2. La génesis de los espacios irrigados por el canal de Moncada
2.2 Los inicios de la antropización del espacio natural: Íberos y romanos
2.2.1 El inicio de la parcelación: las centuriaciones romanas
Desde que en el año 218 a. C se hace efectiva la presencia romana en la Península Ibérica, las nuevas formas de vida, la “romanización”17, interactuará con las diferentes comunidades
indígenas. La receptividad de estas comunidades fue desigual. Las ciudades indígenas situadas en el litoral mediterráneo, fueron, sin duda, las más proclives al proceso de romanización. Tras de su fundación en el 138 a. C, y hasta su destrucción en el 75 a. C18, la colonia de Valentia se
constituyó en el centro de transformación del espacio colindante. Los autores anteriormente citados remarcan la ausencia, en el registro arqueológico, de villas romanas republicanas, lo que les lleva a presumir una continuación, al menos hasta el siglo I a. C, de explotaciones agrícolas de carácter ibérico, situación que cambiaría en el siglo I tras de la refundación, a finales del Principado de Augusto, ya en época imperial, de la ciudad de Valentia. En el ámbito de nuestra zona de estudio Alapont, Burriel y Riera 2004, p.16-21), localizan hasta veintiún yacimientos
15Una lengua común sería el nexo de unión entre los diversos pueblos que ocupaban la parte oriental de
la península. Las inscripciones en lengua ibérica aparecen en el territorio que las fuentes clásicas asignan a los iberos, a saber: la costa que va desde el sur del Langedoc-Rosellón hasta Alicante, que remonta hacia el interior por el valle del Ebro, por el valle del Segura, gran parte de La Mancha meridional y oriental hasta el río Guadiana y por el valle alto del Guadalquivir.
16La información más detallada que hemos podido encontrar es la ofrecida por el Ayuntamiento de Moncada y su Museo Arqueológico www.moncada.es/: “El Tos Pelat es un yacimiento arqueológico de
época íbera, un oppidum de aproximadamente 3 ha de superficie urbanizada. Se trata del único yacimiento ibérico de cronología antigua (s. VI-IV aC.) y carácter claramente urbano conservado en la comarca valenciana de l'Horta Nord. Fue descubierto en 1920 por el arqueólogo valenciano Juan José Senent Ibáñez. Desde entonces y hasta el año 2002 no se había hecho ninguna intervención arqueológica. El yacimiento se sitúa geográficamente en el límite noroeste de la comarca valenciana de l’Horta Nord, a 10 km en línea recta de la actual costa del Golfo de Valencia, la que se divisa perfectamente, y a 2 km del casco urbano de Moncada. El posicionamiento claramente costero y cercano a la Vía Heraclea, a 17 Km. al sur del Tossal del Castell (Arse-Saguntum) y 16 Km al sur-este del Tossal de Sant Miquel (Edeta- Llíria), pudo imprimir sobre él, durante toda su existencia, un carácter estratégico de control territorial en equilibrio, respeto de las ciudades ibéricas mencionadas. El emplazamiento topográfico es sobre una colina calcárea en forma de península, aproximadamente rectangular, de mediana altura, 92 m.s.n.m.; de superficie plana ligeramente basculada al SE.”
17 La “romanización” hace referencia al proceso de difusión o adopción de los rasgos de la civilización de la antigua Roma o de su lengua. En líneas generales, este proceso se vio favorecido por: 1) El ejército, 2) la red viaria, 3) la fundación de colonias, 4) la Administración, 5) el uso del latín como lengua oficial. 18 La ciudad fue parcialmente destruida durante la guerra entre Pompeyo y Setorio
arqueológicos, tres de ellos submarinos19, a los que habría que añadir los localizados en la propia ciudad de Valencia, sin duda, los más estudiados.
Hasta aquí hemos hecho sucinta referencia a los espacios de habitación, pero, estos, difícilmente pueden explicarse sin prestar atención a los espacios de trabajo. La agricultura asociada al “modo de vida romano” es una agricultura de exportación asentada sobre “la trilogía mediterránea”: vid, olivo, cereal (trigo y cebada), con mano de obra esclava y dirigida al polo de atracción que supone la gran metrópoli de Roma. Ferreira(1995, p. 176) al estudiar la racionalidad o irracionalidad de la agricultura romana, asocia el latifundio con una mentalidad evergeta20, en la que las clases detentadoras del poder político y económico, dedicarían una
parte de su riqueza al bien público con la pretensión de ganar prestigio ante el pueblo; de esta manera en el “modo de vida romano”, desde la perspectiva de la agricultura, cabría distinguir entre el gran propietario, desinteresado, y el pequeño propietario industrioso.
