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1 3 Modelos sociales

2. Motivaciones para el consumo de Tabaco

2.2 Influencia del microsistema

2.4.2 Riesgo y enfermedad

Es un hecho comprobado que el consumo de tabaco, el alcohol, el sedentarismo o el exceso de peso, entre otros, son factores de riesgo para las principales enfermedades crónicas. En un trabajo realizado por profesionales de enfermería (González-Henríquez, 2002), la mayoría de los jóvenes entendió que salud era sentirse bien tanto física como mentalmente, tener ánimo para realizar las actividades de la vida diaria, estar alegre y que se incluyan los sentimientos; por lo tanto, salud sería sentirse bien con uno mismo. Dentro de los hábitos saludables, la mayoría nombró el ejercicio, la alimentación sin exceso de grasas ni frituras, la higiene, el buen trato personal, las buenas relaciones sociales, recrearse, la libertad de expresión, el respeto hacia los demás y con uno mismo. Por el contrario, como hábitos no saludables destacaron el consumo de tabaco y otras drogas. La mayoría de los entrevistados opinaron que el fumar es un hábito y llama la atención la constante afirmación que el tabaco origina más problemas a la salud que el consumo de alcohol e incluso que el uso del cannabis (González-Henríquez, 2002); ideas posiblemente motivadas por la presión legal y social contra el tabaquismo iniciada en 2004 con la ley antitabaco en España. El incremento de la presión social y legislativa a favor de los espacios sin humo y en contra del tabaquismo surgido tras esta ley ha incrementado la sensación de riesgo en el consumo de tabaco entre los adolescentes, como muestra la encuesta escolar ESTUDES (2012/2013). Estas creencias sobre el riesgo son más frecuente en adolescentes jóvenes o que no consumen tabaco, como así se resalta en el trabajo de Raina (2015) donde la mayoría de los adolescentes con una edad comprendida entre los 13 a 15 años de edad creían que fumar es definitivamente perjudicial para su salud y no ayuda a la socialización, manifestando más del 90% tener una actitud negativa para iniciar el hábito tabáquico.

La conciencia de los efectos nocivos del consumo de tabaco es habitualmente alta en la población adolescente pero, aunque el principal motivo argumentado por los adolescentes para dejar de fumar es la propia salud (Dijkstra, 2003; Kulbok, 2008; Pérez-Milena, 2011), parece ser un sesgo de deseabilidad social. Los adolescentes emiten comentario adecuados, en parte por la presión del exosistema que le rodea y que impone una cultura antitabaco, e incluso para agradar al médico que le atiende o no tener problemas con el profesorado o con sus padres.

Este hallazgo choca con las creencias habituales que tienen los adolescentes sobre su propia invulnerabilidad en cuestiones de salud y no forma parte de ninguna disonancia relevante (Pérez-Milena, 2011; Schneider, 2010). Muchos de los adolescentes refieren que fuman porque es un acto que les proporciona relajación, asociándolo a momentos de tranquilidad y ocio, con la subsiguiente omisión de los efectos excitantes del tabaco. Frente a esta idea, los adolescentes que no fumaban refirieron que el tabaco les dañaba la salud y por esta razón no lo hacían. De forma generalizada los jóvenes refirieron que el tabaco podría producir patologías de carácter respiratorio y cáncer, pero con el matiz de que esos problemas solo les ocurren a las personas mayores, transmitiendo una autopercepción de invulnerabilidad frente a los efectos dañinos del tabaco.

2.4.3 Relación con otras drogas

El consumo conjunto de alcohol y tabaco es un hecho comprobado en la población adulta. El riesgo de enfermedad y muerte es mucho mayor cuando se suman ambas adicciones (NIH, 1998) y los fumadores tienen un mayor grado de dependencia alcohólica. El alcoholismo es 10 veces más común en fumadores que en no fumadores (Ruiz-Risueño, 2012). El inicio en el consumo de tabaco en los adolescentes es superior entre los que también consumen bebidas alcohólicas, con un riesgo dos veces superior que los que no las consumen (Ariza, 2002).Existe evidencia de la existencia de relación progresiva en el consumo de las diferentes sustancias, de modo que el consumo de drogas legales (alcohol y tabaco) influye en el inicio del consumo de drogas ilegales. Kandel (1992) ya propuso un modelo donde distinguía cuatro etapas en el proceso adictivo: consumo de cerveza o vino, consumo de cigarrillos y licores de alta graduación, consumo de cannabis y consumo de otras drogas ilegales diferentes al cannabis. Según este modelo, el alcohol sería la primera droga de contacto y la más frecuentemente consumida; después se seguiría de cigarrillos, a la vez que la cantidad de consumo de alcohol se incrementa; finalmente se alcanzarían altos niveles de consumo de las diferentes drogas legales y se comenzaría a usar cannabis, que sería la primera droga ilegal consumida; en algunos casos seguirían otras drogas ilegales (heroína, cocaína, etc.). Este modelo se conoce como puerta de entrada ya que el consumo de alcohol, tabaco y cannabis en las primeras etapas de la adolescencia actuaría como una puerta de entrada a la experimentación con otras drogas como anfetaminas, cocaína, alucinógenos o heroína.

Los discursos obtenidos en el presente trabajo ofrecen una controversia sobre si las motivaciones para el consumo de alcohol y el de tabaco son parecidas, y si estos dos consumos van juntos y pueden propiciar el consumo de otras drogas. Un grupo de adolescentes, más jóvenes o con menor experiencia en el policonsumo, indican que el consumo de alcohol se asocia a momentos de fiesta y se corre el riesgo inmediato de sufrir una intoxicación, mientras que en el caso del tabaco relaja y sirven para aliviar momentos de estrés. Por tanto, los motivos son diferentes para cada una de las sustancias lo que origina diferentes patrones de consumo, diferentes recompensas tras su consumo y diferentes riesgos. En este orden de ideas, los encuestados son conscientes de la relación entre alcohol, tabaco y drogas siendo perjudiciales para la salud, en mayor medida, cuando se consumen de forma simultánea. Otro grupo de alumnos, más experimentados en el consumo de múltiples drogas, asumen la relación y el consumo de forma progresiva. El consumo de tabaco, para la mayoría de encuestados, conlleva el consumo de cannabis (porro), justificándose en un hábito similar de consumo. Ellos mismos establecen un orden de consumo que incluye primero las drogas legales para abarcar posteriormente drogas ilegales, comenzando por la marihuana. Es destacable que esta progresión en escalada del consumo, de tipo de drogas y de cantidad consumida, no es considerada peligrosa hasta por la tercera parte de los adolescentes mientras que sólo la cuarta parte cree que el cannabis es más dañino que el tabaco (Calafat, 2009).