Kosovo no es una mera cuestión de 1389: Kosovo es el pasado, la actualidad y el futuro del ser serbio. Es su esencia. Los valores supremos de la humanitas heroica (čojstvo y junaštvo), transmitidos de generación en generación, están grabados en el inconsciente y sedimentados en el lenguaje (anécdotas, proverbios, cantares, expresiones), en su folklore, historia y toponomástica, y marcan profundamente su mentalidad. Sea un serbio patriota o no, sea religioso o laico, y con independencia de la modalidad de su carácter individual, esos valores determinan, de una u otra manera, su forma de relacionarse con los demás y su estilo de percibir el mundo.
Maria Djurdjevich, profesora de universidad.
Como en un castillo de naipes que se derrumba sin remisión, primero les llegó el turno a Croacia y Eslovenia, que se indepen- dizaron en 1991; un año más tarde comenzaría la cruenta guerra de Bosnia-Herzegovina. En una jerarquía de responsabilidades, y sin querer entrar en detalle en el conflicto, Milosevic sería el principal responsable de la carnicería que se abatió por todo el
país a partir de ese año, aunque también algunos líderes bosnios, croatas y eslovenos tendrían un grado de responsabilidad muy alto. Las declaraciones unilaterales de independencias no con- sensuadas, donde había una complejidad étnica y poblacional no desdeñable, precipitaron al país hacia la guerra. Macedonia sería el siguiente en la lista, sin que en este caso se produjeran in- cidentes violentos debido a la pequeña minoría serbia que vivía en este territorio y sin ningún interés por parte de Belgrado. Más tarde, en 2001, el nacionalismo radical albanés, bien atizado por las potencias occidentales, haría de las suyas y situaría al país al borde de la guerra civil.
No cabe duda de que la independencia de Eslovenia y Croacia (1991), hizo olvidar a los europeos el conflicto que se desarrollaba en esta región. En aquellos años la cuestión de Kosovo no se había internacionalizado, es decir, carecía de importancia para la comunidad internacional y, principalmente, para los EE.UU. y las cancillerías occidentales. La destrucción de Yugoslavia no era, en aquellos momentos, una cuestión estratégica y de vital impor- tancia para una administración norteamericana implicada en la guerra del Golfo y en las consecuencias que se derivaban del final de la misma. Al igual que la crisis del Canal de Suez enmascaró la invasión de Hungría por los soviéticos, la guerra del Golfo ocultó el drama que se vivía en la antigua Yugoslavia.
Unos años más tarde, en 1992, estallaría la guerra de Bosnia- Herzegovina, conflicto nunca esperado por nuestros gobiernos y tampoco por los EE.UU., que en aquellos días no tenían una visión clara de lo que allí estaba ocurriendo. Tras sendos fracasos de las Naciones Unidas y la UE, implicadas en un conflicto que no entendían y sin capacidad moral ni militar para imponer a los contendientes un paz justa, la administración norteamericana se fue poco a poco implicando en una guerra en la que encontró un buen aliado para llevar a cabo sus planes en la región: los musul-
manes de Bosnia-Herzegovina, aliados originales y después ene- migos declarados de los bosniocroatas.
Absolutamente envuelta en los planes de guerra para destruir Yugoslavia, la administración Clinton acabó forzando, en 1992, una federación de croatas y musulmanes para que actuaran contra los serbios de Bosnia-Herzegovina. Una vez se expulsó a todos los serbios de Croacia y del territorio bosnio controlado por la nueva alianza, se forzaron los Acuerdos de Dayton, que, al menos teóri- camente, significaron un respiro para los serbobosnios, pues les garantizaba una entidad autónoma —la República Srspka— y el final de una guerra que había dejado exhaustas a todas las partes. El feroz bloqueo impuesto a lo que quedaba de Yugoslavia (Serbia y Montenegro en esos momentos) había aislado a la economía del país, empobreciendo a todos los sectores sociales, debilitando internacionalmente a Belgrado en el exterior y, paradójicamente, consolidando el poder de Milosevic en el interior.
Sin embargo, los norteamericanos no iban a cejar en su política de destruir por todos los medios lo que quedaba de Yugoslavia aunque ello significase mayor inestabilidad para toda la región balcánica, más crisis bélicas y una espiral de violencia que aún no ha concluido. Tampoco la Europa política hizo lo suficiente por salvar lo que quedaba del Estado yugoslavo de entonces y se em- barcó en un proceso autodestructivo concluido tres lustros después con la independencia de Kosovo.
