntos de vista con
innumerables personas, que, comparadas con las demás, son verdaderas autoridades». Afirma incluso haber hecho la peregrinación a La Meca y Medina con derviches sartos —aunque de ello no resultó nada, pues el Islam ortodoxo tenía poco atractivo para él—. Creía, sin embargo, que las organizaciones sufíes del norte podrían estar realmente bajo la dirección oculta de los Khwajagán —los «Maestros de la Sabiduría»—, estando ellos, a su vez, delegados por el «Círculo Interior» de Sarmân, la « Asamblea-de-todos-los-Santos-Vivos-de-la-Tierra». Sabido es cuan preocupada estaba la gente en aquella época por la idea de un centro espiritual escondido en el corazón de Asia (Saint-Yves
d'Alveydre con su «Agart-tha» y Madame Blavatsky con su Shambala)2, a partir del cual una «Élite» dirige el destino de la humanidad; un poco a la manera en que antaño la gente se veía atraída, hasta en pleno Renacimiento, por la idea de que el Paraíso terrenal pudiese existir todavía en alguna región inaccesible de la tierra. Si bien es verdad que para él era Bujara, y no La Meca, el centro secreto del Islam, allí donde los sufíes Naqshbandíes —pretendidamente infiltrados por los Khwajagán— se habían reunido hasta finales del siglo XIX; y J. G. Bennett piensa que de ellos tomó Gurdjieff
numerosas ideas y técnicas. El programa de las demostraciones de «movimientos» que el grupo debía dar en París y Nueva York atribuye, por su parte, las fuentes de las «danzas» y «rituales» a los monasterios de Sari en el Tíbet, de Mazár-i-Sharif en Afghanistán, de Kizilgán en el oasis Keriya del Turquestán chino, y de Yangi Hissar en Kashgaria. Gurdjieff escribe también que tuvo acceso, en el Asia central, «a un
monasterio bien conocido por los fieles de la religión mahometana» en el que quedó «absolutamente convencido de que las respuestas que yo buscaba... no podían ser halladas... más que en la esfera de la «mentación» subconsciente del hombre». Luego, una vez más, dice que fue «a cierto monasterio de derviches situado también en el Asia central», en el que consagró dos años al estudio de la hipnosis y del «mecanismo del funcionamiento de la esfera subconsciente del hombre». Bennet supone que debió de ser un tekkeh (centro comunitario) de la orden Yesevi, hermandad de origen chamánico fundada por Ahmed Yesevi (muerto hacia 1042) —primero de los Khwajas turcos, llamado por los turcos Babarslan, o Padre León— en Yesi, que más tarde había de convertirse en Tachkent. A causa de sus vínculos con el chamanismo, parece que hoy los Yesevis son sospechosos para las demás órdenes sufíes, pero es exactamente esta afinidad lo que podía gustar a Gurdjieff, dado el acento puesto en la cosmología y el empleo de la música, el ritmo, la magia, las técnicas de «choc», y acaso también el «ejercicio del stop»3 que más tarde había de figurar en buen lugar en su método. Otra indicación dada por Gurdjieff se refiere a los ejercicios religiosos de los monjes de
2Gracias a la información proporcionada por un amigo y erudito hindú, sabemos que estos dos
términos sánscritos tienen un origen venerable, puesto que figuran en un antiguo texto tibetano, El camino a Shambala. Esta última palabra designa la «Morada de Shiva», mientras que
Agarttha significa «inaprensible»; en el contexto, Shambala representa un alto lugar inaccesible, y el Agarttha es el mismo Centro oculto bajo tierra.
Matcha al este del desierto de Gobi, los cuales tenían conexiones con los Yesevis y el Budismo tántrico tibetano. Todo ello es muy complicado, pero hay que decir que Gurdjieff no era simple.
* * *
Hay que abrir aquí un paréntesis a propósito del chamanismo. En el capítulo «Chamanismo y brujería» de su libro El Reino de la Cantidad y los Signos de los Tiempos, René Guénon explica que la religión practicada por los diversos pueblos mogoles fue al principio esencialmente primordial,4 comprendiendo ritos comparables a los de la tradición védica; en aquellas regiones, no obstante, se produjo un desarrollo excesivo de las ciencias cosmológicas que condujo a preocuparse del ámbito anímico y a manipular fuerzas que pertenecen al nivel del psiquismo inferior, lo que provocó una acumulación de fuerzas mágicas que pueden presentar peligro real —aunque
localizado— para el propio chamán, pero que no es nada comparado con el peligro generalizado que representan esos poderosos residuos mágicos cuando los capta gente que tiene a la vista muy otros fines, que el propio chamán —que entonces no es más que un mero instrumento que canaliza esas fuerzas— jamás podría imaginar. Haya pensado o no Guénon en Gurdjieff al escribir estas líneas, es cierto que, cualesquiera que sean las puertas que pudo abrir o no, Gurdjieff no se fue de esos monasterios con los bolsillos vacíos. Incluso dirá a Bennett, acerca de la adquisición de los poderes: «si quiere usted adquirir algo por sí mismo, debe usted aprender a volar».
Por lo demás, ¿de qué vivía durante aquellos años? Por una parte comerciaba con antigüedades, tapices y vestidos, hacía chapuzas, reparaba máquinas rotas y organizaba diversas empresas rurales «de carácter más bien dudoso»5; por otra parte6, estaba muy probablemente al servicio del gobierno ruso como agente político. Dice que fue «herido casi mortalmente... tres veces, en circunstancias muy diferentes», y cada vez por «una bala perdida». La primera vez en Creta en 1896, justo antes del comienzo de la guerra greco-turca, donde podía encontrarse en cuanto miembro del Ethniki Etaireia, sociedad subversiva sostenida por el gobierno ruso a fin de que fomentase disturbios en
Macedonia. La segunda vez fue en el Tíbet en 1902, en vísperas de la «guerra anglo-tibetana». Gurdjieff habla de su «matrimonio tibetano» y cuenta cómo su primogénito fue nombrado abad de una importante lama-sería. Muy bien pudiera ser que fuese un agente político ruso en el Tíbet, donde su nombre, dice, era pronunciado Dorjieff,
4 Es de señalar que los discípulos de Gurdjieff se jactan de pertenecer a una «corriente primordial» que
«trasciende» más allá de las distintas religiones.
5 Este «viejo astuto» —como decía Gurdjieff de sí mismo en aquella época— cuenta que se echaba a la
sombra de los árboles, en Nueva Samarkanda, a reflexionar maneras de financiar sus viajes, cuando vio, encima de él, muchos gorriones que volaban de rama en rama. Como sabía del gusto que los sartos del lugar tenían por los pájaros cantores, buscó la parada de coches de alquiler más cercana, en la que los cocheros dormitaban al calor de la tarde, y subrepticiamente arrancó de las colas de los caballos, las crines que necesitaba para hacer trampas para los gorriones. Con el primer pájaro que atrapó se fue al hotel y le recortó las plumas para darle forma de canario, luego lo coloreó de manera fantástica con anilinas que había conseguido para fabricar flores artificiales. Aquélla rara avis, presentada como «canario americano» de una especie rara, se vendió en dos rublos en el mercado de vieja Samarkanda. Con ese dinero compró varias jaulas pintadas baratas que pronto alojaron más infortunados «canarios». Al cabo de quince días, nuestro hábil vendedor ambulante había amasado una pequeña fortuna con la venta de unos ochenta gorriones enjaulados, «recortados» y pintados; tras lo cual tomó el primer tren para abandonar la ciudad antes de que una lluvia inesperada o un inoportuno baño en el bebedero revelaran cómo los pájaros —y él— eran en realidad.
