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EL HIPIAS MAYOR

In document 01 02 Guthrie, W. K. C. – IV – Platon (página 170-185)

AUTENTICIDAD ·

La autenticidad del Hipias Mayor (llamado así por ser el más extenso de los dos diálogos que llevan el nombre de Hipias) no fue puesta en duda en la Antigüedad, y el diálogo es incluido en el canon de Trasilo (supra, págs. 47 y sigs.). Pero desde el comienzo del siglo diecinueve ha sido atacado y de­ fendido alternativamente con igual vigor 183. Muchos de los argumentos utiliza­ dos son subjetivos y están basados en consideraciones sobre lo que es «indigno de Platón». El autor, dice Gauss, no logra reproducir el estilo del joven Platón y a Hipias se le presenta como una persona demasiado estúpida. Dorothy Ta­ rrant observa «confusión y un lenguaje extraño», y tanto ella como otros inter­ pretan las coincidencias con otros diálogos en lenguaje y contenido como una imitación debida al desconocido escritor. (Una de las cosas que se aprende al leer a Platón con la suficiente intensidad como para escribir sobre él es

182 En Teet. 200b, la noción de των έπιστημών καί άνεπιστημοσύνων έπιστήμαι vuelve a aparecer en labios de un imaginario objetor desdeñoso. El tratamiento del saber en el Cármides

es puesto en el lugar que le corresponde por Campbell, T h e a e tpág. XXII: «el problema es meramente incidental y el tratamiento del mismo paradójico y verbal».

183 Un examen breve y útil de la controversia hasta 1953 puede encontrarse en Soreth, II. Maj. págs. 1-4. Ella hace en toda la obra una defensa poderosa de su carácter genuino. Friedlán- der, Pl., II, págs. 316 y sig., n. 1 (1964), y Hoerber, en Phronesis, 1964, 143, dan referencias en los dos sentidos. Puede alcanzarse una idea adecuada de los hechos y de las meras suposiciones a favor y en contra comparando la obra de D. Tarrant, H. Maj., 1928, y CQ, 1927 (en contra) con la de Grube en CQ, 1926, y CP, 1929 (a favor). Defensores recientes de su carácter genuino son R. Robinson, Crombie, Ryle y J. Malcolm. Véase Malcolm en AGPh, 1968, 189, con la n. 2.

que se repite constantemente a sí mismo, hasta el punto de hacerse tedioso.) Un estrecho paralelismo verbal en Aristóteles (Top. 146a21) con H. M ayor

298a, es desestimado por Tarrant como «una indicación incierta de que cono­ ciera el H. Mayor», mientras que para Ross era una alusión clara y para Grube un préstamo evidente 1S4.

Los escépticos difieren en lo referente a la fecha de su supuesta imitación. Tarrant sigue a Wilamowitz al creer que era la obra de un joven discípulo de la Academia, realizada en vida de Platón; Pohlenz lo situó en tiempos de Aristóteles, mientras que Gigon y Gauss (que la juzgó con un desprecio consi­ derable) creyeron que era producto de la época helenística 18S. Aquí se conside­ rará como obra de Platón, pero los lectores deben saber que no se acepta universalmente como tal. Siendo subjetivo por mi parte, uno de los rasgos más convincentes es el divertido recurso, muy propio de Platón y difícilmente imitable, del que se sirve Sócrates, al presentar sus duras críticas a Hipias como objeciones que le hace a él mismo un personaje misterioso, con lo que evita cualquier apariencia de descortesía por su parte. «¿Quien es ese individuo mal- educado que trae a colación cosas tan despreciables como las cacerolas en una discusión seria?», pregunta Hipias con una indignación que está fuera de lugar (288d): ésta es exactamente la clase de observaciones que se hacen fre­ cuentemente contra Sócrates (cf. Gorg. 491a). «No lo conocería», dice Sócrates (290e), y al final (304d) es un familiar muy próximo que vive en su misma casa. Otro rasgo socrático de este personaje es que, cuando la búsqueda de la definición parece conducir al fracaso, hace él mismo una propuesta de carác­ ter positivo (293d). Cuando Hipias espera que pueda habérsele escapado a éste una debilidad del argumento, Sócrates contesta que en ese caso no se le escapa­ ría a la persona antes cuyos ojos sentiría la mayor vergüenza si se le sorprendie­ ra en falta, es decir, ante sí mismo. El lector ya se ha dado cuenta del juego mucho antes de esto, mas la reintroducción del personaje anónimo al final, digan lo que digan algunos críticos, es genial. Nos damos cuenta de que Sócra­ tes admira la retórica de los sofistas y desea poder emularla, pero cuando la alaba, este ruidoso alter ego se dedica a confundirlo e insultarlo 186.