González Villaescusa (2002, p.65) hace observar, que en las formas primitivas de agricultura no se generan espacios de trabajo estables; será posteriormente, con el desarrollo de sistemas intensivos de utilización de la tierra, cuando surgirá la necesidad de los límites para la organización del trabajo. El uso del arado está en el trasfondo de la necesidad de generar esos límites: “Con el uso del arado y la necesidad de acotar las distintas unidades productivas, que
no son necesariamente límites de propiedad, surge la regularidad y el límite”;; y nos remite a la
definición de Favory (1983, p. 54) para el que las dimensiones de las parcelas son “el resultado
de un compromiso entre una distancia demasiado corta que multiplicaría en exceso los trazados, y una distancia demasiado larga que pondría en peligro el trazado rectilíneo del surco”
En el mundo romano la organización del espacio de trabajo, el espacio agrícola, se establecía en base a dos criterios: 1) la necesidad de asignar parcelas a los colonos, por lo general de origen itálico, asentados en los territorios que se iban articulando dentro del Imperio, 2)establecer el control tributario (Balil, 1960 p. 353). Tras de la creación de una colonia-el espacio de habitación-, se procedía a la construcción del espacio de trabajo, el ager; este espacio era sometido a una compleja actuación catastral, ejecutada por agrimensores, y cuyo resultado era la división parcelaria del espacio asignado a la colonia, para su reparto entre los colonos asentados
19 El Villar-Palau (El Puig), Camí dels Plans (Rafelbunyol), Aqüeducte (Rafelbunyol), Blanc de Columbro (Rafelbunyol), La Sènia-Pla de Montalt (Museros), Maquives-Sant Onofre (Museros), Aqüeducte de Museros (Museros), El Pouatxo (Montcada), Les Paretetes dels Moros (Montcada), Piló de la Campana (Montcada-Foios), El Pla (Foios), Aqüeducte de la Covatella (Godella), Aqüeducte de les Llometes (Godella), Mas de la Rosa (Paterna), Barranc del Cano (Paterna), Forn Romà (Paterna), L’Horta Vella (Bétera), Platja de Puçol-Puig (Puçol-Puig), Platja de Pobla de Farnals (Pobla de Farnals), Platja d’Alborais( Alboraia)
20 El evergetisno , en el mundo greco-romano, consiste, para los miembros ricos o notables de una comunidad, en la distribución de una parte de su riqueza a la misma.
en ella. Tanto al proceso, como al resultado, se le ha venido en denominar con el nombre de centuriación21. La consecuencia es un parcelario constituido por un conjunto de cuadrados de
dimensiones y orientación definidas22. La colonia de Valentia no debió ser ajena a los
procedimientos anteriormente citados23 y, como parece evidente, de haberse realizado este tipo
de actuaciones, al menos una parte del territorio sobre el que se habrían ejecutado se correspondería con el territorio objeto de nuestro estudio24. Cano (1974, pp. 115-127) y
Pingarrón (1981) detectan centuriaciones romanas tanto al norte como al sur de la ciudad de Valencia; para ambos autores, la carretera N-340 (supuestamente la via Augusta), se adaptaría, tanto al norte, como al sur de la ciudad, al trazado del kardo maximus de ambas centuriaciones. Al respecto de la centuriación descrita por Cano (1974), y que él sitúa sobre el territorio al norte de la ciudad de Valencia, caben hacer algunas matizaciones; unas, de tipo general, referidas a lo que Balil (1961, pp.346) denomina “competencia” de los investigadores25, otras, en parte fruto de lo anterior, referidas a la sincronía, que Cano propone, entre el regadío de la Acequia de Moncada y la centuriación. Respecto de la primera cuestión, parece evidente que la fotografía aérea, como casi único recurso, no es suficiente para la confirmación de la existencia o no de centuriación, en todo caso, Gonzalez Villaescusa (2002, p.290-291) concluye que junto a la métrica del parcelario isoclino de la centuriación, se sobrepone la métrica propia de un
21 Balil-Illana (1960, p.346): “ por centuriación acostumbran a entenderse en la actualidad todos los elementos de la parcelación y catastro romanos, bien se trate de limites, centuriación propiamente dicha, o división per strigas” . Pingarrón ( 1981, p. 162) nos da la geometría más usual de las centuriato: “Basta señalar que el modelo más usual de la centuriación es una división del terrazgo en cuadrados perfectos de 20 actus de lado (710 metros, aproximadamente; exactamente, 709,68). Cada cuadro o centuria tiene una superficie de 100 heredia (cada heredium contiene unos 5.036 metros cuadrados, algo más de media hectárea y equivalentes a 4 actus cuadrados [ ] La cuadriculación se lograba generalmente con una trama de caminos, establecidos a partir del ccruce de dos principales, o ejes del sistema. El kardo maximus, o eje de dimensión máxima (salvo en el caso de una centuriato cuadrada), podía orientarse de norte a sur, seguir la línea de costa en las comarcas litorales, o bien determinarse por un camino importante preexistente, caso bastante frecuente. El decumanus maximus, o eje transversal, era la mediatriz del