puesto que, según él, no hay «g» en tibetano, pero Bennett dice que la hipótesis según la cual había sido el célebre lama Dorjieff, que fue tutor del Dalai Lama y más tarde su mensajero ante el zar Nicolás II, cae ante la evidencia fotográfica.7
7
Un especialista en Tíbet nos indica que la «g» es una letra muy corriente en tibetano, como lo prueban palabras como gon-pa, monasterio, gang ¿quién? ¿cuál?, ge-long-bhiku, monje que ha recibido la ordenación completa, gur-ma, himno (¡con la misma sílaba inicial que Gurdjieff!). ¿Cómo una persona que hubiese estudiado en el Tíbet podría ignorar tal cosa? Por otra parte, en el alfabeto tibetano no hay «f»; la última letra de Gurdjieff no puede reproducirse exactamente. (Es posible que cuando afirma haber visitado el Tíbet, haya querido decir el Ladak, llamado a veces el «pequeño Tíbet», que, como en aquella época formaba parte de Cachemira, podía ser relativamente accesible; pero, incluso así, eso no explica que pudiese decir que la «g» no existe en tibetano.) [Nota del editor inglés.]
La tercera «bala perdida» le fue enviada en 1904, en la región transcaucásica cercana a Chiatur, «por algún "milashka" perteneciente a uno de estos dos grupos... el sedicente Ejército ruso, compuesto principalmente de cosacos, y los sedicentes gurianos». Estas observaciones refuerzan la hipótesis según la cual «corría con la liebre y cazaba con la jauría», siendo prendido en el movimiento revolucionario, acaso en el mismo grupo que el georgiano Djugashivili, conocido más tarde en el mundo entero con el nombre de José Stalin. Se ha conjeturado recientemente que en aquella época, Stalin desempeñaba el doble papel de agente zarista en la policía secreta (Okhrana) y de revolucionario. Gurdjieff, naturalmente, pretende haber conocido a Stalin y haber estudiado con él en el seminario de Alexandropol. Reconoce su «propensión en aquella época por... tratar de situarme siempre... allí donde se producían los acontecimientos energéticos más acusados, como guerras civiles, revoluciones, etc.», siempre con vistas a obtener más informaciones al respecto de las motivaciones ocultas del hombre, y de «descubrir a cualquier precio, alguna forma o medio de destruir en la gente la predilección por la sugestibilidad que la hace caer tan fácilmente bajo la influencia de la "hipnosis de masa"».
La solución que buscaba lo iluminó en el transcurso de una transformación de carácter que parece haber sufrido en un retiro oriental cuando una convalescencia consecutiva a una de sus heridas —transición conducente a lo que Bennett llama «la liberación de los pares opuestos» que se considera que Gurdjieff realizó a los treinta y dos años—. La exposición autobiográfica de esta intuición se da en la Tercera Serie de sus escritos — no publicada todavía— titulada Life is Real Only then, When «I Am».8
Había desarrollado ya poderes psíquicos e hipnóticos poderosísimos y empezaba realmente a convertirse en un peligro público: la gente lo llamaba «el Tigre del
Turkestán». Pese a toda su valentía mental, estaba «obsesionado por el terror al "vacío interior"», y sentía que era urgente alcanzar un estado de conciencia permanente que lo hubiera liberado de la tiranía y del condicionamiento de los factores hereditarios inconscientes —«tener fuera de mí mismo, por decirlo así, un "factor nunca dormido", un "factor de recuerdo". Es decir, algo que siempre, en cada uno de mis estados, me recordara "acordarme de mí mismo". Pero ¡¡¡qué es eso!!! ¡¡Puede realmente ser así?!! ¡¡¡Un nuevo pensamiento!!! ¿Por qué no podría yo, entonces, considerar una "analogía universal"? ¡¡¡Y aquí también está Dios!!!...»
«Dios personaliza la Bondad absoluta; es Todo Amor y Todo Perdón. Es el Justo Pacificador de todo lo que existe. Al propio tiempo, puesto que Él es así, ¿por qué enviaría lejos de Él, animado por Él, a uno de Sus más próximos Hijos Queridos, úni-camente por la «vía del orgullo» propia de todo individuo joven e incompletamente formado, dándole una fuerza igual pero opuesta a la Suya?... Me estoy refiriendo al «Diablo». Esta idea iluminó como el sol la condición de mi propio mundo interior y evidenció que, en el vasto mundo, toda construcción armónica necesitaba
inevitablemente una especie de perpetuación continua del factor de recuerdo. Por eso nuestro propio Creador en nombre de todo cuanto había creado, se vio obligado a poner a uno de Sus Hijos Queridos en una situación tan aborrecible, al menos en cierto sentido objetivo. Por consiguiente también yo, para mi pequeño mundo interior, debo crear en mí mismo, a partir de algún elemento mío querido, tal fuente inagotable...»
«Llegué a la conclusión de que si cesaba intencionadamente de utilizar el poder excepcional que poseía y que había desarrollado conscientemente en mi vida común entre la gente, surgiría de mí con fuerza esa fuente de recuerdo. Es decir, el poder
basado en la fuerza en el campo del Hanbledzoin o, como otros lo llaman, el poder de telepatía e hipnosis... Si yo, pues, me privaba conscientemente de esta gracia natural en mí, su ausencia se haría sentir en mí, siempre y en toda cosa, indudablemente. Jamás mientras viva olvidaré el estado de espíritu que de ello resultó entonces.»
En términos claros eso significa que Gurdjieff tomó la resolución de renunciar a ejercer su papel de taumaturgo, para su propia grandeza y gloria, y eligió transmitir, a quienes consideraba calificados, su alta energía hanbledzoin como «factor de recuerdo» para bien del género humano, para que finalmente la humanidad despierte de su «hipnosis de masa» —y a juzgar por el estado de las cosas, se percibe que gran cantidad de dicha fuerza sigue en circulación treinta años después de su muerte. Bennett escribe que «Gurdjieff era ante todo un sufí... La vía verdadera transmite un poder espiritual, baraka, o hanbledzoin, que permite que el buscador lleve a cabo lo que excede la medida de sus propias fuerzas... Esta transmisión de una energía superior que puede ser asimilada por el discípulo es un aspecto vital del proceso, y se puede decir ciertamente que, en este sentido, Gurdjieff siempre fue un maestro. Todos aquellos que lo
encontraron han referido la impresión de dominio, de poder, que en ellos ejercía... A veces, cuando la gente no podía realizar las tareas difíciles que él les imponía, les decía: «tomad de mi Hanbledzoin, y podréis hacer este trabajo...». Reveló también, sin dar demasiadas precisiones, que estaba en contacto con una fuente superior, y agregó que recurriendo a esa fuente, el trabajo cuya responsabilidad tenía podría extenderse por el mundo y ganar fuerza... Creo que deseaba hacernos comprender que después de su muerte podríamos... convertirnos en intermediarios que podrían transmitir esa energía superior».
El lector no habrá dejado de advertir, en la larga cita de Gurdjieff que hemos citado, el desacuerdo con la teología cristiana tocante a la identidad del Hijo Bienamado enviado al mundo para redimir al género humano; para él, de hecho, el «Logos» sin la
participación de una «Tercera Fuerza mentalizante» {fagologiria) es puramente «estéril».