184 Tarrant, H. Maj., pág. X, Ross, PTI, págs. 3 y sig., Grube, CQ, 1926, 134 y sig. y 147. De manera semejante, Tarrant (pág. XV) dedujo de un paralelo con Jen., Mem., IV, 4, 5, que el escritor del H. Mayor conocía las Memorabilia, mientras que Taylor (PMW, pág. 29) pensó que Jenofonte podía haber tenido en mente las observaciones iniciales del Hipias.

185 O, en la pintoresca frase de Gauss, «un pasteleo helenístico de falsificaciones literarias»

(Handk. 1, 2, 208, donde cita a Gigon). Para el joven contemporáneo de Platón, véase Wilamo­ witz, Pl., II, págs. 328 y sigs., Tarrant, H. Maj. págs. XVI y LXV («un hombre joven en estrecha relación con Platón, probablemente un estudiante de la Academia»), CQ, 1927, 87. Se experimenta cierta sorpresa ante el hecho de que un joven como éste pudiera escribir una reductio ad absurdum

de la ontología del Fedón (Tarrant, II. cc.; cf. Grube, CQ, 1926, 141), y sorprende más aún que no supiera siquiera escribir en griego adecuadamente (CQ, 1927 , 84, sobre 286d).

186 Stallbaum ha sido uno de los que ha sabido apreciar la estratagema, llamándola «ratio... in qua explicanda miramur sane quod viri docti adeo se torserunt» (Menex., etc., pág. 178).

Este y otros juicios acerca del diálogo se basan en la suposición de que, al contrastar el carácter y el método de Sócrates con los del único sofista por el que no sentía ningún respeto (vol. III, pág. 274), Platón se divirtió escribien­ do una pequeña comedia. Y pensemos lo que pensemos de sus méritos I87, no es más que una parodia de Hipias, en la que se presenta a éste como un hombre falto de sensibilidad e insensato, caracterizado por una impenetrable complacencia y un insaciable apetito de halagos.

FECHA

También este punto ha sido un rompecabezas para los especialistas, porque, si bien el diálogo tiene todas las características de una obra inicial, introduce, sin embargo, concepciones generalmente atribuidas a un período posterior, es­ pecialmente la doctrina de las Formas, como aparece en el Fedón o más tar­ de m . Las consideraciones estilísticas muestran la misma discrepancia. Fried­ lander observó que las estadísticas de von Arnim lo sitúan entre el Banquete

y el Fedón, «aunque en su estructura no pertenece al grupo de estas obras de la madurez, sino al de los diálogos aporéticos». Aquí se le asociará a este grupo, y su contenido filosófico se discutirá en el lugar adecuado.

FECHA DRAMÁTICA

No hay ninguna indicación precisa. Como Hipias es ya un personaje prós­ pero y famoso, los editores de Jowett (I, pág. 561) sugieren que la conversación no es probable que haya podido tener lugar antes del año 435 aproximadamen­ te. Taylor (PMW, pág. 29) observó que su presencia en Atenas presupone un tiempo de pa2, y como la visita oficial de Gorgias (vol. III, pág. 50) figura

