2.3 Modelos sociales
1. Motivaciones para el consumo de Alcohol
1.1 Determinantes personales
1.2.2. El grupo de iguales
El desarrollo humano no es posible sin la existencia de la sociedad, ya que desde el nacimiento el individuo está sometido a su influencia, cuya presión le hará aprender las reglas sociales, el lenguaje y el conjunto cultural de la misma. El grupo de iguales posiblemente sea el elemento diferencial que define en mayor medida el proceso de socialización durante la adolescencia. A partir del inicio de la adolescencia, existe una constante lucha por sobrepasar los límites impuestos por los padres. Este enfrentamiento se va intensificando con el paso de los años y se
manifiesta en la disputa por los horarios, por los lugares a los que se puede ir y por el control de los amigos con los que se sale. Durante la infancia son las familias y la escuela las referencias principales, pero esto cambia al llegar la adolescencia dado que el grupo de amigos es el referente principal con su inicio de independencia emocional, sus ritos de iniciación y su costumbres específicos (Galbe, 2012).
Aunque, como se ha descrito en el punto anterior, el inicio del consumo tiene lugar de forma general en el ámbito familiar con motivo de fiestas o celebraciones, el determinante para el mantenimiento habría que buscarlo en la influencia que ejerce sobre el menor su grupo de iguales (Orgaz, 2005). Incluso hay autores que indican que los principales iniciadores en el hábito alcohólico son los amigos, seguidos de los familiares (Paniagua, 2001; Martínez-Sabater, 2014). De cualquier manera, los comentarios recogidos en el presente trabajo señalan la importancia fundamental de los pares en el consumo de alcohol, tanto para el inicio con consumos esporádicos de prueba, como para el mantenimiento de un consumo semanal y en ocasiones de tipo atracón; no hay que olvidar que en un entorno fuera del hogar y rodeados de pares, el alcohol es la droga más consumida por los adolescentes (Martínez-Álvarez, 1996; Paniagua 2001). Suele ser el grupo de amigos el instigador de estos patrones de consumo y, normalmente, el consumo deviene «clandestino» y es ocultado a los mayores (Pons, 1998). El consumo viene a ser una muestra de independencia y un intento de autoafirmación y afiliación, pero con la conciencia de que es una conducta recriminada o no aceptada por los padres.
El consumo de alcohol provoca y favorece una serie de comportamientos que son valorados positivamente por el grupos de jóvenes (Larrañaga, 2006; Río, 2001). Para entender el comportamiento social de los adolescentes, hay que entender lo que está ocurriendo en el contexto de sus iguales o lo que perciben que está ocurriendo (López-Sánchez, 2001) además de considerar los factores del modelado social que se hallan presentes en este tipo de conductas. En términos parecidos a otros estudios (Peinado, 1992; Gómez-Rábago, 2001) queda patente que el alcohol forma parte de la cultura juvenil como eje de la sociabilidad, llevando a un consumo compulsivo cuyo sentido se agota en el acto de beber en el seno de una relación social, de modo que hasta cierto punto no se bebería por placer sino en un intento de mantener la relación social. Los amigos del Instituto son los preferidos por los jóvenes para quedar en algún momento de la semana; sin embargo, durante el fin de semana los amigos conocidos en un “botellón” son los elegidos mayoritariamente (por un 29,1%) para quedar, aunque la diferencia existente con otros amigos no es muy elevada (PND 2003). Es más, el no consumir alcohol podría considerarse una conducta atípica en determinados momentos o situaciones (Larrañaga, 2006), lo que supone un agravante de facto para no “entrar en el entorno y ser uno más” y lo que les resulta más grave: se puede transmitir una imagen de “tío no enrollao” o persona que no va con las normas del grupo y es incapaz de mostrar rebeldía y autonomía. Existe un mayor riesgo de consumo conforme el adolescente es mayor, simplemente por el hecho de que los horarios se van ampliando con la edad, estando relacionada una hora de vuelta a casa más tardía con un mayor consumo de alcohol.
El grupo de iguales cobra especial relevancia entre adolescentes ya que es en esta época cuando se construye y se define la identidad personal. El grupo de amigos es clave para la organización de las actividades de ocio, es con quien se comparten las nuevas y placenteras experiencias y por ello se convierte en el sujeto colectivo (Instituto de la Mujer, 2007). Así se puede encontrar en un estudio sobre población de la misma provincia (PND, 2003) que el tamaño medio de los grupos que acuden al botellón es de 13 adolescentes (7 chicos y 6 chicas), lo que hace que el adolescente acepte las normas de ocio para conseguir la inclusión en estos grupos reducidos. A la hora de buscar aceptación social, los adolescentes son especialmente sensibles a la influencia de los otros, a la interacción y a las presiones entre semejantes (Fraile, 2004). La necesidad de aceptación dentro del grupo de iguales (al mismo nivel que la motivación y la necesidad de no
ser rechazado) sería, por tanto, una motivación muy poderosa para el mantenimiento del consumo de alcohol en momentos de ocio. Esta línea de ideas estaría de acuerdo con el modelo de desarrollo social de Hawkins y Weis (1985), desde donde se analiza el conflicto generacional e insisten en la importancia del distanciamiento del adolescente de la familia y del entorno escolar. El Modelo Cognoscitivo Social Integrado del Consumo de Alcohol (MCSI) propone enlazar las creencias acerca del consumo, que tienen un origen netamente social, con la importancia dada por el adolescente a resistir la presión de grupo, y la verdadera capacidad de hacerlo, representada tanto en las habilidades sociales que posee como en el deseo de emitir dicha conducta (Londoño, 2010). El déficit para resistir la presión ejercida por los pares está asociado al nivel de consumo, es decir que a menor capacidad de resistir la coacción del grupo mayor es el riesgo de abusar de la ingesta de esta sustancia, tal como lo han evidenciado otros estudios (Londoño, 2010).
No obstante, el grupo de pares puede ejercer una presión positiva en caso de transmitir otros valores relacionados con hábitos de vida saludables o cuando hay una adecuada elección de las actividades de ocio (Pons, 1998). En ello influye de manera notable la percepción de la función familiar del adolescente, dado que no son incompatibles la experiencia del cambio familiar y la nueva experiencia social con los pares. Villarreal-González (2010) mostró en un grupo de estudiantes de Secundaria que el apoyo social comunitario y el funcionamiento familiar se relacionaban con el consumo de alcohol de forma indirecta. El primero lo hacía de forma positiva y significativa a través del apoyo de amigos y el consumo de alcohol de familiares y amigos; y el segundo, lo hacía a través de dos caminos: uno, de forma positiva y significativa, con el apoyo familiar y el consumo de alcohol de familiares y amigos y, dos, de forma positiva a través del ajuste escolar y la autoestima escolar y ésta, de forma negativa, con el consumo de alcohol. Por otra parte, cuando el apoyo familiar percibido por el adolescente es adecuado, el apoyo social también es bueno y de calidad (Pérez-Milena, 2007d) lo que facilita la adopción de conductas saludables que protegen del consumo del alcohol. En la actualidad, la mayoría de las familias españolas defienden que el rol de padre y madre debe fomentar el diálogo con los hijos pero, a diferencia de lo que ocurría anteriormente, asumen que dicho diálogo no debe ir en detrimento del ejercicio de la autoridad ni de la fijación de límites y normas con los hijos (Conde, 2009): por tanto, debe existir un equilibrio adecuado entre familia y amigos, con el cambio progresivo de normas y roles que vaya más allá de su posible incomprensión parcial y puntual por parte de los hijos e hijas.