¿Y, en suma, quien había perdido las guerras de Croacia y Bosnia-Herzegovina? En primer lugar, las miles de víctimas de las tres etnias, muchas de ellas simples ciudadanos que en los censos se consideraban como yugoslavos, casi el 6% de la población de Bosnia. Los bosniomusulmanes, junto con los croatas, conservaban algo más del 50% del suelo bosnio y el control de las grandes ciu- dades, entre las que destacaban Sarajevo, Tuzla, Zenica y Mostar. Tan solo Banja Luka quedó en manos serbias.
En lo que respecta a los serbios de Croacia, más del 12% de la población fue borrada para siempre tras la limpieza étnica llevada a cabo por los croatas en el verano de 1995. Todavía siguen hacinados en campos de refugiados y otros centros, esperando una solución que seguramente nunca llegue. Perdieron todo: sus tierras, sus casas y propiedades, sus negocios y quizá también sus vidas. Cuando uno atraviesa la ciudad fantasma de Knin, antigua capital de la Krajina serbocroata, entiende el daño y el dolor causado a este pueblo errante y siempre castigado por la historia. Qué lejos queda la mimada, colorista e incluso divertida Sarajevo, la ciudad estrella para nuestros medios por el simple hecho de que allí no vive «nues- tro» enemigo mediático, los serbios. Los serbios de la Krajina y Bosnia, más de 300.000 personas hacinadas en campos de refugia- dos, nunca gozarán de la atención de nuestras cámaras e informati- vos, son las víctimas «olvidadas» de esta injusta guerra declarada al pueblo serbio. Luego, una vez instalados en Kosovo por las autori- dades de Belgrado, sufrirán el acoso, el terrorismo y los ataques de los radicales albanokosovares; su desdicha no parece tener fin.
Mientras estos trágicos acontecimientos para el pueblo serbio se sucedían, los nacionalistas albanokosovares de la Liga Demo- crática de Kosovo, liderada por el inefable Rugova, eran descara- damente toleradas por Belgrado, contaban con numerosas sedes, impartían sus clases en albanés e incluso sus líderes viajaban al extranjero a vender su martirologio y supuesto sufrimiento a manos de tan tolerantes verdugos.
Los norteamericanos y los alemanes, junto con otras potencias europeas que actuaban a remolque de las decisiones e intereses de Washington en la crisis yugoslava, intervinieron directamente en los Balcanes a través de la financiación y asesoramiento de las di- versas fuerzas antiserbias. Por ejemplo, el ejército croata fue refun- dado directamente por una «consultora militar» llamada Military
los croatas para sus respectivas operaciones militares, en inteligencia, acciones especiales, comunicación y logística. Gracias a sus servicios, bien tolerados por las respectivas administraciones norteamericanas, los croatas obtuvieron grandes éxitos militares. Y Milosevic, ya de- monizado por los medios de comunicación de todo el mundo, no movería ni un dedo por los serbios de Croacia; tampoco lo haría su ejército, de los mejores pertrechados del continente.
En 1995, una vez firmada la paz de Dayton por imposición norteamericana, Kosovo vuelve a la primera página de actualidad. Sin negar las atrocidades cometidas por todas las partes en tan atroz y cruento conflicto, con secuelas de miles de muertos y he- ridos y desaparecidos de las tres etnias, los serbios siguieron su- friendo tras aceptar los Acuerdos de Dayton. El bloqueo no se suavizó y la población serbia siguió padeciendo los efectos de una depauperación extrema ordenada y planificada por los EE.UU. con el consentimiento de una UE demasiado remisa y dividida de cara a adoptar una posición conjunta con respecto al futuro de la región. Desde los Acuerdos de Dayton han pasado muchas cosas que trataremos de explicar de aquí en adelante.
Un grupo armado denominado Ejército de Liberación del Kosovo (ELK), de oscura financiación y extrañas conexiones con algunos servicios secretos occidentales, comenzó sus actividades claramente terroristas en el espacio de Kosovo, penetrando por Albania en territorio serbio, atacando poblaciones indefensas y asesinando a todos los elementos no albaneses que encontraba en su camino. Incluso, tal como está constatado, albaneses reacios a la política de limpieza étnica empleada por el ELK fueron asesi- nados. El régimen de terror que más tarde se impondría ya se intuía en aquellos días.
Paralelamente a estas acciones absolutamente reprobables, la represión serbia se acentuó como única repuesta a la brutalidad de las acciones del ELK. Las violaciones de derechos humanos
que caracterizaron a toda la era Milosevic, se daban en ambas partes, convirtiendo a la población de este territorio de apenas 10.000 kilómetros cuadrados en un rehén atrapado por las acciones de los dos bandos en liza. Pese a todo, las cancillerías occidentales siempre mostraron más empeño en condenar al régimen de Mi- losevic que al terrorismo del ELK, puesto que en aquellos mo- mentos les resultaba útil a sus objetivos políticos.
