Por eso le llamo el botón de la autodestrucción y quiero que te lo imagines grande y rojo. Si aprietas ese botón e intentas razonar
sus acciones de la forma que lo harías tú, ese proceso mental siem- pre estará condenado a fracasar.
Los hombres y las mujeres somos diferentes. Tenemos nece- sidades, procesos y prioridades distintas y nos hacen feliz cosas dife- rentes. Antes dijimos que en el fondo buscamos las mismas cosas (y en eso no somos tan diferentes); y también dijimos que muchas veces, nuestras diferencias están en “cuánto” sentimos las cosas, más que en el hecho de sentirlas. Pero eso no quiere decir que no seamos distintos. Al contrario.
Y la inmensa mayoría de los problemas que hay en las rela- ciones entre hombres y mujeres radican en que se intenta negar esta realidad.
Una y otra vez, tenemos la inercia lógica de intentar agradar a la otra persona de la forma que nos gustaría que lo hicieran con no- sotros. Evitamos hacer las cosas que nos molestan. Y nos enfadamos cuando vemos que nuestra pareja hace ciertas cosas que para nosotros serían una gran ofensa.
Pero es que para la otra persona esto NO funciona así.
Si tú, por ejemplo, todos los días cuando él llega del trabajo, le preguntas qué tal le ha ido y le animas a que te lo cuente todo… es probable que estés teniendo el típico comportamiento que te gustaría que ÉL hiciera contigo. Porque tú, al ser mujer, tienes en tu cerebro el doble de áreas dedicas a la comunicación y las emociones que él.
Al llegar a casa él posiblemente quiera ir al gimnasio o ver la televisión para relajarse del estrés de la competitividad en la oficina. Contarte sus cosas podrá ocurrir de vez en cuando, pero no será una prioridad para él, y haciendo el esfuerzo de preguntarle y escucharle, la mayoría de las veces estarás usando tu energía inútilmente en algo que a él no sólo no le interesa tanto.
Otro ejemplo que ilustra esto… es que cuando un hombre gri- ta, no significa lo mismo que para una mujer. La mujer no grita casi nunca, porque tiene muchísima menos testosterona que el hombre (la hormona de la agresividad), pero para el hombre es distinto. Teniendo
El gran error. El botón de la autodestrucción
una ingeniería genética y hormonal que está básicamente pensada para competir, cuando él grita o se pone serio, o se enfada, no significa nada. Es algo normal en él. Entre hombres lo hacen constantemente. La mayoría de las mujeres interpretan estos comportamientos como grandes ofensas y como síntomas de que algo grave le pasa al hombre. Y, normalmente, no estará ocurriendo nada grave (aunque dependerá de cada caso, claro).
El equivalente a alzar la voz en un hombre, quizá es el llanto en la mujer. Expresar las emociones de indefensión es algo muy natu- ral entre mujeres (y de hecho algo muy positivo que muchos hombres deberían aprender a hacer), pero entre hombres no es igual. Para un hombre, mostrar indefensión o tristeza es un rasgo de debilidad que le haría ser percibido como un mal candidato para el liderazgo dentro de sus círculos sociales. En su mundo, llorar significa perder estatus. Él está programado social y hormonalmente para llorar muchísimo menos que tú y sólo ante situaciones de extremísima frustración.
Es por ello que cuando él te ve llorar, se activan todas las alar- mas de que algo gravísimo está pasando. No es capaz de procesar que quizá es, simplemente, una forma de desestresarte, de liberar tensiones, o de mostrar tus emociones para que él sepa cómo te sientes.
Él interpreta eso como un problema gravísimo que requiere solución inmediata (que es lo que él necesitaría si llorase). Y si ve que después de todo, no era algo tan grave, pensará que lo hacías como chantaje, cometiendo un grave fallo de interpretación. Una vez más, él está cometiendo el error de pensar que tú eres igual que él. Y estará apretando el botón de la autodestrucción.
El primer paso para que tu relación con los hombres sea sana, es aceptar, asumir y ser consecuente con la idea de que ÉL NO ES COMO TÚ. Y de que tú no eres como él.
Las emociones y las palabras significan cosas distintas. Las ac- ciones se hacen por cosas diferentes. No hay mejores, ni peores. Cada sexo tiene sus habilidades y sus necesidades.
Y la felicidad consistirá en entender y aplicar esto de forma eficiente.
Un enfoque eficiente y muy enriquecedor es el siguiente: “Como él es distinto a mí y tiene habilidades que yo no ten- go, voy a aprovechar mi relación con él para usar sus habilidades a mi favor, porque esas cosas a él no le cuestan esfuerzo y las hace fenomenal”.
Un enfoque poco eficiente es:
“Voy a intentar que él haga por mí las cosas que se le dan fatal, pero que a mí se me dan bien (como escuchar, por ejemplo) intentando que él sea como yo, porque eso me hace sentir compren- dida”.
El segundo enfoque no es útil ni viable, y está condenado a fracasar.
El primer enfoque, por el contrario, es la base de una rela- ción sana y feliz.
Teniendo todas estas diferencias en cuenta y a modo de simpli- ficación, te voy a decir, las dos áreas que el hombre tiene como priori- dad a nivel instintivo en sus genes: el estatus y el sexo. Recuerda que estamos hablando sólo de su parte instintiva; de su cocodrilo.
Estas dos áreas son tremendamente primarias. Culturalmente no están bien vistas, y a causa de ello, la mayoría de las veces, los hom- bres intentamos negarlo para no tener mala prensa. En algunos casos, incluso nos hemos autoconvencido de que esas no son las cosas que buscamos. Pero créeme, sus genes están pensados y programados a
fuego para necesitar, apreciar y sentir una satisfacción increíble al obtener cualquiera de estas dos cosas.
La mente del hombre siente una descarga brutal de emociones positivas al conseguir estatus social (del tipo que sea) y sexo de cali- dad. Es algo que no podemos evitar.
Tú me podrás decir que a ti también te pasa, y que también valoras el sexo de calidad y sentirte respetada, y en parte tendrás razón. Pero no te equivoques. Tu relación con el sexo no es ni remotamente parecida a la que puede tener un hombre. Una vez más recuerda que NO sois iguales. Él tiene entre cuatro y veinte veces más deseo sexual que tú. Tiene diez veces más testosterona corriendo por su sangre, y la zona dedicada a la actividad sexual es, en su cerebro, casi tres veces del tamaño de la tuya.