Observemos igualmente que si bien Gurdjieff calificaba el psicoanálisis de disparate {nonsense), se puede advertir no obstante una semejanza innegable entre sus técnicas curativas y las de Sigmun Freud: ambos hombres aportaron su «contribución» haciendo de la magia un medio terapéutico. Lo que Freud llama «inhibiciones del instinto», que hay que neutralizar, corresponde a lo que Gurdjieff llama «influencia de la hipnosis de masa»; la transferencia obrada por el psicoanalista «haciendo de Diablo» o actuando sobre la voluntad de su paciente como una «contravoluntad» (el «superego en
suspenso») con el fin de curar la «neurosis»,9 corresponde en Gurdjieff a la transmisión del hanbledzoin: este «factor de recuerdo» o «contrahipnosis» ha de curar al hombre de la «psicosis» que es su tendencia a dejarse sugestionar debida a las «manifestaciones inconscientes de su naturaleza». El «Diablo»10 (fuente de recuerdo) se ve así «obligado» a exorcisar al «demonio» (factores hereditarios) «despiadadamente y sin el menor compromiso, a fin de extirpar del pensamiento y el sentimiento del hombre las
opiniones y creencias arraigadas al correr de los siglos acerca de todo cuanto existe en
9Un estudio profundo del «freudismo», sus orígenes y sus ramificaciones puede encontrarse en
el artículo de Whitall N. Perry, «The Revolt against Moses: a New Look at Psychoanalysis», en la revista Tomorrow, n.° de primavera de 1966.
10
Peters escribe que Gurdjieff «decía de sí mismo que era un "diablo"». Lo mismo Freud: «¿Sabe usted que soy el Diablo? Toda mi vida he tenido que desempeñar el papel del Diablo a fin de que los demás puedan construir, con los materiales que yo he producido, la más hermosa de las catedrales» (R. Laforgue, «Personliche Erinnerungen Freud»; Lindaver Psy-chotherapiewoche, 1954, p. 49).
el mundo».11
* * *
Volvamos a Tachkent: en este oasis uzbego de cultura oriental y occidental, donde chamanismo, budismo e Islam se practicaban junto al cristianismo nestoriano y ortodoxo ruso —con un poco de sociedades ocultas y teosofistas al margen— se
estableció Gurdjieff en primer lugar, hacia 1910, como mago, hipnotizador profesional, curandero y hacedor de maravillas. Frecuentaba las diversas organizaciones ocultistas, que le servían para tener a mano «talleres para el perfeccionamiento del psicopatismo» en los que «podía observar y estudiar las diversas manifestaciones, en estado de vigilia, de la psique de esos conejillos de Indias enseñados y en libertad, que el Destino me enviaba para mis experiencias». Los resultados fueron rápidos y en seis meses había adquirido renombre como «especialista» y «gran maestro musical». Pero se encontró con que sus talleres carecían de envergadura, pues sólo le proporcionaban tres o cuatro tipos humanos de las «28 "categorías-tipo" que existen en la tierra, tales como fueron establecidas antaño». Entonces fundó su «propio "círculo" en principios completamente nuevos, con un personal especialmente escogido por mí», y del que más tarde había de salir el «Instituto para el Desarrollo Armónico del Hombre». Se pretendió que sus esfuerzos por hacer conocer abiertamente al género humano las enseñanzas de los «Maestros de Sabiduría» habían sido sancionados por «un acuerdo preciso» que obtuvo de una hermandad o de una «especie de monasterio situado en el corazón mismo de Asia» para «su mutua cooperación futura». Con arreglo a ciertos indicios, Bennett piensa que se trata de un santuario de Sarmân, en el oasis de Keriya (Sing-Kiang), el cual, presumiblemente, proporcionó la dirección para el resto de la carrera de Gurdjieff. Aparte el dinero que recogía «esquilando a sus discípulos», Gurdjieff cuenta cómo se mantenía en fondos por aquella época: concertaba contratos para la construcción de carreteras o de vías férreas, compraba y vendía almacenes, restaurantes y cinemas, con-ducía ganado, se ocupaba de pozos de petróleo y empresas de pesca, y comerciaba en tapices, porcelanas y alveolados chinos. Y, en caso de urgencia, siempre podía echar mano de sus poderes de curandero: «No hay un solo libro sobre neuropatología y psicología en el hospital militar de Kars, que yo no haya leído y releído muy atentamente». Bennett lo vio «curar drogados y borrachos» en
Turquía en 1921, y dice que volvió a hacerlo en París para financiar los gastos de acondicionamiento del Prieuré de Avon, cerca de Fontainebleau, último domicilio del Instituto. Y Peters cuenta que fue testigo del mismo procedimiento en Nueva York, hacia 1935, cuando Gurdjieff estaba sin más recursos: «Trabé conocimiento con una oleada de "pacientes" •—al menos no eran "discípulos" habituales— que venían a verlo regularmente para diversos "tratamientos". La mayoría tenía una enfermedad
cualquiera: eran alcohólicos, drogados, neuróticos totales, homosexuales y lo que podría llamarse "delincuentes adultos" de un tipo u otro. Saqué en conclusión que le pagaban bien por "curarlos" de las enfermedades o trastornos de que estaban aquejados. No sé en qué consistían los tratamientos,12 salvo que todos requerían largas y frecuentes visitas a su casa en cualquier momento del día y de la noche... El efecto sobre la gente era siempre el mismo: lo veneraban, al menos durante un tiempo...»
«Esa época en la que hacía falta ganar dinero no duró mucho tiempo, y para mí fue un
11Sacado del preámbulo de All and Everything, tal como se cita en The Herald of Corning Good 12 En Encuentros con hombres notables, Gurdjieff dice que empleaba la hipnosis: «Después de haber
puesto a un hombre en cierto estado, podía influirle sugiriéndole que olvidara cualquier hábito indeseable.»
alivio cuando terminó... (y) él emergió de aquella caracterización más bien penosa de una especie de matasanos viviendo en malas circunstancias... Las ruinas humanas también desaparecieron de la escena.»
En 1911, Gurdjieff hizo un «voto especial» que le obligaba a llevar durante veintiún años, «una vida artificial en muchos aspectos... y, para mí, absolutamente antinatural». Esto puede haber ayudado a la acumulación de hanbledzoin y ciertamente contribuyó a dar una base racional al comportamiento excéntrico y un tanto licencioso que turbó a sus discípulos cuando en 1912 fue a Moscú y San Petersburgo para encontrar una gama completa de personalidades-tipo para su «taller» en formación. Así, cuando el célebre discípulo de Gurdjieff, Peter Demianovitch Ouspensky encontró en Moscú por vez primera a su maestro en 1915, quedó desconcertado por «la impresión extraña y casi alarmante de un hombre mal disfrazado. Era un espectáculo molesto, como cuando uno se encuentra ante un hombre que no es lo que pretende ser y con el cual, sin embargo, hay que conducirse como si uno no se diera cuenta... Muchos tenían la impresión de que era goloso, que le gustaba la buena vida en general, pero a menudo nos parecía que buscaba crear esa impresión; todos nosotros habíamos comprendido ya que
«representaba un papel»... En cualquier otro, tanto «representar» hubiera producido impresión de falsedad. En él daba impresión de fuerza, aunque... no siempre; a veces era «excesivo». Y Thomas de Harttmann, que en aquella época era oficial de reserva en la Guardia, escribe: «He de decir que mi primera reacción no tuvo nada de éxtasis ni de veneración». Se vio obligado a encontrarse con Gurdjieff en un café de tal carácter que «si alguien hubiese descubierto dónde había puesto los pies, hubiera tenido que dejar mi regimiento... En cierto momento el señor Gurdjieff dijo: «Suele haber más putas aquí». «Todo, incluida esta observación grosera, no tenía por objeto atraer, sino más bien repeler al recién llegado. Y si no era para repeler lo era al menos para llevarlo a superar las dificultades, para que perseverase a pesar de todo.» Como se sabe, es corriente que los maestros espirituales pongan a prueba la determinación de los posibles discípulos con pruebas más o menos rudas, pero aun en esa perspectiva hay límites, grados y modalidades que observar.
