La cuestión fundamental que distingue al materialismo histórico de todas las teo- rías burguesas y pequeño burguesas sobre el desarrollo social, es que reconoce el papel determinante del progreso de la producción y que los cambios en ésta, siempre se originan en los cambios operados en las fuerzas productivas, como su elemento más dinámico y revolucionario. Mao Tze Dong no está de acuerdo con este principio, que es fundamental en la concepción materialista de la historia. Según él, «los cambios en la sociedad se deben principalmente al desarrollo de las contradicciones entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción en el seno de la sociedad, es decir, las contradicciones entre las clases, las contradic- ciones entre lo nuevo y lo viejo» (58). En esta contradicción Mao otorga el papel determinante no a las fuerzas productivas, sino a las relaciones de producción las
que, según piensa, pueden ser perfeccionadas a voluntad del hombre, aplicando una «línea de masas». Es precisamente aquí donde se encuentra la piedra angular del subjetivismo y el aventurerismo de la dirigencia china, en lo concerniente a la edificación del socialismo. El maoísmo considera que la finalidad de la revolución socialista «es la liberación de las fuerzas productivas». De aquí nace su preocupa- ción por perfeccionar esa «liberación», emprendiendo constantes reformas. Así na- ció el movimiento por la ordenación del estilo de trabajo» en 1958; la campaña de «entrega del corazón al Partido» en 1959; el «movimiento de educación socialista en el campo» en 1962-1963; y la «revolución cultural» en 1966-1969.
El cumplimiento del Primer Plan Quinquenal y los éxitos alcanzados mareó a los dirigentes chinos. Sin tener en cuenta que ese Plan se llevó a la práctica partiendo de la rica experiencia soviética y de conformidad con las leyes objetivas que rigen la edificación del socialismo, no quisieron saber nada con esa experiencia ni con estas leyes, escogiendo un nuevo rumbo. Así, haciendo un viraje en redondo, se le impuso al PCCh la política llamada de «las 3 banderas»: «la nueva línea general», «las comunas populares», y «el gran salto adelante».
El año de 1959 la política de las «3 banderas» estaba en pleno auge. A lo largo y ancho de la RPCh, en la ciudad y el campo, se nos exponía el contenido de la «línea general» en pocas palabras: «poner en tensión todas las fuerzas, pugnar por mar- char siempre adelante para construir el socialismo según la norma de cantidad, rapidez, calidad y economía». Esta «línea general» —según nos decían— signifi- caba poner la dirección política en el mando e integrar la política con la economía. Ahora bien, ¿cómo debían aplicarse todas estas formulaciones en la práctica? En dos formas: a)desarrollando simultáneamente la industria y la agricultura, in- cluyendo un desarrollo simultáneo de la industria pesada y la industria ligera; b) desarrollando simultáneamente las empresas grandes, pequeñas y medianas, con el empleo simultáneo de métodos de producción modernos y autónomos.
La «línea general», se nos decía, «representa la integración del marxismo leninis- mo con la práctica concreta de China, capacitándonos para evitar un énfasis par- cial sobre la industria con descuido de la agricultura y sobre la industria pesada descuidando la industria liviana». Haciendo alusión a ciertos «derechistas» que se oponían a la «línea general», se recordaba que Mao Tze Dong había expresado las siguientes palabras: «… en primer lugar somos `pobres’ y en segundo término ‘desnudos’. Por ‘pobres’ quiero decir que no tenemos mucha industria y nues- tra agricultura tampoco está desarrollada. Por ‘desnudos’ quiero decir que somos como una hoja de papel en blanco, puesto que nuestro nivel cultural y científico no es alto. Mirado desde el punto de vista del desarrollo esto no tiene nada de
malo. Los pobres quieren hacer la revolución, mientras es difícil que los ricos quie- ran hacerla. Los países con un alto nivel científico y tecnológico se comportan con mucho orgullo. Nosotros somos como una hoja de papel en blanco, buena para escribir en ella» (59).
Salta a la vista la esencia voluntarista y aventurera de la «línea general». No toma en cuenta los procesos reales y objetivos: hay que desarrollar todo, con igual fuerza y al mismo tiempo, aprovechando la ventaja de ser pobre y desnudo. De esta primera bandera, se desprendieron las otras 2: la comuna popular y el «gran salto».
Fue en la ciudad de Cantón donde escuchamos por primera vez una exposición fundamentada del porqué de las comunas populares en China. En resumen, el ex- positor dijo lo siguiente: la comuna popular es una forma de organización social que se presta mejor que nada para el desarrollo simultáneo de la industria y la agricultura de tipo superior. Se caracteriza por el surgimiento de múltiples activi- dades: agricultura, silvicultura, ganadería, pesca, industria, comercio, educación, asuntos militantes. La administración de la comuna se integra con el poder local. La comuna ha proporcionado la mejor forma social de organización para acelerar la construcción socialista en China y preparar el tránsito al comunismo.
