La apologética cristiana del siglo II se dirigirá en un primer momento a los judíos, pero en general los caminos del antiguo y el nuevo pueblo de Dios acabarán siendo luego paralelos58. Más exigente, en cambio, será la tarea que tendrán los cristianos de justificar la legitimidad de su propia existencia en el mundo romano.
Justino: el Logos universal
El autor más significativo de la primera modalidad apologética es Justino, a través de su conocida obraDiálogo con Trifón:
“El género humano había caído desde Adán en la muerte y en el error de la serpiente, cometiendo cada uno el mal por su propia culpa”59. “Si bien es cierto que por los profetas fue misteriosamente predicado que Cristo había de venir pasible y después alcanzar el señorío de todas las cosas, nadie sin embargo era capaz de entenderlo, hasta que él mismo persuadió a sus apóstoles que así estaba expresamente anunciado en las Escrituras”60.
Más significativa será, en el mismo Justino, la apologética orientada a los ataques y persecuciones imperiales. Porque a medida que el número de los cristianos vaya creciendo, las persecuciones y acusaciones de ateísmo irán siendo más frecuentes. Justino argumentará:
ͷͺÀǡ ǡ × ǡ ǡÀǤ ͷͻǡ ×ǡͺͺǤ ͲǤǡǡǤ
“Que no somos ateos [...]: damos culto al Hacedor de este universo [...]; honramos también a Jesucristo [...], que hemos aprendido ser Hijo del mismo verdadero Dios [...], así como al Espíritu profético [...]. Queda suficientemente demostrado que no somos ateos, pues admitimos a un sólo Dios, increado y eterno e invisible [...], rodeado de luz y belleza y espíritu y potencia inenarrable”61.
Mediante la apologética se procuraba no sólo defenderse de ataques injustos, como lo hicieron en forma paradigmática Atenágoras y Tertuliano, sino también persuadir y mostrar la racionalidad de la fe en Cristo y el derecho de ciudadanía que les correspondía a los cristianos; ya que estos no atentaban contra los intereses y paz del Imperio, sino más bien, todo lo contrario. En la llamadaCarta a Diogneto, por ejemplo, se afirma que los cristianos
“no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra ni por su habla ni por sus costumbres. Porque ni habitan ciudades exclusivas suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida aparte de los demás [...]. Pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo [...]. Para decirlo brevemente, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo” (5-6).
Ireneo de Lyon: la encarnación recapituladora
Pese al dramatismo de las persecuciones, la teología del siglo II no sólo orientó su estilo apologético “hacia fuera” de la Iglesia, como lo observamos en las dosApologíasde Justino, sino también “hacia adentro”. En efecto, como se aprecia en la conocida obra de Ireneo, Contra todas las herejías, en una época en la que la fermentación religiosa de tipo gnóstico era incontenible, y en la que
además no era tan fácil la comunicación como para confrontar la fe, surgían fácilmente expresiones heréticas y cismáticas, sobre todo en el Asia Menor, que constituían un riesgo real de disgregación de la fe y, consecuentemente, para la vida de las comunidades cristianas. Por eso, el citado autor tiende a recalcar la importancia de que la Iglesia custodie cuidadosamente la integridad del credo:
“La Iglesia, habiendo recibido esta predicación y esta fe, aunque esparcida por todo el mundo, la guarda con diligencia, como si todos sus hijos habitaran en una misma casa; y toda ella cree estas mismas verdades, como quien tiene una sola alma y un sólo corazón, y en consecuencia, las predica, las enseña y las transmite, como quien tiene una sola boca”62.
Frente a las tendencias gnósticas, destaca la importancia de la “encarnación recapituladora”, vinculada a lo que a partir de este autor se conoce como “lógica del intercambio”:
“El Verbo de Dios habitó en el hombre y se hizo también Hijo del hombre, para que el hombre se habituara a percibir a Dios y Dios a vivir en el hombre”63; para que el hombre “unido íntimamente al Verbo de Dios, se hiciera hijo de Dios por adopción”64. Así, “cuando se encarnó y se hizo hombre, recapituló en sí mismo la larga serie de los hombres, dándonos la salvación como en resumen [en su carne], a fin de que pudiésemos recuperar en Jesucristo lo que habíamos perdido en Adán”65.
A su vez, pone a la Iglesia de Roma como referencial para la fe y unidad de todos los cristianos, ya que en ella es sumamente evidente la continuidad en la sucesión apostólica:
“Como sería demasiado largo [...] enumerar las sucesiones de todas las Iglesias, tomaremos solamente a una de ellas, la Iglesia muy grande, muy
ʹÀǡǡͳͲǡʹǦ͵Ǥ ͵ǤǡǡʹͲǡʹǤ
ͶǤǡǡͳͻǡͳǤ ͷǤǡͳͺǡͳǤ
antigua y conocida de todos, que los dos gloriosísimos apóstoles Pedro y Pablo fundaron y establecieron en Roma [...]. Con esta Iglesia, en virtud de su origen más excelente tiene que estar de acuerdo toda Iglesia, es decir los fieles de todas las partes del mundo”66.
Es la época en la que además, con idéntico objetivo de mantener la unidad en el credo, empiezan a configurarse los diferentes Símbolos de fe. Hubo símbolos cristológicos (centrados en la persona del Hijo), binarios (centrados en el Padre y el Hijo) y ternarios (en referencia al Padre, al Hijo y al Espíritu). Estos permitían al catecúmeno iniciado en el Secreto del Arcano67realizar no sólo su profesión de fe (función confesante), sino también visualizar de modo objetivo aquella fe a la que adhería (función doctrinal). Por eso,
“se puede llamar ‘palabra abreviada’ a la fe del Símbolo que se transmite a los creyentes y en la que se contiene la suma de todo el misterio, encerrado en unas fórmulas breves”68.