Gurdjieff, inevitablemente, se abrió camino en la infortunada corte de Nicolás II (cuya persona respetaba, si no su política), y Alejandra, y en aquel medio tomó por esposa a una dama de honor, la condesa polaca Ostrowska. Allí no era el primer hacedor de maravillas, pues había sido precedido por «lumbreras» —introducidas en el «salón negro» espiritualista de la condesa Ignatiev— como Maitre Philippe, antiguo chico de carnicería de Lyon convertido en hipnotizador y curandero, y nombrado, por insistencia de la zarina, «doctor militar ruso» (no reconocido en Francia) con el grado de general del ejército y miembro del Consejo de Estado presidido por el zar; fue él quien, antes de ser expulsado, predijo la venida inminente a los Romanoff de un «mensajero de Dios»; Papus (Dr. Gérard Encausse), el célebre magnetizador, ocultista, francmasón martinista y discípulo de Philippe, que —como Rasputín— predijo muy exactamente que su propia muerte coincidiría con el estallido de la Revolución; Mitia Kobita, el manco jorobado y «loco en Jesucristo», un tartamudo que sólo era capaz de articular «papá» y «mamá» y era considerado no obstante como un «oráculo» y que de una manera u otra le servía de consejero secreto al zar; la hechicera Dania Ossipova, que aconsejó a Nicolás II durante la guerra con el Japón; el mago e iluminado Antoni, que fue asimismo consejero
político; y también el hábil taumaturgo Yamsarane Badmaiev (llamado «la lechuza» y «la chinche»), que en su Mongolia natal fue iniciado en la medicina y la magia
tibetanas; más tarde siguió los cursos de la universidad de San Petersburgo para tener un barniz de política y de diplomacia. El zar Alejandro III consintió en ser el padrino de este personaje, que mientras dirigía un laboratorio y una clínica, curando neuróticos con
«elixires tibetanos», estaba destinado a convertirse en el más poderoso consejero secreto de Nicolás II; el zar no confiaba ningún cargo importante sin su recomendación. La escena estaba así bien preparada para la gran entrada de Rasputín, quien muy pronto había de eclipsar a todos sus precursores menores —exceptuado, por supuesto, Gurdjieff, de quien se dice fue solicitado por los moderados de la corte para alejar las temibles maquinaciones del monje mesmérico. Demasiado tarde, sin embargo; la suerte estaba echada.
El asesinato de Rasputín y la muerte de Papus ocurrieron en 1916 y, como se había predicho, todas las barreras del infierno se rompieron. Todo se rompió también en el alma del pobre de Hartmann; éste da un testimonio pintoresco y desgarrador de las pruebas sufridas por Gurdjieff y su fiel banda de seguidores para mantener el «Instituto para el Desarrollo Armónico del Hombre» en medio de los tiros cruzados de cosacos y bolcheviques. «El señor Gurdjieff» —como lo llama siempre de Harttmann— no era hombre de dejar pasar una ocasión de «embrollar» (según sus propias palabras) las cosas un poco más. Así, una noche, en Essentuki, en el Cáucaso, donde se habían refugiado en 1917, en el momento en que el rublo estaba devaluado de forma
desastrosa, Gurdjieff empujó a un de Harttmann empobrecido —ya no recibía sus pagas mensuales— a organizar un banquete en un restaurante en el que hicieron falta
quinientos rublos para pagar una cena que antes habría costado dos o tres, y la cuenta subió finalmente a mil rublos; incluso hubo de dar propina a un chico para que sacara de la cama a una Mme. de Harttmann aterrorizada que fue obligada a ceder lo que
representaba los gastos de dos semanas. Gurdjieff se lo reembolsó a su víctima a la mañana siguiente, diciendo simplemente: «lo que sucedió se hizo por su bien». En otra ocasión, el infortunado compositor fue obligado primero a sacrificar valiosas partituras reservadas a la orquestación de un ballet, reduciéndolas a tiras de papel para enrollar ovillos de hilo de seda; luego fue ignominiosamente encargado de vender la seda a sus antiguos conocidos de San Petersburgo, que ahora vivían en Kislovodsk. Evitó natu-ralmente a sus amigos lo mejor que pudo, y al anochecer se coló secretamente en un gran almacén que pertenecía al propietario de su casa, donde encontró a Gurdjieff esperándolo. Se vendió la seda y volvieron a casa. De Harttmann vio en ello una «maravillosa lección» para vencer «el orgullo de clase». Su mujer también recibió una lección de «abnegación» cuando se la obligó a ceder todas sus joyas de familia a Gurdjieff —quien le dijo a continuación: «Ahora, tómelas de nuevo». Inspirada por tal magnanimidad, otra mujer ofreció sus joyas de valor. Fue la última vez que las vio. «Todo lo que podía provocar repugnancia e incluso terror», en palabras de de Harttmann, formaba parte de los métodos de su maestro.
La guerra civil pronto hizo imposible la vida en Essentuki, y Gurdjieff preparó un plan para escapar a las montañas del Cáucaso. Propuso organizar una expedición
arqueológica en busca de dólmenes al tiempo que extendía el rumor de que la misma región contenía yacimientos de oro y de platino susceptibles de procurar grandes
ganancias al gobierno de la región: la gente, como él deseaba probar a sus alumnos, «iba a creer cualquier pamplina». El soviet de Essentuki transmitió la petición al soviet superior de Piatigorsk, que concedió todas las facilidades y puso a su disposición dos vagones de ferrocarril para llevar el grupo a Maikop cuando los transportes ferroviarios, en 1918, estaban, casi exclusivamente reservados a la conducción de tropas. Ouspensky, que no acompañaba la expedición, declaró que se necesitaría gran cantidad de alcohol para «lavar el oro». Gurdjieff comprendió el mensaje, y el gobierno aceptó proporcionar barriles de alcohol puro —que no hubieran podido conseguir de otro modo— que se repartieron por el grupo en botellas etiquetadas «medicamento para el tratamiento del cólera», mientras que otra parte, que había sido desnaturalizada, fue convertida en
potable por filtrado en pan caliente y cebollas crudas y luego embotellado con etiquetas de «medicamento para el tratamiento de la malaria».
Gurdjieff pudo obtener los papeles necesarios y nuevos pasaportes soviéticos para el grupo compuesto de unas treinta personas; adiestró a hombres y mujeres a llevar
respectivamente fardos de treinta y cinco y veinticinco kilos ejercitándose con mochilas cargadas de piedras; les enseñó a guiarse observando las estrellas y a andar de noche en montaña. «Las reglas eran draconianas», escribe de Harttmann: «No íbamos a seguir siendo unos para otros maridos, esposas, hermanos o hermanas. Mientras durara la expedición debíamos aceptar obedecer incondicionalmente a nuestro jefe; dado que la expedición iba a exponernos a peligros mortales, debíamos ejecutar las órdenes al pie de la letra; cualquier desobediencia sería castigada, con la muerte si fuese preciso; y, diciendo esto, el señor Gurdjieff puso un gran revólver sobre la mesa».
Desde Maikop, viajaron al sureste atravesando los montes con bestias de carga. Cruzaron por lo menos cinco veces las líneas del ejército bolchevique y del ejército blanco, y con muy pocas cosas, aparte la confianza en la experiencia y el ingenio de su jefe para mantener la cohesión del grupo en medio de todas las dificultades imaginables, incluida una correría de bandidos. Alcanzaron finalmente la ciudad de Sotchi, al borde del mar Negro. El día anterior, en las colinas, habían descubierto triunfalmente un dolmen —pero no de oro— con ayuda de algunos cazadores que se quedaron sin habla al ver a Gurdjieff medir distancias y descubrir luego otros dos dólmenes completamente desconocidos por aquellos hombres que, sin embargo, habitaban la región.