En la visita que hicimos a una comuna popular en las afueras de Cantón, pudimos constatar en qué consistía esta «mejor forma social para preparar el tránsito al co- munismo». Resulta que los campesinos habían sido despojados de sus pequeñas parcelas individuales; se había colectivizado hasta los utensilios de uso doméstico y las viviendas. Se nos dio una explicación de la forma como se distribuían los artículos de consumo y era claro que había desaparecido la retribución de acuerdo al trabajo realizado, estableciéndose una repartición igualitaria. Pero además, la población comprendida dentro de la jurisdicción de la comuna, había sido orga- nizada de modo casi militar, formando batallones y regimientos. Se nos informó que las comunas se creaban agrupando a todas las cooperativas de uno o varios distritos, y comprendían territorios relativamente extensos con una población de hasta 100,000 personas.
Nos sorprendió el bajísimo nivel de desarrollo de las fuerzas productivas de la comuna. Se nos hizo conocer un taller artesanal de reparación de máquinas y trac- tores; pero la comuna aún no contaba con un solo tractor. Con poca diferencia, en lo que ha instrumentos de producción se refiere, era como visitar una comunidad campesina de la sierra del Perú. Por eso, mientras recorríamos uno y otro lugar de la comuna, recordamos una de tantas discusiones que los presos políticos solía- mos sostener en la Penitenciaría de Lima y la isla del Frontón, durante la dictadura
de Odría. Se trataba de diferenciar el artel de la comuna y de precisar las razones por las cuáles esta última no puede implantarse desde arriba, por simple decisión administrativa, al margen del nivel alcanzado por los medios de producción. En- tonces ya teníamos una idea clara de que la comuna debía ser el resultado del desarrollo de la cooperativa.
En su Informe al XVII Congreso de PC (b) de la URSS J. V. Stalin dijo lo siguiente: «La futura comuna surgirá del artel desarrollado y próspero. La futura comuna agrícola surgirá cuando en los campos y las granjas del artel abunden los cerea- les, el ganado, las aves, las legumbres y todos los demás productos; cuando se organicen junto a los arteles lavaderos mecánicos, panaderías mecanizadas, etc.: cuando el koljosiano vea que le resulta más beneficioso recibir carne y leche de la granja que mantener su vaca y su ganado menor: cuando la koljosiana vea que le conviene más almorzar en el comedor, comprar el pan en la panadería y recibir la ropa lavada del lavadero colectivo que ocuparse ella misma de estas cosas. La futura comuna surgirá sobre la base de una técnica más desarrollada y de un artel más desarrollado, sobre la base de la abundancia de productos» (60).
Resulta claro que la comuna viene a constituir la forma superior, la cúspide, del movimiento cooperativo en el campo y surge como consecuencia del desarrollo real y objetivo de las fuerzas productivas y la técnica. En el artel solamente se colectiviza los medios básicos de producción, a diferencia de lo que ocurre en la comuna donde se implanta la colectivización de las viviendas, el ganado lechero y menor y hasta las aves de corral.
Pese a las afirmaciones de que las comunas populares habían surgido espontá- neamente, debido a que las cooperativas, por sus limitaciones, habían llegado a constituir un obstáculo para el desarrollo de las fuerzas productivas —como la construcción de represas y centrales hidroeléctricas— era muy fácil constatar que se estaba repitiendo la marcha atolondrada, por encima del artel, que alguna vez se condenó en la URSS. Pero esto no es todo. Cuando se ignora las condiciones económicas objetivas y el grado de desarrollo alcanzado por ellas, se cae en la utopía y se reniega de la ciencia. El paso del artel a la comuna es un problema serio. En el fondo y en esencia se trata del problema de la transformación de la propiedad cooperativa en propiedad de todo el pueblo, lo que no puede resolverse con medidas organizativas que prescinden del nivel alcanzado por las fuerzas productivas.
Es oportuno aclarar, sin embargo, que la comuna, tal como la entiende Mao Tze Dong, es una propiedad de grupo, en la que no se plasma la propiedad social propiamente dicha. De aquí que se haya señalado, con justa razón, que sus con-
cepciones sobre la organización económica ideal de la sociedad se encuentren no en el marxismo sino en el anarquismo. La comuna popular es algo parecido a una célula económica que se autoabastece de todo lo que necesita, aplicando el prin- cipio denominado «apoyarse en las propias fuerzas», que siguiendo el ejemplo de la Brigada de Producción de Tachai, se expresa en el slogan que dice «no pedir 3»: «No pedir al Estado grano, dinero y materiales».