kardo. El punto de intersección, en el centro del sistema, era denominado umbilicus”
22 Balil Illana (1960, p.349-350):”La centuriación, o división en centuriae, requiere en primer lugar el trazado de limites, decumani si están orientados de E. a O. y cardines si su orientación es la N,-S., paralelos a dos ejes maestros o limites maximi.”(p.349)[ ] “Estos limites dan lugar, en el sistema que podemos calificar como tipo o normal, a la división del territorio objeto de la centuriato o limitatio en parcelas cuadradas, centuriae, de 20 actus (= 2.400 pedes) de lado
23 Los estudios sobre las “centuriato” se inician ya en el s XIX, pero con escaso material cartográfico que permita su localización, ya en 1833 C.T. Falbe, oficial de la marina danesa. Reconoció sobre el terreno la centuriación de Cartago (Balil Illana 1960, p.347). La fotografía aérea ha sido, no sin ciertos excesos interpretativos, el instrumento fundamental, tras la II Guerra Mundial, para el avance de los estudios sobre centuriaciones,
24 En España es crucial la publicación en 1974 del libro “Estudios sobre Centuriaciones Romanas” (Rossello, 1974),
25 Balil-Illana (1961, p. 346) se refiere a la cuestión de la “competencia” en estos términos:” Es frecuente observar una más patente que latente incomprensión o desconocimiento de la finalidad de las
centuriaciones. Esto se observa especialmente entre aquellos investigadores que sin formación de
arqueología e instituciones clásicas propiamente dichas deben ocuparse de restos de parcelaciones antiguas”
parcelario bajomedieval26; por su parte Sales (1986, p.110-113) propone una reconsideración del eje, kardo, sobre el que se estructura la posible centuriación, trasladándolo al este de la N-340, en una línea que desde el Monasterio de Santa María de El Puig penetraría en el foro de la Valencia romana por el actual puente de la Trinidad, y sobre la que se asienta el camino que, por el oeste de Albuixec , enlaza esta población con la de Massalfassar (Figura 4).
Respecto de la segunda cuestión está la supuesta sincronía entre la centuriación y el regadío con aguas de la acequia de Moncada. Como cuestión previa es conveniente introducir la discusión acerca de los orígenes de los espacios regados antiguos, como el del caso que nos ocupa, así como exponer nuestra postura sobre dicha cuestión. Durante décadas, entre los estudiosos de la historia, la geografía y la arqueología, se ha establecido un encendido debate sobre el origen de los regadíos valencianos. Dos posturas contrapuestas y, en ocasiones, beligerantes, sobre si la construcción de las huertas del este y el sureste de la península Ibérica fueron una creación romana o eran una creación andalusí27. Ambas visiones han tenido excelentes valedores28; no
obstante la posición favorable al origen andalusí parece avanzar con paso más firme29. Barceló
(1988, p.21) zanja la discusión sobre los orígenes, afirmando la esterilidad intelectual de la misma. “Tal como tradicionalmente se ha planteado la cuestión de los “orígenes” es incapaz
26Al respecto del parcelario de Mahuella, González Villaescusa (2002, p. 291): “Finalmente el análisis metrológico por filtrado numérico evidenció [Mahuella] en el parcelario isoclino. con Valencia B, además de una métrica romana, una periodicidad basada en un módulo de 23 m que se relaciona directamente con el sistema de medidas valenciano -palmo de 22,75 cm- vigente en los Fueros que concede Jaime I a la ; apreciándose múltiplos y submúltiplos coherentes con este sistema e incluso algunas medidas de superficie elementales como la jovada -120x60 brazas= 245,7x122,85 m-, cuya expresión formal es un parcelario “pintiforme” de largas bandas subdivididas en pequeñas parcelas estrechas y transversales a la división mayor”.
27 Preferimos el término andalusí, andalusíes (plural), para nombrar a los habitantes de los espacios que tras la conquista feudal en el siglo XIII pasaron a constituir el reino cristiano de Valencia, nuestra postura comparte le explicación que sobre esta cuestión de Torro (2012, p.143): “la poblacio nativa era
homogéneamente musulmana i arabofona. No eren ≪valencians≫ ni eren ≪mallorquins≫. Formaven part d’un pais, d’una civilitzacio que s’havia estes per gran part de la peninsula Iberica i que es reconeixia a ella mateixa amb el nom d’al-Andalus;; si d’alguna maneraels hem d’anomenar, la mes correcta es andalusins”.