En julio de 1919, llegaron a Tiflis, capital de Georgia, donde se había mantenido el antiguo régimen. El consejo municipal les ayudó a reorganizar el Instituto y allí, en aquella comunidad en la que aún florecía la vida cultural, fue donde el pintor Alejandro de Salzmann y su mujer Jeanne, que enseñaban por aquel entonces el sistema de danza de Dalcroze, se unieron al grupo, en el que sus conocimientos fueron aprovechados para la coreografía.
En junio de 1920, volvemos a encontrar al grupo —ahora modificado— de camino a Europa, en Turquía. País al que le fue a Gurdjieff más fácil entrar que salir, puesto que las autoridades recibieron de Nueva Delhi un despacho que les advertía de que era un «agente ruso peligrosísimo». De ello resultó que fue considerado sospechoso y no pudo obtener la autorización para abandonar el país. Como no era hombre que se quedara de brazos cruzados, Gurdjieff reaccionó creando una rama del Instituto en Estambul, donde trabajó a brazo partido en su ballet capital La Lucha de los Magos. Sin dejar de guiar su compañía, se ocupaba de fenómenos sobrenaturales como la hipnosis, la acción a distancia y la transmisión de pensamiento.
En 1921, Gurdjieff consiguió ir a Alemania y pensó en instalarse en el mismo lugar del antiguo instituto Dalcroze para danza eurítmica, en Hellerau, cerca de Dresde; pero una invitación de lady Rothermere y de otros ricos amigos de Ouspensky, establecido entonces en Londres, lo incitó a ir a Inglaterra, y allí hubiera permanecido si el
ministerio del interior no se hubiese negado a concederle, a él y a su grupo, visados que excediesen a la duración de un mes.
* * *
La siguiente etapa de esta incansable carrera comienza en el verano de 1922 en Avon, cerca de Fontainebleau, a 70 kilómetros de París. Mme de Harttmann, en su papel de secretaria de Gurdjieff, descubrió allí un castillo abandonado con un parque sin cuidar, antiguo monasterio de priores del siglo XVII que, restaurado, se llamó el Cháteau du Prieuré, del que se dice que fue antaño residencia de Mme. de Maintenon. Pertenecía
ahora a la viuda de Maítre Labori, el célebre abogado que defendió a Dreyfus y que, en recompensa, recibió de la familia Dreyfus esta propiedad. El precio pedido se elevaba a un millón de francos. Aunque Gurdjieff había gastado su dinero haciendo venir de Alemania a Francia a sus alumnos, desde París dio orden de comprar el lugar, sin verlo. Olga de Harttmann practicó en la viuda las técnicas de persuasión aprendidas de su maestro y logró obtener una especie de contrato de arriendo con una opción sobre la venta. Entonces se lanzó una llamada de ayuda a los ricos, mientras Gurdjieff, con su perspicacia habitual, abrió una clínica en París para alcohólicos y drogadictos, especuló con petróleo de Azerbaiján y ayudó a rusos emigrados a abrir restaurantes en
Montmartre, que más tarde dieron sustanciosos dividendos. Todo ello se complicaba por la necesidad de tener intérpretes, lo que hacía más trabajosa esa influencia psíquica inmediata con la que contaba para negociar con la gente.
En noviembre, el Prieuré daba alojamiento a discípulos y visitantes de nacionalidades y oficios muy diversos, ricos y pobres, artistas, escritores, médicos, profesores y músicos, viudas americanas cargadas de joyas y poetas andrajosos. A todas estas personas, aparte las de paso y las decrépitas, se las dedicaba a trabajos hercúleos, de sol a sol, para construir, derribar árboles, serrar madera, ocuparse de multitud de animales domésticos, trabajar en la cocina, en la casa o en el lavadero, encargarse de las flores y mantener el huerto. Al final del día todo el mundo se vestía para la cena; luego venían las
«gimnasias sagradas» de la noche, o tal vez una lectura de Gurdjieff, o incluso unos viejos aires de música tocados en su acordeoncito. Hacia medianoche exclamaba desdeñosamente: Kto hochet spat, mojet itti spat: «Quien quiera dormir, que se vaya a dormir». Mas pocos se iban, sabiendo que las verdaderas enseñanzas se reservaban sólo a los que perseveraban hasta el punto de ruptura de la resistencia.
El parque comprendía una «sala de estudios» construida a partir de un hangar para Zeppelín, material militar sobrante del ejército del aire francés, que lo cedió con sólo pagar el traslado. Pronto fue transformado en una especie de pseudopabellón oriental lleno de objetos asiáticos sin valor: tapices, colgaduras, cojines, pieles de cabra,
divanes, bancos de visitantes, un estrado con el eneagrama 13 representado encima y un palco especial o «Kosshal» para «el Sr. Gurdjieff», fuentes con peces (o,
excepcionalmente, champán), luces de color y, por supuesto, un gran piano. Todos los alumnos habían de quitarse los zapatos antes de entrar, y los hombres estaban separados de las mujeres. Para de Harttmann, aquella sala daba «la sensación de una mezquita», pero en vez de las inscripciones coránicas, el tejido del techo estaba lleno de aforismos de Gurdjieff pintados y bordados en una escritura especial
de
suinvención,quese leía verticalmenteysugeríaun batiburrillode alfabetos orientales de trazado vago como un sueño. Los discípulos estaban obligados a aprender esta forma de escribir y meditar tan misteriosas trivialidades, como: Me gusta aquel al que le gusta el trabajo — El mejor medio de obtener la felicidad en esta vida es poder considerar las cosas exteriormente, nunca interiormente (sic) — Toma el conocimiento de Oriente y el saber de Occidente, y luego busca — La mayor realización del hombre es ser capaz de HACER; y así todo. Gurdjieff —o «G», como lo llamaban sus allegados— bautizó sus apartamentos del segundo piso del Prieuré como «El Ritz», y allí se instaló como un pachá. Lasfotografías tomadas en aquella época muestran una fisonomía de levantino rechoncho con cabeza afeitada en forma de cúpula, ojos inmensos y siniestros, y feroces bigotes curvados sobre las mejillas que ocultan un reflejo sarcástico a un tiempo malicioso y cómico.
Conducía su grey como un turco para despertar en ellos el impulso de dejar la mancha
nativa ligada a la «autosatisfacción», deambulaba por el parque con el fez de borla de lado, fumando a caladitas largos cigarrillos de tabaco negro (les estaba desaconsejado fumar a los discípulos menos avanzados en su «Desarrollo Armónico»), engatusaba, alababa y maldecía sucesivamente. Sus iras, aunque simuladas, era tremendo verlas, pues «todo su cuerpo temblaba, su cara se ponía morada y un torrente de vituperios es-capaba de su boca», como escribe Bennett. Pero igualmente era capaz de dispensar dulzura, e incluso golosinas; y, sin embargo, si un discípulo acababa una faena o mostraba que estaba tomándole gusto a su tarea, corría el riesgo de ser puesto a trabajar en algo desagradable. Nadie osaba quejarse; hasta las moscas que infestaban la cocina se aceptaban como una «prueba». Sin la habilidad de Gurdjieff para la organización y el dominio de que daba pruebas en todo arte y profesión, tanto en la composición musical como en la cocina oriental, la ganadería, la construcción, la agronomía, la confección, la carpintería y la reparación de instalaciones eléctricas, el lugar se hubiera ido a pique. Y no obstante, a causa precisamente de su ignorancia asiática de la capacidad de un europeo para el esfuerzo, los hubo que se rompieron física, emocional y psíquicamente, lo que provocó más de una muerte y de un suicidio. Peters, sin embargo, no lo tiene por responsable de la muerte de Katherine Mansfield, lo que justifica arguyendo que estaba ya minada por la tuberculosis cuando llegó a Fontainebleau, y que era asunto suyo si había elegido acortar sus días antes que prolongarlos en un sanatorio. No obstante, parece bastante excesivo haber acantonado a aquella frágil criatura en el establo, cerca de las vacas, en el frío húmedo del invierno, pretendidamente para que se beneficiase de las exhalaciones bovinas, físicas y «espirituales».