La comuna popular ha servido a la burocracia china como instrumento de coer- ción mediante el cual se ha obligado a los campesinos a entregar al Estado la producción de sus tierras, sin protestas de ninguna clase. Huelga decir que la economía socialista es contraria a este «modelo». Ella constituye una economía nacional única, con vínculos que unen y armonizan a todas sus partes.
Con el nombre de «regularización» en enero de 1961, el Comité Central del PCCh se vio obligado a dar paso atrás en el rumbo aventurero que desde 1958 se em- prendió en la edificación del socialismo en China. Se reestructuraron las comunas populares, devolviéndose a los campesinos sus parcelas individuales. De hecho se tuvo que volver a las cooperativas de producción. A fines de 1963 pudimos consta- tar este repliegue, con motivo de la visita a una de las principales comunas en las afueras de Pekín. Allí el dirigente del PCCh que nos servía de guía y traductor, pidió a un grupo de campesinos que dijeran si era cierto o no que cada uno de ellos tenía su parcela individual, su ganado menor y sus aves de corral. Todos respondieron que sí. Este era un cuadro totalmente distinto al que se nos presentó en 1959, en Cantón, donde incluso se nos hizo pasear una vivienda colectivizada. Ahora, de la comuna popular solo quedaba el nombre.
El desbarajuste metido en la economía agropecuaria china, con la implantación de la comuna popular, puso a la RPCh en una situación extremadamente difícil. La aguda escasez de productos alimenticios amenazó a toda la población con el hambre, obligando al Gobierno a importar cereales hasta por un monto anual de 6 millones de toneladas de trigo.
El «gran salto», según Mao Tze Dong, debía expresarse no sólo en el auge de la economía agropecuaria, sino también en un excepcional desarrollo de la industria. Desarrollo tan singular debía producirse en base a la atención simultánea y pareja a la gran industria y a la producción artesanal. Estas eran las dos piernas que debían permitir a la economía china dar un «gran salto». De hecho, con el fin de que la producción artesana igualara a la producción industrial, se le dio prioridad, ocupando la posición de fuente principal de la industria. Se sabe que entre 1958- 1960 se crearon 7 millones y medio de empresas pequeñas y medianas, equipadas con maquinaria rudimentaria, en las que trabajaban artesanos y campesinos, sin
la experiencia ni los conocimientos de los obreros industriales.
Lo grave del caso es que estas empresas artesanales no se dedicaron a producir ar- tículos de consumo inmediato y masivo, propios de la industria ligera, sino que se les asignó la tarea de producir máquinas, fundir metales y extraer hulla, es decir, que debían cumplir funciones inherentes a la pesada. En Nankin visitamos une «fabrica de automóviles» típicamente artesanal en la que encontramos dos camio- nes a medio terminar que parecían haber sido hechos a golpe de martillo. Entre los visitantes surgió ya una discusión sobre este «camino chino» de construcción del socialismo. Hubo algunos que opinaron que éste era el rumbo a seguir en el futuro por nuestros países “pobres y atrasados”.
Según los cálculos de los dirigentes chinos la proliferación de pequeñas y media- nas empresas de tipo artesanal debía acelerar tanto el proceso de industrialización del país, como el ritmo de mecanización de su agricultura. Se aseguró que sólo en 5 años (de 1958-1962) debía aumentar la producción industrial en 6 veces y media. Sólo en 1958 la industria artesana ya debía producir más de 1 millón de toneladas métricas de arrabio, 200,000 toneladas de acero, 18,000 máquinas he- rramientas, 21,000 máquinas eléctricas y 8,300 motores.
No tardó mucho para que cálculos tan optimistas se vinieran a tierra como casti- llo de naipes. El bajísimo pertrechamiento técnico de las empresas artesanas y el desorden general imperante en su actividad productora y de suministro, tuvieron consecuencias funestas. En la práctica se produjo una gran dilapidación de recur- sos financieros, materiales y humanos. Sólo en la fundición de arrabio y acero en hornos artesanales las pérdidas sobrepasaron los 4 mil millones de yuanes. La industrialización artesanal y el caminar con las dos piernas» (gran industria y pequeña artesanal) resultaron un rotundo fracaso. Se tuvo que cerrar gran parte de «fábricas». Entre 1961 a 1962 el rendimiento de la producción industrial funda- mental de la RPCh descendió 20% en el primer año y 50% en el segundo año. Ante situación tan difícil no le quedó a la dirigencia china otra cosa que rectificar sus propósitos iniciales. Esta es la razón de ser de la política de «regulación, fortaleci- miento, complementación y aumento, acentuándose la regulación» aprobada por el C. C. del PCCh en setiembre de 1962.