28 Al respecto de las características del debate, González Villaescusa (1995, p. 287):” Es característico de
este debate que la mayor parte de los autores que han defendido un origen romano del regadío valenciano no proceden de disciplinas como la arqueología clásica, ni la historia antigua, sino de la geografía, la geoarqueología o la arqueología medieval. Los ejemplos exponentes de es te fenómeno son los de Cano Garcia (1974), los de Butzer y colaboradores (1985) y los de A. Bazzana y P. Guichard (1981; BAZZANA 1994) que basan sus argumentaciones en aspectos descriptivos y tecnológicos, propios del regadío percibidos en la región y que se relacionan topográficamente con otros elementos del paisaje agrario romano”. Lopez Gomez (1974) se postula como afín a la corriente afín al origen romano de los
regadíos valencianos, no obstante plantea el abandono de los canales a partir del siglo III, aunque sin que el sistema se colapsara de forma absoluta;; los musulmanes “ intensificaron notablemente el regadío,
quizás lo renovaron en parte y extendieron a las zonas bajas, pero no debe ser una creación absolutamente nueva y los canales antiguos se siguieron utilizando, por lo menos parcialmente”
29 Miquel Barceló (1986, p.10) plantea la esterilidad del debate y se pregunta qué tipo de conocimiento se
adquiriría de saber con certeza si las huertas de Valencia, Orihuela o Lorca, eran de construcción romana. Saber esto es bien poca cosa si no va acompañado de otros conocimientos como, por ejemplo, el estado en que los árabes y beréberes las encontraron, las adiciones y modificaciones que hicieron, el sentido preciso de estos cambios, los objetivos diferentes o similares en la organización de la producción, la forma diferente o similar de organizar el proceso de trabajo”
de producir auténticos conocimientos y, en cambio, sólo sirve para satisfacer chovinismos inconfesables”. Para el mismo autor, las posiciones cercanas a la atribución a los romanos de
los orígenes de los regadíos, no están exentas de importantes dosis de eurocentrismo y neocolonialismo: “El estado romano vendría a ser una versión bondadosa, sedicentemente
“europea”, del “despotismo oriental” creador de los grandes perímetros hidráulicos alimentados por los caudalosos ríos orientales” (Barceló, 1988, p. 27).
Figura 4. Recreación de las ortogonalidades más evidentes sobre el espacio entre Meliana y Pobla de Farnals. Fuente: Sales (1986)
González Villaescusa (2002, p. 287) hace una crítica global a los autores partidarios del origen romano de los regadíos valencianos30: “La característica común a todos estos autores es que
ninguno de ellos describe el funcionamiento de un sistema ibérico o romano basado en la irrigación y cuál era el interés y los productos derivados de una actividad agraria romana basada en el regadío. Sin que con ello pretendamos que no existían cultivos romanos que fueran irrigados, como una lectura de los agrónomos latinos o la existencia de inscripciones y obras hidráulicas permitirá apreciar[ ]sino que las características de la producción en masa de una agricultura de altos rendimientos desarrollada en el seno de formas económicas ligadas al valor de cambio de sus productos, al suministro anonario y a las rentas en metálico generadoras de capital mercantil, poco tiene que ver con los frutos del regadío, difícilmente
30 Entre los autores enmarcados en esta tendencia tenemos Cano García (1974), los de Butzer y colaboradores (1985) y los de A. Bazzana y P. Guichard (1981; BAZZANA 1994) , Pingarrón (1981) Morales Gil (1992).
comercializables a larga distancia y con un predominante valor de uso. Estos presupuestos impiden, al menos teóricamente, la concepción de un vasto sistema de regadío en el seno, por ejemplo, de una centuriación”.
Regresando a la cuestión de la sincronía entre parcelario romano y regadío en el caso de la Huerta y, especialmente en el planteamiento de Cano (1974) y la coincidencia del trazado de la acequia de Moncada con la orientación dominante del catastro centuriado, González Villaescusa (2002, p.288) pone de relieve la inexistencia de relación cronológica entre las líneas isóclinas de un paisaje31; es más, refiriéndose al caso concreto de Mahuella32 propone la existencia de un
parcelario ortogonal de época medieval y del periodo feudal33 (González, 2002, p.221). Nuestra
postura sobre la cuestión de “los orígenes” se inclina, de manera inequívoca, por la que sostiene el origen andalusí de los regadíos pre-feudales, como es el caso que nos acupa del regadío de la Acequia de Moncada. En otros puntos de esta tesis introduciremos argumentos en defensa de nuestra posición.