La vida en el Prieuré no siempre era espartana y comprendía diversiones, entre ellas las salidas a comer al campo en coche, una alegría para todos excepto para aquellos que debían montar en el descapotable de Gurdjieff cuando éste sustituía al chofer ruso al volante. Cuando los planes no cambiaban en el último momento, cuando el coche lograba subir la cuesta que llevaba al bosque de Fontainebleau, y cuando no sucumbía a una de las averías acostumbradas, su cortejo de «becerros» daba un paseo por el campo, con las cestas repletas como cuernos de la abundancia con caviar y melones, rociados de champán, armagnac y vodka. Entonces podía ser que se ordenara parar en algún
pueblecillo casi en ruinas. El grupo se apiñaba en un café donde Gurdjieff, blandiendo una cartera repleta de billetes de mil francos, encargaba de beber para todos los
presentes y regalaba tal vez a los locales con un aire tocado con su acordeón o, en excursiones posteriores, escribía algunos fragmentos de Belcebú en una mesa de la terraza.
Peters recuerda su alegría de niño el día en que Gurdjieff en Fontainebleau compró, por capricho, doscientas bicicletas y ordenó a todos que montasen en ellas. Pero los grandes momentos consistían en las fiestas del sábado, cuando los «filósofos del bosque» — como se llamaba a los fieles— daban por la noche demostraciones públicas de sus danzas y producían en escena fenómenos pseudomágicos. Estas veladas comprendían también un banquete especial dedicado a la «Ciencia de la Idiotez», considerada procedente
de
unaantigua institucióndelAsiaCentral llamadaelChamodar, o Maestro del Festín. Una «comunidad sufí» le había enseñado a Gurdjieff que hay veintiún grados de razón o de «idiotez» en la evolución del hombre, desde su estado natural de «sinrazón» hasta el estado superior de «Nuestra Interminabilidad» o «Dios». Como los tres últimos grados estaban reservados a Dios y sus Hijos, esto dejaba para escoger, en la categoría genérica de los «Idiotas Incorregibles», entre dieciocho grados específicos, siendo cada uno libre de decidir qué tipo de idiotez le correspondía mejor a su naturaleza: el idiota compasivo, el idiota que retrocede, el idiota en zig-zag, el idiota dubitativo, el idiota fanfarrón o el idiota iluminado, según el caso. Los «antiguossabios» enseñaban que se utilizaba el alcohol para comprender el propio grado de idiotez. El doctor Christopher Evans ha descrito de forma divertida, si no lisonjera, este suceso en su obra Cults of Unreason: «Durante estas sesiones, Gurdjieff, que era un gran bebedor, dedicaba largas series de brindis a los distintos géneros de "idiotas", en los que todos, fuesen o no bebedores, tenían que participar. Era una buena velada para aquellos a quienes gustaba el alcohol, y una pesadilla para los demás. Los numerosos biógrafos del ruso, importantes o menores, han hecho muchas tentativas para explicar el significado de aquel "brindis por los idiotas", y la mayor parte ha llegado a la
conclusión de que esta palabra bastante poco ambigua tenía un sentido simbólico. Ninguno, parece, ha considerado jamás seriamente la posibilidad de que los idiotas en cuestión fuesen aquellos mismos que estaban sentados a la mesa, aunque uno de ellos sospecha que Gurdjieff, con su fez morado de soslayo y su rostro radiante, tenía una idea bastante precisa de aquel en quien pensaba cuando alzaba el vaso».
* * *
En diciembre de 1923, la puesta a punto de las danzas y la música estaba terminada, y pudo darse una representación en el Théátre des Champs-Elysées. Lo que ocasionó, para el maestro empresario y su compañía, una invitación para actuar en Norteamérica. También aquí, Gurdjieff mostró su buena mano para la organización, consiguiendo vestuarios completos y obteniendo pasaportes válidos para los rusos, los lituanos, los armenios y los polacos del grupo. A comienzos de 1924, se embarcaron para Nueva York en el París, ocupando «el Sr. Gurdjieff» un camarote de primera clase, y
alojándose los demás en segunda. A la compañía, no obstante, se la autorizó a utilizar los salones de primera a cambio de una representación de los «movimientos» en provecho de los pasajeros. La travesía fue particularmente difícil, y de Harttmann se acuerda de la noche en que Gurdjieff, en primera fila, gritó de pronto: «¡Stop!», y «los danzantes, con contorsiones crispadas, resbalaban hacia estribor, luego hacia babor, mientras el piano, lenta pero seguramente, se deslizaba de un lado a otro de la escena siguiéndolo yo en mi silla».
Con ayuda de ricos admiradores, se alquilaron salas de conciertos en Nueva York — donde el propio Walter Damrosch asistió a una representación—, en Filadelfia y Boston, donde actuaron para los profesores y los estudiantes de la universidad de Harvard, después en Chicago; para terminar, se dio una representación de gala en el Carnegie Hall en abril, y la compañía volvió a Francia para preparar una segunda gira americana al otoño siguiente.
Estos proyectos quedaron frustrados en julio por un accidente de automóvil que estuvo a punto de costarle la vida a Gurdjieff e impuso en el Instituto un alto dramático. Según sus propios términos: «Como última nota, este cuerpo físico arruinado que es el mío se estrelló, con un automóvil que corría a noventa kilómetros por hora, contra un árbol muy grueso... al borde de una carretera del bosque de Fontainebleau... una semana (de hecho, varias) después de mi regreso de los Estados Unidos. Tras este «paseo», se dieron cuenta de que yo no estaba destruido y varios meses más tarde, para mi
desgracia, mi conciencia volvió en toda su fuerza, con todos sus atributos anteriores, a mi cuerpo totalmente mutilado». Quizá tuvo la premonición de aquel accidente, pues éste se atribuyó a funcionamiento defectuoso de su volante, que él precisamente
acababa de hacer revisar en un taller antes de emprender aquel recorrido desastroso. Sea lo que fuere, escribe Bennett, vio en aquella desventura «la manifestación de un poder hostil a su proyecto, contra el que no podía luchar».
donde recuperó la conciencia después de cinco días, pero la recuperación fue muy lenta. De Harttmann escribe que, tan pronto como estuvo «en la posibilidad de levantarse y deambular con ayuda de su mujer o de uno de nosotros, pidió que se talaran grandes árboles para hacer altas llamaradas en el porque casi cada día... El fuego, era evidente, complacía al Sr. Gurdjieff; nosotros pensábamos que sacaba alguna fuerza de él, y tratamos de procurarle lo más posible, pero el derribo de los árboles era trabajo difícil». ¿No se le ocurrió a de Harttmann que también podía haber en ello parte de venganza contra «un árbol muy grueso»?