187 Grote, en una nota en la que se muestra muy crítico (Pl., I, pág. 364, n. a), lo consideró «inoportuno e incoveniente», y lo comparó desfavorablemente con las Nubes de Aristófanes. Él vio su origen en una «disputa histórica» entre S. e Hipias que se refleja en la «acerba controversia» a que hace referencia Jenofonte en Mem., IV, 4, 5-25. Aunque esa conversación no es especialmen­ te acerba, tal vez sea mejor esto que convertir al Hipias de Platón en una máscara de sus contem­ poráneos Isócrates y Antístenes, como han hecho algunos. (Véase Dümmler, Akad., págs. 52 y sigs.). 188 «Para el autor del Hipias, el contenido del Menón, del Fedón y del Banquete estaba ya firmemente establecido» (Dümmler, A k., pág. 61). La discrepancia ha sido aducida también como prueba de su carácter espurio. Así, Moreau escribe (REG, 1941, 41) que aunque el contenido es «intégralement et adéquatement platonicien», no puede haber sido escrito por Platón, porque, a pesar de corresponder al género socrático, se refiere a doctrinas elaboradas después de su período socrático, e incluso después de los diálogos intermedios. Es así «une oeuvre d ’école exécutée dans le style des premiers dialogues platoniciens». Pero es un extraño capricho resucitar el estilo socráti­ co inicial de Platón después de haber escrito no sólo el Fedón, el Banquete y la Rep., sino también el Polít., el FU. y el Tim., para introducir ideas de todas estas obras.

como un hecho pasado (282b), debe haber sido después del 427 y, en conse­ cuencia, durante la Paz de Nicias (421-416).

Para el propio Hipias, véase vol. III, págs. 273-278.

Una vez más tenemos que enfrentarnos con la necesidad de estudiar el signi­ ficado y el alcance de una palabra griega que tiene una extensión diferente de la que tiene cualquier palabra en español. Su objeto es «lo kalón», traduci­ do normalmente por «lo bello» o por «belleza», lo cual sugiere que su tema es puramente estético, cuando en realidad es más amplio. Hasta Platón e inclu­ so en tiempos de éste, la palabra no se aplicaba sólo a los hombres bien pareci­ dos, a las mujeres bellas o a los ojos, tobillos, vestidos, edificios, y demás, sino también a puertos, campos, presagios, reputaciones y hechos. Llegar opor­ tunamente era llegar «en un tiempo kalós», y a veces se utilizaba con un infini­ tivo («Para mí es kalón morir»). Su adverbio kalós se empleaba siempre en el sentido no sensual de lo que está bien o es recto —vivir bien, hablar bien, pasarlo bien y demás—, siendo la rectitud del acto de carácter técnico o moral. Su relación con agathón era tan estrecha que, para resumir su ideal de bondad y nobleza, los griegos inventaron el sustantivo compuesto kalokagathía, pero era un caso de coincidencia, no de sinonimia: agathón no tenía ningún conteni­ do estético, y parece haber retenido siempre, incluso en expresiones generales tales como «un buen hombre», algo de la noción relativa de bueno para una obra o un propósito, eficiente, como el sentido que tiene en «un buen carpinte­ ro», «un buen jugador de tenis» o «una buena habilidad manual». Kalón tenía normalmente un sentido absoluto I89, aunque «kalón para esto o aquello» apa­ rece ocasionalmente, incluso fuera de las páginas de Platón» 190.

También nosotros utilizamos la palabra «bello» más allá del ámbito estric­ tamente estético, y hablamós de una bella persona, de un bello * corredor (beau­ tiful runner) o de la belleza de la santidad, pero lo hacemos con la conciencia de que, además de su excelencia moral o técnica, hay en estos casos algo que nos conmueve de una manera análoga al efecto que nos produce un paisaje, un poema o una sonata. Decir de alguien «que es una buena persona o un buen corredor no es lo mismo, y la mayor parte de lo que dice Sócrates sobre lo que es kalón, y de lo que acepta Hipias, no lo aceptaríamos nosotros como atribuible a la belleza —y no es porque Hipias sea estúpido 191—.

189 Aristóteles consideró que ésta era la diferencia esencial entre los dos. Véase Metaf. 1078a31 (vol. III, pág. 172, n. 14), EE 1248bl8, Reí. 1390al, E N 1207b28. Platón habría estado probable­ mente de acuerdo con él en que καλόν era el término más amplio. Más de una vez dice que Ιο άγαθόν es καλόν (Tim. 87c, Lis. 216d).

190 Jenofonte utiliza κάλλιστος τρέχειν (Anáb., IV, 8, 26) y καλόν ές στρατιάν (drop., Ill, 3, 6), y también, como P. en H. Mayor 295c, καλός πρός δρόμον y πρός πάλην (Mem., Ill, 8, 4).

* Ν. del T. En castellano no se diría un bello corredor, sino un buen corredor, pero mantene­ mos el término por el contexto general del párrafo.