Mao Tze Dong y sus más cercanos colaboradores, nunca han tomado una actitud autocrítica ante el estrepitoso fracaso del «gran salto adelante». Es más, las duras lecciones que se desprenden de él, no les sirvieron para reflexionar y retomar el camino del marxismo leninismo. De inmediato lanzaron otra tesis: «la agricultura es el fundamento de la economía nacional», calificándola como un nuevo aporte a la teoría y la práctica del marxismo leninismo, con el cual nada tiene que hacer.
No era otra cosa que un simple desestimiento de la prioridad que anteriormente se le había otorgado al fomento de la industria.
Las consecuencias calamitosas del «gran salto» fortalecieron transitoriamente las posiciones de los cuadros marxistas leninistas del PCCh, quienes arrancaron una resolución correcta y justa en la Conferencia de la Comisión Económica Estatal, realizada en febrero de 1965. «Es preciso —se dice en esta Resolución— desem- barazarse de los prejuicios, y no de la ciencia. Hay que actuar en correspondencia con la realidad objetiva y no sobre la base de deseos subjetivos. El aumento de la producción hay que procurarlo allí donde esto sea posible, y no apresurarse allí donde no existen posibilidades para ello. El auge de la producción debe estar basa- do en el crecimiento de la productividad del trabajo, en la mejora de la dirección de la producción, en el empleo de la técnica de vanguardia, en el logro y superación de los «standard» internacionales y en el perfeccionamiento de la cooperación entre las empresas» (61). Esta Resolución no hacía sino repetir la instrucción pre- parada por Liu Shao chi en torno a las medidas económicas que debían tomarse para mejorar la industria.
El grupo de Mao Tze Dong se preparó rápidamente para responder a este primer «viento revocatorio de derecha». Bajo la bandera de la mal llamada «gran revolu- ción cultural proletaria», el año de 1966, dio comienzo a su gran ofensiva contra todos los que se habían permitido asumir una posición crítica contra la política de las «3 banderas».
Examinando con objetividad el fondo mismo de esta política, se descubre sin di- ficultad un deseo frenético, propio de la pequeña burguesía, de forzar la marcha de la historia a como de lugar. Y en el centro de este enredo se encuentra Mao Tze Dong, con su empirismo y voluntarismo característico. Se propuso llegar al comunismo «antes que los rusos». Esto fue lo fundamental para él. Por eso no se detuvo a reflexionar sobre la necesidad de comenzar por crear la base industrial y técnica del socialismo en China. Estaba seguro que al comunismo se podía llegar dando un «gran salto», sin esperar que el socialismo cumpla su ciclo siguiendo su proceso de desarrollo, hasta alcanzar la madurez indispensable para su paso al comunismo.
El triunfo de la revolución china permitió la instauración de la propiedad del Es- tado y de las cooperativas. Sin embargo, esto no era suficiente para considerar que el sistema socialista se encontraba establecido, porque tal cosa significa haber alcanzado un alto nivel de producción y distribución y unas relaciones nuevas en- tre los hombres. Con impaciencia y desesperación los dirigentes chinos olvidaron esto y se lanzaron a la aventura del «gran salto», intento desdichado de soslayar
la etapa indispensable del perfeccionamiento y desarrollo del socialismo recién nacido en China.
La simple socialización de los medios de producción no conduce a la sociedad socialista. Para los fundadores del socialismo científico, el sistema socialista debe constituir toda una etapa en el tránsito de la sociedad de clases al comunismo, etapa en la cual tienen que cumplirse tareas sociales de enorme importancia. En un país atrasado como la China anterior a la liberación, no era difícil dar comien- zo a las transformaciones socialistas, pero perfeccionarlas y desarrollarlas era problema distinto. Ya advirtió Lenin que cuanto más atrasado es un país, tanto más difícil será que pase del capitalismo al socialismo. Pero los dirigentes chinos «mostrándose sobremanera orgullosos y andando con el rabo muy erguido», de- clararon por boca de Mao Tze Dong que «Desde la perspectiva actual esta tesis no es correcta. En realidad, cuanto mayor sea el atraso económico de un país tanto más fácil es su transición del capitalismo al socialismo. Cuanto más pobre es un hombre más desea la revolución» (62).
La experiencia de la edificación del socialismo en la URSS y los demás países de la Comunidad Socialista, confirma la tesis de Lenin y niega rotundamente la anto-