Aquél fue un mal período para el fundador del Instituto ahora paralizado. Su madre y su mujer estaban moribundas, los rusos —refugiados sin ayuda en un país del que pocos conocían la lengua, con su único ídolo inválido— permanecían sentados, abatidos, hacinados en los corredores del castillo; casi todos los ingleses se fueron, «con el rabo entre las piernas» —en expresión de Gurdjieff—, y los únicos ingresos que le quedaban al instituto enormemente endeudado provenían casi únicamente de los fondos enviados por el periodista y crítico Richard Orage, que establecerá grupos en Nueva York, Chicago y Boston. Gurdjieff recibió como una afrenta el abandono de Ouspensky y su grupo inglés, aunque de hecho podía, al menos en parte, agradecérselo a sí mismo, pues ya había herido duramente a aquel aristocrático pensador matemático en Essentuky en 1918, con ese «arte» incomprensible con el que se las arreglaba para enajenarse sus más leales discípulos: Ouspensky comenzaba a pensar, lógicamente, que debía de haber más de un camino y más de un hombre para poner en práctica las inestimables enseñanzas de los Maestros de Sabiduría.
Ouspensky, intelectual seco, preciso, y sin mucho humor, cuya única limitación fatal era la imposibilidad de ver más allá del campo psíquico, era, dejando aparte esta carencia, la propia antítesis de su gurú rabelaisiano, que se modelaba en el fabuloso Mullah Nasr Eddin. No obstante, visitaba Fontainebleau de cuando en cuando para esforzarse en mantener la armonía entre los dos grupos; y sólo cuando Gurdjieff se embarcó para América se consumó la ruptura —posiblemente por asuntos de dinero—. Poco tiempo antes, Winifred Alice Beaumont (que habría de casarse con Bennett) le había pedido a Ouspensky: «Quiero que me diga la verdad sobre Gurdjieff. Sé que no es un hombre corriente, pero no puedo decir si es muy bueno o muy malo», y la respuesta inmediata fue: «Puedo asegurarle que Gurdjieff es un hombre bueno». Sin embargo, en la época del accidente de automóvil, Ouspensky advertía que Gurdjieff tenía dos «yo», «uno muy bueno y otro muy malo. Creo que, a fin de cuentas el "buen" yo es el que vencerá. Pero entretanto, es peligrosísimo estar a su lado... Podría volverse loco. O incluso pudiera atraer a él algún desastre en el que se vieran envueltos todos los que lo rodean». Esto concuerda poco con la afirmación de Bennett según la cual Gurdjieff logró «liberarse de los "pares de opuestos"» en su trigésimo segundo año, pero concuerda ciertamente con lo que refiere Peters, cuando escribe que «advertía frecuentemente que su trabajo se volvía más difícil a medida que se lo estudiaba. Dicho de otro modo, progresando, no se obtenía una paz mayor o alguna recompensa visible o tangible —no se llegaba a ser manifiestamente "bueno" —sino que la lucha entre nuestras propias capacidades para el "bien y para el mal" se hacía por ello mismo más intensa. El propio Sr. Gurdjieff era un ejemplo interesante de esta especial teoría, y a menudo he pensado que su poder
personal era tal que podía facilísimamente hacer tanto mal como bien».
Estas palabras de Fritz Peters merecen atención particular pues, además del hecho de que habla con candor sin artificio y honestidad patente, es acaso el testimonio más imparcial y más «neutro» entre los biógrafos que conocieron personalmente a Gurdjieff, al no ser ni discípulo propiamente hablando —y en modo alguno, pues, un
dispuesto, por ello, a oscurecer a su jefe. Era, por decirlo así, hijo de la coyuntura, criado en el Prieuré como huérfano, sin consideración particular para las enseñanzas, y que tan sólo tenía para con Gurdjieff el apego o el «muy grande y sincero afecto» que un niño tiene a un pariente. Él, además, 'es el primero en admitir que su involuntaria implicación le impide ser totalmente objetivo, más aún cuando Gurdjieff afirmó haber depositado algo en él cuando era niño, agregando que eso se haría considerablemente más profundo que todo lo que un simple alumno podía adquirir: «Usted aprende en piel y no puede escapar... Yo ya en su sangre vuelto su vida miserable pero sufrimiento así puede ser buena cosa para su alma, incluso cuando usted desgraciado, debe agradecer su Dios por sufrimiento que yo doy». Parece que Gurdjieff estuvo suficientemente
convencido de ese «envenenamiento de por vida» para ver en Peters su sucesor, puesto que éste fue así designado públicamente en 1945. Esta declaración no debe tomarse demasiado en serio, dado que Bennett recibió el mismo honor durante una
conversación privada con Gurdjieff en su café de la Avenue des Ternes («Sólo usted me puede pagar por toda mí labor»); y sabe Dios sobre cuántos hombros más pasó el manto, aunque Bennet fue sin duda el último en recibirlo, puesto que Gurdjieff murió una semana más tarde. Peters ha apreciado las incógnitas de su «elección» de forma muy astuta: 1. «Era realmente la verdad» (aunque, «honestamente, yo ignoraba en qué consistía "su trabajo"»); 2. «Era para descubrirme mi ego»; 3. «Deseaba producir diversas reacciones en las demás personas presentes»; 4. «Era una enorme broma para los piadosos discípulos.» Aunque no confía su conclusión definitiva al lector, si es que la tiene, Peters proporciona indirectamente un dato en su doble juicio sobre Gurdjieff: «una especie de Mesías fatal engendrado de sí mismo», y «en un sentido muy literal y paradójico, la propia personificación de esta excelente expresión: "un auténtico y verdadero impostor"»; dos ideas que son menos irreductiblemente contradictorias de lo que podrían parecerlo a primera vista.
* * *
Aprovechando el insomnio que padeció durante su convalescencia, Gurdjieff, que de todos modos dormía poco, empezó a trazar un plan para extender sus ideas en el mundo escribiendo libros. Y así, tras un café de medianoche con Olga de Harttmann, que escribía a su dictado, comenzó, Todo y cada cosa: Relatos de Bel-cebú a su nieto (All and Everything: Beelzebub's Tales to His Grandson): «Era en el año 223 después de la creación del mundo», las palabras venían en ruso. «... Por el universo volaba la nave Karnak, destinada a las comunicaciones transespaciales...» Como no era hombre de concebir nada a escala menos que gargantuesca, preveía que su obra había de superar fácilmente el millar de páginas, sólo para la primera parte de la trilogía, cuya segunda parte sería los casi o pseudoautobiográficos Encuentros con hombres notables
(Meetings with remarkable Men), y la tercera: La Vida es real sólo entonces, cuando «yo soy» (Life is Real Only Then, When «I am»), en la cual debía descubrir sus especulaciones más secretas. Cuando más tarde fue capaz de escribir por sí mismo, transcribió sus pensamientos en armenio. El texto era retraducido a continuación en mal ruso por armenios y revisado por Mme. de Hartmann antes de ser traducido a un inglés de diccionario por su marido, y luego arreglado por Orage (que ayudó a fijar el lenguaje definitivo) y los estudiantes que hablaban inglés. El autor elegía como «cuartel general» el Café de la Paix, en París, aunque igualmente escribió en los restaurantes, salas de baile y otros lugares que él llamaba «los "templos" representativos de la moralidad con-temporánea». Luego vino el choc de 1927: Tras haber dado frecuentes lecturas de Belcebú, Gurdjieff se vio obligado a reconocer que su auditorio no entendía ni una
palabra. Sea que el libro fuese demasiado esotérico, sea que sus pensamientos se volviesen irremediablemente desnaturalizados por las múltiples traducciones, vio que había que volver a hacerlo todo de nuevo. (Algunos lectores pueden encontrar la versión final igual de incoherente, pero eso es otra historia...)