191 Para la traducción alternativa de «hermoso o apto» (fine), que a veces es preferible a «be­ llo», véase vol. III, pág. 172.

El d iá lo g o (a r g u m e n t o e n estilo d ir e c t o)

Sócrates se encuentra con Hipias, que ha vuelto a Aténas después de una larga ausencia 192, en la que se ha dedicado a misiones diplomáticas en varias partes de Grecia. Sócrates le da pie para que presuma por haber logrado man­ tener una práctica lucrativa como sofista mientras desempeñaba múltiples ta­ reas públicas. Con ello demuestra ser mucho más sabio que los antiguos sabios, que no se dieron cuenta de que lo esencial de la sabiduría radica en hacer dinero. Después de charlar sobre su recepción en Esparta, Hipias le invita a que vaya a oír un «discurso bello y bien compuesto» que va a pronunciar sobre «los bellos hábitos que debería adquirir un joven», y S. aprovecha la ocasión para introducir el tema fundamental. S. tiene un amigo molesto e ino­ portuno, que recientemente, cuando elogiaba ciertas cosas de un discurso por bellas y censuraba otras por feas, le preguntó con qué derecho hacía eso. ¿Sa­ bía él acaso qué era lo bello»? Afortunadamente ha venido Hipias 193, y éste, con su superior sabiduría, no tendrá inconveniente en decirle a S. lo que tiene que contestar. Así es que S. obtiene permiso para hablar y responder en repre­ sentación de este desagradable personaje 194, que habla con una descarada ru­ deza que, como es natural, él no se atrevería a adoptar ni soñando.

En primer lugar, después de escuchar el discurso de H. sobre las «bellas» prácticas, este hombre le llevaría a aceptar que, de la misma menera que la justicia hace a los hombres justos 195 y la sabiduría los hace sabios, la belleza hace que las cosas sean bellas; y todas estas cualidades existen, Pero ¿qué es y en qué consiste la belleza y «lo bello»? H. entiende la pregunta como si se le hubiera preguntado «¿que es bello?» y no «¿qué es lo bello?», es decir, el atributo, y, como tantas otras víctimas de S., cita un ejemplo: «una bella doncella es bella» 196. Pero también lo es una yegua, o incluso una cacerola

192 En Mem., IV, 4, 5, Jenofonte dice que H. se reunió con S. después de mucho tiempo. Tarrant (H. Maj., pág. XV) cree que «el autor del H, Mayor conocía a Jenofonte», y Taylor

(PMW, pág. 29) dice que el pasaje de Jen. podría haber sido sugerido por el inicio del H. Mayor.

La cuestión es irresoluble, y debemos tener en cuenta también ahora que hay muchos y muy estrechos paralelismos entre Jen. y este diálogo. Cf. esp. Mem., III, 8, 4 y Banquete V con 295c,

Mem. IV, 6, 8-9, con 296d-e. Soreth (II. Maj., pág. 18, n. 2., 48, n. 2) es especialmente vehemente contra cualquier indicación de que el H. Mayor haya sido el que ha comentido el plagio. Véase también vol. III, pág. 318.

198 εις καλόν ήκεις (286d). Así también, εις καλόν ύπέμνησας unas pocas líneas más abajo, y cf. aoi ...ούκ fiv πρέποι en la discusión de la belleza como τό πρέπον (291a). Estos pequeños juegos de palabras tan bien elegidos acentúan el carácter ligero y divertido del diálogo.

194 En 287b, S. dice (traducido literalmente) que se va a «convertir en el otro hombre». Para Hipias, esto significa «desempeñar el papel de», pero en realidad no tenía más que ser él mismo,

195 Literalmente, «los hombres justos son justos por la justicia», etc. Para el dativo, véase

supra, pág. 121, n. 74.

196 Lit., «es un objeto bello», en la expresión griega en la que el adjetivo atributivo con un sustantivo femenino es femenino, pero el predicativo es neutro. (Véase Jowett, 4, I, pág. 563,

bien hecha, lisa, redonda y bien cocida. H. admite a regañadientes que el epíte­ to podría aplicarse a la olla, pero no en comparación con la doncella o con otras cosas que se llaman bellas. Ésta es una peligrosa admisión. Si introduci­ mos el concepto de comparación, deberemos admitir que la doncella no es bella en comparación con una diosa, de la misma manera que no lo es la olla en comparación con la doncella. Todo lo que podamos nombrar como bello será feo en determinados contextos, mientras que «lo bello en sí mismo», que da a estas cosas su belleza, no puede ser más que bello.