A lo largo de 1997, el ELK llevó a cabo 55 acciones terroristas contra policías y autoridades serbias, así como contra los que con- sideraba «traidores», como lo eran supuestos «colaboracionistas» albanokosovares. Un año más tarde, la situación se desbordó y la región se «libaniza».
Así las cosas, la situación llegó al paroxismo en 1998, cuando las fuerzas del ELK comenzaron a enfrentarse militarmente con el ejército serbio. La Liga Democrática de Kosovo, de Ibrahim Rugova, quedó fuera de juego. La guerra se generalizó en toda la región. Serbia mandó más efectivos y fuerzas hasta Kosovo; los atentados se sucedieron durante todo el año en Prístina y otras ciudades. Muchos civiles serbios fueron asesinados, también po- licías. Según el diario La Vanguardia, se produjeron, en tan solo unos meses, más de 130 atentados terroristas por parte del ELK. Por parte de Belgrado también hubo ciertos episodios de lim- pieza étnica, aunque no con tantas víctimas y detenidos como aseguraban en aquellos días nuestros servicios de inteligencia y cancillerías. También la Organización para la Seguridad y Coo- peración en Europa (OSCE) mintió y manipuló sus informes con el fin de justificar la intervención de la OTAN contra Yugos- lavia, convirtiéndose, así, en una pieza más de la estrategia norte- americana para la región.
Los refugiados, en vista de que la guerra se generalizaba en toda la región, penetraron a millares en Albania y Macedonia, desestabilizando toda la zona. Bajo fuertes presiones, el régimen
de Belgrado aceptó el envío de 1400 observadores y supervisores de la OSCE a la zona del conflicto, con el fin de verificar un acuerdo por el cual una parte de las fuerzas serbias se retirarían de Kosovo y los guerrilleros albaneses cesarían en sus acciones. El in- cumplimiento por parte de Milosevic de dicho acuerdo precipitó la retirada de la OSCE y una nueva oleada represiva por parte de Belgrado. Según fuentes francesas, la administración norteameri- cana de entonces —Clinton y compañía— obstaculizó premedi- tadamente la misión de la OSCE en Yugoslavia con el fin de pre- cipitar la intervención de la OTAN, ayudar al ELK a consolidar sus posiciones entre la proamericana Albania y Kosovo, y posibi- litar, de alguna forma, el final del régimen de Milosevic. El ELK, por su parte, continuó con sus acciones terroristas nunca conde- nadas, en su momento, por ningún Estado europeo.
Sobre el papel de los EE.UU. en la región quiero recoger las impresiones de uno de los observadores que en aquellos días tra- bajaban para la OSCE sobre el terreno, el militar canadiense Rollie Keith, a quien cito textualmente: «No me gustaba lo que veía. No quería americanos a mi alrededor; estaban trabajando sobre una agenda diferente. Varios de ellos eran agregados militares de embajadas en toda Europa. Uno, en mi grupo, dijo que era un antiguo mayor de los SEALS. Le asigné un trabajo de control, pero él se lo encargó a otro y se fue por su cuenta con su GPS».
Ante tan claro obstruccionismo norteamericano de cara a bus- car un acuerdo pacífico, y una vez fracasadas las negociaciones de Rambouillet, la OTAN decidió intervenir en la región en marzo de 1999, y comenzaron los bombardeos «selectivos» por toda Yu- goslavia. En aquellos días Prístina se convirtió en una ciudad muerta y cerrada a cal y canto. Nadie sabía a ciencia cierta lo que sucedía, pero los relatos de los que llegaban, de los que huían de la barbarie, era estremecedor. El ataque de la OTAN provocó nu- merosas víctimas civiles, tanto serbias como albanesas a las que
las bombas «inteligentes» no lograron distinguir. Lo que había comenzado como una intervención humanitaria acabó convir- tiéndose en una tragedia de impredecibles consecuencias, como se vería más tarde, que tendrían que sufrir los serbios en sus carnes. No obstante, entender lo sucedido en la región sin conocer a fondo la personalidad de Milosevic es harto difícil, pues en sus pésimas estrategias para gestionar las crisis encontramos buena parte de la explicación a lo sucedido y al drama padecido por los serbios, primeras víctimas de esta política errática y suicida. Aun- que a Milosevic le encausó un tribunal internacional, le deberían haber juzgado los serbios por sus errores, crímenes y escasas dotes para la gestión de las sucesivas crisis.