Había que tomar una decisión. Según sus cálculos, el trabajo de revisión y publicación tomaría alrededor de siete años. Por otra parte, ni él, en cuanto clínico experimentado, ni los médicos preveían que pudiese sobrevivir ni la mitad de ese tiempo. Por
consiguiente, resolvió «movilizar todas sus capacidades», y si no aparecía ninguna solución el próximo día de año nuevo (Gurdjieff consideraba que su cumpleaños caía el uno de enero del calendario antiguo), «entonces, el último día del año antiguo, destruiré todos mis escritos, calculando el tiempo de tal modo que a medianoche me destruiré al mismo tiempo que la última página».
Entonces comenzó a advertir que su producción literaria, o «trabajabilidad», era proporcional a la intensidad de los sufrimientos que había de soportar, agravados más tarde por la muerte primero de su madre y luego de su mujer. Así, la respuesta a ese problema le llegó incidentalmente el día de Navidad: se podía establecer —y, llegado el caso, aplicarlo a los demás— un principio referente a la relación entre el sufrimiento intencional (para la que forjó la palabra partkdolgduty, amalgama de armenio, ruso e in-glés) y el trabajo creador; fórmula que habría de inmortalizar en la lápida de su madre:
Ici repose La mére de celui Qui se vit par Cette mort forcé D'écrire ce livre
Intitulé Les Opiumistes 14
Ahora ya no quedaba más que poner en práctica la teoría, y, el 6 de mayo de 1928, Gurdjieff hizo juramento irrevocable ante su propia esencia «de retirar de mi vista, so pretexto de varias buenas razones, a todos cuantos, de una forma u otra, hacen mi vida demasiado cómoda». Puesto que tener a sus amigos alrededor no era tan cómodo —pues él escribe que durante su «Gran Enfermedad», «venían-chupaban-mi-sangre-como-vampiros-y-se-volvían-a-ir»—, hay que suponer que no tenerlos alrededor se revelaría más incómodo todavía. Ya hemos visto cómo se había deshecho de Ouspensky. Entre sus más próximos y antiguos colaboradores, los
primeros en ser despedidos fueron el Dr Stjernwal, el brazo derecho de Gurdjieff desde la fundación del Instituto en Rusia, con su mujer y sus hijos; los jóvenes rusos Ivanoff y Ferapontoff, respectivamente jefe de los «movimientos» escénicos y secretario personal así como traductor de las exposiciones al inglés—, estos dos hombres, anonadados, emigraron a Australia—, el Dr. Maurice Nicoll, eminente intérprete de la psicología jungiana; Alejandro de Salzmann, que se fue a Suiza donde murió poco después; Thomas de Harttmann, porque las condiciones se habían vuelto tan intolerables que se encontraba en el límite de sus fuerzas y al borde de la depresión nerviosa; y, luego, su mujer, porque no podía acceder a la petición de Gurdjieff, que quería que ella lo forzara a volver. Poco antes, Bennett fue puesto en tal situación que no había podido hacer otra cosa que dejar el Prieuré; se las arregló, no
14Aquí descansa / La madre de aquel / Que se vio por / Esta muerte obligado / A escribir el libro
/ Titulado / Los Opiumistas.
Cabe asombrarse de que la terminación normal de la vida de una anciana pudiese traumatizar así a su hijo; además, el libro es desconocido. Gurdjieff, no obstante, se mostraba extremadamente sentimental cuando se trataba de vínculos familiares —aunque el epitafio parezca indicar lo contrario—. Lo que esta conmemoración podría probar, es que su autor vivía realmente las con-tradicciones que la mayoría de sus biógrafos juzgaron «fingidas» por oportunismo.
obstante, para reunirse con el taumaturgo veinticinco años más tarde. En cuanto a Peters, en el momento de su investidura se le dijo que no volviese nunca más; lo intentó, no obstante, sólo para ver a Gurdjieff cerrarle la puerta en las narices diciendo: «No poder decir adiós otra vez. Esto ya hecho». Orage, al comienzo de los años 30, habiendo encontrado intolerable la separación, tomó la decisión de poner fin a sus actividades y volver a Francia; la misma noche, murió de una crisis cardiaca, lo que causó cierto choc a Gurdjieff. Incluso Ouspensky, en 1947, en la época de la enfermedad que se lo llevó, lloraba borracho: «¿No comprende cuánto lo quiero? ¿Por qué no me deja volver? Él sabe que tengo necesidad de él y yo sé que él tiene necesidad de mí».
El pronóstico establecido por Gurdjieff y su médico resultó distar mucho de dar en la diana, pues iba a vivir más de siete veces el número de años que le habían concedido. Al propio tiempo que escribía, durante este período, solicitó de de Hartmann más de un centenar de partituras musicales que debían constituir un acompañamiento emocional a la lectura de los capítulos de Belcebú, libro que se arregló para escribir de nuevo por completo en dieciocho meses. Durante ese tiempo la vida en el Prieuré recuperaba lentamente su animación: pese a todas las marchas, siempre llegaban suficientes nuevos «becerros» para permitirle al Instituto desarrollarse, armónicamente o no. Así, hubo otros viajes a América en 1929, 1930 y, hasta la guerra, viajes en el curso de los cuales Gurdjieff pasó el tiempo con sus grupos en Chicago y, sobre todo, Nueva York, donde tenía «despacho» en el Child's Restaurant de la Quinta Avenida y la calle 56, o en una de sus sucursales. Según Bennett, cabe suponer que también hizo uno o varios viajes cortos a Asia durante aquel período; en todo caso, los sellos de algunas cartas que recibió muestran que seguía estando en relación con el Turkestán. Y cuando hablaba de «escribir cartas para pedir informaciones a... amigos que respetaba», evidentemente no estaba pensando en sus alumnos.15
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Todas las tensiones y trasiego de los años que siguieron al accidente de automóvil, sumados a las dificultades financieras, acarrearon el cierre y la venta del Prieuré en 1933, y Gurdjieff se instaló finalmente en el apartamento parisino de su hermano Dimitri, que acababa de morir, una vivienda más bien húmeda y mugrienta situada en el número 6 de la Rué des Colonels-Renard, cerca de l'Etoile, residencia que conservó hasta el final. «Aunque no hubiese parque ni jardín en el que pudiesen trabajar los alumnos del Sr. Gurdjieff, observaba Peters en 1945, la «enseñanza» de su método no me pareció que hubiese cambiado mucho. Seguía habiendo lecturas, conferencias, grupos de danza y entrevistas con ciertos alumnos. Lo único que faltaba en el ambiente general era el propio Prieuré.»
Trabajaba sin cesar para tratar de poner a punto y publicar su trilogía, pues aunque se escribió exclusivamente para el «círculo interior», era evidentemente una obra
demasiado importante para guardarla para siempre fuera del alcance de la humanidad.
15Digamos, sólo para dejar constancia de ello, que, según el testimonio del científico francés
Jacques Bergier, a uno de los «Buscadores de Verdad» que acompañaron a Gurdjieff durante sus primeros viajes por Asia, Louis Pauwels lo identifica con Karl Haushofer, célebre oficial y geógrafo alemán, que no fue solamente consejero político de Hitler, sino que también fue el fundador de la Orden de Tule, sociedad secreta a la que pertenecían Hitler y otros personajes nazis de primera fila. Las ideas filosóficas de esta orden estaban inspiradas en el manuscrito tibetano Dzian. Se asegura que Gurdjieff estaba en contacto regular con Haushofer, a quien propuso, además, el emblema de la swástika invertida.