H. empieza a caer en la cuenta e indica que «aquello que al añadírsele a cualquier cosa» la hace bella es el oro. Cuando S. le pregunta por qué, en ese caso, no hizo Fidias la estatua de Atenea toda de oro, sino que hizo partes de marfil y los globos oculares de piedras, contesta que todas estas cosas son bellas, contando con que sean adecuadas al conjunto. En realidad, «todo lo que es adecuado (conveniente, apropiado) a una cosa, la hace bella» (290d) 197. Esto le da a S. la oportunidad de hacer que H. reconozca (sólo, por supuesto, para protegerse de este pariente vulgar, que sería muy poco «apropiado» para hablar con un gran hombre como Hipias) que para mover una buena (beauti­ ful) sopa en la olla, cuya belleza han admitido, una cuchara de madera de higuera sería mejor que una de oro, la cual podría romper la olla, desperdicián­ dose la sopa y apagándose el fuego.

H. tiene ahora una nueva y brillante idea que silenciará de una vez por todas al autor de las objeciones. Lo más bello, lo más hermoso para un hom­ bre siempre y en todo lugar, que no podrá parecerle feo nunca a nadie, es llegar a la vejez con salud, riqueza y honor y ser enterrado espléndidamente por los hijos, después de haber hecho previamente lo mismo con sus padres. Esta respuesta tiene que vérselas con la misma objeción que las anteriores, puesto que, para algunos héroes, una muerte gloriosa en la juventud es más bella que sobrevivir hasta la vejez, la cual, cuando está manchada por la cobar­ día, es de hecho fea y deshonrosa ,98. Llegamos aquí a ese punto decisivo, característico de los diálogos socráticos (supra, pág. 167), en el que se admite la derrota y se vuelve a empezar desde el principio a partir de una sugerencia que no parte del interlocutor original, aunque naturalmente, como artista que es, Platón varía la forma literaria en cada caso. No es Hipias —no hay ni

para esta y otras dificultades al traducir las diversas expresiones griegas de la belleza.) Esto hace que el error de H. sea algo menos grave.

1.7 La palabra utilizada (πρέπον), mejor traducida a menudo por «apropiado», podría abarcar desde lo que corresponde a una persona o a una clase en atención a la moral o a la prudencia («a hombres mortales corresponden pensamientos mortales», «como les corresponde hablar a los esclavos», «actos más propios de bárbaros que de griegos», «su pudor correspondía a su juven­ tud», y así sucesivamente) hasta lo que cae bien respecto a la apariencia externa, lo que «sienta bien», en relación con los vestidos o los adornos personales. H., al tener su mente puesta aún en καλόν en el sentido de la belleza exterior, lo toma en este último sentido (294a).

que pensar en ello— el que se declara vencido. Si se le concediera unos minutos de reflexión, hallaría sin lugar a dudas la respuesta (295a). No, es S. el que cree que deberá confesar su derrota a este terrible familiar, que, sin embargo, a veces se compadece de su ignorancia y le hace alguna propuesta por su parte. En este caso él les pediría que consideraran si no será la respuesta lo que han dicho de que la belleza consiste en lo apropiado.

Sin embargo, esto no impide que quede en pie una pregunta de S.: Lo adecuado (o «conveniente») ¿hace que las cosas parezcan bellas, o hace que lo sean realmente? H. cree en un principio lo primero, porque las ropas conve­ nientes y adecuadas pueden hacer que incluso una figura ridicula tenga una apariencia bella, pero cuando S. le indica que esto convertiría la belleza en una especie de engaño, decide que la belleza hace ambas cosas. En ese caso, lo que tiene belleza debería parecer bello siempre. Pero esto no es verdad. En realidad, leyes y prácticas que son verdaderamente bellas (hermosas, bue­ nas: kalón comprende todo esto) no parecen siempre así a todo el mundo, sino que causan, por la ignorancia, más problemas y conflictos que ninguna otra cosa. Lo adecuado debe ser, pues, lo que hace que las cosas sean en reali­ dad bellas, en cuyo caso sería la belleza que estamos buscando, pero no lo

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